DOMESTICACIÓN O CRÍA

IPERHOMBRE

El Superhombre, como hemos visto, no es el término de una larga marcha de la humanidad. Designa más bien al vacío en el que estaremos seguros de no dejarnos pillar [piéger] por palabras como «humanidad», lentamente impregnadas de la decadencia occidental. Vivir bajo el horizonte de lo superhumano, es, por lo menos, tratar de eliminar las falsas evidencias de una cultura que no puede ser, cada vez más, otra cosa que sinónimo de domesticación, y cuya salvaguarda, piensa Nietzsche, es el objetivo común de todas las corrientes de «ideas modernas».


Ya quesería falso creer que el ideal de domesticación se va borrando con las doctrinas «iluminadas» de la educación o del progreso del género humano: Nietzsche presintió lo que demuestra Foucault en Vigilar y castigar. Ciertamente, no se presenta la transformación del hombre como una formación destinada a producir individuos conformes al tipo deseado por el formador. Pero, a medida que declinan los viejos ideales teleológicos de heteronomía, la especie se va haciendo abiertamente el más exigente y meticuloso de los criadores. Ciertamente, no se trata de un ser tiranizado y atontado lo que fabricamos en su nombre, sino de un ejemplar corriente, sociable, y por lo tanto obediente – y cuanto más normal encuentra el individuo ser regido por los intereses de la especie, cuanto más útil encuentra ser utilizado por ella, más sedegrada en un ejemplar corriente. Es su destino en tanto que ser racional. Kant lo proclama:

En el hombre (como unico ser racional sobre la tierra), las disposiciones naturales destinadas al uso de la razon debian desarrollarse enteramente solo en la especie, y no en el individuo.

Por consiguiente, la opción vital parece clara: o bien la dispersión de los «egoísmos », la caída en la «animalidad» o bien el devenir-genérico (traduzcamos: laaceptación de la degeneración). Y, de esta domesticación, Kant da fórmulas tan brutales como las de Nietzsche:

Las ciencias y las artes contribuyen a que el hombre resista menos. No es que se vuelva mejor por esa via, sino mas docil… Se hace propiamente mas debil, ya que cada necesidad es una lazo que lo ata a las leyes, incluso si estas son arbitrarias.

¿Pero por qué remontarnos hasta el idealismo? «Animalidad», «egoísmo», son también las evaluaciones negativas de los «socialistas». Asumen tan bien el ideal de domesticación por la especie que ellos tampoco consideran la eventualidad de otro modo de disciplina –de una cría, cuyo éxito sería medido por la amplitud de lo instintivo que el individuo sería capaz de dominar por su cuenta, sin deber reprimirlo (en tanto que ser-genérico). Nietzsche llama Superhombre al resultado de esta formación inédita: he ahí la única verdadera bifurcación pedagógica. Se comprende por tanto que el superhombre designa antes de nada el retroceso a llevar a cabo en relación con la hipócrita tradición que nos rodea –en el corazón de la cual, sin que esto nos sorprenda, la reivindicación revolucionaria fue expresada en el mismo lenguaje que la domesticación universalista. El superhombre no es un «ideal» edificante, sino el reglaje gracias al cual podríamos emprender la filología de esta tradición, determinar la tasa de polución de «el aire que respiramos» – por retomar las palabras de Sartre.
Dicho esto, podemos afirmar que Nietzsche no hace más que oponer una visión [phantasme] a las visiones de futuro de sus contemporáneos. Quizá para hacer menos desconcertante esta visión, se ha querido ver en el superhombre una lejana prefiguración de la «era de los organizadores» de Burnham. De nuevo, es mucho decir. Más valdría preguntarse en primer lugar de dónde viene nuestro desasosiego frente a las presentaciones que nos ofrece Nietzsche del superhombre.
Efectivamente, ese desasosiego viene, ante todo, del hecho de que nos gustaría, entre otras cosas, ver ahí descifrado nuestro porvenir, una prospectiva en competencia con otros. Sin embargo, con Nietzsche, como hemos visto, se trata de algo muy distinto. El Superhombre no es un destino probable para este tipo de porvenir, que, a ojos de Nietzsche, carece de interés. En efecto, la «civilización» ha cavado tan bien su lecho que, en lo esencial, el contenido de nuestro «porvenir» prácticamente se ha detenido. Crecimiento, mutaciones tecnológicas, avalancha demográfica determinan en general lo que será.

¿Quiénes serán los gestores más competentes?

¿Dónde estarán los técnicos más capaces de inventar y de instaurar los equilibrios sociales más tolerables, más duraderos?

