LOS LIBRES: EL LIBERALISMO POLÍTICO

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A

La clave para comprender la crítica del liberalismo en San Max y en sus predecesores es la historia de la burguesía alemana. Destacaremos algunos momentos de esta historia, a partir de la Revolución Francesa.El estado de Alemania al final del siglo pasado se refleja de un modo completo en la Crítica de la razón práctica de Kant. Mientras que la burguesía francesa, gracias a la revolución más gigantesca que conoce la historia, se elevó al poder y conquistó el continente europeo, y mientras que la burguesía inglesa emancipada revolucionó la industria y sometió políticamente a la India y comercialmente al resto del mundo, los impotentes burgueses alemanes sólo consiguieron remontarse a la “buena voluntad”.

Kant se daba por contento con la simple “buena voluntad” aunque no se tradujera en resultado alguno, y situaba en el más allá la realización de esta buena voluntad, la armonía entre ella y las necesidades y los impulsos de los individuos.

 

Esta buena voluntad de Kant corresponde por entero a la impotencia, a la pequeñez y a la miseria de los burgueses alemanes, cuyos mezquinos intereses no han sido nunca capaces de desarrollarse hasta convertirse en los intereses comunes, nacionales, de una clase, razón por la cual se han visto constantemente explotados por los burgueses de todas las demás naciones. A estos mezquinos intereses locales correspondían, de una parte, la real limitación local y provincial de horizontes y, de otra, la arrogancia cosmopolita de los burgueses alemanes. Toda la trayectoria alemana, desde la Reforma, cobra un carácter totalmente pequeñoburgués.

 

La vieja nobleza feudal fue, en su mayor parte, destruida por las guerras de los campesinos; todo lo que de ella quedó en pie fueron, bien los diminutos príncipes sometidos directamente al imperio, y que fueron conquistándose poco a poco cierta independencia e imitando a la monarquía absoluta en las pequeñas y mínimas proporciones de las ciudades, o terratenientes todavía más diminutos, que en parte aportaban sus reducidos patrimonios a las pequeñas cortes, para vivir luego de pequeños puestos en los pequeños ejércitos y en las oficinas del Estado, o bien Krautjunker [Hidalgo rural, en Alemania, Inglaterra y Francia respectivamente] cuyo género de vida habría avergonzado al más modesto squire inglés o gentilhomme de province francés. La tierra se cultivaba de un modo que no era el régimen de la parcelación ni el del gran cultivo y que, a pesar de persistir el vasallaje y las prestaciones feudales, jamás impulsó a los campesinos a la emancipación, tanto porque este tipo de explotación no permitía que surgiera una clase activamente revolucionaria como porque no tenía a su lado la burguesía revolucionaria correspondiente a una clase campesina de esas características.

 

Por lo que a los burgueses se refiere, no podemos hacer otra cosa que destacar aquí dos o tres rasgos significativos, Es característico que la manufactura del lienzo, es decir, la industria que descansa sobre la rueda de hilar y el telar de mano, llegase a adquirir cierta importancia en Alemania coincidiendo precisamente con el momento en que estos toscos instrumentos eran desplazados en Inglaterra por las máquinas.

 

Pero lo más significativo son sus relaciones con Holanda. Holanda, el único miembro de la Hansa  que llegó a adquirir una importancia comercial, se desprendió de ella, aisló a Alemania del comercio mundial con excepción de dos puertos (Hamburgo y Bremen y pasó a dominar desde entonces todo el comercio alemán. Los burgueses alemanes eran demasiado impotentes para poder poner coto a la explotación por parte de los holandeses. La burguesía de la pequeña Holanda, con sus desarrollados intereses de clase, era más poderosa que los burgueses de Alemania, mucho más numerosos, pero carentes de intereses o dominados por intereses mezquinos y desperdigados. Y a esta dispersión de los intereses correspondía la dispersión de la organización política del país, los pequeños principados y las ciudades libres del Imperio. ¿De dónde iba a recibir la concentración política un país en el que faltaban todas las condiciones económicas para ella?

