EL GÉNESIS:LOS ANTIGUOS

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Propiamente, debíamos comenzar aquí con los negros; pero San Max, que sin duda ocupa un puesto en el “Consejo de los Guardianes”, en su inescrutable sabiduría, no introduce a los negros hasta más tarde, y aun entonces “sin la pretensión de algo concienzudo y comprobado”.

Así, pues, si hacemos que la filosofía griega preceda a la era negra, es decir, a las campañas de Sesostris y a la expedición napoleónica a Egipto, lo hacemos llevados de la confianza de que nuestro sagrado escritor lo haya ordenado todo sabiamente.

“Contemplamos, pues, el tráfago que despliegan” los antiguos de Stirner.

“Para los antiguos, el mundo era una verdad, dice Feuerbach; pero se olvida de añadir la siguiente importante adición: una verdad cuya falta de verdad trataban de averiguar y acabaron, por último, averiguando”. Pág. 22.

“Para los antiguos” su “mundo” (no el mundo) era una verdad”, con lo que, naturalmente, no se dice ninguna verdad acerca del mando antiguo, sino solamente que los antiguos no mantenían una actitud cristiana ante su mundo. Tan pronto como la falta de verdad se reveló detrás de su mundo (es decir, tan pronto como este mundo se desintegró en sí mismo por colisiones prácticas – y el poner empíricamente de manifiesto este desarrollo materialista habría sido lo único interesante-), los antiguos filósofos se esforzaron en descubrir el mundo de la verdad o la verdad de su mundo, y descubrieron entonces, naturalmente, que se había convertido ya en un mundo carente de verdad. Ya su misma búsqueda era un síntoma de la decadencia interior de aquel mundo. Jacques le bonhomme convierte el síntoma idealista en la causa material de la decadencia y hace, como un Padre de la Iglesia alemán, que la misma Antigüedad busque su propia negación, el cristianismo.

Este modo de situar a la Antigüedad es necesaria en él, ya que los antiguos son los “niños” que tratan de descubrir lo que hay detrás del “mundo de las cosas”. “Y tal vez fácilmente también”: al convertir el mundo antiguo en la conciencia posterior del mundo antiguo, Jacques le bonhomme puede, naturalmente, pasar de un salto del mundo materialista antiguo al mundo de la religión, al cristianismo.

Al mundo real de la Antigüedad se enfrenta así, inmediatamente, “la palabra divina”, al antiguo concebido como filósofo, el cristiano concebido como escéptico moderno. Su cristiano “no puede llegar a convencerse nunca de la inocuidad de la palabra divina” y “cree”, en virtud de esta falta de convencimiento, “en la eterna e inconmovible verdad de la misma”, pág. 22. Y, como su antiguo es antiguo porque es no cristiano, aún no cristiano o cristiano escondido, su cristiano primitivo es cristiano porque es el no ateo, aún no ateo o ateo escondido. Hace, pues, que los antiguos nieguen el cristianismo y los primitivos cristianos el ateísmo moderno, y no a la inversa. Jacques le bonhomme, como todos los demás especuladores, lo agarra todo por la cola filosófica. Citaremos a continuación un par de ejemplos de esta infantil credulidad:

“El cristiano debe considerarse como un «peregrino sobre la tierra»” (Hebr. 11., 13), pág. 23. A la inversa: los peregrinos sobre la tierra (engendrados por causas extraordinariamente naturales, por ejemplo por la gigantesca concentración de la riqueza en todo el mundo romano, etc., etc.) debían considerarse necesariamente como cristianos. No era su cristianismo el que hacía de ellos vagabundos, sino su vagabundaje el que los convertía en cristianos. En la misma página, vemos cómo el santo varón salta de la Antígona de Sófocles y de la santidad de la sepultura relacionada con ella, al Evangelio de Mateo 8, 22 (dejad que los muertos entierren a sus muertos) , mientras que Hegel, por lo menos en la Fenomenología, pasa gradualmente de Antígona, etc., al romanticismo.

Con el mismo derecho habría podido San Max pasar directamente a la Edad Media y oponer a los cruzados, con Hegel, aquella sentencia bíblica o incluso, para ser verdaderamente original, contrastar el enterramiento de Polinices por Antígona con el traslado de Santa Elena a París de la urna con las cenizas de Napoleón. Y se dice, además: “En el cristianismo se expone la inquebrantable verdad de los lazos familiares” (que en la pág. 22 se consigna como una de las “verdades” de los antiguos) “como una falta de verdad de la que no sabríamos desembarazarnos demasiado pronto (Marc. 10, 29), y así en todo” (pág. 23).

