EL PERSPECTIVISMO DE LAS VOLUNTADES DE PODER Y LA CONFRONTACIÓN CON EL CAOS

NADA ES VERDADERO TODO ESTÁ PERMITIDO

 

 

 

 

 

El único mundo del que se puede hablares, de esa manera, el mundo aparente y perspectivista, entendido como la suma de las acciones, el mundo del juego de todos los centros de fuerza.

No existe ningún otro ser o un ser verdadero, a no ser en la lucha, el arreglo, el juego de las fuerzas. Sólo se podría hablar de «realidad»a partir de la acción y reacción de cada centro específico en relación con la totalidad de las fuerzas. El mundo perspectivista, por eso, no debeser visto en oposición al mundo verdadero, pues solamente él puede ser designado como «mundo», una vez que el mundo verdadero es, propiamente, la  «nada».

 

Entendida como propia e inmanente al mundo, la creación llevaría la marca constante del perspectivismo y de la relatividad. Nietzsche afirma, de este modo, que el hombre sólo puede hablar del mundo del devenir, partiendo de su carácter perspectivista; nada más sabe él acerca del flujo eterno de las cosas. Lo «perspectivo» del mundo posee el carácter de apariencia y de relatividad: «cada centro de fuerza tiene su propia perspectiva para todo el resto». En su «perspectivismo necesario» (notwendiger Perspectivismus), «cada centro de fuerza –y no sólo el hombre– construye a partir de sí mismo el mundo entero restante».

 

 

Cada fuerza pretende, en este sentido, ampliar su poder, adueñarse de otras fuerzas circundantes. La creación, en sentido amplio, presupone el «caos», la confrontación, la resistencia de las fuerzas. La acción propia de cada fuerza aparece en el sentido de la intensificación del poder, intentando darle una forma al caos circundante; ella constituye, sin embargo, la falsificación y la abreviación del «mundo», a saber, del mundo del devenir.

 

En sentido positivo, el caos es el medio necesario para la actuación de las fuerzas creativo-artísticas humanas. La organización y la configuración del caos tienen en el arte su modelo fundamental, el arte que es expresión de la voluntad de poder. Es la voluntad de poder como impulso(s) incesante(s) la que hace con ello que la vida sea un poder supremo, un punto culminante en la organización de las fuerzas. Ese impulso inagotable, sin embargo, genera, en la «gran economía de la vida», una «espiritualización del poder».

 

Eso configura un privilegio o, tal vez, una preeminencia de la voluntad de potencia artística humana en el caos del mundo, del flujo incesante del devenir. La noción nietzscheanade caos posee no sólo el sentido de ser el «elemento», el medio en el que se ejerce la pulsión creadora/destructora de la voluntad de poder, sino también el sentido de destrucción de todo orden y configuración, como un abismo que amenaza con engullir todos los «frágiles esquemas» de la voluntad de poder. La cultura, por ejemplo, sería solamente «una fina ‘cáscara de manzana’ sobre un caos efervescente».

 

El caos es un impedimento para que el hombre se afirme únicamente como voluntad de poder: en cuanto caos, el mundo guardaría un carácter insuprimible de indeterminación y de indiferencia a los impulsos configuradores. Se abriría, con eso, una fisura en el círculo, en la suprema felicidad del círculo, en el anillo del eterno retorno. Nos preguntamos, así, si la comprensión negativa del caos no se sobrepone a la afirmativa o estética.

 

El sentido negativo que Nietzsche atribuye al caos se muestra en la crítica a la noción de caos de los filósofos presocráticos. No está más allí en cuestión el cosmos heraclíteo, reducido a leyes eternas, en el cual se manifiesta la «ley de la eterna justicia», como creación y destrucción en la inocencia del devenir. Para el autor de Zarathustra, el caos no es un principio originario que, por la acción del Nous o de un demiurgo, pudiese engendrar movimientos armónicos que desemboquen, finalmente, en la perfección del curso circular del eterno retorno.

 

El mundo no sería, en esa óptica, ningún gran organismo, dotado de alma o de cualquier otro principio organizacional, sino caos.

 

 

Esclarecedora es la oposición de Heidegger, para quien Nietzsche no piensa el «caos» en su sentido originario (griego), como apertura abisal, ranura, abismo sin fondo, sino en sentido moderno, como torbellino, como algo que se precipita destructivamente sobre sí mismo35. La propia comprensión nietzscheana de caos, según Heidegger, se impone cuando éste es pensado como «el ocultamiento de la riqueza indómita del devenir».