 

La impotencia de cada uno de los campos de la vida (no se puede hablar de estamentos ni de clases, sino a lo sumo de estamentos pretéritos y de clases futuras) no permitía a ninguno de ellos conquistar la hegemonía exclusiva. Y ello traía como necesaria consecuencia el que, durante la época de la monarquía absoluta, que aquí revestía la forma más raquítica, una forma semipatriarcal, aquella esfera especial a la que se le asignó por la división del trabajo la administración de los intereses públicos adquiriera una anormal independencia, llevada todavía más hacia adelante con la moderna burocracia. El Estado se constituyó, así, como un poder en apariencia independiente y ha conservado hasta hoy, en Alemania, esta posición que en otros países es puramente transitoria, una fase de transición. Partiendo de esta posición se explica tanto la honrada conciencia burocrática, que en otros países no se da nunca, como todas esas ilusiones acerca del Estado que en Alemania se abren paso, y la aparente independencia que en este punto adoptan los teóricos con respecto a los burgueses, la aparente contradicción entre la forma en que estos teóricos defienden los intereses de la burguesía y los intereses racismos.

 

También en Kant nos encontramos, una vez más, con la forma característica que en Alemania adoptó el liberalismo francés, basado en los intereses de clase reales. Ni Kant ni los burgueses alemanes de los que era aplacador portavoz se daban cuenta de que estos pensamientos teóricos de los burgueses descansaban sobre intereses materiales y sobre una voluntad condicionada y determinada por las condiciones materiales de producción; por eso Kant separaba esta expresión teórica de los intereses por ella expresados, convertía las determinaciones materialmente motivadas de la voluntad de la burguesía francesa en autodeterminaciones puras de la “libre voluntad”, de la voluntad en sí y para sí, de la voluntad humana, convirtiéndolas con ello en determinaciones conceptuales puramente ideológicas y en postulados morales. De aquí que los pequeños burgueses alemanes se aterraran ante la práctica de este enérgico liberalismo burgués, tan pronto como se manifestó tanto en el régimen del terror como en el desvergonzado lucro de la burguesía.

 

Bajo la dominación napoleónica, siguieron los burgueses alemanes entregados a sus mezquinos regateos y a sus grandes ilusiones. Acerca del espíritu de regateo que por aquel entonces prevalecía en Alemania puede San Sancho consultar, entre otros autores, a Jean Paul, para citar tan sólo fuentes de la amena literatura a él asequibles.

Los burgueses alemanes que hablaban vial de Napoleón porque les obligaba a beber achicoria y porque venía a perturbar la tranquilidad de su país con la conscripción y el acuartelamiento, derramaban sobre él todo su odio moral y sobre Inglaterra toda su admiración; mientras que Napoleón les prestaba los mayores servicios, al limpiar los establos de Augías de Alemania y al organizar las comunicaciones propias de un país civilizado, los ingleses sólo aguardaban la ocasión de explotarlos á tort et à travers [De arriba abajo, brutalmente].

 

A la manera pequeñoburguesa, lo mismo en uno que en otro caso, los príncipes alemanes se imaginaban luchar en pro del principio de la legitimidad y en contra de la revolución, cuando en realidad se limitaban a actuar como lansquenetes a sueldo de los burgueses de Inglaterra. Bajo estas ilusiones generales, era perfectamente lógico que llevaran la voz cantante los estamentos que gozaban del privilegio de las ilusiones, los ideólogos, los maestros de escuela, los estudiantes, los afiliados a las Ligas de la Virtud, dando una expresión análoga v superabundante a las fantasías generales y a la ausencia general de intereses.

