VISIONES DEL FUTURO POSIBLE

LA GRANDE POLITIQUE

A partir del cuidado que Nietzsche pone en el ser del hombre, sus ideas se refieren al futuro, con una energía tal que, en su exposición, sólo difícilmente se podría separar la aclaración de la política universal y contemporánea de la consideración de aquello que de continuo es inminente. En el presente siempre ve el peligro amenazante y los anuncios de lo porvenir. Por eso, las visiones de Nietzsche no sólo son complejas, sino que se alternan en direcciones decisivas: advierte la decadencia y la elevación del hombre.

Las visiones de destrucción y las de creaciones nuevas se entremezclarán en quien pretenda pensar en su gran política. De hecho, en la prognosis contemplativa, la gran política —al querer impedir o al introducir un futuro posible— cumple una prognosis vigilante.

La democracia —el gobierno sin religión, propio del mundo europeo posterior a la Revolución francesa— conducirá, según la visión dominante en Nietzsche, a una forma de humanidad regida por “nuevos señores”. Sin embargo, también considera que hay otras posibilidades en los ca-minos de la democracia; pero rara vez los transita, y si lo hace, es de modo pasajero.
Además, también encontramos meditaciones sobre el futuro, con referencia a los desarrollos político-universales de los Estados nacionales en sus relaciones recíprocas, y visiones sobre las posibles v a-riaciones esenciales del hombre en general.

LOS CAMINOS DE LA DEMOCRACIA

El futuro de la democracia no está, en modo alguno, para Nietzsche, en algo unívoco. Ocasionalmente trata de sus posibilidades, entre las cuales hay tres notables, porque se muestran en direcciones por completo diferentes.
Una de las posibilidades se refiere a un mundo ordenado, en sí mismo organizado. Está asegurado por el saber y por la reflexión,unido a una “liga de naciones”. Cuando Nietzsche cree reconocer algo de vacío y de uniforme en los hombres de su época, que trabajan “consciente y honradamente por el futuro democrático”, piensa, sin embargo, en lo extraordinario de lo que quizá ellos produzcan.. “Es posible que la posteridad.. . piense, dentro del trabajo democrático de una serie de generaciones, en algo así como en la construcción de diques de piedra y de murallas defensivas, como en una actividad que, necesariamente, expande mucho polvo sobre las vestiduras y sobre los rostros… Parece que la democratización de Europa sea un eslabón de la cadena de aquellaformidable regla de medidas profilácticas… por las cuales nos apartamos de la Edad Media. Por primera vez esta es la época de las construcciones ciclópeas. La seguridad definitiva de los cimientos permitirá que el futuro construya, sin riesgos, sobre ellos”. Pero apenas dice qué son tales cimientos: pueden ser todas las fuerzas espirituales, las obras, las conquistas del saber, las instituciones que triunfan sobre la oscuridad y el caos. Sobre semejantes fundamentos, Nietzsche cree posible una paz más eficaz. “El acontecimiento práctico de… la democratización estará, en primer término, en una liga de naciones europeas, en la cual cada pueblo en particular, limitado según oportunidades geográficas, ocupará la situación de un cantón. Se tendrá poco en cuenta el recuerdo histórico de los pueblos anteriores, porque el sentido piadoso por los mismos. .. se habrá, poco a poco, desarraigado desde el fondo.” En ese nuevo mundo, todo se decidirá por principios racionales y todo se configurará de acuerdo con una razón eficaz. Los futuros diplomáticos “tendrán que ser, simultáneamente, eruditos, agrónomos, conocedores de los medios de comunicación y, por detrás de ellos, no habrá ejército alguno, sino razones y utilidades”. El pueblo que, en tal democracia, se hace omnipotente, está muy lejos del “socialismo, entendido como teoría sobre la variación de la conquista de la propiedad”. Pero la división de la propiedad será regulada. Atacará, por ejemplo, el “principado de la bolsa” y “creará una clase media, que olvidará al socialismo como habiendo sido una enfermedad ya pasada”. Esa democracia, de la que Nietzsche habla “como de algo que llegará (acentúa el hecho de que la actual no es aquella en la que él piensa), “quiere crear y procurar la independencia del mayor número posible de individuos”. En efecto, ella combatirá y suprimirá la existencia efectiva de tres grandes enemigos de la independencia: la de los que nada tienen, la de los ricos y la de los partidos.
Nietzsche muestra una segunda posibilidad, por supuesto contraria a la anterior. Ella surgirá en el caso de que el socialismo conquistara el Estado. El socialismo desea, efectivamente, “la plenitud del poder estatal, semejante a la que sólo ha tenido durante el despotismo; incluso, ese poderío sobrepasa todo pretérito, porque aspira a la aniquilación formal del individuo”.
Nietzsche estima que el riesgo de semejante camino está en la circunstancia de que de él no podría nacer nada duradero. Puesto que el socialismo “ya no debe contar con la piedad religiosa para con el Estado… sólo podrá, por un,breve tiempo, hacerse esperanzas. Se impondrá por un terrorismo extremo, y sólo existirá ocasionalmente. Por eso, se prepara en silencio: para dominar por el terror”.
Nietzsche expresa, de modo oscuro, una tercera posibilidad. Si por la democracia no se encuentra el mencionado primer camino de una ordenación racional y de una liga de naciones, sino que ingresa la “muerte del Estado”, resultará “una perspectiva no desgraciada desde todo punto de vista: no entrará el caos, sino una invención aun más apropiada que el Estado, puesto que se triunfará sobre el Estado”. Por cierto que Nietzsche no trató de divulgar esa idea: en ella nadie podría mostrar las semillas que se podrían dispersar en el futuro. “Confesemos… en que ahora el Estado debe seguir existiendo por algún tiempo. Se han de rechazar los intentos destructores de los semi-sabios, demasiado celosos y apresurados”.

