ACTIVO Y REACTIVO: PRIMER ASPECTO DEL ETERNO RETORNO: COMO DOCTRINA COSMOLÓGICA Y FÍSICA

UROBURO

 

 

 

 

 

 

La exposición del eterno retorno tal como Nietzsche lo concibe supone la crítica del estado terminal o estado de equilibrio. Si el universo tuviera una posición de equilibrio, dice Nietzsche, si el devenir tuviera un fin o un estado final, ya lo habría alcanzado. Y el instante actual, como instante que pasa, demuestra que no ha sido alcanzado: luego, el equilibrio de las fuerzas no es posible .

Pero, ¿por qué el equilibrio, el estado terminal, debería ser alcanzado si fuera posible?

 

En virtud de lo que Nietzsche llama la infinitud del tiempo pasado. La infinitud del tiempo pasado significa solamente esto: que el devenir no ha podido comenzar como devenir, que no es algo devenido. Y, al no ser algo devenido, tampoco es un devenir de algo. Al no haber devenido, sería ya lo que deviene, si deviniera algo. Es decir: por ser infinito el tiempo pasado, el devenir habría alcanzado su estado final, si lo tuviera. Y, en efecto, decir que el devenir habría alcanzado su estado final si lo tuviera, es lo mismo que decir que no habría salido de su estado inicial si lo tuviera. Si el devenir deviene algo, ¿por qué no ha acabado de devenir desde hace mucho tiempo? Si es algo devenido, ¿cómo ha podido empezar a devenir? «Si el universo fuera capaz de permanencia y de fijeza, y si a lo largo de todo su curso tuviera un único instante de ser en el sentido estricto, ya no podría haber más devenir, y en consecuencia no sería ya posible pensar ni observar ningún devenir».

 

Este es el pensamiento que Nietzsche declara haber hallado en «los antiguos autores» . Si todo lo que deviene, decía Platón, jamás puede eludir el presente, a partir del momento en que lo alcanza, deja de devenir y se convierte entonces en lo que está deviniendo . Pero este

pensamiento antiguo es comentado por Nietzsche: siempre que lo he encontrado, «estaba determinado por residuos de pensamientos generalmente teológicos».

 

Porque, al obstinarse en preguntarse cómo pudo empezar el devenir y por qué no ha acabado todavía, los filósofos antiguos son falsos trágicos, que invocan el hybris, el crimen, el castigo. Salvo Heráclito, no se sitúan en la presencia del pensamiento del puro devenir, ni en la ocasión de este pensamiento. El que el instante actual no sea un instante de ser o de presente «en el sentido estricto», que sea el instante que pasa, nos obliga a pensar el devenir, pero a pensarlo precisamente como lo que no ha podido empezar y lo que no puede acabar de devenir.

 

 

¿Cómo fundamenta el eterno retorno el pensamiento del puro devenir? Este pensamiento es suficiente para dejar de creer en el ser distinto del devenir, opuesto al devenir; pero es también suficiente para creer en el ser del propio devenir. ¿Cuál es el ser de lo que deviene, de lo que no empieza ni termina de devenir? Retornar, el ser de lo que deviene. «Decir que todo retorna es aproximar al máximo el mundo del devenir y el del ser: cumbre de la contemplación» II5 5. El problema de la contemplación debe aún ser formulado de otra manera: ¿cómo puede constituirse el pasado en el tiempo? ¿cómo puede pasar el presente? Jamás el instante que pasa podría pasar, si no fuera ya pasado al mismo tiempo que presente, todavía futuro al mismo tiempo que presente.

 

Si el presente no pasase por sí mismo, si hubiera que esperar un nuevo presente para que éste deviniese pasado, nunca el pasado en general se constituiría en el tiempo, ni pasaría ese presente:

 

nosotros no podernos esperar, es preciso que el instante sea a un tiempo presente y pasado, presente y devenir, para que pase (y pasa en beneficio de otros instantes). Es preciso que el presente coexista consigo como pasado y como futuro. Su relación con los otros instantes se funda en la relación sintética del instante consigo mismo como presente, pasado y futuro.

 

El eterno retorno es pues la respuesta al problema del pasaje. Y en este sentido, no debe interpretarse como el retorno de algo que es, que es uno o que es lo mismo. Al utilizar la expresión «eterno retorno» nos contradecimos si entendemos: retorno de lo mismo. No es el ser el que vuelve, sino que es el propio retornar el que constituye el ser en tanto que se afirma en el devenir y en lo que pasa. No vuelve lo uno, sino que el propio volver es lo uno que se afirma en lo diverso o en lo múltiple.

 

En otros términos, la identidad en el eterno retorno no designa la naturaleza de lo que vuelve, sino al contrario el hecho de volver por el que difiere. Por eso el eterno retorno debe pensarse como una síntesis: síntesis del tiempo y sus dimensiones, síntesis de lo diverso y de su reproducción, síntesis del devenir y del ser que se afirma en el devenir, síntesis de la doble afirmación.

 

El eterno retomo, entonces, depende de un principio que no es la identidad, sino que, según lo anterior, debe satisfacer las exigencias de una verdadera razón suficiente.

¿Por qué el mecanicismo es una interpretación tan mala del eterno retorno?

 

Porque no implica necesaria ni directamente el eterno retorno. Porque de él sólo se desprende la falsa consecuencia de un estado final. Un estado final planteado como idéntico al estado inicial; y, en esta medida, debe concluirse que el proceso mecánico vuelve a pasar por las mismas diferencias. Así es como se forma la hipótesis cíclica, tan criticada por Nietzsche.

 

Porque no llegamos a comprender cómo este proceso tiene la posibilidad de salir de su estado inicial, ni de volver a salir de su estado final, ni de volver a pasar por las mismas diferencias, sin tener siquiera el poder de pasar una vez por unas diferencias cualesquiera. La hipótesis cíclica es incapaz de explicar dos cosas: la diversidad de los ciclos coexistentes, y sobre todo la existencia de lo diverso en el ciclo . Por eso sólo podemos comprender el eterno retorno como expresión de un principio que es la razón de lo diverso y de su reproducción, de la diferencia y de su repetición.

Nietzsche presenta este principio como uno de los descubrimientos más importantes de su filosofía. Y le da un nombre: voluntad de poder. Por voluntad de poder, «expreso el carácter del orden mecánico que no puede ser eliminado sin eliminar el propio orden»

 

 

 

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