Preguntas sin duda primordiales para los explotados y sobre todo para los hambrientos. Sí, sin duda… Pero Nietzsche nos advierte: estas soluciones diversas, provenientes del mismo crisol, no afectarán nunca más que el ángulo de inclinación de la pendiente. Nadie sabría detener la decadencia. Y como «nuestros socialistas» están ciegos ante esta fatalidad, sus predicciones no pueden ser (no podían ser) más que irrisorias. Consúltese a Engels a este respecto: «El enorme crecimiento de las fuerzas productivas alcanzado en la gran industria» permitirá una repartición racional del trabajo tal que todos estarán en disposición de participar en «los asuntos generales de la sociedad – tanto teóricos como prácticos».

Pero ¿cuál sería el rostro de esta cultura tan generosamente abierta? ¿Cómo imaginarla?

¿Cómo imaginar la cultura que será fomentada por la racionalidad tecno-burocrática?

¿Cómo no presentir más bien el frenesí de la consumición, la rescisión de la vida privada, al abrigo del Estado totalitario?

¿Qué milagro hará que los hombres eviten este destino mientras no sea puesta en cuestión su relación con la institución, el trabajo, la comunicación?

¿Cómo evitarán este destino mientras que le escuela, por no poner más que un ejemplo, les inculque, bajo todas las latitudes, la obediencia a una autoridad universal?

Ciertamente, no es imposible la llegada de una cultura superior en las condiciones materiales que Engels prevé: Nietzsche está de acuerdo con esto. Pero el desarrollo de esta cultura requiere una ruptura con la «civilización» de la domesticación.
Una ruptura que el «socialismo» no tiene en absoluto la capacidad de efectuar, ya que su práctica no tiene sentido si no es relativamente a los significados que proyectan la sociedad que él critica y el tipo de poder que él pretende ejercer a su vez…
Me parece que es en los alrededores de esta idea (que retoma hoy el Sr. Castoriadis) donde hay que tratar de comprender el «aristocracismo» de Nietzsche. Significaría por tanto que, en lo que respecta a la Bildung, de nada sirve subvertir la organización social, si no educamos (o no dejamos educarse) a otra humanidad, otra «raza».

¿De dónde podrían venir estos excedentes, estos aristócratas lo suficientemente libres como para desvincularse de la decadencia? Con total seguridad, del exceso mismo de la decadencia. Es la única respuesta posible. Y es por eso que los «espíritus libres» deben ser los últimos en querer detener la decadencia. «La igualación del hombre moderno es el gran progreso que no podemos detener; deberíamos acelerarlo aún más.» ¿Hasta la llegada del socialismo? ¿Por qué no? No es imposible que el socialismo sea el administrador más eficaz de los termiteros por venir. Las experiencias socialistas serán incluso indispensables: sólo al haberlas atravesado nos convenceremos de que nuestra «civilización», decididamente, no ofrece más recursos políticos contra el envilecimiento. Sólo cuando, contra todo pronóstico, «la voz ronca» del socialismo haya «retomado el grito de guerra: el máximo de Estado posible» explotará «con mucha más energía el grito de adhesión opuesto: el mínimo estado posible» y «los nuevos bárbaros» se pondrán en marcha. Si el ascenso del «socialismo» es deseable, es porque acelerará prodigiosamente la «decadencia»: «las mismas condiciones que desarrollan el envilecimiento del rebaño desarrollan también al conductor de animales.»
Reencontramos ahí un esquema bien conocido: la salud no surge más que en el punto de extrema miseria. Es posible que, por este rasgo, Nietzsche pague su tributo al siglo XIX. Pero es todo lo que le concede: por lo demás, el Superhombre mantiene su anonimato.

¿Se tratará de una casta de ingenieros prometeicos consagrada a la explotación planetaria? No lo parece, incluso si el reino del superhombre exige que la ciencia se haya vuelto la principal fuerza productiva: la única tarea del Superhombre, es esculpirse a sí mismo.

¿Clase de ociosos, entonces, a imagen y semejanza de los Maestros hegelianos?

