EL ETERNO RETORNO DE LO MISMO:EL CONVALECIENTE

UROBURO F

 

 

 

 

 

 

 

Con esta referencia a los animales de Zaratustra no carecemos ya totalmente de preparación para entender el capítulo que, junto con el «De la visión y el enigma» que hemos comentado en primer lugar, trata de modo más directo del eterno retorno y mantiene una misteriosa correspondencia con aquél.

Se trata del capítulo del libro tercero que ocupa el cuarto lugar contando desde el final y lleva por título: «El convaleciente». En este capítulo, los animales de Zaratustra le hablan de lo que ellos simbolizan: del eterno retorno; le hablan, ituados a su alrededor, y permanecen en su soledad hasta un determinado instante en el que lo dejan solo y se alejan cautelosamente.

 

 

El hecho de que permanezcan significa que siguen en plan de reconocimiento, lo siguen buscando para ver si deviene el que es, si en su devenir encuentra su ser. Pero el devenir de Zaratustra comienza con su ocaso. El ocaso mismo llega a su fin con la curación de Zaratustra.

 

Todas relaciones del más profundo antagonismo. Sólo si las comprendemos llegaremos a la cercanía del pensamiento más grave.

 

En correspondencia con las aclaraciones preliminares en las que nos encontramos, el peso principal está puesto sobre la caracterización de la doctrina del eterno retorno. Sin embargo, también aquí tenemos que atenernos al estilo de la obra y comprender todo a partir de lo que sucede y de cómo sucede. Asimismo, tenemos que comprender la doctrina, tal como es enseñada, en conexión con la cuestión de quién es Zaratustra, de cómo es el maestro que enseña la doctrina y cómo la doctrina determina al maestro. Esto quiere decir: precisamente allí donde la doctrina se expresa de la manera más pura en proposiciones doctrinales no debe olvidarse al maestro, a aquel que la enseña y la dice.

 

¿En qué está Zaratustra al comienzo del capítulo «El convaleciente », y que sucede aquí? Después de su viaje por mar ha regresado a su caverna. Una mañana, poco después, salta de su lecho, grita y gesticula como un loco, «como si en el lecho hubiera otro que no quisiera levantarse». Zaratustra habla con una voz terrible para despertar a ese otro, para que en el futuro permanezca despierto.

 

Ese otro es su pensamiento más abismal, que si bien yace junto a él, en cierto modo sigue siendo para él un extraño, su propia profundidad última que aún no ha elevado a su altura suprema, a su más plena vida despierta. El pensamiento está aún junto a él en el lecho, no se ha vuelto todavía uno con él y no es entonces algo verdaderamente pensado. Con ello queda indicado lo que ahora debe suceder: el contenido completo y todo el poderío del pensamiento más grave tienen ahora que levantarse y salir. Zaratustra le grita y le llama «gusano dormido». Entrevemos fácilmente el sentido de la imagen: el gusano dormido que yace en el suelo como un extraño es la figura opuesta a la serpiente enroscada que con la vigilia propia de la amistad se eleva en anillos hacia lo alto describiendo amplios círculos.

 

Cuando comienza a increpar a su pensamiento más abismal para que se levante, los animales de Zaratustra se asustan, pero el miedo no los hace retroceder sino que se acercan, mientras que alrededor todos los demás animales huyen. Sólo el águila y la serpiente permanecen.

 

En la más pura soledad, se trata de llevar a la despierta luz del día lo que ellos mismos simbolizan.

 

Zaratustra invoca a su profundidad última para que ascienda hacia él, y de este modo se conduce hacia sí mismo. Deviene lo que es y se reconoce como lo que es: «el portavoz de la vida, el portavoz del sufrimiento, el portavoz del círculo».Vida, sufrimiento y círculo no son tres cosas diferentes sino, perteneciéndose recíprocamente lo uno: el ente en su totalidad, del que forma parte el sufrimiento, el abismo, y que es en la medida en que retorna circularmente. Los tres revelan su copertenencia al ser recogidos en su unidad y puestos a la luz del día, es decir, al ser pensados por el supremo sí de Zaratustra. En ese instante supremo en el que el pensamiento es captado, es verdaderamente pensado, Zaratustra exclama «¡dichoso de mí!», pero este «¡dichoso de mí!» es al mismo tiempo un «¡ay de mí!», el triunfo que sesupera incluso a sí mismo como el mayor peligro al comprenderse a sí como el ocaso.

