DISGUSTO-LA ACCIÓN

ANTI PROFETA

 

 

 

 

 

 

Aviso para emprendedores de cualquier ¡aya, dispuestos a no desperdiciar la ocasión de asaltar la confianza y tranquilidad de sus congéneres:

 “El impulso que nos guía y que precipita la ejecución de cualquiera de nuestros actos, es casi siempre inconfesable. Nadie salva a nadie”. (CIORAN, “CT”).

 

Subidos a nuestra reserva, allanan cualquier porqué con esa especie de confianza decretada que según ellos exponen, parece descansar en el hombre. Esa ascensión que libran hacia cualquiera de nosotros, parecería alejarle cada vez más de sus objetivos primeros, pero no es así: a mayor penetración, mayor fanatismo.

 

Es así como cualquier técnica de persuasión es harto peligrosa. Incubados sus delirios en ese depositario inmovilizado que somos cada uno de nosotros, jamás admitirá que ha abatido nuestras escasas resistencias. Y hablará entonces, de propósitos. Propósitos que él desea que le lleven muy lejos (¡qué engañoso el lejos!) y que, sin embargo, de boca cercana admitirá que están dedicados a los que tiene más cercanos y próximos. Es por ello que tal ambición o tal gloria se hacen inconfesables, por el sentido de desmesura que poseen.

 

Todo afán, todo impulso, toda acción, sólo se conciben en uno propio, pero para concitar la suerte, el lance, se establecen remedos sociales. Es una especie de confabulación permitida, la que a veces se produce entre uno mismo y cualquier grupo que esté de acuerdo con lo que aquél dice.

 

Pero ni el ser solo ni el ser influido denotan reciprocidad.

 

Ninguna capacidad se atisba en el hombre que permita hablar sobre sus bondades desplazadas a otro humano. Es más: siempre está postergándose a si mismo.

Cada cual, esa puede ser una de las divisas.

Por último, el “nadie salva a nadie”, puede guardar un paralelismo con ese “pesimismo a ras de la gente”, que se identificaría con frases como aquellas que suenan así: “nadie hace nada por nada, o por nadie”. Quizás.

Toda actividad nos está prohibida:

 

“El hacer está mancillado por un vicio original del cual el ser parece exento”. (CIORAN, “CT”).

 

Y a nuestro pesar, la seguimos acumulando. Pero la paradoja se halla en que no nos pertenece en absoluto, aunque nos agarremos a su historia, a sus trabajos y a sus cumplimientos. Nada más lejos del ser que el ejercicio, que el probarse o probarlo.

Hacemos porque probamos, porque medimos, porque nos creemos en la existencia. ¿A qué otra situación se le puede aplicar con mayorjusticia yjusteza, lo de que todo conspira para que nos sintamos mejor en el frenesí que en la atonía?:

 

“No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad”. (CIORAN, “TE”).

Desde que se produce el alumbramiento -¿cabe incluir este término como el más esclarecedor y el má razonable, si atendemos a la descripción del momento del nacimiento, y, fuera de la connotación periodística sentimental, ya que presumiblemente “no científica”, bajo una estricta perspectiva linguistica, es la que se ciñe a una mayor adecuación en el puro denominar?- se produce sin interrupción, y como propuesta vital insoslayable, y muy exigente, la superación indesmayable de innúmeros Rubicones; es ahí donde percibimos, como una de nuestras herencias más nítidas y menos discutidas, la del César, para algunos, y para otros -y sin remedio posible- la de su contrario.

 

Y es que la medra nuestra se nutre -en este gran embargo que llamamos el pergeñamiento vital, al que por cierto, muy pocos están llamados- de la contingencia menos minada y discutida de nuestro siglo, y de todos los siglos: la del laboreo en cualquiera de sus prescripciones.

El trabajo, es la divisa que proporciona mayor índice de notoriedad, el ápice que más se conviene en gregarizar.

La colmena se acredita sobre la desgana y el abandono.

Y, en otro lugar, surgen estas descalificadoras palabras de aquellos que se prendan de cualquier intento:

“Sólo merece confianza quien se constriñe a perder la partida: si lo logra, habrá matado el monstruo, el monstruo que él era en tanto que se empeñaba en actuar, en triunfar”. (CIORAN, “TE”, p. 183, Taurus).

No sólo parecen estas palabras un alegato a favor de todos aquellos a quienes genéricamente se les califica como “perdedores”. Ya es muy importante que alguien las pronuncie y las mantenga, al menos para que el contrapeso arrasador del éxito no propicie la esterilización absoluta de sus contrarios.

Pero hablan también estos términos de un “monstruo” posesivo, de un advenedizo que se recuesta como nadie en el hueco que detenta la manifestación más respetada de la identidad personal: la de la lacerante accion.

Conceder importancia a los hitos que jalonan el tiempo, -colocarle diademas, embridado para nuestros “propósitos”- es una de las actividades más plenas de sinsentido con que untamos nuestra importancia en este vivir nuestro, tan singularmente “notorio”:

                                                                                                                                          

“La existencia demoníaca eleva cada uno de los instantes a la dignidad de acontecimiento. La acción -muerte del espíritu- emana de un principio satánico, luchar en la medida en que uno tiene algo que expiar. La actividad política es, más que cualquier otra cosa, una expiación inconsciente”. (CIORAN, “OP”).

 

 

 

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