 

La revolución de Julio -saltando por encima de las etapas intermedias, ya que sólo se trata de apuntar aquí algunos de los puntos capitales- impuso a los alemanes desde fuera las formas políticas en consonancia con la burguesía desarrollada. Y, como las relaciones económicas no habían alcanzado aún en Alemania, ni con mucho, la fase de desarrollo correspondiente a estas formas políticas, los burgueses aceptaron estas formas políticas solamente como ideas abstractas, como principios de por sí indiferentes, como buenos deseos y frases, como autodeterminaciones kantianas de la voluntad y de los hombres tal y como debieran ser. De aquí que se comportaran hacia ellas en una actitud mucho más moral y desinteresada que otras naciones; dicho en otras palabras, dieron pruebas de una limitación de horizontes verdaderamente extraordinaria, y todas sus aspiraciones se quedaron en letra muerta.

 

Por último, la competencia cada vez más violenta del extranjero y del comercio mundial, a la que cada vez menos podía sustraerse Alemania, obligó a los desperdigados intereses locales alemanes a una cierta comunidad. Los burgueses alemanes comenzaron, sobre todo desde 1840, a pensar en asegurar estos intereses comunes; se hicieron nacionales y liberales y exigieron aranceles protectores y constituciones, llegaron, pues, ahora, sobre poco más o menos, a donde habían llegado los burgueses franceses de 1789.

 

Cuando, como hacen los ideólogos berlineses, se enjuicia al liberalismo y al Estado, incluso dentro de los marcos de las impresiones locales de Alemania o hasta limitándose a criticar las ilusiones burguesas alemanas acerca del liberalismo, en vez de enfocarlo en conexión con los intereses reales de los que ha brotado y fuera de los cuales no puede existir realmente, se llega, naturalmente, a los resultados más absurdos con respecto al mundo.

Este liberalismo alemán, tal y como se lo proclamaba todavía hasta estos últimos tiempos, es, como liemos visto, ya bajo su forma popular, simplemente una serie de fantasías, una ideología acerca del liberalismo real. Nada más fácil, por tanto, que convertir totalmente su contenido en filosofía, en puras determinaciones conceptuales, en el “conocimiento de la razón”. Y si, encima, se es tan desdichado que sólo se conoce el liberalismo ya patentado bajo la forma sublimada que le han dado Hegel y los maestros de escuela puestos a su servicio, se llega a conclusiones que pertenecen exclusivamente al reino de lo sagrado. Un triste ejemplo de esto nos lo suministra nuestro Sancho.

 

“Tanto se ha hablado en los últimos tiempos”, en el mundo activo, de la dominación de los burgueses, “que no debe uno asombrarse de” que “la noticia de ello haya llegado ya hasta Berlín”, a través de la traducción de L. B1anc hecha por el berlinés Buhl, etc., y que allí haya atraído la atención de los apacibles maestros de escuela (Wigand, pág. 190). No se puede decir, sin embargo, que “Stirner”, en su método de apropiación de las representaciones en curso se Naya “asimilado un giro especialmente beneficioso y rentable” (Wig., ibíd.), como se desprendía ya de su modo de explotar a Hegel y se verá ahora, en lo que sigue.

 

A nuestro maestro de escuela no se le escapa que, en los últimos tiempos, se identifica a los liberales con los burgueses. Y, como San Max identifica a los burgueses con los buenos burgueses, los pequeños burgueses alemanes, resulta que no recoge lo que se le entrega tal y como ha sido realmente expresado por todos los escritores competentes, a saber: de tal modo que los tópicos liberales sean la expresión idealista de los intereses reales de la burguesía, sino a la inversa, en el sentido de que la mira última del burgués es convertirse en un liberal perfecto, en un ciudadano del Estado. Para él, no es el bourgeois la verdad del citoyen, sino, por el contrario, el citoyen la verdad del bourgeois. Y esta manera, tan santa como alemana, de comprender el problema va tan allá. que en la pág. 130 se nos convierte “la ciudadanía” (debiera decir, la dominación de la burguesía en un “pensamiento, nada más que en un pensamiento” y “el Estado” se presenta como “el verdadero hombre” que, en los “derechos humanos”, concede a los burgueses individuales los derechos “del” hombre, la verdadera consagración, y todo ello después que las ilusiones acerca del Estado y los derechos humanos fueron ya suficientemente puestas de manifiesto en los Anales Franco-Alemanes,hecho éste que por fin hubo de poner de manifiesto San Max en un “comentario apologético” del año 1845. Así, puede ahora convertir al burgués, distinguiéndolo del burgués empírico como liberal .de por sí, en el liberal santo, como convierte al Estado en “lo sagrado” y la relación entre el burgués y el Estado moderno en una relación sagrada, en un culto (pág. 131), con lo que, en rigor, pone fin a su crítica acerca del liberalismo político. Lo ha convertido en “lo sagrado”.

