EL IMPULSO A LA ELABORACIÓN DE METÁFORAS

EXTRAMORAL

 

 

 

 

 

 

 

El impulso a la elaboración de metáforas, ese impulso fundamental del hombre, que no puede ser eliminado ni por un instante porque ello significaría la eliminación del hombre mismo, no por haberse construido con sus productos volatilizados, los conceptos, un mundo nuevo, regular y rígido, para que le sirva de castillo fuerte, está realmente dominado, apenas sí domado.

 

Se busca él un nuevo campo de acción y otro cauce, y lo encuentra en el mito, y, en términos generales, en el arte. Entremezcla constantemente las rúbricas y celdas de los conceptos, estableciendo nuevas transposiciones, metáforas y metonimias; evidencia en todo momento un afán de rehacer el mundo existente del hombre lúcido, de hacerlo tan abigarrado e irregular, tan inconexo, tan sugestivo y eternamente nuevo como es el mundo de los sueños.

 

 

Mirándolo bien, únicamente por el tejido rígido y regular de los conceptos sabe el hombre lúcido que está lúcido; así es que por veces, cuando el arte desgarra ese tejido de los conceptos, llega a creer que está soñando. Afirma con fundamento Pascal que si todas las noches tuviésemos el mismo sueño, nos ocuparíamos con él tanto como con las cosas que vemos todos los días: “si un artesano soñase noche tras noche, durante doce horas, que es rey”, dice, “creo que se sentiría tan feliz como un rey que noche tras noche, durante docemhoras, soñase que es artesano”.

 

El estado lúcido de un pueblo míticamente excitado como fueron los griegos de los primitivos tiempos de la Hélade, a causa del prodigio constantemente operante que el mito supone se parece, en efecto, más al sueño que a la lucidez del pensador científicamente ensombrecido. Si cualquier árbol es susceptible de hablar como una ninfa, si bajo forma de toro puede un dios raptar doncellas, si la misma diosa Atenea es vista de repente en momentos en que en un carro tirado por hermosos caballos recorre acompañada de Pisístrato, las plazas de Atenas -y el honrado ateniense así lo creía-, como en los sueños en cualquier momento, cualquier cosa puede ocurrir y la Naturaleza toda ronda al hombre como si ella no fuese sinomojiganga de los dioses dados a engañar al hombre bajo toda clase de disfraces.

 

Mas el hombre mismo tiene una irreductible propensión a dejarse engañar y está como traspasado de una dicha inefable cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si se tratase de hechos reales o el actor en escena representa al rey aún más rey de lo que lo muestra la realidad. El intelecto, ese maestro del fingimiento, está libre y eximido de su habitual servidumbre mientras sepa engañar sin perjudicar, y en tales momentos celebra sus saturnales.

 

Nunca como entonces es tan rico y exuberante, tan soberbio, hábil y atrevido, con un íntimo gozo creador baraja las metáforas y desplaza los mojones de las ideas abstractas, designando por ejemplo el río como el camino móvil que transporta al hombre a donde éste de ordinario va caminando. Ahora ha arrojado el signo de la servidumbre; en tanto que de ordinario se esfuerza con tétrico afán por señalarle a un pobre individuo ansioso de existencia el camino y los instrumentos, y cual un sirviente se lanza en busca de presa y botín para su amo, ahora él mismo se ha convertido en amo y le es dable borrar de su faz la expresión de indigencia. Ahora, haga lo que haga, todas sus acciones tienen carácter de fingimiento, en contraste con el de distorsión que de ordinario tienen.

 

Copia la vida humana, mas la toma como algo bueno y parece lo más contento con ella. Ese ingente entramado de los conceptos al que se aferra el hombre indigente, logrando así sobrevivir, es para el intelecto emancipado un mero andamiaje y juguete para sus más atrevidas acrobacias; y al destrozarlo, entremezclarlo y volverlo a componer irónicamente, juntando las cosas más heterogéneas y separando lo más afín, pone en evidencia que no tiene necesidad de esos expedientes de la indigencia y no es guiado por conceptos, sino por intuiciones.

 

Desde esas intuiciones no lleva ningún camino regular al país de los fantasmales esquemas, de las ideas abstractas; por ellas no está hecha la palabra, ante ellas el hombre enmudece o bien habla a base de metáforas prohibidas y de inauditas construcciones conceptuales, para corresponder en forma creadora a su poderosa intuición actual, al menos, destruyendo y escarneciendo las antiguas vallas conceptuales.

 

 

 

 

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