SUPERHOMBRE Y HOMBRE TOTAL

SUPERHOMBRE

 

 

 

 

 

 

 

GESTIÓN DE LAS FUERZAS Y PLANIFICACIÓN DEL MOVIMIENTO

El ascenso hacia el superhombre no puede ser más que la cría* sistemática de una «raza» cuyas dispersas muestras no habían surgido, hasta la fecha, más que del azar de las circunstancias.

La palabra Superhombre –y esto es importante- evoca primeramente la posibilidad de una forma totalmente distinta de Bildung, lejos de invitarnos a soñar con un «Hombre» según nuestros deseos. Este ideal [el sueño de un «hombre» según nuestros deseos] se encontraría aún inmerso en el canon de la educación moral, a la cual Nietzsche, precisamente, opone «la creación de circunstancias en las cuales unos hombres más fuertes son indispensables, unos hombres que, por su parte, necesitan una moral (preciso: una disciplina corporal y espiritual) que hace fuerte – en consecuencia, una moral que es poseída por ellos».

 

Podríamos seguir a través de la obra de Nietzsche esta exigencia de una formación por fin consciente y voluntaria que pondría fin a la influencia del azar, del «milagro» de la educación. Ya en Schopenhauer como educador, Nietzsche muestra su deseo de que la humanidad «busque y realice las circunstancias que propiciarán el nacimiento de los grandes hombres, de los redentores». Y, un poco más tarde, opone a la educación milagrosa en la que todos creen aún, una educación natural, que sería apta para preservar científicamente las energías adquiridas así como para suscitar nuevas. Este esquema, reconozcámoslo, es poco original y, a primera vista, contribuiría más bien a volver a arrojar a Nietzsche entre los teóricos del progreso o, por lo menos, entre los autores escatológicos.

La idea de que por fin es posible salir de la pre-historia anárquica de las fuerzas para entrar en una era donde la humanidad ejercerá sobre estas fuerzas un dominio integral, es una idea que domina tanto la economía nietzscheana del poder como la economía marxiana de las fuerzas productivas, hasta tal punto que un paralelismo entre Nietzsche y los clásicos del marxismo sería, sobre este punto, instructivo. Nietzsche, por ejemplo, indica que deberíamos poder sacar provecho del «excedente» (Ueberschutz) de fuerza, la capitalización de poder producto de siglos de ascesis.

Esta ascesis –que fue desviada por el cristianismo- ha hecho posible una inmensa reserva de fuerzas para una nueva gestión que ejercerán los «legisladores» por venir. Ahora bien, Marx y Engels describen igualmente en términos de gestión de las fuerzas el movimiento histórico de Occidente –y encontramos también en ellos la oposición entre el desorden pasado y la planificación que se encuentra de ahora en adelante a nuestro alcance. Ninguna sociedad, en el pasado, ha sabido afrontar el problema del crecimiento económico: «hasta ahora, todas las formas de sociedad han sucumbido al desarrollo de la riqueza, o lo que es lo mismo, al desarrollo de las fuerzas productivas. »

La revolución socialista será por tanto también (parece incluso que quizá será sobretodo) el reemplazo del crecimiento caótico por el crecimiento plenamente controlado, -el advenimiento del primer modo de producción que se ajuste al inmenso crecimiento de la productividad, ante el cual el capitalismo se encontrará cada vez más como un «brujo impotente» para controlar las fuerzas que él mismo ha conjurado.

En una página sobrecogedora, Engels llega incluso a describir el paso al socialismo como una honesta e indispensable entrega de poderes que podría cumplirse –si tomamos estas líneas al pie de la letra– sin demasiados conflictos.

Un «compromiso histórico», como se dice, más lapidariamente, en italiano.

 

Vemos así que no sería descabellado comparar en este punto la «legislación» nietzscheana y el socialismo: la formación por fin racional de los individuos y el crecimiento por fin sustraído del azar tienen al menos en común el hecho de ser dos modos de reempleo de fuerzas, que pondrán fin al despilfarro de las mismas. Pero intuimos que el parecido se acaba rápido. Y es que, para Nietzsche, igual que «nuestros sociólogos», igual que «Herr Spencer», «nuestros socialistas son unos decadentes». Si la nueva socialización y el desarrollo sin dificultades de la productividad deben transformar el destino de los hombres, eso será, piensa Nietzsche, en el sentido de una creciente desorganización de las fuerzas, de una caída de poder, que los «socialistas», por su parte, presentan como una situación inmejorable. Ahora bien, este desenlace no sería en realidad más que un «fenómeno regresivo del mayor estilo », «nada más que un envilecimiento del tipo humano», a no ser que propiciara un «contra-movimiento»: la llegada del Superhombre.

 

Una vez que tengamos entre manos esta gestión total de la economía de la Tierra, cosa que ocurrirá inevitablemente, entonces la humanidad podrá encontrar su mejor sentido en tanto que maquinaria al servicio de esta economía: en tanto que un enorme engranaje de ruedas cada vez más finas, cada vez más sutilmente adaptadas, en tanto que un devenir-superfluo creciente de todos los elementos que dominan y mandan; en tanto que una totalidad de fuerzas enormes cuyos factores aislados representan fuerzas y valores mínimos.

 

Concedámosle a Engels que la anarquía de la producción social será reemplazada por la «organización social planificada consciente». Admitamos incluso que la expoliación de la mayoría dará lugar a una nivelación de las condiciones. Pero, para convertirse en «maquinarias» benéficas, ¿cesarán las sociedades de ser un «caos de átomos»? Nietzsche predice que no. Lejos de favorecer realización alguna del ser humano, la organización planificada de la economía de la Tierra acentuará los rasgos de la era mercantil y, más bien, adelantará la llegada de ese «último hombre» que Zaratustra, al principio del libro, propone a la masa a modo de espantajo.

 

¿De dónde viene entonces el que los «socialistas» se cieguen acerca del sentido de su acción, sino del hecho de que ceden, ellos también, al espejismo del «optimismo económico»? Para ellos también, parece ir de suyo que el progreso de esa sociedad futura que estará en disposición de acomodarse al crecimiento ininterrumpido irá dirigido a una maximización de la cultura y de la calidad humana. Va de suyo, para Marx y Engels, que la civilización –sin comillas- está ligada a la «expansión constante» y al desarrollo continuo del tejido del mercado mundial: «la base del mercado mundial encierra la posibilidad del desarrollo universal del individuo».

Va de suyo que «el sistema de explotación general de la naturaleza y del hombre» desembocará en la posibilidad de un perfeccionamiento humano ilimitado.

Va de suyo que «la liberación de cada individuo en particular» está regida por la transformación de la historia en Weltgeschichte, ya que ésta pondrá al individuo «en relación práctica con la producción del mundo entero, incluida la producción intelectual». Por último, «está claro que la verdadera riqueza intelectual del individuo depende enteramente de la riqueza de sus relaciones reales» definidas de esa manera».

 

 

 

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