LOS LIBRES:EL COMUNISMO IV

Stirner_Der_Einzige_und_sein_Eigentum_djvu

 

 

 

 

 

 

 

III. Conclusión comunista. – “Pero, como ACTUALMENTE todo es heredado y cada centavo que posees tiene un cuño hereditario y no de trabajo” (necedad culminante), “RESULTA que es necesario refundirlo todo”. Con lo que Szeliga se imagina haber llegado tanto a la aparición y a la desaparición de las comunas medievales como al comunismo del siglo XIX. Y San Max, por su parte, llega así a pesar de todo lo “heredado” y “elaborado”, no a un “sojuzgamiento de las cosas”, sino, a lo sumo, a un “tener” de la necedad.

Los aficionados a construcciones pueden ver ahora, en la pág. 421, cómo San Max, después de haber construido el comunismo partiendo de la servidumbre de la gleba, lo construye ahora como una servidumbre de la gleba bajo un señor feudal, que es la sociedad, con arreglo al mismo modelo con que más arriba convierte el medio por el que adquirimos algo en lo “sagrado”, por “gracia” de lo cual se nos entrega algo. Y, ahora, finalmente, algunas “penetraciones” del comunismo, que se desprenden de las premisas anteriores.

 

En primer lugar, “Stirner” nos suministra una nueva teoría de la explotación, consistente en que “el obrero de una fábrica de alfileres no elabore más que una sola pieza, trabaje solamente en manos de otro y sea utilizado, explotado por éste”, pág. 158. “Stirner” descubre, por tanto, aquí que los obreros de una fábrica se explotan mutuamente porque trabajan unos “en manos de otros”, mientras que el fabricante, cuyas manos no trabajan para nada, no está por ello en condiciones de explotar a los obreros. “Stirner” nos da con ello un ejemplo palmario de la triste situación en que el comunismo coloca a los teóricos alemanes. Se ven obligados a ocuparse también ahora de cosas profanas, tales como fábricas de alfileres, etc., con las que se comportan como verdaderos bárbaros, como los indios de Ojibbeway o los neozelandeses.

 

“En cambio, se dice ahora” en el comunismo stirneriano, l.c.: “Todo trabajo debe perseguir como finalidad que el «hombre» sea satisfecho. Por eso, él” (“el” hombre) “debe convertirse también en su dueño, es decir poder crearlo como una totalidad” ¡”El hombre” debe convertirse en dueño! “El hombre” sigue siendo fabricante de cabezas de alfiler, pero tiene la conciencia tranquilizadora de que las cabezas de alfiler forman parte de éste y de que puede fabricar el alfiler entero. Gracias a esta conciencia, la fatiga y el asco que causa la eterna repetición de la faena de fabricar cabezas de alfiler se convierte en la “satisfacción del hombre”. [¡Oh, P] roudhon!

 

Veamos ahora otra penetración. “Como los comunistas declaran que sólo la libre actividad es la esencia” (iterum Crispinus) “del hombre, necesitan, como todo afán laborioso, de un domingo, de una exaltación y edificación junto a su trabajo carente de espíritu”. Prescindiendo de la “esencia del hombre” aquí intercalada, el desdichado Sancho se ve obligado a convertir la “libre actividad”, que en los comunistas es la manifestación vital creadora que brota del libre desarrollo de todas las capacidades, de “todo el sujeto” (para hacernos entender de “Stirner”), en un “trabajo carente de espíritu”, sencillamente porque el berlinés se da cuenta de que no se trata aquí del “amargo trabajo de pensar”. Por medio de esta simple metamorfosis, puede encuadrarse ahora a los comunistas en el “afán laborioso”. Y, con los días de trabajo del ciudadano, reaparece también en el comunismo, naturalmente, su domingo, pág. 163. “El lado dominical del comunismo es que el comunista ve en Ti al hombre, al hermano”. El comunista aparece, pues, aquí, como “hombre” y como “trabajador”. Esto es lo que llama San Sancho, l.c., “un doble destino del hombre por el comunista, la función de la adquisición material y la de la espiritual”. De este modo, vuelve a introducir, por tanto, en el comunismo hasta la “adquisición” y la burocracia, con lo que el comunismo, por supuesto, “alcanza su propósito final” y deja de ser comunismo. Por lo demás, no tiene más remedio que hacer esto, ya que después, en su “asociación” cada cual obtendrá también “un doble destino”, como hombre y como “Único”. Provisionalmente, legitima este dualismo achacándoselo al comunismo, según un método con que volveremos a encontrarnos cuando hablemos de su feudalismo y de su valorización.