Esta tesis, en la que de nuevo se vuelve del revés la realidad, debe .enderezarse del modo siguiente: la efectiva carencia de verdad de los lazos familiares (acerca de esto habría que consultar todavía los documentos que aún se conservan de la legislación romana anterior al cristianismo) es expuesta por el cristianismo como una verdad inquebrantable, “y así en todo”.

A la luz de estos ejemplos, vemos, pues, cómo Jacques le bonhomme, que “no sabe desembarazarse demasiado pronto” de la historia empírica, vuelve los hechos del revés, hace que la historia ideal produzca la historia material, “y así en todo”. Lo único que averiguamos de antemano es lo que los antiguos opinaban, al parecer, de su mundo; se los contrapone como dogmáticos al mundo antiguo, a su propio mundo, en vez de aparecer como productores de él; se trata solamente de la relación entre la conciencia y el objeto, la verdad; se trata, por tanto, solamente de la actitud filosófica de los antiguos ante su mundo – en vez de la historia antigua, se nos ofrece la historia de la antigua filosofía, y además tal y como San Max se la representa, conforme a Hegel y a Feuerbach.

La historia de Grecia desde la época de Pericles, inclusive, se reduce así a la lucha entre los factores abstractos entendimiento, espíritu, corazón, secularidad, etc. Tales son los partidos griegos. En este mundo fantasmal, que se hace pasar por el mundo griego, “maquinan” diversos personajes alegóricos, como la dama Pureza de Corazón, y figuras míticas como Pilato (que no puede faltar nunca donde hay niños) ocupan seriamente un lugar al lado de Timón el Fliasio.

Después de brindarnos algunas sorprendentes revelaciones acerca de los sofistas y de Sócrates, San Max salta inmediatamente a los escépticos. Descubre en ellos a los que llevan a término la labor iniciada por Sócrates. Para Jacques le bonhomme no existen, pues, en absoluto, la filosofía positiva de los griegos, que viene precisamente después de los sofistas y de Sócrates, a saber: la ciencia enciclopédica de Aristóteles. “No es demasiado pronto” para “desembarazarse” de los anteriores: vuela a la transición hacia los “modernos” y la encuentra en los escépticos, los estoicos y los epicúreos. Veamos lo que el santo varón nos revela acerca de éstos.

“Los estoicos quieren realizar al sabio -el hombre que sabe vivir- y lo encuentran en el desprecio del mundo, en una vida sin desarrollo de vida (—), sin contacto con el mundo, es decir, en una vida aislada (—), no en la convivencia; sólo el estoico vive, todo lo demás se halla muerto para él. Los epicúreos, por el contrario, reclaman una vida dinámica”. (Pág. 30).

Remitimos a Jacques le bonhomme, el hombre que quiere realizarse y que sabe vivir, entre otros, a Diógenes Laercio, donde encontrará que el sabio, sofos, no es sino el estoico idealizado, y no el estoico el sabio realizado; donde encontrará que el sofos no es, ni mucho menos, una figura puramente estoica, sino que aparece también y exactamente igual entre los epicúreos, los neoacadémicos y los escépticos. Por lo demás, el sofos es la primera figura en que se nos presenta el filósofo griego; esta figura aparece míticamente en los siete sabios, prácticamente en Sócrates y como ideal en los estoicos, epicúreos, neoacadémicos y escépticos. Cada una de estas escuelas tiene, naturalmente, su propio σοφός [Sabio], como San Bruno tiene su propio “sexo único”. Más aún, San Max puede volver a encontrarse con “le sage” [El sabio] en el siglo XVIII, en la filosofía de la Ilustración, e incluso en los “hombres sabios” de Jean Paul, como Emanuel, etc.

El sabio estoico no se propone una vida “sin desarrollo de vida”, sino una vida absolutamente dinámica, lo que responde ya a su propia concepción de naturaleza, que es la concepción heracliteana, dinámica, viva, en desarrollo, mientras que para los epicúreos es la mors immortalis [Muerte inmortal], como dice Lucrecio, el átomo, el principio de la concepción de la naturaleza, y en vez de la “vida activa” se representa como ideal de vida el ocio divino, por oposición a la divina energía de Aristóteles.

“La ética de los estoicos (su única ciencia, puesto que lo único que sabían decir acerca del espíritu era cómo debía comportarse ante la naturaleza, y de la naturaleza -la física- decían únicamente que el sabio debía afirmarse frente a ella) no es una doctrina del espíritu., sino solamente una doctrina de renunciación del mundo y de afirmación de si mismo frente al mundo”.

