EL GÉNESIS:EL ESPÍRITU

SPIRTS

Lo primero que se nos dice del “espíritu” es que, no el espíritu, sino “el reino de los espíritus es inmensamente grande”. Lo único que San Max sabe decirnos inmediatamente del espíritu es que existe “un reino de los espíritus inmensamente grande”, exactamente lo mismo que lo único que sabe de la Edad Media es que fue “una época larga”.

Después de preestatuir como existente este “reino de los espíritus”, se procede a demostrar a posteriori su existencia por medio de diez tesis.

1. El espíritu no es un espíritu libre antes de ocuparse consigo mismo exclusivamente, hasta que “se ocupa exclusivamente” de su mundo, del “mundo espiritual” (primero de sí mismo y después de su mundo);

2. “Sólo es espíritu libre en un mundo propio de él”;

3. Sólo por medio de un mundo espiritual es el espíritu realmente espíritu”;

4. “Antes de que el espíritu se cree su mundo espiritual, no es espíritu”;

5. “Sus creaciones hacen de él un espíritu”;

6. “Sus creaciones son su mundo”;

7. “El espíritu es el creador de un mundo espiritual”;

8. “El espíritu sólo existe en cuanto crea lo espiritual”;

9. “Sólo coexiste realmente con lo espiritual, creación suya”;

10. “Pero las obras o los hijos del espíritu no son otra cosa que… espíritus”. (Págs. 38-39).

En la tesis 1, el “mundo espiritual” se preestatuye en seguida como ya existente, en vez de desarrollarlo, y esta tesis 1 se nos predica y repite luego en las tesis 2 a 9 en ocho nuevas variantes. Al llegar al final de la tesis 9 nos encontramos, pues, donde nos encontrábamos al final de la tesis 1, hasta que, de pronto, en la tesis 10 nos encontrarnos, después de un “pero”, con “los espíritus”, de los que hasta ahora no se nos había dicho nada.

“Puesto que el espíritu sólo existe en cuanto crea lo espiritual, volvamos ahora la vista a sus creaciones”, pág. 41. Ahora bien, según las tesis 3, 4, 5, 8 y 9 el espíritu es su propia creación. Esto mismo se expresa ahora diciendo que el espíritu, es decir, la primera creación del espíritu, “tiene necesariamente que brotar de la nada”…, “tiene que empezar por crearse a sí mismo”…, “su primera creación es él mismo, el espíritu” (Ibíd.). “Hecho esto, viene luego una trasplantación natural de creaciones, así como según el mito bastó con crear los primeros hombres y el género humano se reprodujo luego por sí mismo” (Ibíd.).

“Por muy místico que esto parezca, todos los días lo vivimos como una experiencia cotidiana. ¿Acaso eres un ser pensante antes de pensar? Al crear tu primer pensamiento, te creas a ti mismo, al ser pensante, pues no piensas hasta que no concibes un pensamiento, es decir” -¡es decir!- “hasta que no lo has concebido. ¿No es tu primera canción la que hace de ti un cantante, la primera palabra que pronuncias la que te convierte en un ser que habla? Pues bien, del mismo modo, es la creación de lo espiritual la que hace de ti un espíritu”.

Este santo escamoteador presupone que el espíritu crea lo espiritual, para deducir de ello que se crea a sí mismo en cuanto espíritu, y de otra parte lo presupone como espíritu para llegar, partiendo de aquí, a sus creaciones espirituales que, “según el mito, se reproducen por sí mismas” y se convierten en espíritus). Hasta aquí, archiconocidas frases ortodoxo-hegelianas. El desarrollo realmente “único” de lo que San Max se propone decir comienza en rigor con su ejemplo. En efecto, cuando Jacques le bonhomme ya no puede seguir adelante, cuando ni siquiera con el “se” ni el “ello” puede desencallar de nuevo su barca varada, “Stirner” llama en su auxilio a su tercer siervo, al “tú”, que no le deja nunca en la estacada y en el que sabe que puede confiar para que lo saque de los mayores apuros.

Este “tú” es un individuo con el que ya no es la primera vez que nos encontrarnos, un devoto y fiel jornalero al que hemos visto salir de todos los trances, uno de esos operarios de la viña del Señor a quienes nada asusta y que no retroceden ante nada: es, para decirlo con una palabra, Szeliga.