Tampoco: mientras que el Maestro hegeliano perdía su alma en la consumición, el Superhombre no tendrá nada de aprovechado:
«Hombres de aumento, sustentados por el sobretrabajo universal», forman una casta «más pobre, más simple, y sin embargo poseedora de poder.» ¿Dominadores?
No es tan simple. «No solamente una raza de señores cuya tarea se limitaría a gobernar, sino una raza dotada de una esfera vital propia, con un aumento de fuerza por la belleza, el coraje, la cultura…» Por otro lado, Nietzsche los dispensa incluso del mando, indigno de sus cuidados: «Más allá de los que reinan, desatados de todas las ataduras, viven los hombres superiores; y los que reinan son sus instrumentos.»
La aparente utopía se transforma en enigma para quien quisiera adivinar qué era el ideal de Nietzsche. Pero el que quisiera hacer esto estaría cometiendo ya un con-trasentido: ¿qué interés podría tener aquí un «ideal» que dependería de nuestra tipología política corriente? «No sois vosotros, hombres supersticiosos, lo que esperaba sobre estas montañas», dice Zarathoustra a los reyes al final del libro. No son tampoco, ni mucho menos, los «managers» o los señores de la guerra, – ninguno de los que se encargarían de planificar la ciudad futura, de volver a poner en marcha el aparato de Estado. Si queremos a cualquier precio un modelo de estos «excedentarios » tan difíciles de imaginar, vayamos más bien a las páginas de la Política (III, 13) que Aristóteles consagra al ostracismo: hay seres demasiado superiores como para que una polis [cualquier polis] pueda someterlos a sus reglas; sería como sí, añade Aristóteles, «pretendiéramos compartir con Zeus el gobierno del mundo».
La parábola del Superhombre fue escrita en el margen de textos antiguos; es el otium nobiliario lo que invoca. Y basta con seguir la huella del «viejo filólogo» (tomando sobre todo como guía el escrito Homero Wettkampf) para que la imagen [phantasme] del Superhombre se vuelva sencillamente la invitación a un desplazamiento, a un exilio sistemático que nos haría excluir sistemáticamente nuestras evaluaciones presentes. Si el Superhombre no es, sobretodo no es, otro «tipo ideal de humanidad», no puede más que iniciar una cura de nihilismo salubre. Fantasía [phantasme] si se quiere, pero una fantasía encargada de conjurar las fantasías -más insidiosas- que nos modelan.
Un poder que no se ejercería más por medio de un aparato represivo, un dominio de sí que no pasaría más por una sumisión al universal: son estos los conceptos que focaliza el Superhombre; por supuesto, es fácil de relegar, con un encogimiento de hombros, al utopismo – si, tan sólo preocupados por la «marcha de la Historia», nos mantuviéramos sordos y ciegos ante la forma en que se mueve el mundo a nuestro alrededor y al nacimiento de evidencias que habrían sido inimaginables, hace sólo veinte años. Sistema penitenciario, sistema escolar, servicio militar, jerarquía burocrática, familia falocrática: no ha hecho falta, después de todo, más que una generación para que oigamos reventarse tantas instituciones durante tanto tiempo incuestionables… Olvídense por tanto de la historia mesiánica que les es tan querida; piensen en términos de generaciones más que de clases; en suma, dejen el siglo XIX por un momento – y admiren cuánto trabaja hoy en día en la,superficie el joven topo. Por todas partes, a nuestro alrededor, nace una nueva Erziehung – e incluso a través de la «Lotería deportiva», para quien tiene orejas.
Nunca ha sido menos quimérico imaginar la formación de otro tipo de hombre, porque jamás ha sido tan visible que la única «política» digna de interés pasa por la educación – y más exactamente por esta forma apasionante de autoeducación, que llamamos a la ligera (para acercarla más a algunos mitos familiares: «la revuelta», «el anarquismo») polémica [contestation].
Ciertamente, podemos elegir retener de la parábola de Nierzsche tan sólo su rasgo más desagradable y menos desconcertante: la certeza de que la explotación no terminará jamás, de que toda cultura existe al precio de una jerarquía, de una Rangordnung. Pero sabemos hasta qué punto Nietzsche se rebela en Ecce homo contra esta interpretación: «¿Será posible que la Gaceta nacional, un periódico prusiano… haya llegado hasta el punto de interpretar mi obra como un signo de los tiempos, como la verdadera filosofía de los hidalgos de aldea». Hemos tratado aquí de tener en cuenta esta advertencia, y de preguntarnos si el interés que suscita
Nietzsche hoy en día no sería el indicio de que la originalidad de su cuestionamiento político comienza por fin a hacerse perceptible. Utilizando la idea de Superhombre no como punto de mira, sino como compás, hemos querido sugerir también, a título de ejercicio, que no procede modificar, a propósito del marxismo, el diagnóstico que hace Nietzsche de «nuestros socialistas». Heredero, tanto como cualquier otro «socialismo», de la tradición universalista, el marxismo no pretende jamás poner en tela de juicio las reglas del juego de una «civilización» cuyo hundimiento percibe Nietzsche y, por ello, hipotecó pesadamente el lenguaje revolucionario de nuestro tiempo, lo cuajó en su «lenguaje estereotipado». Por consiguiente, utilizar a Nietzsche con el fin de hacer salir de debajo de la vieja creencia las valoraciones caducas que han atrapado siempre a sus adeptos, no es consagrarse a la desenvoltura del renegado; sospechar que el destino trágico del marxismo occidental no se debe tanto a las condiciones históricas de la historia de Rusia cuanto a que estaba inscrito en los prejuicios de sus fundadores, no es tomar el camino monótono del cinismo y de la negación. No es más que negar el siglo XIX. – Y aquí creemos oír a Nietzsche interpelándonos: «¿No va siendo ya hora, amigos míos?».

 

 

 

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