LA CAÍDA:EL MUNDO Y EL HOMBRE

CADUTA

 

 

 

 

 

 

Hay muchas versiones del origen del mundo y del hombre, que van desde la mitología más arcaica hasta la teoría científica más elaborada. Empero, entre tantas versiones para un mismo mal, Cioran toma particularmente la caída, según el Génesis, en su visión del mundo.

Es menester aclarar que el relato de la caída es una metáfora para tratar de referirnos a algo indecible, que es la situación metafísica del hombre en la trans-historia, es decir, antes del tiempo.

 

Como nuestros conceptos, ideas y referencias se sitúan en una temporalidad específica, sería imposible decir algo con suficiente objetividad y precisión sobre el ser antes del tiempo. En consecuencia, Cioran usa la caída como un recurso para tratar de familiarizarnos con un sentimiento metafísico profundo, que encuentra su raíz problemática en una ruptura metafísica (ser-eternidad) que, a su vez, se refleja en una ruptura ontológica del ser en el tiempo. La metáfora en este caso es un puente al cual recurre Cioran para que podamos percibir la verdadera situación ontológica del hombre.

 

Claro está, él se apropia de este relato bíblico y le da un matiz particular gracias a su manera amarga de concebir la vida.

 

¿Cómo fue el origen de todo? Pues, erase una vez en la inmensidad de la nada un Dios solitario, una divinidad maligna y aciaga que decidió arrojar su imperfección en una obra: el mundo y el hombre. Pero, “[si] Dios creó el mundo, fue por temor de la soledad; ésa es la única explicación de la creación. Nuestra razón de ser, la de sus creaturas, consiste únicamente en distraer al Creador” , la creación del escenario universal constó de varios días para su montaje, siete en total. Al quinto día, en especial, formó a su imagen y semejanza al hombre quien lo ubicó en un paraíso eterno, un huerto dentro del Edén.

 

En primera instancia, el demiurgo advirtió: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 16-18, Reina-Valera). En pocas palabras, signo de la primera malicia. Pero, la soledad reinaba en la paz y Dios creó a la mujer de la misma carne deAdán, del polvo terrenal de la vida, substrajo una costilla que se convirtió en el cuerpo y el alma de la mujer, ambos fueron destinados a cargar con la soledad del otro.

 

 

No obstante, cabe anotar que lo realmente importante no es la creación sino la caída a que pronto llegarían para el marido y la mujer. La serpiente, cómplice milenaria de Dios, sedujo a la incauta hembra con la promesa de que, por medio del conocimiento del bien y el mal, ella y su pareja podrían llegar a ser como Dios – cosa tan ridícula ¿para qué ser el mayor fracasado?– Le tendió con mil adornos el fruto prohibido, la provocación divina en la eternidad y siendo de esperar de una creatura tan falta de ser que es el humano, ella ejecutó el pecado e hizo pecar a su hombre, volviéndose ambos los pecadores de todo el universo.

 

Sin embargo, Dios todo lo ve y todo lo sabe, así que el acto fue descubierto…antes que lo realizarán. El demiurgo decepcionado, maldice, después de castigar a su cómplice, a sus dos semejantes. Los llamó Adán y Eva respectivamente, en otras palabras: al nombrarlos los separó de la unidad divina.

 

Maldijo entonces Dios el andar del humano y lo separó de la eternidad para arrojarlo al tiempo. Ya en el tiempo Adán y Eva abiertos al mundo, encontrados con el mundo del polvo, del sufrimiento y de la pudrición, emprenden la historia de su caída, inauguran su estatus de víctimas de los propios males y fracasos que portan.

