EL ETERNO RETORNO DE LO MISMO:LOS ANIMALES DE ZARATUSTRA

INCIPIT ZARATHUSTRA

 

 

 

 

 

 

Interrumpimos en este lugar la interpretación del capítulo «De la visión y el enigma» para volver a recogerla posteriomente, en un contexto de las lecciones en el que, después de exponer la esencia del nihilismo como ámbito del pensamiento del eterno retorno, estemos más preparados para comprender lo que sigue. Dejaremos de lado los capítulos siguientes de la tercera parte y sólo destacaremos algunos elementos del que ocupa el cuarto lugar comenzando por el final: «El convaleciente».

 

Entretanto Zaratustra ha regresado de su viaje por mar y ha vuelto a la soledad de la montaña, a su caverna y a sus animales. Éstos son el águila y la serpiente. Son sus animales, le pertenecen en su soledad, y cuando la soledad habla, lo hace en el discurso de sus animales. En una ocasión Nietzsche dice (Sils-Maria, al final de un prefacio perdido para El ocaso de los ídolos, en el que se habla retrospectivamente de Así habló Zaratustra y Más allá del bien γ de mal): «El amor a los animales: en todas las épocas se ha reconocido por ello a los ermitaños…» (XIV, 417). Pero los animales de Zaratustra no son animales cualesquiera, su esencia es una imagen de la esencia del mismo Zaratustra, es decir de su tarea: ser el maestro del eterno retorno.

 

Por eso mismo, estos animales suyos, el águila y la serpiente, no aparecen arbitrariamente.

Zaratustra los divisa por vez primera en el claro mediodía, que también despliega una fuerza simbólica esencial en toda la obra.

Al hablar a su corazón en el claro mediodía, Zaratustra escucha la enérgica llamada de un pájaro y dirige su mirada interrogante a las alturas:

 

 «¡Y helo allí! Un águila trazaba amplios círculos en el aire y

de ella colgaba una serpiente, pero no a modo de presa, sino

como una amiga, pues se mantenía enroscada a su cuello.» (Prólogo,

n. 10)

Esta gran imagen es iluminadora para quien sea capaz de ver.

Cuanto más esencialmente comprendamos la obra Así habló Zaratustra, tanto más simple e inagotable se tornará esta imagen.

El águila describe sus amplios círculos en la altura. Girar en círculos es el símbolo del eterno retorno, pero un girar en círculos que al mismo tiempo se eleva hacia lo alto y en lo alto se mantiene.

 

La serpiente cuelga del águila, enroscada a su cuello; nuevamente, el enroscarse y anillarse de la serpiente son un símbolo del anillo del eterno retorno. Más aún: se mantiene enroscada al cuello de la que describe círculos en las alturas; entrelazamiento peculiar y esencial, aunque para nosotros aún oscuro, gracias al cual despliega su riqueza propia la fuerza plástica de esta imagen.

 

La serpiente, no sojuzgada como una presa entre las garras sino enroscándose libremente al cuello, como una amiga, y al enroscarse elevándose en círculos hacia lo alto. En esta imagen sensible del eterno retorno de lo mismo —el girar en forma de anillo y el enroscarse en círculos— tenemos que integrar lo que son los animales mismos.

 

El águila es el animal más orgulloso. El orgullo es la madura decisión de mantenerse en el rango esencial propio que surge de la tarea, es la seguridad de ya-no-confundirse. Orgullo es el mantenerse arriba que se define desde la altura, desde el estar ariba, y es esencialmente distinto de la presunción y la arrogancia.

 

Éstas precisan la relación con lo inferior como aquello de lo que se quisieran separar y de lo que siguen dependiendo, necesariamente, por la razón de que no tienen nada dentro de sí por obra de lo cual pudieran pretender estar arriba. Sólo pueden elevarse permaneciendo determinadas desde abajo, sólo pueden elevarse hacia algo que no es elevado, sino que sólo se presume como tal. Totalmente diferente es el caso del orgullo.

