UNIVERSO PESIMISTA

En el universo pesimista de Caraco el orden y la guerra – el exterminio- avanzan inseparables de la mano y no basta con declararle la paz al mundo pues cree que nadie escucha, nadie se escucha. 

Su visión apocalíptica, de constante redoble, se extiende página tras página sin propuesta alguna de enmienda: “Pronto el mundo no será más que un astillero donde, igual que las termitas, miles de ciegos, afanados por perder el aliento, se afanarán, en el rumor y en el hedor, como autómatas, antes que despertarse, un día, presas de la demencia y que degollarse unos a otros sin cansancio”.

 

Sostiene que la locura se enraíza bajo nuestros edificios y es nuestra muerte lo que reclama.

No hay diálogo posible, y Caraco sólo contempla en el caos una nueva oportunidad al más puro estilo de Wall Street, al tiempo que pregona nuestra culpabilidad con un orden que nos aboca a un sólo destino. Preferimos, dice, la catástrofe a la reforma, antes elegimos inmolarnos que repensar el mundo y no lo repensaremos más que en medio de las ruinas con dioses hechos a nuestra imagen, nuevos hologramas corporativos y figuras del entretenimiento que nos apacigüen, pues el espectáculo, como apuntaba Guy Debord, “es el guardián del sueño” de una sociedad que no expresa finalmente más que su deseo de dormir.

La fe, dice el escritor, no es más que una vanidad más entre las vanidades y el arte de engañar al hombre sobre la naturaleza de este mundo, que es de absoluta indiferencia, como cuando te cortan la entrada del cine o te cobran sin mirarte. De poco sirven para Caraco las páginas de la historia, los errores del pasado. 

“Ofrecemos un caos de migajas a la generación que viene y negamos las lecciones de la historia, queremos siempre innovar, para estar a la moda”, ironiza. Y en la moda todo vale para llamar la atención.

¿Y la palabra? ¿El diálogo?

“Entre nuestros medios y nosotros no existe ya un lenguaje común, y por ello la palabra comunicación está de moda”. ¿Y el llamado progreso, hoy convertido en capitalismo cool en el que los objetos nos transfieren nuestra forma de ser y nuestro espíritu, por encima de nuestras acciones? “No le guardo rencor al hombre común, cada vez más indiferente y que se estima satisfecho porque la industrialización le procura las apariencias de la felicidad, aunque sea de manera provisional”, asegura

 

 

 

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