 

En la pág. 344, cree “Stirner” que los “comunistas” pretendían “resolver amistosamente el problema de la propiedad”, y en la pág. 413 se los presenta, incluso, apelando al espíritu de sacrificio de los hombres [y a la] abnegación de los capitalistas! Los pocos burgueses que se han manifestado como comunistas desde los tiempos de Babeuf y que no eran revolucionarios, pueden contarse con los dedos; la gran masa de los comunistas es, en todos los países, revolucionaria. Qué opinan los comunistas acerca de “la abnegación de los ricos” y del “espíritu de sacrificio de los hombres” puede verlo San Max en un par de pasajes de Cabet, que es precisamente el comunista que más parece apelar al dévoûment, a la abnegación. Estos pasajes están dirigidos contra los republicanos, y especialmente contra los ataques que ha dirigido al comunismo el señor Buchez, quien tiene todavía en París un pequeñísimo número de obreros bajo su mando:

 

“Otro tanto ocurre con la abnegación (dévoûment); es ésta la doctrina del señor Buchez, despojada esta vez de su forma católica, sin duda porque el señor Buchez teme que su catolicismo repugne y repela a la masa de los obreros. «Para cumplir dignamente con su deber (devoir) -dice Buchez- hace falta abnegación (dévoûment)». Que comprenda quien pueda qué diferencia existe entre devoir y dévoûment.

«Exigimos a todos abnegación, tanto en aras de la gran unidad nacional como en favor de la asociación obrera…; es necesario que marchemos unidos y que nos mostremos siempre abnegados (dévoués) los unos hacia los otros». Es necesario, es necesario: esto es fácil de decir y hace mucho tiempo que se viene diciendo, y seguirá diciéndose todavía durante largo tiempo sin más resultados, si no se inventan otros medios. Buchez se queja del egoísmo de los ricos, ¿pero de qué sirven tales quejas? Buchez declara enemigos a todos los que no den pruebas de abnegación”.

 

“«¿Qué debe hacerse», pregunta, «cuando un hombre, impulsado por el egoísmo, se niega a sacrificarse por los demás?… Nuestra respuesta no se hará esperar: la sociedad tiene siempre el derecho de despojarnos de aquello que nuestro deber nos ordena sacrificar a ella… El sacrificio es el único medio de cumplir con su deber. Cada uno de nosotros debe sacrificarse, siempre y dondequiera. Y quien por egoísmo se niegue a cumplir con su deber, debe ser obligado a ello». Buchez grita, pues, a todo el mundo: ¡Sacrificaos, sacrificaos! ¡No penséis en otra cosa que en sacrificaros? ¿No es eso desconocer y pisotear la naturaleza humana? ¿No responde eso a una falsa concepción, y casi nos atreveríamos a decir que a una concepción infantil y de mal gusto?” (“Réfutation des doctrines de 1’Atelier”, par Cabet, págs. 19, 20. En la pág. 22.

