EL VÉRTIGO DEL AMOR FATI

AMOR FATU

 

 

 

 

 

 

Este trabajo va a tratar de ver y de articular algunos de los aspectos fundamentales del pensamiento de Nietzsche a partir de la que, creemos, es la meta última que los anima y desde la cual llegan a ser planteados.

Esta vocación o inspiración ulti-ma está detrás de todos y cada uno de los componentes esenciales de la filosofía nietzscheana, dotándolos de sentido y posibilitando al menos el iluminar su significado y su necesidad, ya que no el resolver algunas de las contradicciones que recorren su pensamiento (contradicciones que lejos de ser sólo aparentes, un escollo a relativizar o a superar cuanto antes, una mediación necesaria en el camino hacia la síntesis, forman parte ellas mismas de la savia que nutre lo más genuino, vigorizante y agudo de su pensamiento).

 

Pues bien, ese aliento común y primordial, esa vocación última es una voluntad ilimitada de amor por la vida, un afán trágico y permanente de posibilitar por parte del hombre su fidelidad a la tierra y su soberana afirmación de la vida.

 

“Antes de la salida del sol” simboliza, dentro del Zaratustra, el canto a esa anhelada afirmación, la invocación de esa bendición eterna e ilimitada a la que Nietzsche denominará, como es sabido, “Amor Fati”.

 

Ese canto a la afirmación es un canto que tiene como correlato, en este texto, el cielo puro y libre, y en otros textos el mar como símbolo o metáfora de la vida.

 

En ambos casos se evoca un espacio de libertad y de inocencia en el seno del cual el acceso a la existencia deja de leerse como deber o fatalidad para irrumpir como aventura, como experimento o viaje sin camino ni meta prefijada.

 

El término “Amor Fati” encarna para Nietzsche la suprema fórmula de afirmacióna la que la voluntad puede acceder3, testimonia de una actitud dionisíaca hacia la existencia y representa el estado más alto al que el filosofo en particular, y cualquier hombre en general, puede aspirar.

 

¿Cuál es el significado y alcance de esa bendición ilimitada, de ese sí eterno dicho a todas las cosas5que constituye criterio de medida último acerca de la grandeza y el valor de la vida humana?

 

Bendecir significa aquí en primer lugar bautizar todas las cosas en el manantial de la eternidad6, es decir, proclamarlas necesarias y eternas.

La bendición dionisíaca ni excluye ni selecciona ni meramente soporta con estoicismo lo irremediable. Es un acto de amor a lo necesario7 que emana de una visión del tiempo como Eterno Retorno y sólo desde ella deviene posible.

Dicha visión eterniza cada cosa sancionándola como necesaria, inmortalizándola en el ciclo del devenir. Afirmación ilimitada que abarca la totalidad de lo existen-te: ningún evento, ninguna cosa, aspecto o ser puede ser en ella apartado, eludido, menospreciado o condenado. La bendición dionisíaca “quiere el ciclo eterno –las mismas cosas, la misma lógica y no lógica de los nudos”, en la certeza de que “no hay que sustraer nada de lo que existe, nada es superfluo”9. Y no lo es porque cada acontecimiento es un “fragmento de fatum”10 que soporta la totalidad de lo existente, de modo que fue necesaria toda una eternidad para suscitarlo, y en él encuentra ésta también la matriz de su propia posibilidad. Si esto es así (queremos que llegue– a–ser– así, diríamos con Nietzsche:

 

“Transformar la creencia: “es así y no de otra manera” en la voluntad “esto debe devenir así y no de otra manera”), entonces no es sólo que no haya el menor derecho a querer algo de otro modo, a querer que algo sea distinto, ni que la condena de los más pequeño equivalga siempre a negar la totalidad (“Sólo una minoría se da cuenta de lo que implica el punto de vista de lo deseable, todo “esto debería ser así pero no lo es” o también “esto habría debido de ser así”: una condenación de todo el curso de las cosas. Pues no hay nada aislado en él: el menor detalle soporta la totalidad”).

 

No es sólo eso: es que en virtud de la radical trascendencia del instante cada momento del devenir, cada momento del pasado y de lo porvenir está ya ahí desde siempre14 (en cada momento del pasado, en cada momento de lo porvenir), todo fluye en un ahora15 que es a cada vez inauguración y consumación del ciclo cósmico.

 

O lo amamos en bloque o lo condenamos en bloque, ya que “todas las cosas están encadenadas, trabadas, enamoradas”.

 

Negar un solo instante, despreciarlo, maldecir su existencia implicaría la condenación del curso entero de las cosas. Y viceversa: el alcance de cuanto acontece se torna ilimitado…

 

Cuidado pues, parece decirnos Nietzsche, con lo que deseamos, con lo que hacemos, con lo que omitimos o permitimos – luego volveremos sobre ello– porque el eterno retorno conlleva tal grado de responsabilidad…: la máxima libertad es siempre al mismo tiempo, como veremos, compromiso intransferible y extremo donde lo que está en juego va mucho más allá de nuestro modesto destino individual.

