UN SUJETO A ACHAQUES II

CIORAN DEM

 

 

 

 

 

Desobedecer es lo más amplio y más confuso. Ser un enfermo es romper la organicidad.

La enfermedad, si es cierto que ofrece la cara de una defección (la orgánica), no lo es menos que nos confronta por entero el pensamiento con un cierto atisbo de desmoronamiento fisico.

 Frente a una ausencia cada vez más aguda, la presencia cada vez más exaltada de nuestro razonamiento. Se halla comprometida esa idea maciza de unidad cuerpo-pensamiento de que tanto se ha hablado.

 

¿Cómo presumir de esta vida?:

 

“La vida es una rebelión en el seno de lo inorgánico, un vuelo trágico de lo inerte, la vida es materia animada y, hay que decirlo, arruinada por el dolor”. (CIORAN, “dT”)

 

Una vida que se nos escapa del contacto con lo que está ahí, que huye de la tierra, ¿adónde?. Una vida insoportable para las cosas, pero que se extingue en ellas.

 

Una vida nada rebelde por lo demás, puesto que una actitud de rebeldía consistiría en conformarías de modo diferente a como estan.

 

El hombre sobrevuela lo inerte, y esta pretensión absurda, y calificada de gloriosa muchas veces y en todos los tiempos, destruye su controversia con lo natural, con lo más próximo y querido para él. Lo que el hombre debe hacer, es destruir el mundo que ha encontrado, y derruirse y derrurnbarse en él. Sus escombros, en la escombrera universal del mundo.

Una vida que, es verdad, se anima velozmente, incluso con precocidad, y que de otra forma, ferozmente es asaltada, tomada, cogida por el dolor.

Pero, volvamos a la vida, hilo frágil donde los haya, latencia teñida de sobresaltos, cerco provisorio:

 

“La vida es un estado de inseguridad absoluta, que es provisoria por esencia, que representa un modo de existencia accidental. Pero si la vida es un accidente, el individuo es el accidente de un accidente”. (CIORAN, “CT”)

 

Ganados por la novedad, estos asertos no nos sorprenderían apenas ni tan siquiera en su contundencia enumerativa. Pero novedad y contundencia no parecen ser expresiones tan determinantes en la aceptación, al menos, en ciertos lugares y paradeterminadas personas. Lo más sospechoso de la novedad es su penosa “adscripción superadora” del pasado. Lo que de la contundencia debemos guardamos, es de su debelador optimismo.

 

No es en Cioran el deseo de “incorporación a la defensa” que toda novedad conlíeva, ni el “fasto afirmativo” de la contundencia.

 

La vida, por tanto, no es que esté adobada de inseguridad, es que es la misma inseguridad. Aquí se está todo el tiempo, aunque singularmente lo estamos muy provisionalmente. En esencia, lo que llamamos nuestro tiempo de vida, es una protuberancia insignificante en el tiempo de las cosas, un tiempo abultado que se desmenuza en el surco del tiempo, nada más que un tiempo florecido en el yermo que es el Tiempo.

 

Una vida prestada -aquí vemos el plegamiento o declinación de ella- a la provisionalidad, por la que notamos la inclinación de la vida en el tiempo de la vida.

 

Una vida que es un accidente, se diría que nos la encontramos. Y en ese aparecer desvaído de la vida, que nadie necesitaba, eso sí, pero que ha trasfundido de algo y está aquí, el individuo adquiere aún menos fijeza, menos sensación de alimentar la pertenencia a este mundo. En él, en el individuo, comienza a advertirse el deslizamiento de su aposento, la tremenda improbabilidad que plantea de fijeza.

 

Nada más contrario al individuo que el despuntar, el sobresalir. Es, sin duda, su gran extrañeza.

 

Es extremo nuestro grado de cumplimiento con el destino:

 

“Todo el secreto de la vida y del arte, todo lo de aquí abajo, reside en esa “pasión del sabor”. (CIORAN, “CT”)

 

Sí que nos importan las adherencias, vaya que si.

 

No parece haber mayor trascendencia en lo que hacemos que lo que aquí se ha subrayado. La importancia no está en la misión, sino más bien en la aceptación y recepción de una alternativa a la gloria. Si de preferibles fiera, antes la sujeción al placer que el sometimiento al dolor.

 

¿Qué es la pasión del sabor?.

 

Parece que pudiera ser la reincisión en la penitencia, el corte destructor que en ella se da para abolirla.

 

La degustación es el área. Lo que nos ciñe y tapa; el único rodeo que nos permitimos, es el cinchadó del goce.

 

Toda pasión, cualquier pasión, es un recurso, la sal de la recurrencia.

 

De tejas abajo, refiere el sabor. Y remite, al cabo, la conciencia.

 

Remoloneando aburrimiento, eso es lo que hacemos gran parte de nuestra vida:

 

“Todo lo que está vivo se afirma y se niega en el frenesí”. (CIORAN, “dT”)

 

 

Con ello queda establecida la feroz norma de la contiguidadNadie es lo bastante sin el desenfreno. Si se trata de vivir, que sea furiosamente, con una cólera tan longeva que arranque desde el principio del mundo.

 

Así matamos lo fugaz, la vida que se va derritiendo en el pasmo de lo apacible.

¿Quién asumirá el papel de demiurgo, si es que aún queda sitio para él?.