 

Pondremos aquí algunos ejemplos de céino San Max adorna esta propiedad suya con arabescos históricos. Se vale para ello de la Revolución Francesa, para lo que su corredor en historia, San Bruno, le transmite, a base de un pequeño contrato de suministro, unos cuantos datos.

 

Por medio de algunas palabras de Bailly, transmitidas a su vez por las “Cosas notables” de San Bruno, “adquieren” “los que hasta entonces eran súbditos”, gracias a la convocatoria de los Estados Generales, “la conciencia de ser los dueños” (pág. 132). Al revés, mon brave [Mi buen amigo], los que ya de antes eran los dueños manifiestan con ello la conciencia de que ya no son simplemente súbditos, conciencia que ya se había adquirido desde mucho antes, por ejemplo en los fisiócratas, y polémicamente contra los burgueses en Linguet, Théorie des lois civiles, 1767, en Mercier, en Mably y en todos los escritos contra la fisiocracia. Y este sentido fue reconocido inmediatamente al comienzo de la revolución, por ejemplo por Brissot, Fauchet, Marat, en el Cercle social, y por todos los adversarios democráticos de Lafayette, Si San .Max hubiese enfocado así el asunto, es decir, tal y como realmente sucedió, independientemente de su corredor en historia, no se asombraría de que “las palabras de Bailly parecieran, ciertamente, significar [que cada cual era un dueño…”].

 

[… “Stirner” cree que “a «los buenos ciudad] años» puede serles [indiferente quién] [les protege a ellos y a sus principios], si un rey absoluto, un rey constitucional o una república, etc.”. Esto es “indiferente”, por supuesto, para los “buenos ciudadanos” que beben tranquilamente su cerveza blanca en una bodega berlinesa, pero no lo es, ni mucho menos, para los ciudadanos históricos. Y es que el “buen ciudadano” “Stirner” se imagina aquí una vez más, como en todo el capítulo, que los burgueses de Francia, de Norteamérica y de Inglaterra son los buenos filisteos berlineses bebedores de cerveza blanca. Traducida de la forma de la ilusión política a un buen alemán, la frase anterior quiere decir lo siguiente: a los burgueses “puede serles indiferente” el que su dominación sea ilimitada o el que otras clases contrarresten su poder político y económico. San Max cree que un rey absoluto o quien sea puede proteger a los burgueses tan bien como se protegen ellos mismos. Y que un “rey absoluto” va a poder, incluso, defender “los principios de ellos”, que consisten en someter el poder del Estado al chacun pour soi, chacun chez soi [Cada cual para sí, cada cual en lo suyo] y en explotarlo a su servicio.

