EL GÉNESIS:LOS POSESOS

Stirner_Der_Einzige_und_sein_Eigentum_djvu

 

 

 

 

 

 

Hasta ahora, sin saberlo, San Max no nos ha ofrecido otra cosa que una introducción a la visión de los espíritus, al concebir el viejo y el nuevo mundo solamente como “cuerpo aparente de un espíritu”, como una aparición espectral, viendo en ellos solamente combates entre espíritus. Ahora, nos ofrece conscientemente y ex profeso una introducción a la visión de los espíritus.

 

Introducción a la visión de los espíritus. – Lo primero que hay que hacer es convertirse en un satán archinecio, es decir, transmutarse en un Szeliga, y luego hablarse a sí mismo como San Max habla a este Szeliga: “¡Mira al mundo en torno de Ti y di por Ti mismo si no Te contempla en todo un espíritu!” Una vez que se consigue imaginarse esto, los espíritus se presentan “fácilmente” por sí mismos, en la “flor” se ve solamente al “Creador”, en las montañas “al espíritu de lo sublime”, en el agua “el espíritu del anhelo” o el anhelo del espíritu y se oye cómo “en los hombres hablan millones de espíritus”. Y cuando se llega hasta este punto, se puede ya exclamar con Stirner:

 

“Si, andan duendes por el mundo entero”, desde donde “no es difícil avanzar” (pág. 93), dando un paso más, hasta esta otra exclamación: “¿Solamente en el mundo? No, es el mundo mismo el que se nos aparece como un fantasma”. (En vuestro discurso, sí debe ser sí, y no, no; lo que vaya más allá de eso será malo, será un salto lógico). El mundo “es el cuerpo aparente de un espíritu que se mueve, es un fantasma”. Después de esto, “mira” tranquilamente “cerca o lejos, y veras elle. Te rodea un mundo fantasmal… verás espíritus”. Y con esto podrás darte por satisfecho, si eres hombre vulgar y corriente; pero si crees poder compararte con Szeliga, podrás mirar también dentro de ti mismo y no deberás “asombrarte” si, con este motivo y al llegar a esta altura, descubres la szeligaidad de que también “Tu espíritu es un fantasma que anda en tu cuerpo”, de que tú mismo eres un fantasma que “espera su redención, es decir, un espíritu”. Con lo que habrás llegado hasta el punto de poder ver en “todos” los hombres “espíritus” y “fantasmas”, y así, la visión de los espíritus habrá alcanzado “su propósito final”, págs. 46, 47.

 

El fundamento de esta introducción aparece, sólo que expresado mucho más certeramente, en Hegel, en la Historia de la filosofía, III, págs. 124, 125. Pero San Max siente tanta fe en su propia iniciación, que se presenta él mismo ante Szeliga y le dice: “Desde que la palabra se ha hecho carne, el mundo se ha espiritualizado, se ha encantado, es un fantasma”, pág. 47. “Stirner” “ve espíritus”.

 

San Max se propone ofrecernos una fenomenología del espíritu cristiano y, siguiendo su costumbre, sólo destaca uno de los lados. Ante los cristianos, el mundo no sólo se había espiritualizado, sino también, y en la misma medida, desespiritualizado, como Hegel por ejemplo, lo había reconocido en el pasaje citado más arriba, poniendo en relación los dos lados del problema, como habría debido hacer también San Max, si hubiera querido proceder históricamente. Frente a la desespiritualización del mundo en la conciencia cristiana, con la misma razón podría considerarse a los antiguos, “que veían dioses por doquier”, como espiritualizadores del mundo, concepción que nuestro santo dialéctico rechaza, sin embargo, con esta bien intencionada repulsa: “Los dioses, mi querido moderno, no son espíritus”, pág. 47. Y es que el devoto Max no reconoce más espíritu que el Espíritu Santo.

