SOBRE EL SUICIDIO LÓGICO II

LOGICOSUI

CUATRO

Lo que de crucial tiene el caso de Carlo Michelstaedter para el asunto que nos ocupa es que el problema que trata de dirimir en su escrito es precisamente lo que Camus consideraba como el juicio filosófico definitivo. Y trata de responder mediante una caracterización de la vida que vale la pena de ser vivida (porque es vida, enteramente persuadida de sí misma) frente a todo lo que no es vida, aunque se presente como tal (la retórica de la vida).


Sergio Campailla nos da la siguiente caracterización:

En La persuasión y la retórica —si se lee atentamente— se relatan dos grandes apólogos. El primero, sin sustancia narrativa y desarrollado esencialmente con la funcionalidad de un segundo término de comparación, es el del peso que pende y depende, que nunca puede satisfacer su hambre de lo bajo y por consiguiente no puede ser persuadido. Se podría decir que la tragedia del peso es un problema de gravedad. Si la tierra no ejercitara su fuerza de atracción, ya no habría caída y se haría realidad la consistencia. El segundo apólogo es «el ejemplo histórico», que mencionamos antes.

Sócrates, «en su amor por la libertad» se indigna «de estar sujeto a la ley de gravedad» y piensa que el «bien» consiste «en la independencia con respecto a la gravedad». «Ser independientes de la gravedad», continúa el texto, «significa no tener peso: y Sócrates no se concedió descanso hasta no eliminar de sí todo peso». Platón se esfuerza por recoger la lección del maestro pero, no logrando encontrar una solución directa, inventa un artefacto, un μηχανημα, el macrocosmos que, repleto de Absoluto, le permite «elevarse hasta el sol, pero —engañando a la gravedad— sin perder el peso, el cuerpo, la vida».
Platón interpreta con menos inquietud el ansia socrática, y trata de alcanzar lo absoluto, pero permaneciendo vivo. La comparación entre los dos apólogos no podría ser más instructiva: el peso baja hasta lo más hondo, y encontraría su consistencia, es decir su persuasión, si se detuviera dicha caída; el aeróstato, en cambio, sube hacia lo alto, hacia el reino del sol. No obstante, uno y otro deben vencer la gravedad y alejarse de la tierra. Toda la obra de Michelstaedter expresa este anhelo de abandonar la Tierra, que es desierto, subiendo a la montaña, es decir al punto más alto y más próximo al cielo que se puede alcanzar estando en la tierra, sin dejar de obedecer al tiránico condicionamiento de ésta; o también huyendo hacia el mar abierto, que es lo opuesto al desierto, un reino alternativo.
Persuasión es el concepto filosófico que corresponde precisamente al mito del mar cantado en las poesías del último año: aquel «mar sin fronteras / sin orillas cansadas» que se abre a la clarividencia amorosa de Itti, el hijo del mar, el Pez salvador de sí mismo. Recorriendo este sendero, se entiende por qué el pensamiento michelstaedteriano tiene un desarrollo utópico. La ου−τοπια como lugar metafórico, y también a-histórico, de realización persuadida, de libertad conquistada superando la gravedad. Pero la ου−τοπια es también, por relación al sacrificio que impone a quien la busca, la negación de los τοποι. Mientras que la Tierra sigue siendo el lugar totalmente histórico de la anti-persuasión, de la Retórica.
Y en este punto, una nueva dimensión de la pregunta aparece, se impone. ¿Hubiera existido el platonismo, o mejor, existiría hoy la filosofía tal como la conocemos si Sócrates no hubiera bebido la cicuta? ¿Fue el suyo también un suicidio metafísico, una forma de suicidio lógico?

CINCO

Sin embargo, es evidente que el tiempo de Camus no es el de Michaelstaedter. Éste pone fin a su vida cuando todavía reina el Imperio austro-húngaro, Camus escribe El mito de Sísifo en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se publica en 1942. Es evidente que los datos históricos pesan de una forma definitiva sobre los posibles modos de plantear el problema.
Cuando Dostoievski reclamaba a los sabios e intelectuales que se ocuparan en reflexionar el significado de la oleada de suicidios que veía crecer en su tiempo, poco podía imaginarse el modo perverso en que esto se llevaría a cabo. Difícilmente hubiera podido imaginar que se cuantificaría esa oleada en tasas estadísticas y que, muy poco tiempo después, tomando sus variaciones como indicadores objetivos de la anomia social, Durkheim fundaría la sociología, la posibilidad de un discurso científico sobre la vida en común8. Dostoievski seguramente habría aceptado de buen grado el egoísmo y el altruismo como varas de medir, son términos morales al fin y al cabo, pero ante la noción misma de anomia es más que probable que hubiera replicado: ¿y qué ocurre con ese famoso cuarto factor del que nada se dice, qué ocurre con el llamado fatalismo? Lo que es seguro es que nadie le habría hecho el menor caso. Y es que, con esta reivindicación de la importancia de las tasas, se acababa de dar el primer gran paso en dirección a imponerle a la mirada social la ratio de las estadísticas, un nuevo logos para una nueva polis. Auschwitz está ya a la vuelta de la esquina.