Los estoicos sabían “decir de la naturaleza” que la física era una de las ciencias más importantes para el filósofo, razón por la cual se impusieron incluso el esfuerzo de seguir desarrollando la física de Heráclito; y “sabían decir además” que la ŵρα, la belleza varonil, era lo más alto que podía representarse en el individuo y festejaban precisamente la vida en armonía con la naturaleza, aunque cayeran en contradicciones a propósito de ello. Según los estoicos, la filosofía se divide en tres doctrinas: “física, ética y lógica”. “Comparan la filosofía al animal y al huevo; la lógica a los huesos y los tendones del animal y a la cáscara del huevo; la ética a la carne del animal y a la albúmina del huevo; y la física al alma del animal y a la yema del huevo” (Dióg. Lacre., Zenón).

Ya esto solo indica cómo no es cierto que “la ética” sea “la única ciencia de los estoicos”. Añádase a ello que los estoicos fueron, según Aristóteles, los principales fundadores de la lógica formal y de la sistemática en general.

Tan poco cierto es que los estoicos no sabían decir nada “acerca del espíritu”, que con ellos comienzan incluso los visionarios de espíritus, razón por la cual Epicuro se enfrenta a ellos como racionalista y los tilda de “viejas comadres”, y es de los estoicos precisamente de quienes tornan los neoplatónicos una parte de sus historias de espíritus. Estas visiones de espíritu de los estoicos responden, de una parte, a la imposibilidad de llevar a cabo una concepción dinámica de la naturaleza sin el material que tiene que suministrar una ciencia natural empírica y, de otra parte, a sus intentos de interpretar especulativamente el viejo mundo griego e incluso la religión, y por analogía con el espíritu pensante.

“La ética estoica” es hasta tal punto “una doctrina de renunciación del mundo y de afirmación de sí mismo frente al mundo”, que entre las virtudes estoicas se cuenta, por ejemplo, el “tener una patria ilustre, un fiel amigo”, que “solamente lo bello” se considera como “lo bueno” y que al sabio estoico se le consiente mezclarse de cualquier modo con el mundo, cometiendo por ejemplo incesto, etc., etc. El sabio estoico lleva hasta tal punto una “vida aislada, no en la convivencia”, que Zenón dice acerca de él: “El sabio no debe admirar nada de cuanto parece admirable, pero el virtuoso no vivirá en la soledad, pues es social por naturaleza y prácticamente activo” (Dióg. Lacre., lib. VII, 1). Por lo demás sería demasiado pedir el que se desarrollara la intrincadísima y contradictoria ética de los estoicos, frente a esta sabiduría de liceal de Jacques le bonhomme.

Con motivo de los estoicos, existen también para Jacques le bonhomme los romanos (pág. 31), de quienes, naturalmente, no nos sabe decir nada, ya que carecen de filosofía. Lo único que acerca de ellos nos dice es que ¡Horacio! “no fue más allá de la sabiduría de vida de los estoicos”. (Pág. 32). Integer vitæ, scelerisque puros! [De vida integra  y no manchado por el crimen.  – Horacio, Carminurn, Oda XXII, 1]

A propósito de los estoicos se cita también .a Demócrito, copiando de cualquier manual un confuso pasaje de Diógenes Laercio (Demócr., lib. IX, 7, 45), mal traducido además, y basando en él una larga diatriba contra Demócrito. Esta diatriba se caracteriza por el hecho de que se halla en directa contradicción con el texto que le sirve de base, con aquel pasaje confuso y mal traducido a que nos referíamos, convirtiendo la “paz del ánimo” (traducción stirneriana de la palabra la εύδυμία [Alegría, optimismo] en la “renunciación del mundo”. Stirner considera, pues, a Demócrito como un estoico, y un estoico, además, tal y como se lo imaginan el Único y la conciencia vulgo- del estudiante de bachillerato; según él, “toda su actividad se concentra en el esfuerzo de desembarazarse del mundo” y, por tanto, “en la repulsa del mundo”, y así, puede combatir en Demócrito a los estoicos.
Que la agitada vida de Demócrito, peregrino del mundo, se da de bofetones. con esta representación de San Max; que la verdadera fuente para estudiar la filosofía de Demócrito es Aristóteles, y no el par de anécdotas recogidas por Diógenes Laercio; que Demócrito, lejos de renunciar al mundo, es, por el contrario, un investigador empírico de la naturaleza y la primera cabeza enciclopédica entre los griegos; que su ética, apenas conocida, se reduce a unas cuantas glosas hechas al parecer por él en su vejez, después de haber viajado mucho; que sus cosas científiconaturales sólo abusivamente pueden calificarse de filosofía, ya que en él el átomo, a diferencia de Epicuro, no es más que una hipótesis física, un recurso para la explicación de ciertos hechos, exactamente lo mismo que en las proporciones de las mezclas de la química moderna (Dalton, etc.) son todas circunstancias que no encajan en el revoltijo de Jacques le bonhomme;