 

¿Por qué no nos cita San Max un país donde, desarrolladas ya las relaciones del comercio y de la industria y bajo una gran competencia, los burgueses se dejen proteger por un “rey absoluto”? Después de convertir así a los burgueses históricos en filisteos alemanes al margen de la historia, “Stirner” va no necesita tampoco conocer a otros burgueses que a los “apacibles ciudadanos y leales funcionarios” (!), dos espectros que sólo se dejan ver en el “sacro” suelo alemán, para luego resumir a toda la clase bajo el nombre de “obedientes servidores” (pág. 139). ¿Por qué no echa un vistazo, en busca de estos obedientes servidores, a las bolsas de Londres, Manchester, Nueva York y París? Puesto que San Max se ha puesto en marcha, podría también ahora recorrer the whole hog [Recorrer todo el camino, hacer algo cabalmente] y dar crédito a un limitado teórico de los Ventiún Pliegos cuando dice que “el liberalismo es el conocimiento de la razón aplicado a nuestras condiciones existentes” y declarar que “los liberales son fanáticos de la razón”. Por estas […] frases puede verse hasta qué punto los alemanes [se resisten a] desprenderse de sus primeras ilusiones acerca del libera[lismo]. “Abraham, esperando contra toda esperanza, creyó – por lo cual también le fue imputado a justicia”. (Rom. 4, 18 y 22).

 

“El Estado paga bien para que sus buenos ciudadanos puedan sin riesgo pagar mal; se asegura sus servidores, de los que, con buena paga, forma un poder protector, una policía, para los buenos ciudadanos; y los buenos ciudadanos le pagan a él con gusto altos impuestos, para retribuir con menos salarios a sus obreros”, pág. 152. Debiera decir: los burgueses pagan bien a su Estado y hacen que la nación pague por ello, para poder pagar mal sin peligro; se aseguran por medio de un buen pago, un poder protector, una policía en los servidores del Estado; pagan con gusto y hacen que la nación pague altos impuestos para poder imponer luego a sus obreros, sin peligro, como tributos (descontándoselo de los salarios) lo que ellos pagan. “Stirner” descubre aquí la novedad económica de que el salario es un impuesto, un tributo que el burgués paga al proletario, mientras que los demás economistas, los profanos, ven en los impuestos un tributo que el proletario paga al burgués,

 

De la sagrada burguesía pasa ahora nuestro santo Padre de la Iglesia a hablar del proletariado “único” de Stirner. (pág. 118), formado por “caballeros de industria, cortesanos, ladrones, bandidos y asesinos, jugadores, gente sin oficio ni beneficio y personas desaprensivas” (Ibíd.). Forman “el proletariado más peligroso” y se reducen por un momento a “gritones aislados” y, finalmente, a “vagabundos”, cuya expresión más acabada son los “vagabundos espirituales”, incapaces de “mantenerse dentro de los límites de un modo de pensar moderado” – “¡Tan amplio sentido tiene el llamado proletariado o” (per appos.) “el pauperismo!” (pág. 159).

 

[El proletariado, en la pág. 151, “es absorbido, [por el contrario], por el Estado”. Todo [el] proletariado se halla formado, pues, por burgueses y proletarios arruinados, por una colección de andrajosos que han existido en todas las épocas y cuya existencia en masa, después del final de la Edad Media, precedió al nacimiento en masa del proletariado profano, cosa de la que San Max podría convencerse leyendo la legislación y la literatura inglesas y francesas. Nuestro santo se forma la misma idea del proletariado que “los buenos apacibles ciudadanos” y, sobre todo, los “leales empleados”. Por eso, consecuente con su idea, identifica al proletariado con el pauperismo, siendo así que el pauperismo es la situación del proletariado arruinado, la fase final en que se hunde el proletario incapaz de ofrecer resistencia a la presión de la burguesía, ya que sólo es pobre el proletario despojado de toda energía. Cfr. Sismondi, Wade, etc. “Stirner” y consortes, por ejemplo, podrían, a los ojos de los proletarios, en ciertas circunstancias, pasar probablemente por pobres, pero nunca por proletarios.

