EL GÉNESIS:LA ECONOMÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Stirner_Der_Einzige_und_sein_Eigentum_djvu

 

 

 

 

 

 

Tenemos que saltar aquí, por un momento, de “la Ley” a “los Profetas”, revelando ya en este lugar el misterio de la economía doméstica única que se lleva en el cielo y en la tierra. La historia del imperio del Único también en el Antiguo Testamento, donde reina todavía la Ley, el hombre, como un ayo sobre el Único (Gál. 3, 24), responde a un sabio plan, decretado desde hace toda una eternidad. Todo fue previsto y ordenado para que el Único pudiera advenir al mundo al llegar la hora, con la misión de redimir a los hombres sagrados de su santidad.

El libro primero, “La vida de un hombre”, se llama también, por ello, “Génesis”, porque contiene en germen toda la economía doméstica única y hace desfilar prototípicamcnte ante nosotros todo el desarrollo posterior, hasta llegar al momento en que suena la hora y adviene el final de los tiempos. Toda la historia única gira en torno a las tres fases: el niño, el joven y el hombre, que reaparecen “con diversas variantes” y en círculos que van ampliándose cada vez más, hasta que por último toda la historia del mundo de las cosas y del mundo del espíritu se reduce a “niño, joven y hombre”. Por todas partes encontramos solamente “al niño, el joven y el hombre “transfigurados, del mismo modo que ya en ellos encontrábamos las transfiguraciones de tres categorías.

Hemos hablado más arriba de la concepción filosófica alemana de la historia. En San Max encontramos un brillante ejemplo de ella. La idea especulativa, la representación abstracta se convierte en la fuerza propulsora de la historia, lo que hace de la historia, por tanto, simplemente la historia de la filosofía. Pero, incluso ésta no se concibe siquiera tal y como se ha desarrollado con arreglo a las fuentes existentes, ni mucho menos tal y como se ha desarrollado bajo la acción de las relaciones históricas reales, sino tal y como ha sido concebida y expuesta por los modernos filósofos alemanes, especialmente por Hegel y Feuerbach.

Además, de estas exposiciones sólo se toma lo que puede adaptarse al fin perseguido y lo que tradicionalmente ha llegado a nuestro santo. La historia se convierte, con ello, en la simple historia de las supuestas ideas, en una historia de espíritus y de fantasmas, y la historia real y empírica sobre que descansa esta historia fantasmal se explota únicamente para dotar de cuerpos a estos fantasmas; de ella se toman los nombres necesarios, encargados de dar a estos fantasmas una sombra de realidad. Pero, en este experimento, vemos cómo nuestro santo se sale frecuentemente de su papel y escribe una historia fantasmal clara y desembozada.

En él encontramos este modo de escribir la historia con el candor más simplista y más clásico. Las tres categorías simples: realismo, idealismo y negatividad absoluta como la unidad de ambos (aquí se la llama “egoísmo”), con que nos encontrábamos ya como el Niño, el joven y el hombre, se toman como base de toda la historia, provistas de diferentes etiquetas históricas; forman, con su modesto séquito de categorías auxiliares, el contenido de todas las fases ya señaladas, fases presuntamente históricas.
San Max vuelve a dar pruebas, aquí, de su gigantesca fe, llevando la fe en el contenido especulativo de la historia preparado por los filósofos alemanes más allá que ninguno de sus predecesores. En esta solemne, larga y farragosa construcción histórica sólo se trata, pues, de encontrar una pomposa serie de sonoros nombres para tres categorías tan trilladas, que sus nombres propios no dicen ya públicamente nada. Nuestro consagrado autor habría podido pasar perfectamente bien del “hombre”, pág. 20, directamente al “Yo”, pág. 207, y mejor aún al “Único”, pág. 485; pero esto habría resultado demasiado simple. Por otra parte, la enorme competencia desatada entre los especuladores alemanes impone a todo nuevo competidor el deber de rodear su mercancía de una publicidad histórica estruendosa.