Demócrito debe ser interpretado de un nodo “único”, Demócrito habla de la euthymia y, por tanto, de la paz del ánimo y, por tanto, del repliegue sobre sí mismo y, por tanto, de la renunciación al mundo, lo que quiere decir que Demócrito es un estoico y sólo se distingue del faquir indio que musita “Brahma” (debiera decir “Om”)como el comparativo del superlativo, es decir, “solamente por el grado”.

De los epicúreos sabe nuestro amigo exactamente lo mismo que sabe de los estoicos, o sea la inevitable cantidad de saber de un estudiante de bachillerato. Contrapone la hedoné de los epicúreos a la ataraxia de los estoicos y los escépticos e ignora que esta ataraxia se da también en Epicuro y, concretamente, como subordinada a la hedoné, lo que echa por tierra toda su contraposición. Nos dice que los epicúreos “sólo enseñan otro comportamiento ante el mundo” que los estoicos, y querría mostrarnos al filósofo (no estoico) de la “vieja y la nueva época” que no hace “solamente” lo mismo. Por último, San Max nos enriquece con una nueva sentencia de los epicúreos: “Hay que engañar al mundo, pues es nuestro enemigo”; hasta ahora, sólo sabíamos que los epicúreos habían dicho: debe desengañarse al mundo -a saber, del temor a los dioses, pues es nuestro amigo. Para dar a nuestro santo una ligera idea de la base real sobre que descansa la filosofía de Epicuro, baste decir que en él aparece formulado por vez primera el pensamiento de que el Estado se basa en una convención mutua entre los hombres, en un contrat social [Contrato socialContrato social].

Hasta qué punto las conclusiones de San Max acerca de los escépticos discurren por el mismo cauce se desprende ya del hecho de que considera su filosofía como más radical que la de Epicuro. Los escépticos reducían el comportamiento teórico de los hombres ante las cosas a la apariencia y, en la práctica, lo dejaban estar todo como antes, al atenerse a esta apariencia lo mismo que los otros se atenían a la realidad: no hacían más que dar otro nombre a la cosa. Epicuro era, por el contrario, el verdadero racionalista radical de la antigüedad, que atacaba abiertamente a la religión antigua y de quien arrancó también el ateísmo de los romanos, en la medida en que llegó a existir entre éstos.

De aquí que lo ensalce también como un héroe Lucrecio, el primero que derrocó a los dioses y pisoteó la religión, y ello explica por qué Epicuro se ganó entre todos los Padres de la Iglesia, desde Plutarco hasta Lutero, la fama del filósofo impío por excelencia, del cerdo, razón por la cual dice Clemente de Alejandría que cuando San Pablo se indigna contra la filosofía quiere referirse exclusivamente a la epicúrea. (Strom. lib.1 [cap. XI], pág. 295 de la ed. de Colonia, 1688). Vemos, pues, de qué modo tan “astuto, engañoso” y “prudente” se comportaba ante el mundo este ateo franco y abierto, atacando sin recato la religión de aquél, mientras que los estoicos aderezaban especulativamente la vieja religión y los escépticos tomaban su “apariencia” como pretexto para poder acompañar su juicio por doquier de una reservatio mentalis [Reserva mental].

Según Stirner, los estoicos llegan por último a una actitud de “renunciación al mundo” (pág. 30), los epicúreos adoptan “la misma sabiduría de vida que los estoicos”, pág. 32, y los escépticos “dejan estar el mundo y no se preocupan para nada de él”. Por consiguiente, según Stirner, los tres acaban en una actitud de indiferencia ante el mundo, en la “repulsa del mundo” (pág. 485). Ya mucho tiempo antes que él había expresado esto Hegel del modo siguiente: el estoicismo, el escepticismo y el epicureísmo “tendían a la indiferencia del espíritu hacia todo lo que ofrece la realidad”.