 

Pero la bendición dionisíaca, el “Amor Fati” tan anhelado por Nietzsche, no sólo afirma la necesidad y eternidad de todas las cosas; al mismo tiempo y en estrecha relación con lo anterior reivindica y restituye su inocencia: “Pero esta es mi bendición –escribe Nietzsche– todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal”.

 

 

Esa reivindicación de la inocencia para el mundo, ese bautismo de las cosas “más allá del bien y del mal”, en suma, ese “devolver su inocencia al devenir”brota de nuevo de una decisión que enraíza en esa misma voluntad de amor y de fidelidad a la tierra que constituye su más íntimo anhelo.

 

“Devolver su inocencia al devenir” significa primero liberarlo de la categoría de la finalidad. Se trata de desembarazarnos de la creencia en el devenir como un proceso que encuentra su sentido y justificación en el cumplimiento de una meta o fin totalizante. Ninguna forma de unidad engrana y reconcilia la multiplicidad de lo existente, no hay una totalidad de sentido que trascienda a cada momento del devenir en relación a la cual éste pueda ser justificado y sopesado, “falta la respuesta al “para qué”.

 

 

Esa autoridad teológica o sobrehumana generadora de imperativos, capaz de ordenar tareas y de vincular y armonizar los distintos avatares de la historia ha sido, según Nietzsche, históricamente secularizada en la autoridad de la conciencia o de la razón, en “el instinto social”, en la historia o en la felicidad de la mayoría. No obstante, sea en su forma dogmático-teológica o en su forma secular, la voluntad de salvación del hombre, su necesidad de sentido, quedaba así temporalmente colmada.

 

Es sabido que Nietzsche denominó a este momento histórico en el que habiendo sucumbido la fe en el dios cristiano permanece intacta la necesidad de recibir un sentido “nihilismo incompleto”. Éste no es pues mas que la tentativa de escapar al nihilismo a través de la sustitución del ideal dogmático-teológico por otro igualmente rentable de naturaleza secular, susceptible de seguir respondiendo una vez más a la cuestión capital del “wozu”, del “¿para qué en absoluto el hombre?”.

 

Nuevamente una forma de eludir la propia responsabilidad, puntualiza Nietzsche,… y con ello en verdad éste destapa un nuevo y crucial aspecto que plantea, a mi modo de ver, un problema esencial dentro de su pensamiento, el problema de quién es / puede ser responsable y de qué clase de responsabilidad se trata.

“Devolver su inocencia al devenir” implica además en segundo lugar, en íntima  relación con el primer punto, erradicar del devenir la posibilidad de toda deuday de toda culpa, de modo que al afirmar la necesidad y eternidad de cada cosa, al concebir cada instante como matriz de la totalidad, único anillo extático que soporta y proyecta la totalidad de lo existente, se cierre definitivamente la puerta a toda posible “huida”, pero también, al mismo tiempo, a toda culpabilidad.

 

Nietzsche socava la base a partir de la cual deviene posible todo “ser-deudor”, ¿pues cómo podría haber deuda o culpa en un mundo sin referente externo posible, en un mundo donde la trascendencia es en exclusiva propiedad del instante y la “consanguinidad” de las cosas no permite otra cosa sino un absoluto sí o nada?.

 

Y ¿cómo liberar mejor a cada instante y a cada cosa de su congénita indigencia, de su “ser-deudor”, de su dependencia y supeditación respecto a una cualesquiera “totalidad de sentido” dadora de orden, valor y finalidad que resolviendo en el instante extático del tiempo pensado como Retorno pasado y porvenir, integrando y liberando en el ahora la totalidad del devenir, cada momento del devenir?.

 

El “Amor Fati” nietzscheano en nada se asemeja al optimismo leibniziano que justifica el curso entero de las cosas en base a la creencia metafísica en la armonía y en la bondad universal. La bendición dionisíaca no es en absoluto “omnicontentamiento que sabe sacarle gusto a todo”, no es tampoco pasiva reconciliación con el pasado, resignación estéril, fatalismo.

 

No obstante, puesto que la formula que expresa el Amor Fati es “el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo –, sino amarlo”26, ha de integrar también necesariamente el pasado ascético del hombre con su fardo de valores nihilistas en ese “manantial de la eternidad”, en esa totalidad indisociable que Nietzsche busca incondicionalmente poder-llegar-a-convertir en objeto de amor.

 

El “río del devenir” tiene que llevar ya la barca de la voluntad de verdad, escribeNietzsche, una voluntad que recorre la historia ascética del hombre. Desde el mismo momento en que ésta ha sido configurada y puesta en marcha queda integrada en el anillo del Retorno, suspendida y eternizada en el movimiento del devenir.

 

Ahora bien, este “tener-que-llevar” el río del devenir la “barca” del ideal ascético, este “formar-parte” la voluntad de nada o voluntad de verdad de la insoslayable necesidad del anillo, no supone en modo alguno que ésta quede fijada, inmovilizada y agotada en ese aspecto ascético, que quede condenada a cargar eternamentecon su fisonomía o determinación negativa. De ser así Nietzsche no podría convertir también a esa voluntad negativa, dominante a lo largo de la historia del hombre, en objeto de amor. Pero ha de hacerlo ya que “no hay refugio contra el pensamiento de la necesidad”.

 

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