Cabet demuestra al republicano Buchez que llega necesariamente a una “aristocracia del sacrificio”, con distintos escalones, y pregunta luego, irónicamente: “¿Qué se hace ahora del dévoûment? ¿Dónde queda el dévoûment, si el que se sacrifica lo hace para escalar las cumbres más altas de la jerarquía? … Un sistema así sólo podía surgir en la mente de quien ambiciona llegar a papa o a cardenal ¡¡¡pero en la cabeza de los obreros!!!” “El señor Buchez no quiere que el trabajo se convierta en una agradable distracción ni que el hombre trabaje para su propio bienestar y se procure nuevos goces. Afirma… que el hombre sólo ha sido traído al mundo «para cumplir una función, un deber (une fonction, un devoir)». «No», predica a los comunistas, «el hombre, esta gran potencia, no ha sido creado en gracia a sí mismo (n’a point été fait pour luimême) … Este modo de pensar es muy tosco.

El hombre es un obrero (ouvrier) en el mundo, tiene que llevar a cabo la obra (ouvrie) que la moral ha impuesto a sus actividades, ése es su deber… No perdamos nunca de vista que tenemos que cumplir una alta función (une haute fonction), la cual comienza con el primer día de la vida del hombre y sólo [termin]ará con la humanidad». Pero, ¿quién ha revelado al [señor] Buchez todas estas cosas tan hermosas?”

 

(Mais qui a révelé toutes ces belles choses à M. Buchez luimême palabras que Stirner traduciría por estas otras: ¿de dónde sabe el señor Buchez todo lo que el hombre debe hacer?) “Du reste, comprenne qui pourra [Por lo demás, comprenda quien pueda]. Y Buchez continúa: «¡Cómo! ¿El hombre ha tenido que aguardar miles de siglos a que vosotros, comunistas, le enseñaseis que ha sido creado en gracia a sí mismo y no tiene otro fin en la vida que el de vivir en medio de todos los goces posibles?… Pero, no nos extraviemos. No debemos olvidar que hemos sido creados para trabajar (faits pour travailler), para trabajar siempre, y que lo único que podemos exigir es lo necesario para vivir (la siuffisante vie), es decir, un bienestar que baste para ponernos en condiciones de poder realizar adecuadamente nuestra misión. Fuera de estos límites, todo es absurdo y  peligroso».

Pero, veamos, ¡demuestre usted algo! ¡Demuestre, y no se limite a pronunciar oráculos, como un profeta! Al Principio, habla usted de miles de siglos. ¿Quién afirma que se nos haya estado esperando en todos los siglos? ¿Y a usted le han estado esperando, con todas sus teorías del dévoûment, el devoir, la nationalité francaise y la association ouvriére [La abnegación, el deber, la nacionalidad francesa y la asociación obrera]? «Por último», dice Buchez, «os rogamos que no os sintáis molestos por lo que os hemos dicho». Nosotros somos franceses igualmente corteses y os rogamos, asimismo, que no os molestéis por nuestras palabras” (pág. 31). “Creednos”, dice Buchez, “existe una communauté [Comunidad] instaurada desde hace mucho tiempo y a la que pertenecéis también vosotros”. “Créanos usted, Buchez”, concluye Cabet, “¡hágase comunista!” “Sacrificio”, “deber”, “deber social”, “derecho de la sociedad”, “la misión, el destino del hombre”, “el trabajo como misión humana”, “obra moral”, “asociación obrera”, “creación de lo indispensable para la vida”: ¿no son exactamente las mismas cosas que San Sancho reprocha a los comunistas, cuya ausencia echa en cara a los comunistas el señor Buchez y de cuyos solemnes reproches se burla Cabet? ¿No nos encontramos ya aquí con la misma “jerarquía” de Stirner?

 

Por último, San Sancho, en la pág. 169, da el golpe de gracia al comunismo, al prorrumpir en la siguiente tirada: “Los socialistas, al suprimir” (!) “la propiedad”, “no se dan cuenta de que ésta se asegura su supervivencia en lo propio de cada cual. ¿Acaso sólo son propiedad el dinero y los bienes? ¿No son también Mías, propias, Mis opiniones? haría falta, pues, suprimir o despersonalizar toda opinión”. ¿O son las opiniones de San Sancho, en la medida en que no se convierten también en opiniones de otros, un mando sobre algo, incluso sobre las opiniones ajenas? San. Max, al defender aquí el capital de sus opiniones en contra del comunismo, no hace otra cosa que aducir en contra de él las más viejas y más triviales objeciones burguesas, creyendo que dice algo nuevo, porque estas trilladas vulgaridades son algo nuevo para él, para el berlinés culto.