LOS DESARROLLOS DE LOS ESTADOS NACIONALES Y LA POLÍTICA MUNDIAL

La imagen del posible futuro democrático concierne, en la mayoría de los casos, a condiciones de política interna. Sin embargó, dichas condiciones están esencialmente determinadas por relaciones extrapolíticas entre los Estados, en la medida en que existen pluralidad de ellos. El modo según el cual se desarrollen, desde sí mismos, o en mutuas referencias, decidirá, finalmente, acerca de la índole de los hombres. La visión nietzscheana del futuro muestra lo que es fatal. Espera “la sucesión de un par de siglos guerreros, sin parangón en la historia…”; espera “que entremos en la época clásica de la guerra, de la guerra al mismo tiempo científica y popular, de las mayores proyecciones”. “Habrá guerra como jamás las hubo en la Tierra”.
Por primera vez en la historia, el sentido de tales guerras estará determinado por un afán de dominio del planeta. Por eso, “la época de las guerras nacionales” pertenece al “carácter de entreacto por el que pasan las condiciones actuales de Europa”. Las grandes posibilidades del porvenir, sólo se muestran a una mirada capaz de abarcar el todo. “La época de la pequeña política ha pasado: ya el siglo próximo nos traerá el combate por el dominio de la Tierra, que constituye el empuje hacia la gran política”.
Sólo mediante esa meta, el pensamiento político puede tener un sentido propio. Trátase de “entrar con buenas perspectivas en la lucha por el gobierno de la Tierra”). Y aun más: “hay que p r e p a r a r, en lo espiritual, en el pensamiento y en los escritos, aquel estado de las cosas, todavía tan lejano, en el que los buenos europeos tendrán en las manos la gran tarea que les corresponde: la decisión y la vigilancia de toda la cultura, en la Tierra toda” Nietzsche se pregunta qué pueden significar los pueblos, dentro de esos caminos seguidos por el destino: examina, por así decirlo, la fisionomía existencial de los mismos. A algunos de ellos sólo los juzga al pasar. “Los americanos gastan demasiado pronto un futuro poder mundial, quizá sólo aparente”. “Ya nadie cree que Inglaterra sea lo suficientemente fuerte como para continuar representando su antiguo papel durante cincuenta años más.. . Hoy, para no perder crédito como comerciante, se tiene que ser soldado”. “Donde la voluntad está más enferma, es en la Francia actual”. Nietzsche cree que la gran política sólo se puede apoyar en Rusia y en Alemania.
Con respecto a Rusia, Nietzsche cree leer signos en ella de una fuerza extraordinaria y de un futuro peculiar. “Signo del próximo siglo: el ingreso de Rusia en la cultura. Una meta grandiosa. Proximidad de la barbarie. Despertar de las artes, magnanimidad de la juventud, fantástica locura” .
¿Qué llegará a ser Alemania, desde el punto de vista político? Sacudiendo a los alemanes con despecho, Nietzsche les ha dicho: “Los alemanes mismos no tienen futuro alguno”. Pero también sostuvo: “los alemanes son desde antes de ayer y de pasado mañana: no tienen hoy”. La crítica de Nietzsche a los alemanes, al intensificarse, procede de un amor ilimitado y, con frecuencia, desengañado. Justamente cuando, en Alemania, no parece advertir nada que tenga valor para él, encuentra en ello el signo del futuro.
“Los alemanes todavía no son nada: pero llegarán a ser algo…; nosotros, los alemanes, q u e r e m o s algo de nosotros mismos, algo que todavía no hemos querido: queremos algo más”.
En las construcciones nietzscheanas de la política mundial son dos las posibilidades que desempeñan los papeles principales: o el despedazamiento político de Europa, como expresión del destino de la decadencia europea, acompañado de nuevas combinaciones de gobierno mundial, o la unidad política de Europa y el gobierno mundial ejercido por ella.
La última posibilidad prevalece en el pensamiento de Nietzsche. “Una sola cosa me concierne: Europa”. Pero su destino externo en el mundo se determina, finalmente, por el destino interno de la misma: de allí la exigencia de Nietzsche. “Poner a Europa ante las consecuencias que acarrearía el hecho de que su voluntad ‘quiera’ desaparecer. Impedimento de la mediación.
Preferencia por la decadencia”. Quizá Europa sea un mundo en decadencia; pero, aun así, Nietzsche lo considera, con la misma decisión, como la única y grandiosa oportunidad del hombre en general. Por una parte, ve al europeo del futuro “como el animal esclavo más inteligente: muy trabajador; en el fondo, muy humilde; curioso hasta el exceso; complicado, mimado, de débil voluntad: un caos cosmopolita dotado de sentimiento y de inteligencia”. El peligro está en “el embrutecimiento de Europa y en el empequeñecimiento del hombre europeo”. Por otra parte, estima que el europeo posible —comparado con las “razas” nacidas como “consecuencias de un medio ambiente” y “del papel que ellas han desempeñado, cuyo cuño las ha marcado— es una ‘superraza’”.
Quiere al “buen europeo” y de él espera los “signos que expresan la voluntad de Europa de ser una”. Ya entre los hombres más profundos y más amplios de este siglo, Nietzsche cree ver, en el misterioso trabajo realizado en el alma de los mismos, la dirección total y peculiar que llevará al “ensayo de preparar al europeo del futuro”. Como siempre, Nietzsche trata de llevar esas ideas a sus consecuencias más extremas. Por eso, dentro de tal contexto “todo lo que ahora apunta a grandes intereses comunes”, es decir, lo nacional, lo visible en su época, pudo significar, para él, un peligro: “lo nacional, tal como ahora es entendido, exige el dogma de la limitación”. Estima que la grandiosidad de Napoleón consistió en haber concebido a “Europa como unidad política”, y piensa poder comprobar que también “la unidad económica de Europa llegará con necesidad”.
Cree ver “lo que, en el fondo, acontece por sí mismo: la desaparición de lo nacional y la producción del hombre europeo”.
Sin embargo, todo lo dicho no constituye la única posibilidad. Con relación al peligro de la desaparición de Europa en “manos de la plebe”, Nietzsche imagina la salvación de un resto: “en tiempo oportuno habrá que crear a solas aquello que se debe salvar. Y designar el país en el que la cultura se podría refugiar, por cierta inaccesibilidad del mismo: por ejemplo, México”.
Otras veces, piensa en la posibilidad de una alianza entre Alemania y Rusia. Puesto que, según él, “la acumulación de la fuerza voluntaria parece ser la más grande y la menos empleada entre los eslavos…”, Nietzsche “se quiere aliar con Rusia: no es por completo inverosímil un regimiento germanoesla. “Veo mayor inclinación a lo grandioso en los nihilistas rusos
que en los utilitaristas ingleses. . . necesitamos marchar, de modo incondicionado, juntos con Rusia. .. Ningún futuro americano”. El pensamiento de una marcha común, se aniquila frente a la amenaza de un futuro ruso predominante. Ante ese riesgo, todo lo demás puede desaparecer, según Nietzsche, en un instante. “Rusia tiene que ser el amo de Europa y de Asia; tiene que colonizar a China y la India. Europa será lo que fue Grecia bajo la dominación de Roma”. Trátase de una posibilidad remota;pero la ventaja de Rusia, como la de la Iglesia, está en que “ellas pueden esperar.