Algo más hay que añadir, de acuerdo a los planteamientos de Cioran hay, en realidad, dos caídas: la primera que ya mostramos anteriormente y que radica en la ruptura metafísica del hombre con respecto a una trascendentalidad positiva ( la eternidad en el paraíso junto a Dios), debido a ella el sujeto emprende una sucesión de hechos en donde él será víctima de incontables desgracias (a ellas le sumamos la posesión de la razón y conciencia). Entre tanto, la segunda consiste en la aparición de una crisis al tomar conciencia de la verdadera situación en que se halla el humano, a partir de la primera caída.

El sujeto se aleja de lo temporal y de sí mismo, es empujado con una intensificación de lucidez y dolor por debajo del tiempo, lo cual hace que desintegre gradualmente el Yo4. En palabras de Demars: << [el] dejar a un lado la inmanencia temporal por la segunda caída abre entonces una trascendencia negativa, una “eternidad negativa”>>.

 

 

Justo es decir que más adelante comprenderemos la importancia de la segunda caída en el suicidio. Por otro lado, la desdicha de este exiliado metafísico, lo mismo que decir “bendito” por la conciencia gracias al pecado, consistirá en proyectar su ruptura ontológica en la búsqueda infructuosa de retornar a esa unidad eterna que perdió. Empero, para ello tiene que creer en un sentido, en que lo que haga posea una razón suficiente para emprenderla e incluso pretender que él posee un ser. Obviamente, esto es una ilusión, un delirio como afirma Cioran en el siguiente fragmento:

Creador de valores, el hombre es el ser delirante por excelencia; presa de la creencia de que algo existe, mientras que le basta retener su aliento: todo se detiene; suspender sus emociones: nada se estremece ya; suprimir sus caprichos: todo se hace opaco. La realidad es una creación de nuestros excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desarreglos.

El delirio de esta creatura enferma que es el hombre, crea el mundo y alucina con un sentido y finalidad de existir. Pero, tanto Adán como nosotros sus hijos depositamos esa locura en algo mucho más desequilibrado: el Yo. Una creencia mucha más vacía que las demás, pues desde que peca la creatura se comprende que siempre ha carecido de una identidad, de una esencialidad, Abad6 lo explica al sostener en “Del paraíso a la historia” que:

En el Edén, el hombre estaba ya fragmentado. Si no lo hubiese estado, jamás habría tomado el fruto prohibido, y verdaderamente se habría reproducido en un eterno presente del cual simplemente nunca hubiera salido. Pero una ruptura estaba yapresente, ruptura que habría de profundizarse con el tiempo y que se vislumbra en el abandono que Adán hiciera del Edén, y se reproduce en la Historia.

Retomando, la expulsión metafísica se comprende en la cosmovisión cioraniana en términos de una caída en el tiempo, y esa caída es en donde el hombre se abre paso ante un mundo, en el cual actúa y no puede resistirse a cometer acciones ya que:

 

El hombre no está satisfecho de ser hombre. Pero no sabe hacia qué regresar ni cómo volver a un estado del que ha perdido todo recuerdo claro. La nostalgia que tiene de él constituye el fondo de su ser, y a través de ella comunica con lo más antiguo que subsiste en él.

 

Añadámosle a esta suma de angustias que no hay redención para el ser humano, jamás podrá retornar a la eternidad, simplemente porque el tiempo se lo impide y su in-esencialidad ontológica lo apresa. Definitivamente no encuentra salvación, está condenado a la desesperación de nunca regresar a la eternidad, al paraíso perdido.

A pesar de ello, ese ser iluso no quiere y no acepta su insignificancia, no reconoce su gran derrota, su mentira encarnada y es motivado a obedecer hasta sus instintos más profundos de persistencia para seguir creando y replicando. Pero, ¿qué crea? Simplemente el mundo por medio del lenguaje y sus proyecciones, o sea un supuesto garante de que él “es”; establece el sentido en el centro gravitacional de su ser, de eso que es poco menos que la apariencia, permitiéndole decir “esto es mío, eso es, yo estoy, yo pertenezco”: delirios de grandeza en un juego que tiene sus horas contadas.