 

He ahí las ideas “propias” de San Max acerca de la burguesía y el proletariado. Pero, en vista de que estas imaginaciones acerca del liberalismo, de los buenos ciudadanos y los vagabundos no le llevan, naturalmente, a nada, se ve obligado, para poder operar el tránsito al comunismo, a traer a escena a los burgueses y proletarios reales, profanos, en la medida en que ha oído hablar de ellos. Así lo hace en las págs. 151 y 152, donde el lumpenproletariado se convierte en los “obreros”, en los proletarios profanos, y los burgueses pasan, “con el tiempo” por una serie de “diversas mutaciones” y de “múltiples refracciones”. En una de las líneas dice: “los poseedores mandan”: son los burgueses profanos, y seis líneas más abajo: “El ciudadano es lo que es por la gracia del Estado”: estos ciudadanos son los burgueses sagrados; tras seis líneas más adelante, leemos:

“El Estado es el status de la ciudadanía”: burgueses profanos, pronunciamiento que se explica diciendo que “el Estado de los poseedores” da “su posesión en feudos” y que “el dinero y los bienes” de los “capitalistas” es ese “patrimonio del Estado” que este da en “feudos”: la burguesía sagrada. Al final, este Estado todopoderoso se convierte de nuevo en “el Estado de los poseedores'”, es decir de los burgueses profanos, con lo que guarda consonancia la siguiente frase: “La burguesía se hizo omnipotente con la revolución”, pág. 156. Nunca San Max habría llegado por sí mismo a estas “horribles” contradicciones que “torturan el alma” o, por lo menos, nunca se habría atrevido a promulgarlas, de no haber venido en su ayuda la palabra alemana “Bürger”, que puede interpretar a su antojo, unas veces como “citoyen”, otras como “bourgeois” y otras como el “buen ciudadano” alemán.

 

Antes de seguir adelante, debemos registrar aún dos grandes descubrimientos en materia de economía política que nuestro buen hombre “saca a luz” “en la paz del ánimo” y que tienen de común con el “goce del adolescente” de la pág. 17 el ser también “pensamientos puros”.

 

En la pág. 150, se reducen todos los males de las condiciones sociales existentes al hecho de que “burgueses y obreros creen en la «verdad» .del dinero”. Jacques le bonhomme, como se ve, se imagina que depende de los “burgueses” y los “obreros”, desperdigados por todos los estados civilizados del mundo, el levantar acta, un buen día por la mañana, de golpe y porrazo, de su “falta de fe” en la “verdad del dinero”, y cree incluso que, si semejante absurdo fuese posible, se conseguiría algo con ello.

Cree que cualquier literato de Berlín puede abolir la “verdad del dinero” ni más ni menos que como, dentro de su cabeza, le es dable abolir la “verdad” de Dios o de la filosofía hegeliana. A un santo como San Max, que mira al cielo y vuelve su profano trasero al mundo profano, le tiene sin cuidado, naturalmente, el que el dinero sea un producto necesario de ciertas relaciones de producción y de intercambio y se mantenga en pie como una “verdad” mientras estas relaciones existen.

 

El segundo de los descubrimientos se hace en la pág. 152 y consiste en que “el obrero no puede valorizar su trabajo” – porque “cae en manos” “de aquellos” que han recibido “en feudo” “algún bien del. Estado”. Lo que no es sino una nueva explicación de la tesis de la pág. 151, ya citada más arriba, según la cual el obrero es absorbido por el Estado. Ante lo que cualquiera se hace en seguida “la simple reflexión” –que Stirner” no se la haga no es “de extrañar”- de cómo se explica que, simulo así, el Estado no entregue también cualquier “bien del Estado” “en feudo” a los “obreros”. De haberse formulado esta pregunta, probablemente San Max se habría ahorrado su construcción de la ciudadanía “sagrada”, pues necesariamente se habría dado cuenta de cuáles son las relaciones entre los poseedores y el Estado moderno.

 

A través de la contraposición entre burguesía y proletariado -esto lo sabe hasta “Stirner”- se llega al comunismo. Pero, cómo se llega a ello, esto lo sabe solamente “Stirner”.

 

“Los obreros tienen en sus manos el poder más formidable: les basta con paralizar el trabajo y considerar y disfrutar lo elaborado como suyo. Tal es el sentido de los disturbios obreros que se producen de vez en cuando”, pág. 153.