La “fuerza del verdadero curso”, para expresarnos a la manera del Dottore Graciano, discurre del modo más vigoroso” en las siguientes “mutaciones”:

Fundamento:

I. Realismo.

II. Idealismo.

III. Unidad negativa de ambos. “Se”

 

Primera imposición de nombres:

I. Niño, supeditado a las cosas (realismo).

II. Joven, supeditado a las ideas (idealismo).

III. Hombre – (como unidad negativa)

                             (egoísmo)

positivamente expresado: acopiador de ideas y de cosas,

negativamente expresado: desligado de ideas y de cosas.

 

Segunda imposición, histórica, de nombres:

I. Negro (realismo, el niño).

II. Mongol (idealismo, el joven).

III. Caucasiano (unidad negativa de realismo e idealismo, el Hombre).

 

Tercera, la más general, imposición de nombres:

I. Egoísta realista (egoísta en el sentido usual de la palabra) – El niño, el negro.

II. Egoísta idealista (el que se sacrifica) – el joven, el mongol.

III. Verdadero egoísta (el Único) – el hombre, el caucasiano.

 

Cuarta imposición, histórica, de nombres. Repetición de las fases anteriores dentro del caucasiano.

I. Los antiguos. Caucasianos negroides – hombres infantiles – paganos – supeditados a las cosas – realistas – mundo.

Transición (el niño, que aparece tras las “cosas de este mundo”) sofistas, escépticos, etc.

II. Los modernos. Caucasianos mongoloides – Hombres adolescentes – Cristianos – supeditados a los pensamientos – Idealistas – El espíritu.

1. Historia pura de espíritus, el cristianismo como espíritu. “El espíritu”.

2. Historia de espíritus no pura. El espíritu en relaciones con otros. “Los posesos”.

A) Historia pura no pura de espíritus.

a) El aquelarre, el fantasma, el espíritu en estado negroide, como espíritu convertido en cosa y cosa espiritual – ente objetivado para el cristianismo, el espíritu como niño.

b) La obsesión, la idea fija, el espíritu en estado mongólico, como espiritual en el espíritu, determinación en la conciencia, ente pensado en el cristiano – el espíritu como joven.

B) Historia no pura no pura (histórica) de espíritus.

a) Catolicismo – Edad Media (negro, niño, realismo, etc.).

b) Protestantismo – Época Moderna en los tiempos modernos – (mongol, joven, idealismo, etc.). Dentro del protestantismo, cabe establecer nuevas subdivisiones, por ejemplo:

ά) filosofía inglesa – realismo, niño, negro.

β) filosofía alemana – idealismo, joven, mongol.

3. La jerarquía – unidad negativa de ambos, dentro del punto de vista mongol-caucásico. Ésta se presenta, en efecto, allí donde la relación histórica se convierte en una relación actual o donde los contrarios se representan como paralelamente existentes. Tenemos, pues, aquí dos fases coexistentes:

A) Los incultos – (malos, burgueses, egoístas en el sentido usual de la palabra) = negros, niños, católicos, realistas, etc.

B) Los cultos (buenos, citoyens [Ciudadanos], los que se sacrifican, los sacerdotes, etc.) = mongoles, jóvenes, protestantes, idealistas.

Estas dos fases existen paralelamente, de donde se desprende “fácilmente” que los cultos dominan sobre los incultos: en esto consiste la jerarquía. En el desarrollo histórico ulterior, tenemos quebdel inculto sale el no hegeliano,

del culto el hegeliano

 de donde se sigue que los hegelianos dominan sobre los no hegelianos. De este modo, Stirner convierte la representación especulativa del imperio de la idea especulativa en la historia en la representación del imperio de los mismos filósofos especulativos. Su anterior concepción de la historia como el imperio de la idea se convierte, en la jerarquía, en una relación realmente existente y actual, en el imperio universal de los ideólogos. Ello revela hasta qué honduras llega Stirner en la especulación. Este imperio de los especuladores y los ideólogos se desarrolla a la postre, “al llegar la hora”, hasta conducir a la siguiente imposición final de nombres:

a) El liberalismo político, supeditado a las cosas, supeditado a las personas – realismo, el niño, el negro, antiguos, aquelarre, catolicismo, los incultos, sin dueño.