*

Cuando su conciencia europea se vuelve a fortalecer, Nietzsche piensa de muy otro modo. Entonces no sólo reconoce en Rusia —con su formidable acopio de fuerzas voluntarias— el mayor de los peligros, sino también la posibilidad del despertar de Europa por la contradefensa. Desearía, incluso, “un incremento tal de la amenaza de Rusia que Europa tuviera que concluir por hacerse del mismo modo amenazante, es decir, tener una voluntad.. . una voluntad propia, amplia y terrible, capaz de proponerse una meta que abarque milenios”.
Mientras que, en todas esas representaciones, es decisiva la tendencia a lograr formaciones unitarias cada vez mayores —Europa, gobierno de toda la Tierra—, Nietzsche también considera el caso contrario, cuando piensa que las formaciones estatales unitarias sólo pueden ser forzadas desde fuera, en la medida en que interviene la lucha de los poderes. “La fragmentación en formas estatales atomizadas constituye la perspectiva más remota pero, sin embargo, más aparente de la política europea.” En efecto, si los pequeños Estados son devorados por los grandes, si éstos lo son por los monstruosos, finalmente, “el Estado-monstruo” estalla en pedazos, porque le falta el cinturón que rodeaba su cuerpo: la hostilidad de los vecinos.
En todas esas visiones del futuro, siempre reaparece un punto último, frente al cual ellas se quiebran. Ninguna exhibe una situación futura y estable del mundo. Antes bien, Nietzsche emplea todas las amenazas que descubren la in-sustancialidad del mundo contemporáneo. Destruye la seguridad aparente, derivada de la creencia en un orden del todo, logrado por el establecimiento de determinadas metas. Se aclara la incerteza a que todo se precipita: pero no la certidumbre de una dirección con sentido unívoco. Son las visiones del futuro de un mundo sin sustancia. Nietzsche no se pudo atener a ninguna de las posibilidades de ese futuro. Más allá de las condiciones de la política interna y de las combinaciones de la política externa, Nietzsche detiene su mirada, finalmente, en lo que el hombre podría llegar a ser.

 

 

 

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