 

En el límite, el caos no sería visto como ausencia de orden. Nietzsche afirmaría, en contrapartida, que la ley y el orden del caos están en él ocultos. Esa consideración de Heidegger es relevante, en la medida que apunta al ensayo creativo nietzscheano de «humanizar» el todo tras haber llegado al extremo de su postura negativa de «deshumanización» del mundo. La consideración negativa del caos, por lo tanto, impide que la totalidad del mundo sea determinada por cualquier perspectiva creadora (sea ella estética, religiosa o de valores morales). La ciencia, el conocimiento, por su parte, muestran únicamente la no-verdad y el carácter de error del mundo humano.

 

De este modo, afirma el filósofo solitario:

 

«Cuidémonos de pensar que el mundo es una criatura viviente. ¿Hacia dónde debería extenderse? (…) Cuidémonos también de creer que el universo sea una máquina; sin duda, no está construido de acuerdo a una finalidad, y con la palabra «máquina» le concedemos un honor demasiado alto. Cuidémonos de presuponer, en general y por todas partes, algo tan lleno de formas como los movimientos cíclicos de nuestras estrellas vecinas; tan sólo una mirada a la Vía Láctea nos hace dudar de si allí no hay movimientos mucho más burdos y contradictorios, así como también estrellas con eternas trayectorias rectilíneas y otras semejantes. El orden astral en que vivimos es una excepción; este orden, y la aparente duración que está condicionada por él, nuevamente ha hecho posible la excepción de las excepciones: la formación de lo orgánico.

 

Por el contrario, caos es el carácter total del mundo por toda la eternidad; no en el sentido de una ausencia de necesidad, sino de una ausencia de orden, de articulación, de forma, de belleza, de sabiduría, y como sea que se llamen todas nuestras humanas consideraciones estéticas.

 

Ése es el proyecto de «desdivinización» (Entgöttlichung) de la naturaleza y, consecuentemente, de «naturalización» (Vernatürlichung) del hombre. Aceptarse como naturaleza significaría incorporar el carácter del mundo, a saber, la lucha entre las fuerzas, el impulso, sin sentido ni meta, de vencer resistencias, de enseñorearse de algo, de interpretar.

 

Más allá del distanciamiento de la comprensión religiosa de un ser creador (de un Dios creador, que dirige el mundo, gracias al cual serían atribuidas finalidades al mundo), es necesario distanciarse también del panteísmo que pretende garantizar una tal finalidad a través del mundo, de las fuerzas creadoras infinitas del mundo:

 

«El mundo, aunque ya no un Dios, debe ser, sin embargo, capaz del poder divino del creador, de la infinita fuerza de transformación; debe poder arbitrariamente prohibirse recaer en sus formas pretéritas, debe tener no solamente la intención, sino también los medios para cuidarse de toda repetición; debe, pues, controlar en todo instante todos sus movimientos para evitar metas, estados finales, repeticiones — y cualesquiera puedan ser las consecuencias de semejante forma depensar y desear imperdonablemente desquiciada».

 

A la pretensión de comprender el mundo como fuerza divina infinitamente creadora, tal como se expresa en la frase «deus sive natura», Nietzsche contrapone su visión del mundo (expresión de la preponderancia del espíritu científico sobre el espíritu religioso y metafísico) a través del enunciado «chaos sive natura». El mundo no es ningún organismo, ni es el espacio para la expresión de los designios divinos, sino «caos», ausencia de finalidad, de orden y de previsión. A la fuerza finita y determinada del mundo no se le puede atribuir la «facultad de eterna novedad». La idea de una creación continua sólo podría subsistir en el mundo de las fuerzas finitas, a través de la infinitud del tiempo, más precisamente, a través del eterno retorno de todo.

 

Mientras Nietzsche se detiene en la teoría de las fuerzas, acaba confrontándose con la consecuencia de que toda acción humana carezca de sentido en el flujo incesante de atracciones y repulsiones del devenir. Con el triunfo de la concepción científico-mecánica del mundo, y con la destrucción de los valores morales, se abre en el hombre un vacío de sentido y el enfrentamiento con fuerzas ajenas a cualquier valoración humana. ¿Es posible la «creación» en un mundo de fuerzas, sin sentido y sin meta?

 

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