“Los antiguos”, dice San Max, resumiendo su crítica del mundo del pensamiento antiguo, “tenían sin duda pensamientos, pero el pensamiento no lo conocían”, pág. 30. Y, a este propósito, se nos recuerda “lo que se ha dicho más arriba acerca de nuestros pensamientos infantiles” (Ibíd.). La historia de la filosofía antigua debe atenerse a la construcción de Stirner. Para que los griegos no se salgan de su papel de niños, no debe haber vivido Aristóteles ni aparecer en él el pensamiento dotado de ser en y para sí, el entendimiento que se piensa a sí mismo y el pensamiento que se piensa a sí mismo; no deberían existir, para ello, en general, su Metafísica ni el libro tercero de su Psicología.

Del mismo modo que San Max nos recuerda aquí “lo que se ha dicho más arriba acerca de nuestros años de infancia”, habría podido decir, al hablar de “nuestros años de infancia”: véase lo que se dirá más abajo acerca de los antiguos y de los negros y lo que no se dirá acerca de Aristóteles.

Para valorar el verdadero significado de las últimas filosofías antiguas durante el período de disolución de la Antigüedad, Jacques le bonhomme no habría tenido más que examinar la posición real de vida de sus sostenedores bajo la dominación romana. Y así, podría haber visto, entre otras cosas, cómo Luciano describe con todo detalle la idea que el pueblo tenía de ellos como payasos públicos y cómo los capitalistas romanos, los procónsules, etc., los alquilaban para divertirse con ellos como bufones, encargados de distraer a los grandes señores y a sus invitados con divertidas frases sobre la ataraxia, la afasia, la hedoné, etc., después de disputar a los postres con los esclavos sobre la posesión de los huesos y las migajas del banquete y de beber unos cuantos vasos de selecto vino agrio.

Por lo demás, si nuestro buen hombre quería convertir la historia de la filosofía antigua en la historia de la Antigüedad, de suyo se comprende que necesitaba hacer que las doctrinas de los estoicos, epicúreos y escépticos se disolvieran en las de los neoplatónicos, cuya filosofía no es otra cosa que la fantástica combinación de la doctrina estoica, epicúrea y escéptica con el contenido de la filosofía de Platón y de Aristóteles. Pero, en vez de esto, hace que estas doctrinas se disuelvan directamente en el cristianismo.

“Stirner” no tiene “tras si” a la filosofía griega, sino que es la filosofía griega la que tiene tras ella a “Stirner”. En vez de decirnos cómo “la Antigüedad” llega a un mundo de las cosas y “termina” con él, este ignorante maestro de escuela lo hace desaparecer beatamente con una cita de Timón, con lo que la Antigüedad consigue tanto más naturalmente su “último propósito” en cuanto los antiguos, según San Max, “se vieron colocados” “por la naturaleza” en la “comunidad” antigua, lo que, “para concluir con esto”, “puede evidenciarse” tanto más claramente en cuanto se califica a esta comunidad, familia, etc., como “los llamados lazos naturales”. Es la naturaleza la que crea el antiguo “mundo de las cosas”, y Timón y Pilato son los que lo destruyen (pág. 32). En vez de pintar el “mundo de las cosas” que sirve de base material al cristianismo, hace que este “mundo de las cosas” se vea cancelado en el mundo del espíritu, en el cristianismo.

Los filósofos alemanes están acostumbrados a contraponer la Antigüedad, como la época del realismo, a la época cristiana y moderna, como la época del idealismo, mientras que los economistas, historiadores y naturalistas franceses e ingleses acostumbran concebir la Antigüedad como el período del idealismo, frente al materialismo y al empirismo de la época moderna. Y del mismo modo puede concebirse la Antigüedad como idealista, por cuanto los antiguos representan en la historia al “citoyen”, al político idealista, mientras que los modernos tienden en última instancia hacia el “bourgeois”, hacia el ami du commerce[Amigo del comercio] realista, o de nuevo de un modo realista, porque en ellos la comunidad era “una verdad”, mientras que para los modernos es una “mentira” idealista. Poco es, como se ve, lo que se consigue con todas estas abstractas contraposiciones y construcciones de la historia.

Lo “único” que podemos aprender de toda esta exposición de los antiguos es que Stirner, aunque “sabe” muy pocas “cosas” del mundo antiguo, en cambio “penetra mejor en ellas”.

Stirner es realmente aquel “hijo varón” del Apocalipsis de San Juan 12, 5, del que se profetiza “que apacentará a todas las naciones con cetro de hierro”. Ya hemos visto cómo descarga el cetro de hierro de su ignorancia sobre los pobres paganos. Y los “modernos” no lo pasarán mejor que los “antiguos”.