Cuando “Stirner” se ve muy apurado, grita: ¡Szeliga, auxilio!, y el fiel escudero Szeliga arrima en seguida el hombro para sacar el carro del atranco. Más adelante, tendremos ocasión de decir más acerca de la relación entre San Max y Szeliga.

Se trata del espíritu que se crea a sí mismo de la nada; es decir, de la nada que de la nada se convierte en espíritu. Partiendo de aquí, San Max saca de Szeliga la creación del espíritu de Szeliga. ¿Y a quién sino a Szeliga podía “Stirner” encomendar el deslizarse, a la manera como más arriba se hace, en la nada?

De otro modo, “Stirner se limita a proponer la más simple de las reflexiones” y expresa tan sólo la tesis “perfectamente popular” (cfr. Wigand, pág. 156) de que Szeliga desarrolla una de sus cualidades, al desarrollarla.

Claro está que no tiene nada de “asombroso” el hecho de que San Max no “proponga” ni siquiera correctamente “tan simples reflexiones”, sino que las exprese de un modo falso, para demostrar así ante el mundo, por medio de la más falsa de las lógicas, una tesis todavía más falsa.

Muy lejos de que yo me cree de la nada. por ejemplo como ser “hablante”, es la nada que aquí sirve de base un algo muy diverso, sus órganos del lenguaje, una determinada fase del desarrollo físico, la existencia de lenguas y dialectos, de oídos que escuchan y de un medio humano en el que existe algo que escuchar, etc., etc. En la formación de una cualidad, se crea, pues, siempre algo de algo y por medio de algo, sin que se llegue, ni mucho menos, como en la lógica de Hegel, a la nada, partiendo de la nada y a través de la nada.

Ahora que San Max tiene ya a mano a su leal Szeliga, se reanuda viento en popa la travesía. Veremos cómo, por medio de su “tú”, convierte de nuevo al espíritu en un joven, exactamente lo mismo que antes había convertido al joven en el espíritu; nos encontraremos aquí con toda la misma historia del joven, casi al pie de la letra, solamente con algunos retoques para encubrirla, ni más ni menos que el “reino de los espíritus inmensamente grande” de la pág. 37 no era otra cosa que el “reino del espíritu”, al cual el espíritu del joven, pág. 17, tenía “el propósito” de crear y ensanchar.

Así como tú, sin embargo, te distingues del ser pensante, cantante y hablante, te distingues también del espíritu y sientes perfectamente bien que eres algo más que espíritu. Pero, así como el Yo pensante pierde fácilmente en el entusiasmo del pensar la facultad de escuchar y de ver, así también se apodera de ti el entusiasmo del espíritu, y tú anhelas, ahora, con todas tus fuerzas, convertirte totalmente en espíritu y desaparecer en éste. El espíritu es tu ideal, lo no alcanzado, el más allá: espíritu es el nombre de tu Dios -«Dios es espíritu»-. Te indignas contra ti mismo, por no lograr desembarazarte de un resto de lo no espiritual. En vez de decir: Yo soy más que espíritu, dices con rabia: soy menos que espíritu, y bien puedo representarme el espíritu, el espíritu puro o el espíritu que es solamente espíritu, pero no lo soy, y puesto que no lo soy, tiene que serlo otro, tiene que existir como otro, al que llamo «Dios»”.

Después de habernos ocupado antes durante algún tiempo del malabarismo consistente en sacar de nada algo, de pronto nos encontramos del modo más “natural” del mundo con un individuo que es algo más que espíritu, es decir, que es algo, y quiere convertirse en espíritu puro, es decir, en dada. Y este problema, mucho más fácil (el de convertir algo en nada) trae en seguida de nuevo ante nosotros toda la historia del joven que “tiene que empezar por buscar el espíritu acabado”, y nos basta con recurrir de nuevo a las viejas frases de las páginas 17 a 18, para salir de todos los apuros.