 

El águila es el animal más orgulloso, vive totalmente en lo alto y de lo alto, incluso cuando desciende hacia lo profundo se trata aún de la altura de la alta montaña y sus precipicios, nunca de la llanura en la que todo está igualado y aplanado.

 

La serpiente es el animal más inteligente. Inteligencia significa dominio sobre un saber efectivo, sobre el modo en el que el saber en cada caso se anuncia, se retrae, pretende y cede y no cae en sus propias trampas. De esta inteligencia forma parte la fuerza de disimulación y transformación, no la simple y rastrera falsedad, forma parte el dominio sobre la máscara, el no abandonarse, el mantenerse en el trasfondo al jugar con lo que está en primer plano, el poder sobre el juego de ser y apariencia.

 

 

El animal más orgulloso y el animal más inteligente son los dos animales de Zaratustra. Ambos se pertenecen mutuamente y salen en plan de reconocimiento. Esto quiere decir: buscan a alguien de su tipo y su medida, alguien que soporte con ellos la soledad. Salen areconocer si Zaratustra aún vive, si vive preparado para su ocaso.

 

Con ello queda indicado que el águila y la serpiente no son animales domésticos, animales que se llevan a la casa y se habitúan a ella. Son ajenos a todo lo habitual y acostumbrado y a todo lo familiar en sentido mezquino. Estos dos animales son los que determinan la más solitaria soledad, que es algo diferente de lo que entiende por ella la opinión común; en efecto, ésta opina que la soledad nos libera y separa de todo; el punto de vista común piensa que en la soledad a uno «ya nada le molesta».

 

Por el contrario, precisamente en la más solitaria soledad lo peor y más peligroso queda librado a nuestra tarea, a nosotros mismos, y esto no puede ser descargado en otras cosas u otros hombres; tiene que pasar por nosotros, no para ser eliminado sino para ser sabido, desde el saber propio a la más alta inteligencia, como algo que nos pertenece. Este saber es precisamente lo más difícil; con demasiada facilidad huye y se esconde en rodeos y escapatorias, en la necedad.

 

Tenemos que pensar este gran concepto de la soledad para aprehender correctamente el papel simbólico de los dos animales del ermitaño Zaratustra y no falsearlo en algo romántico. Soportar la más solitaria soledad no quiere decir tener a los dos animales para pasar el tiempo y para que hagan compañía; quiere decir tener la fuerza de seguir siendo fiel a sí mismo en la cercanía de estos animales y no dejar que se vayan. Por eso, al final del prologo de Así habló Zaratustra se dice:

 

 

«Así pues le pido a mi orgullo que vaya siempre junto con mi

inteligencia.Y si alguna vez mi inteligencia me abandona —pues,

¡ay!, le gusta escaparse— que mi orgullo vuele entonces con mi

necedad!

Así comenzó el ocaso de Zaratustra.»

 

Un ocaso notable, que comienza con el exponerse a las más altas posibilidades del devenir y del ser, posibilidades que van unidas en la esencia de la voluntad de poder, es decir, que son una.

 

Se trataba de señalar brevemente qué simbolizan las figuras de los dos animales, el águila y la serpiente, como animales de Zaratustra:

1) su girar en círculo y enroscarse: círculo y anillo del eterno retorno;

2) su esencia, orgullo e inteligencia: la actitud fundamental y el tipo de saber propio del maestro del eterno retorno;

 

 3) los animalesde su soledad: las exigencias supremas para el propio Zaratustra, exigencias que resultan tanto más inexorables cuanto menos se expresen en forma de proposiciones, reglas y admoniciones, cuanto más alusivamente digan lo esencial a partir de su propia esencia en la presencia inmediata de los símbolos. Los símbolos sólo le hablan a quien posee la fuerza formativa necesaria para configurar sentido.

 

Apenas se extingue la fuerza poética, es decir la fuerza formativa superior, los símbolos enmudecen: se degradan a la categoría de «fachada » y «adorno».

 

 

 

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