b) El liberalismo social, independiente de las cosas, supeditado al espíritu, sin objeto – idealismo, el joven, el mongol, los modernos, la obsesión, protestantismo, los cultos, desposeídos.

c) El liberalismo humano, sin dueño y desposeído, a saber: sin Dios, puesto que Dios es al mismo tiempo el supremo señor y la suprema posesión, jerarquía – unidad negativa dentro de la esfera del liberalismo, y en cuanto tal imperio sobre el mundo de las cosas y de las ideas, y al mismo tiempo el egoísta acabado en la superación del egoísmo – la jerarquía acabada. Forma, al mismo tiempo,

la transición (el joven, que descubre lo que hay detrás del mundo de las ideas) al

III. “Yo” – es decir, al cristiano acabado, al hombre acabado, al caucasiano caucásico y al egoísta verdadero, que, así como el cristiano se convierte, mediante la superación del mundo antiguo, en el espíritu, llega a ser, mediante la disolución del reino de los espíritus, el corpóreo, al  recoger sine beneficio deliberandi et inventarii la herencia del idealismo, del joven, del mongol, de los modernos, de los cristianos, de los posesos, de los protestantes, de los cultos, del hegeliano y del liberal humanista.

 

NB. 1. Pueden “intercalarse episódicamente” “de vez en cuando”, en su ocasión oportuna, para realzar el colorido del cuadro y producir nuevos efectos, ciertas categorías feuerbachianas y de otro tipo, tales como las de entendimiento, corazón, etc. Y se

2. El tan crédulo San Max, Jacques le bonhomme [Juan, el simple], no sabe decirnos acerca de la historia real y profana otra cosa sino que la contrapone siempre, bajo el nombre de “naturaleza”, el “mundo de las cosas”, el “mundo del niño”, etc., a la conciencia como algo acerca de lo cual especula, como un mundo que, a pesar de su constante cancelación, sigue existiendo en una penumbra mística para reaparecer a la primera ocasión; probablemente porque siguen existiendo los niños y los negros y también, por tanto, “fácilmente”, su mundo, el llamado mundo de las cosas.
Acerca de semejantes construcciones históricas y ahistóricas, ya dijo el buen viejo Hegel, a propósito de Schelling, el campeón de todos los constructores, lo que acerca de esto había que decir: “El instrumento de este monótono formalismo no es más difícil de manejar que la paleta de un pintor en la que sólo hubiera dos colores, por ejemplo el negro” (realista, infantil, negroide, etc.) “y el amarillo” (idealista, juvenil, mongólico, etc.), “para cubrir con el primero una superficie, cuando se trate de pintar un trozo histórico” (el “mundo de las cosas”) “y con el segundo otra en que se quiera pintar un paisaje” (“el cielo”, el espíritu, lo sagrado, etc.). Fenomenología, pág. 39. Y aun más certeramente se burla la “conciencia vulgar” de esta clase de construcciones en la siguiente canción:

El señor manda la yunta
Para segar la avena,
Pero la yunta no siega la avena
Ni vuelve tampoco a la casa.

El señor manda entonces al perro
Para morder la yunta.
Pero el perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena
Y ni uno ni otro vuelven a la casa.

El señor manda entonces al látigo
Para azotar el perro.
Pero el látigo no azota el perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al fuego
Para quemar el látigo.
Pero el fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al agua,
Para que apague el fuego.
Pero el agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al buey,
Para que se beba el agua.
Pero el buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al carnicero,
Para que sacrifique al buey,
Pero el carnicero no sacrifica al buey,
El buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al verdugo,
Para que cuelgue al carnicero,
Pero el verdugo no cuelga al carnicero,
El carnicero no sacrifica al buey,
El buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

En seguida, vamos a tener ocasión de ver con qué “virtuosidad de pensamiento” y con qué material de liceal llena Jacques le bonhomme este esquema.

 

 

 

(Visited 185 times, 1 visits today)