Entre otros y después de muchos otros, ha dicho lo mismo, sólo que mucho mejor dicho, Destila de Tracy hace como unos treinta años y más tarde, en el libro que aquí citamos. Por ejemplo, en estas palabras: “Se ha instruido formalmente el proceso contra la propiedad, aduciéndose razones en pro y en contra, como si dependiese de nosotros el hacer que en este mundo existiera o no la propiedad; esto equivale a desconocer totalmente nuestra naturaleza” (Traité de la volonté [Tratado de la voluntad], París 1826, pág. 18).

Después de lo cual, el señor Destutt de Tracy trata de demostrar que propriété, individualité y personnalité [Propiedad, individualidad, personalidad] son cosas idénticas y que en el moi [Yo] va implícito también el mien [Lo mío], y encuentra el fundamento natural de la propiedad privada en el hecho de que “la naturaleza ha dotado al hombre de una propiedad inevitable e inalienable, que es la de su individualidad” (pág. 17). El individuo “ve claramente que este yo es propiedad exclusiva del cuerpo por él animado, de los órganos a los que infunde movimiento, de todas sus capacidades, de todas sus energías, de todos los resultados producidos por ellas, de todas sus pasiones y de todos sus actos, pues todo ello termina y comienza con este yo, existe sólo gracias a él, se mueve solamente por medio de su acción; y ninguna otra persona podría manejar estos mismos instrumentos ni verse afectada por ellos de igual modo” (pág. 16).

 

“La propiedad existe, si no precisamente dondequiera que existe un individuo dotado de sensaciones, por lo menos dondequiera que existe un individuo dotado de voluntad” (pág. 19) , Después de haber identificado, como vemos, la propiedad privada y la personalidad, lo que en “Stirner” se hace por medio del juego de palabras con Mein [Lo mío] Meinung [Opinión], con Eigentum [Propiedad] y Eigenheit [Lo propio, de cada cual] y en Destutt de Tracy con propriété y propre [Propiedad y propio] se llega a la siguiente conclusión: “Es, pues, completamente ocioso ponerse a discutir si no sería mejor que ninguno de nosotros tuviese nada propio (de discuter s´il ne vaudrait pas mieux que rien ne f ût propre Chacun de nous), – en todo caso ello equivaldría a preguntarse si no sería de desear que fuésemos seres totalmente distintos de lo que somos, e incluso a indagar si no valdría más que no existiésemos” (pág. 22).

 

Son éstas objeciones “extraordinariamente extendidas” y ya tradicionales en contra del comunismo, razón por la cual “no es de extrañar que Stirner” las recoja y las repita.

 

Si el limitado burgués dice a los comunistas: al destruir la propiedad, es decir, al destruir mi existencia como capitalista, como terrateniente o como fabricante, y vuestra existencia como obreros, destruís mi individualidad y la vuestra; al imposibilitarme explotaros como obreros, embolsarme mis ganancias, mis réditos o mis rentas, me imposibilitáis el existir como individuo; cuando, pues, el burgués declara al comunista: al suprimir mi existencia como burgués, destruís mi existencia como individuo, al identificarse, así, en cuanto burgués, consigo mismo como individuo, hay que reconocer, por lo menos, su franqueza y su desvergüenza. En cuanto al burgués, así sucede realmente: sólo cree ser verdaderamente un individuo en la medida en que es un burgués. Pero, tan pronto como entran en liza los teóricos de la burguesía y dan a esta afirmación una expresión general, identificando también teóricamente la propiedad del burgués con la individualidad y tratando de justificar lógicamente esta identificación, la necedad comienza a cobrar un tono solemne y sagrado.