 

Pero, aunque nos hubiese ofrecido esta fenomenología (cosa, por lo demás, que después de Hegel, resulta superflua), no nos habría ofrecido, con ello, nada. El punto de vista que se adopta como satisfactorio, con estas historias de espíritus, es de por sí un punto de vista religioso, ya que en él se tranquiliza el hombre con la religión, se concibe la religión como causa sui [Causa de sí misma] (pues también “la autoconciencia” y “el hombre” siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de las condiciones empíricas y de demostrar cómo determinadas condiciones industriales y de intercambio llevan necesariamente aparejada una determinada forma de sociedad y, por tanto, una determinada forma de Estado, y con ello, a la par, una determinada forma de la conciencia religiosa. Si Stirner se hubiese fijado en la historia real de la Edad Media, habría podido descubrir por qué la representación que los cristianos se formaban del mundo en la Edad Media adoptó precisamente esta forma y cómo sucedió que más tarde pasó a ser otra; habría podido descubrir que “el cristianismo” no tiene absolutamente historia y que las diferentes formas en que fue concebido en diferentes épocas no eran “autodeterminaciones” ni “desarrollos” “del espíritu religioso”, sino que obedecían a causas totalmente empíricas, sustraídas a toda influencia del espíritu religioso.

 

En vista de que Stirner “no se ajusta a la pauta” (pág. 45), podemos decir ya aquí, antes de entrar más a fondo en la visión de los espíritus, que las diversas “mutaciones” de los hombres de Stirner y de su mundo sólo consisten en la transformación de toda la historia universal en el cuerpo de la filosofía hegeliana; en espectros que sólo en apariencia son un “ser otro” de los pensamientos del profesor berlinés. En la Fenomenología, la Biblia hegeliana, “el Libro”, se empieza convirtiendo a los individuos en “la conciencia” [y al] mundo en “el objeto”, con lo que la multiplicidad de la vida y de la historia se reduce a un distinto comportamiento “de la conciencia” hacia “el objeto”. Y este distinto comportamiento se reduce, a su vez, a tres actitudes cardinales:

1.º actitud de la conciencia hacia el objeto como de la verdad o hacia la verdad en cuanto mero objeto (por ejemplo, conciencia sensible, religión natural, filosofía jónica, catolicismo, Estado de autoridad, etc.).

2.° Actitud de la conciencia como de lo verdadero hacia el objeto (entendimiento, religión espiritual, Sócrates, protestantismo, Revolución Francesa).

3.º Actitud verdadera de la conciencia hacia la verdad en cuanto objeto o hacia el objeto en cuanto verdad (pensamiento lógico, filosofía especulativa, el espíritu como para el espíritu). Hegel concibe también lo primero como el Dios Padre, lo segundo como Cristo, lo tercero como el Espíritu Santo, etc. Stirner ha expuesto ya estas mutaciones como el niño y el joven, los antiguos y los modernos, y las repite más tarde como el catolicismo y el protestantismo, el negro y el mongol, etc., y ahora acepta en base a la buena fe esta serie de disfraces de un pensamiento como el mundo contra el que él tiene que hacerse valer, que afirmarse, en cuanto “individuo corpóreo”.

 

Segunda introducción en la visión de los espíritus.- Cómo se convierte el mundo de la verdad y uno mismo en un santificado o en un espectro. Diálogo entre San Max y Szeliga, su siervo (págs. 47, 48).

 

San Max.- “Tienes espíritu, puesto que tienes pensamientos. ¿Qué son tus pensamientos?”

 

Szeliga.- “Entes espirituales”.

 

San Max.- “¿No son, pues, cosas?”.

 

Szeliga.- “No, sino el espíritu de las cosas, lo fundamental de las cosas todas, su entraña más profunda, su… idea”.

 

San Max.- “Lo que piensas, ¿no es, por consiguiente, simplemente tu pensamiento?”

 

Szeliga.- “Por el contrario, es lo más real, lo que en rigor hay de verdadero en el mundo: es la verdad misma; cuando pienso de un modo verdadero, pienso la verdad. Cierto que puedo equivocarme acerca de la verdad y desconocerla; pero cuando conozco de un modo verdadero, el objeto de mi conocimiento es la verdad”.

 

San Max.- “Entonces, ¿de lo que tratas por siempre es de conocer la verdad?”.

 

Szeliga.- “La verdad es, para mí, sagrada. Yo no puedo descartar la verdad; creo en la verdad, por eso indago en ella; nada hay más alto que la verdad, que es eterna. Sagrada, eterna es la verdad, es lo sagrado, lo eterno”.

 

San Max (enojado).- “Pues bien, tú, en quien quieres que more esa santidad, ¡sé también santificado!”

 

 

 

 

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