SEIS

Si no se hubiera suicidado a los veintitrés años, Carlo Michelstaedter habría vivido los grandes acontecimientos históricos que sacudieron la Europa moderna, la caída del imperio y las tragedias de las dos guerras mundiales, el comunismo, los fascismos, Auschwitz… ¿Qué hubiera pensado Carlo de todo ello? Está claro que es imposible saberlo. Y sin embargo, encontramos un notabilísimo intento de dar respuesta a la pregunta en Un altro mare, la novela de Claudio Magris que rescató del olvido para el gran público la figura del joven filósofo goriziano.
En ella, siguiendo las andanzas de Enrico, su colega de siempre, el protagonista del Dialogo della salute, el amigo que le da el revólver fatídico poco antes de embarcarse, acompañándole, asistimos a un ejercicio dramático insólito y fascinante: Enrico se entrega a la tarea de dar cuerpo a la mirada que Michelstaedter logró dejar plasmada en La persuasión y la retórica; sigue empecinado en la senda imposible de su lección y su ejemplo durante toda su larga vida.

Él ha visto nacer ese libro, cuando Carlo lo escribía mientras preparaba la tesis de doctorado en Florencia. La portada color marfil tiene un borde negro, un negro profundo que a trechos parece azul noche, en el cual unas líneas claras se persiguen y se encabalgan como olas. Son páginas que contienen la palabra definitiva, el diagnóstico de la enfermedad que corroe a la civilización. La persuasión, dice Carlo, es la posesión presente de la propia vida y de la propia persona, la capacidad de vivir plenamente el instante, sin sacrificarlo a algo venidero o supuestamente venidero, destruyendo así la vida en la esperanza de que pase lo más rápidamente posible. Pero la civilización es la historia de los hombres incapaces de vivir persuadidos, que construyen la enorme muralla de la retórica, la organización social del saber y del hacer para ocultarse a sí mismos la visión y la conciencia de su vacío.

Enrico vivirá todos los días de su vida encarándose con esta convicción, luchando, sin dejar de ponerse a prueba ni un solo instante. «En la nave que ahora surca el Atlántico, ¿Enrico está corriendo por correr o bien por llegar, por haber ya corrido y vivido?». Con esta pregunta comienza su viaje y así será en adelante, sabiéndose siempre en peligro y asumiendo el riesgo con la sola brújula que dibujan las palabras de su amigo Carlo.

Tú sabes situarte por entero en el presente, Rico, le habían dicho cuando partió, navegas por el mar abierto sin buscar temeroso el puerto y sin empobrecer la vida con el temor a perderla.

Así comienza Enrico su vida en el desierto. Luego vendrán finalmente los tiempos de la usura: ya las heridas no sanan a la velocidad de antes, el mismo vivir es algo que se gasta, y se comienza a comprender que al final es siempre la vida misma lo que nos mata. Tiempos de la vuelta a casa, por tanto, pero a una soledad estupefacta ahora, ante una realidad que se ha vuelto enteramente histórica, retórica, sostenida tan sólo sobre las razones del futuro que ha de venir, el comunismo, los fascismos…

Sí, ese Reich milenario es la prueba de que la retórica es muerte y destrucción. Sí, repite Enrico para sí y en las cartas a Paula y a algún amigo, Carlo ha sido exactamente el más grande; su sol —escribe— es incluso más fuerte que el de Parménides y Platón, sus rayos llegan más lejos. También el eco de todas esas tragedias e infamias no hace sino repetirle al oído, sofocado y deformado, ese nombre.

Y sí, este es el punto de vista de Enrico, repitiendo lo que Carlo escribiera treinta años atrás, sí, pero ¿cuál habría sido la respuesta de Carlo en el caso de que hubiera alcanzado a vivir ese tiempo? ¿Habría renunciado, también él, a tomar partido, como Enrico? ¿Habría decidido, él también, callar lo que pensaba «sobre revoluciones y contrarrevoluciones, sobre todos aquellos que quieren acelerar la llegada del futuro»? ¿Habría conseguido Carlo mantenerse despierto, como un persuadido, también en la cárcel, bajo la tortura?

 

 

 

 

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