 

 

Apenas se llega a este punto, Zaratustra se desploma y, al volver a sí, permanece acostado siete días y siete noches; «pero sus animales no lo abandonaron ni durante el día ni durante la noche»; de este modo, permanece en su soledad. Sólo el águila, el animal más orgulloso, vuela de vez en cuando a buscar todo tipo de comida. Esto quiere decir: Zaratustra no se pierde a sí mismo, sigue alimentando su orgullo y asegura la seguridad de su rango, aunque tenga que yacer abatido y la inteligencia no se preocupe por él, con lo que no puede darse a conocer a sí mismo su saber. «Bayas amarillas y rojas» le lleva el águila, entre otras cosas, y recordamos que anteriormente (3.a parte, «Del espíritu de la gravedad») se aludía al «amarillo profundoMy el rojo ardiente»; estos dos colores quiere tener juntos ante su vista el gusto de Zaratustra: el color de la más profunda falsedad, del error, de la apariencia, y el color de la suprema pasión, de la creación más abrasadora.

Al interpretar así los dos colores hay que tener en cuenta que el «error» constituye la esencia de la verdad necesaria para la voluntad de poder y por lo tanto no es valorado de ningún modo en foma negativa. «El amarillo profundo» puede interpretarse también como el oro del «destello de oro de la serpiente vita» (La voluntad de poder, n. 577), o sea «la serpiente de la eternidad» (XII, 426). En esta interpretación «el amarillo profundo» es el color del eterno retorno de lo mismo, «el rojo ardiente» el color de la voluntad de poder. Para la interpretación nombrada en primer lugar, los dos colores muestran la estructura esencial de la voluntad de poder, en la medida en que la verdad como lo que fija y el arte como lo que crea forman las condiciones de posibilidad de la voluntad de poder. En ambos casos, la reunión de los dos colores señala hacia la unidad esencial del ser del ente pensado por Nietzsche.

 

 

Después de siete días, «sus animales creyeron que había llegado el momento de hablar con él». Ahora Zaratustra es suficientemente fuerte como para pensar efectivamente su pensamiento más grave, su profundidad última, y expresarse sobre ella; pues aquello sobre lo que quieren hablar y lo único sobre lo que pueden hablar el águila y la serpiente —-la soledad más solitaria—, sólo puede ser el pensamiento del eterno retorno. En el diálogo entre Zaratustra y sus animales llega entonces al lenguaje el pensamiento de los pensamien-tos. No se lo expone como una teoría, sino que se acredita sólo en el diálogo, porque en él los hablantes mismos tienen que aventurarse en lo hablado, porque únicamente en el diálogo se muestra en qué medida son capaces de ello y en qué medida no lo son, y hasta quépunto el diálogo no pasa de ser palabrería.

 

 

Los dos animales abren el diálogo; le señalan a Zaratustra que el mundo lo espera como un jardín. Presienten que le ha llegado un nuevo conocimiento, un conocimiento sobre el mundo en su totalidad.

Tiene que ser un placer, entonces, lanzarse al mundo nuevo, porque todas las cosas brillarán ahora bajo la luz del nuevo conocimiento y querrán ser integradas en las nuevas determinaciones y, al hacerlo, darán al conocimiento una confirmación profunda y curarán a los que antes buscaban de la enfermedad del preguntar. Esto piensan los animales cuando le dicen a Zaratustra: «Todas las cosas te anhelan…Todas las cosas quieren ser tus médicos». ¿Y Zaratustra?

 

En realidad le gusta oír hablar a los animales, aunque sabe que no es más que parlotear; pero ya con que surja una palabrería, un mero juego de palabras y de discursos, el mundo, después de tal soledad, se le presenta como un jardín. Sabe que de ese modo se tiende una alegre capa de dulzura y regocijo sobre lo terrible que el ente propiamente es; esto puede ocultarse detrás de la apariencia de lo hablado.

 

En verdad, el mundo no es ningún jardín, y para Zaratustra no debe serlo; especialmente si con el jardín se alude a un bello refugio parala huida del ente. El concepto de mundo de Nietzsche no proporciona al pensador una residencia sosegada para que pueda expandirse ,en ella sin molestias, como antaño el filósofo Epicuro en su «jardín ». El mundo no es un cosmos que está en sí allí delante. La alusión al jardín que hacen los animales tiene ese sentido de rechazar una residencia sosegada y, al mismo tiempo, mediatamente, la tarea de señalar hacia el concepto de mundo del conocimiento trágico. Corresponde aquí reflexionar sobre una importante nota de Nietzsche:

 

«La soledad, necesaria por un tiempo, para que el propio ser se

vuelva íntegro y compenetrado, completamente curado y duro.

Nueva forma de la comunidad: que se afirma de manera belicosa.

De lo contrario, el espíritu se vuelve mortecino. Nada de “jardines”

y de mero “eludir las masas”. ¡Guerra (¡pero sin pólvora!) entre

diferentes pensamientos!, ¡y sus ejércitos!»

 

 

 

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