Sobre todo, contando con un criado tan obediente y leal como Szeliga, a quien “Stirner” puede atribuirle el que así como él, “Stirner”, llevado por “el entusiasmo del espíritu”, “pierde fácilmente” (!) “la facultad de escuchar y de ver”, así también él, Szeliga, “anhela, ahora, con todas sus fuerzas convertirse en espíritu”, en vez de estar dotado de él; es decir, desempeña ahora el papel del joven de la página 18. Y Szeliga, convencido de ello, obedece temblando y lleno de santo temor; obedece cuando San Max le grita con voz tonante:
¡El espíritu es Tu ideal. Tu Dios; haz esto y haz aquello y lo de más allá; ahora, “Te indignas”, ahora “dices”, ahora “puedes imaginarte” esto o lo otro!, etc., etc. Cuando “Stirner” le imputa que “el espíritu puro es otro, pues que él” (Szeliga) “no lo es”, solamente un Szeliga está realmente en condiciones de creérselo y de repetir con él, como un papagayo, palabra por palabra, toda esa necedad.
Por lo demás, el método de que se vale Jacques le bonhomme para amasar esta necedad ya ha sido analizado detenidamente a propósito del joven.

En vista de que te das perfecta cuenta de que eras algo más que matemático, anhelas llegar a ser todo tú matemático, desaparecer en la matemática, el matemático es tu ideal, matemático es el nombre de tu Dios; dices con rabia: soy menos que matemático, sólo puedo representarme al matemático, y puesto que yo no lo soy tiene que serlo otro, tiene que existir otro que lo sea y a quien yo llamo “Dios”. Otro que no fuera Szeliga diría: déjame en paz.

“Por fin, ahora, una vez” que hemos demostrado que la tesis de Stirner no es sino la repetición del “joven”, “podemos ya afirmar” que “no se planteaba, en verdad, de suyo otra misión” que la de identificar con el espíritu en general el espíritu del ascetismo cristiano, y la frívola riqueza de espíritu del siglo XVIII, por ejemplo, con la ausencia de espíritu del cristianismo.

Por tanto, no es, como Stirner afirma, “porque Yo y el espíritu son nombres distintos de cosas distintas, horque Yo no soy espíritu y el espíritu no es Yo” (pág. 42), como se explica la necesidad de que el espíritu more en el más allá, es decir, sea Dios, sino por el “entusiasmo del espíritu” imputado a Szeliga sin razón alguna y que hace de él un asceta, es decir, un aspirante a convertirse en Dios (en espíritu puro) y que, al no poder hacerlo, estatuye a Dios fuera de sí. Pero de lo que se trataba era de que el espíritu se crease de la nada y crease luego de su seno espíritus.

En vez de esto, nos encontramos con que Szeliga produce a Dios (el único espíritu que aquí se nos presenta), no porque él, Szeliga, sea el espíritu, sino porque es Szeliga, es decir, el espíritu imperfecto, el espíritu no espiritual, es decir, al mismo tiempo, el no espíritu. San Max no nos dice una palabra acerca de cómo surge la representación cristiana del espíritu como Dios: a pesar de que esto ya no constituye, ahora, una gran hazaña; sencillamente, presupone su propia existencia, para explicarla.

La historia de la creación del espíritu “no se plantea en verdad, de suyo, otra misión” que la de colocar el estómago de Stirner entre las estrellas. Precisamente porque no somos el espíritu que mora en nosotros, tenemos que situarlofuera de nosotros; no era Nosotros, y por ello no podíamos concebirlo de otro modo que existiendo fuera de Nosotros, más allá de Nosotros, en el más allá”, pág. 43,

De lo que se trataba era de que el espíritu se crease primero a sí mismo y crease luego de su seno algo distinto; el problema estaba en saber qué era esto otro. A esta pregunta no se contesta, sino que se la retuerce a vuelta de las “diversas mutaciones” y de los giros expuestos más arriba, para convertirla en esta otra pregunta nueva: “El espíritu es algo distinto que yo. Pero, este algo distinto, ¿qué es?” (pág. 45). Lo que ahora se pregunta es, por tanto: ¿qué es el espíritu que no sea yo?, mientras que antes se preguntaba; ¿qué es el espíritu, por su creación de la nada, que no sea él mismo? Con ello, San Max da un salto a la siguiente “mutación”.

 

 

 

 

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