EL HOLOCAUSTO DEMOGRÁFICO

 

El holocausto demográfico de la ley de Malthus, la superpoblación y los excesos que conducen a la progresiva pauperización, a la esclavitud como elección desde la libertad sin conciencia de las ataduras. 

“Se me reprochará que edifique sobre la catástrofe y la considere la condición previa al reordenamiento del universo… Reconozco mis errores, quiero declararme culpable. Hay que redefinir al hombre y repensar el mundo, pero ya es demasiado tarde, incluso para soñar con ello. Los salvadores pasan al igual que las generaciones y el ordenpermanece”, sentenciaba.

Tan sólo nihilistas y anarquistas gozaban de su simpatía por “ser los únicos clarividentes”, por, intuyo, bajarse de la noria y no actuar como figurantes ni apostar por secundarios de la misma historia. Caraco es un maldito, no un escritor que incorpora el malditismo como etiqueta para vender más e insuflar rebeldía impostada a sus lectores, sino un maldito que no tiene lugar en las estanterías y que ha sido deportado de las librerías.

 

Todo con el inusual mérito de que sus libros agrandan su lista de enemigos, reduce el número de posibles lectores y alargan su condena como proscrito. Su perfil biográfico no exige menos, aunque alguien podría argumentar que el talento no siempre cae del lado de la bondad. 

 

Hay bastardos que lo tienen a raudales, auténticos psicópatas que dejan caer de vez en cuando alguna verdad. Caraco, como muchos vocingleros que demandan demasiada atención, se revela de la peor calaña y el sueño de cualquier psicoanalista, como da fe en sus diversas obras y diarios (Ma confession, Le semainier de l’agonie, L’homme de lettres, etc).

 

Algunas notas . Aprueba la pena de muerte (“I approve of the death penalty”); se define como un lobo solitario (“I witness, alone in my room, as an isolated man, a man walled up, a man who chokes and who will die in the dark.

 

My audience is the walls of my room”); posee aires de grandeza (“My book will blow up like a bomb over Europe”); no deja lugar a los equívocos (“I am a racist and a colonialist”); no reparte los mejores deseos a nadie (“I would be pleased indeed, if the universe were full of blazing ovens, and crowded concentration camps, and starving people deported”); ensalza a la raza judía (“We are the backbone of the white race”) y al rato la desprecia (“God! The Jews are ugly!”); aborrece el deseo (“Desire has nothing honourable about it, pleasure has nothing sublime”); es un misógino de campeonato que prefiere “their own hands to the legs of the ladies” y cuyas relaciones evidencian no pocos trastornos afectivos (“I have had very few relations of experience with women, usually poor street women. 

Those rare creatures whom I payed to overpower didn’t heat up my blood”); profesa admiración por la monarquía (“The sooner we reestablish monarchy, the better”) y la nostalgia por tiempos imperiales; admira a Céline a quien considera a “true born writer, a “possessed man”, más bajo el influjo de la persona política que de su obra literaria y no panfletaria.

 

Con todo, en Breviario del caos se agolpan sin ambages los peores reflejos de nosotros mismos en todos sus excesos: mirar al abismo forja el carácter si uno consigue alzar la mirada después. Y, como se suele decir en estos casos y ante tanto timorato, más en los tiempos que se avecinan, no me hago responsable de sus opiniones citadas (“”), ni el hecho de que las reproduzca es sinónimo de avenencia.

 

 

 

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