 

Los disturbios obreros, que ya bajo el emperador bizantino Zenón dieron origen a una ley (Zenón, De novis operibus constitutio [Decreto sobre los nuevos servicios o trabajos]) , que “se produjeron” en el. siglo XIV con la Jacquerie y la sublevación de Wat Tyler, en 1518 en Londres cuando el evil may-day [Fatal día de mayo] y en 1549 con la gran rebelión del curtidor Kett; que luego ocasionaron los Acts 2 y 3 Eduardo VI, 15, y una serie de resoluciones parlamentarias; que poco después„ en 1640 y 1659 (ocho sublevaciones en un solo año) ocurrieron en París y que ya desde el siglo XIV, a juzgar por la correspondiente legislación, debieron de ser frecuentes en Francia e Inglaterra; la continua guerra que, desde 1770 en Inglaterra y desde la revolución en Francia, mantienen los obreros contra los burgueses con las armas de la violencia y la astucia: todo esto sólo existe, para San Max “de vez en cuando”, en Silesia, en Posen, en Magdeburgo y en Berlín, “según anuncian los periódicos alemanes”.

 

A la manera como se lo imagina Jacques le bonhomme, lo elaborado seguiría existiendo y reproduciéndose .siempre, como objeto de “consideración” y “disfrute”, aunque los productores “paralizaran el trabajo”. Como hace arriba con el dinero, nuestro buen ciudadano vuelve a convertir aquí a “los obreros”, desperdigados por todo el mundo civilizado, en una sociedad cerrada, que no tiene más que tomar un acuerdo, para verse libre de todas las dificultades. San Max ignora, naturalmente, que solamente desde 1830 se han hecho en Inglaterra cincuenta intentos, por lo menos, y que en los momentos actuales todavía se hace otro, para agrupar a todos los obreros, solamente de Inglaterra, en una sola asociación y que razones altamente empíricas han hecho fracasar todos estos proyectos. Ignora que incluso una minoría de los obreros, unidos para paralizar el trabajo, se ve muy pronto obligada a actuar revolucionariamente, hecho que habría podido comprobar en la insurrección inglesa de 1842 y, ya antes, en la insurrección gala de 1839, en cuyo año la excitación revolucionaria entre los obreros cobró por primera vez extensa expresión en el “mes sagrado”, que se proclamó simultáneamente con el armamento general del pueblo.

Por donde puede verse, una vez más, cómo San Max trata por doquier de hacer pasar sus absurdos por “el sentido” de los hechos históricos, sin conseguirlo más que con respecto a su “Se”; hechos históricos “en los que desliza por debajo de cuerda su sentido y que, con ello, se convierten necesariamente en un contrasentido” Wigand, pág. 194) . Por lo demás, a ningún proletario se le pasa por las mientes ir a aconsejarse con San Max acerca del “sentido” de los movimientos proletarios o de lo que es necesario hacer ahora en contra de la burguesía.

 

Después de esta gran campaña, nuestro San Sancho se retira junto a su Maritornes con la siguiente fanfarria:

 

El Estado descansa sobre la esclavitud del trabajo. Cuando el trabajo sea libre, el Estado se verá perdido” (pág. 153).

 

El Estado moderno, la dominación de la burguesía, descansa sobre la libertad del trabajo. San Max, como de costumbre, aunque con rasgos harto caricaturescos, se abstrae por sí mismo de los Anales francoalemanes, donde se ve que, con la libertad de la religión, del Estado, del pensamiento y por ahí adelante, y también, “por tanto”, “así también” y “acaso” del trabajo, no Yo, sino uno de mis déspotas se hace libre. La libertad del trabajo es la libre competencia entre los obreros. San Max tiene muy poca suerte, como en todos los otros campos, también en el de la economía política. El trabajo es libre en todos los países civilizados; no se trata de liberar al trabajo, sino de abolirlo.

 

 

 

 

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