Hasta la muerte parece un gran hecho en las manos sucias del humano, como si la desaparición de un individuo se notara en el todo o detuviera las tantas olas en el mar infinito del universo: “Nunca se dice de un perro o de una rata que es mortal. ¿Con qué derecho se ha arrogado el hombre ese privilegio? Después de todo, la muerte no es un descubrimiento suyo. ¡Qué fatuidad creerse su beneficiario exclusivo!” .

Curiosamente también en la filosofía de Unamuno se reconoce el egocentrismo del hombre, el cual se debe a la posesión de la conciencia. Un ejemplo que expone es el siguiente: si el sol tuviera conciencia pensaría que existe para iluminar los demás astros, pero también pensaría que los demás astros existen para que él los ilumine. Sin duda, lo que tanto Unamuno como Cioran quieren mostrar es que el sujeto está, irremediablemente, propenso a colocarse como el centro de todo.

 

El hijo de Dios, sucesor de Adán y Eva, emprende la historia de su caída, alimenta el silencio sórdido del polvo con sangre, lagrimas, traiciones, conquistas y una infinidad de inventos que son una pirueta escrita en un papel frívolo. Esa historia es una expresión de unmal genealógico, robustecido por una maldición consagrada en el momento de haber nacido. Eventualmente, todo resulta frívolo, nada de lo que estamos rodeados posee alguna importancia:

 

Lo serio no es precisamente un atributo de la existencia; lo trágico sí, por implicar una idea de aventura, de desastre gratuito, mientras que lo serio, por el contrario, postula un objetivo. Ahora bien, la gran originalidad de la existencia reside en no poseer ninguno.

 

Por consiguiente, cualquier acción es vana, acaece, no obstante que el vivir del humano sólo sea un devenir en lo trágico. Llegado a este punto, creer en algo es síntoma de seguir enfermos, negarlo es aceptar un fracaso milenario, puesto que la evidencia de nuestra nulidad es tan grande que nos aplastaría.

De la misma forma, en el plano social el hombre se refleja como un decrepito en un espejo, las contradicciones internas del ser humano se expresan en sus relaciones dentro de la comunidad. Debido a la insignificancia de la creatura caída y su miedo de aceptar una nulidad constante, por medio de la mentira y el auto-engaño (además de la huida de sí mismo) establece un orden ficticio en el cero que está suspendido la existencia. Mejor dicho, el hombre es una creatura tan cobarde que se organiza en sociedades para intentar auto-convencerse de qué su existencia es algo necesario en el universo.

Y tal es la obsesión por esas formulaciones que obliga a los demás a aceptar sus ideales del orden. De hecho, cada hombre quiere someter a los demás por medio de sus dictámenes de sentido y de respuestas ante la pregunta: ¿por qué vivir? Puesto que, en términos crueles cada quien se percibe como un dogma supremo que está dispuesto a darse golpe contra quien lo debata, “[si] las relaciones entre los seres humanos son tan difíciles es porque el ser humano ha sido creado para romperse la cara y no para tener «relaciones»”.

 

Observamos como crea una farsa montada en un abismo en donde todos somos impostores, con máscaras que reflejan la resignación ante el mundo que se nos pone en la mesa ante la sociedad y la historia, cercenamos nuestros más íntimos pensamientos para hacer parte de cada escena posible, en una obra llamada vida.

Emil Cioran anota sobre lo anterior que: <<la “dulzura” de vivir en común reside en la imposibilidad de dar libre curso al infinito de nuestros pensamientos ocultos. Gracias a que somos todos impostores, nos soportamos los unos a los otros>> , y más adelante dará una cachetada al sostener que “[m]ientras que los hombres sientan pasión por la sociedad, reinará en ella un canibalismo disfrazado”. Por lo tanto, estamos ligados a la mentira y la farsa, y gracias a ellas les debemos la subsistencia de la sociedad o de cualquier otra forma de nuestra demencia para poder soportar la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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