 

“Stirner” refutaba más arriba la abolición comunista de la propiedad privada convirtiendo la propiedad privada en el “tener” y declarando luego al verbo “tener” por una palabra indispensable, por una verdad eterna, ya que también en la sociedad comunista podría darse el caso de que él “tuviera” dolores de vientre. Del mismo modo fundamenta aquí la imposibilidad de suprimir la propiedad privada, convirtiéndola en el concepto de la propiedad en general, explotando la relación etimológica entre la “propiedad” y lo “propio” y proclamando la palabra “propio” como una verdad eterna, porque también bajo el régimen comunista puede darse el caso de que le sean “propios” los dolores de vientre.

Todo este absurdo teórico, que busca su asilo en la etimología, no podría darse si no se convirtiera la propiedad privada real, que es la que los comunistas, quieren abolir, en el concepto abstracto de “la propiedad”. Con ello se rehúye, de una parte, el esfuerzo de decir y hasta de saber algo acerca de la propiedad privada real y concreta de que se trata y, de otra parte, resulta fácil descubrir en el comunismo una contradicción, ya que, evidentemente, aun después de suprimida la propiedad (real), seguirá habiendo en la sociedad comunista diversas cosas que podrán incluirse bajo el concepto de “la propiedad”.

 

Pero, en la realidad el problema se plantea exactamente al contrario. En la realidad sólo es propiedad privada mía aquello que puedo vender o de que puedo disponer, lo que no ocurre con mucho que es mío propio. Mi chaqueta, por ejemplo, sólo es propiedad privada mía siempre y cuando pueda disponer de ella, venderla o empeñarla, siempre y cuando sea negociable. Si pierde esta cualidad, si se convierte en un guiñapo por el que nadie daría nada, la chaqueta podrá tener cuantas cualidades se quiera, que la hagan valiosa para mí; podrá, incluso, ser algo mío propio, que haga de mí, vestido con ese andrajo, un individuo andrajoso, pero a ningún economista se le ocurrirá clasificarme como propietario, decir que es propiedad privada mía ese guiñapo.

Que no me permite disponer ni de la más insignificante cantidad de trabajo ajeno. Es posible que el jurista, el ideólogo de la propiedad privada, siga charlando de propiedad, aun en este caso. La propiedad privada no enajena solamente la individualidad de los hombres, sino también la de las cosas.

La tierra nada tiene que ver con la renta que el terrateniente percibe, la máquina no tiene nada que ver con la ganancia que obtiene el fabricante. Para el terrateniente, la tierra no significa más que la renta percibida por ella, que se embolsa al arrendar su finca; la tierra puede perder esta cualidad de arrojar una renta sin perder ninguna de las cualidades que le son inherentes, por ejemplo una parte de su fertilidad: la cualidad o propiedad de rendir una renta depende en cuanto a su cuantía y a su misma existencia de relaciones sociales que se crean y se destruyen sin que en ello intervenga para nada el terrateniente individual.

Y lo mismo ocurre con la máquina. Cuán poco tenía que ver el dinero, la forma más general de la propiedad, con las cualidades o propiedades personales y hasta qué punto es precisamente lo opuesto a ellas, lo sabía ya Shakespeare bastante mejor que nuestro teorizante pequeño burgués:

 

“Con él se torna blanco el negro y hermoso el feo,

Bueno el malo, joven el viejo, valiente el cobarde, noble el ruin,

 

Sí, este esclavo amarillo

Hace amable la lepra…

…. conquista pretendientes

 

A la viuda cargada de años y encorvada;

El tullido asqueroso, que sale del hospital con sus heridas

 

Purulentas rejuvenece balsámicamente

Como un botón de mayo…

… ¡Oh, visible deidad,

 

Que enlazas y hermanas lo imposible,

Haciendo que se abracen y se besen

Los más irreconciliables enemigos!”

 

 

 

 

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