 

Todo control, por más progresivamente innecesario que nos parezca en cualquier ocasión, tiende a la reducción y a prácticas inermes. Su más grande error consiste en ocultarse de la desaparición, en un mundo que por otro lado, está condenado a ella.

 

Nada más absurdo que perder nuestras cabezas en él, que calificarlo de racional como se hace frecuentemente. Los grandes atormentados construyen sus obras sujetos a fragmentos controlados de su existencia. De ninguna de las maneras, la impotencia carece de importancia. Y el ritmo frenético de lo vivo nos pasa como un margen de desapercibimiento.

 

 

El empeño en nombrarla, es una insana incidencia:

 

“¿Alguien emplea, continuamente la palabra “vida”?. Sabed que es un enfermo”.(CIORAN, “SA”)

 

Todo fervor garantiza la pérdida de consistencia en el mundo, y nada – o pocas cosas-, puede llegar a ser tan activo como aquél. Ninguna mención de indiferencia.

Cuando glosamos la vida de forma tan persistente, cautiva, sin duda incurrimos en una desproporción y resulta patológica la convocatoria verbal de una circunstancia que pretende ser todo y estar en todo. Nada tan inconveniente como un “viva!” cualquiera, incluso el más oportuno, o toda una imprecación que signifique: “vive!”, dado que estos supuestos siembran la impunidad, ser inmune a otros ofrecimientos.

 

En nuestro entorno, donde en ciertos ámbitos tanto rebulle la “casta”, triunfar es un prefijo, una consumación asimismo:

 

“¿Habéis triunfado en la vida?. Jamás conoceréis el orgullo”. (CIORAN, “SA”)

 

El triunfo tiene que conmemorar absorbentemente, o mejor, resulta ser una conmemoración pregnante. En cierto sentido es la muerte, dado que a veces lo menos importante es la vanagloría, cuanto el soterramiento de los demás.

¿De qué nos podemos enorgullecer?.

Y si esto resultas así a veces, lo cual te convierte en un ser virtuoso, ¿qué préstamo de vida ajena te estás cobrando!.

 

El orgullo de “ser” y de “llegar”, el más y el lejos , es una de las mayores infamias e imposturas, pues, ¿quién puede sentirse satisfecho en vivir con tanto aprecio?.

 

Orgullo y triunfo, últimas palabras. Mejor, el silencio.

 

El triunfo es una pérdida en la consumación y en el aplauso, y tal vez porque es uno de los grados máximos de disponibilidad hacia los demás, de cesión para la ajena anuencia. Es de esos escasos momentos en que la lucha con los demás no exige confrontación, sino consentimiento.

 

¿Cuál es la sensación de malestar más profunda, cuál me afecta en mayor medida: la que proviene de la reverencia al éxito o lo que se ahínca en el reconocimiento de los demás?.

 

En el primer caso, yo pierdo momentáneamente en mi concentración pero luego me encuentro; en el segundo supuesto, yo estoy decidido a empacharrne de ajena opinión, de halago común, y lo que hago es sacudirme en el tiempo, pero de los otros.

Vivir ya no es tanto, y menos cuando se asoma a la inevitabilidad de las legitimaciones:

 

“Que nadie intente vivir sin haber hecho su aprendizaje de víctima (CIORAN, “SA”)

 

Lo sabíamos. Y aún con todo, la obstinada obsesión, vivir, persiste.

Vivir es conquistar aquiescencias, allanar predisposiciones, ser un docente del suspiro.

Si hubiera un blanco a quien apuntar sempiternamente, aquel seda el del quejido.

Vivir sólo es posible desde la perspectiva de la pérdida y de la concatenación de sucesivas mutilaciones. Vivimos desagregadamente, en el equilibrio de la desagregación.

La cuota exigida es pensar en el sufrimiento: he ahí nuestro oblicuo Prometeo.

Si la vida en cuanto “hecho en proyección” es un sublimado ya dificil de aceptar, lo que molesta grandemente es pensar en que fuera resuelta con alguna intención:

 

“La vida, esa chulería de la materia “. (CIIORAN, “SA”)

Uno de los aspectos más controvertidos está en que preguntamos en exceso a la vida, cuando éstaresulta que apenas responde.

Es claro que aquélla persiste – y pervive- gracias a un clamoroso silencio.

No está ahí la vida, con nosotros, como fácil y extremosamente se dice. Entre otras cosas porque se nos convoca con obsesivo aplazamiento a una peregrina trascendencia, y por otras, porque la materia pone de continuo siempre en juego a la vida.

Nosotros buscamos desesperadamente la promiscuidad, pues pertenecemos – por lo que parece- al género de los des-validos, somos el des-encajamiento, y a aquellas “claves de unión” les auguramos un futuro eterno e indiscutible: tribu, familia, país, profesión, estado… hasta la amistad sale beneficiada del rico fenómeno de la interacción.

No parece que la vida sea un error de la materia, ni que aquélla pueda-o debaser su mejor aportación al devenir.

Tampoco puede caber en el desarrollo de la materia la idea de persistencia de una organización determinada en ella y gracias a ella. El capricho de la vida nos lo hemos forjado nosotros, no ella. Nosotros queremos plantamos, ella apuesta.

El que aún nos preguntemos de esa manera y de esa traza, parece entre otras cosas, una afirmación redonda de desacuerdo, de desamparo, del recorrido sempiterno que en nosotros – y menos mal – la duda y el ansia de invalidez tienen:

 “Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban lo problemas y comienzan las resoluciones’~ (CIORAN,“DLS”)

 

 

 

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