EL ORIGEN DEL IMPULSO HACIA LA VERDAD

EXTRAMORAL

 

 

 

 

 

 

 

Ignoramos todavía de dónde proviene el impulso a la verdad; pues hasta aquí solo nos hemos enterado de la obligación que establece la sociedad para existir: ser veraz, esto es, usar las metáforas corrientes; o moralmente hablando: mentir con arreglo a un esquema convencional, mentir colectivamente en un estilo obligatorio para todos.

Por cierto que el hombre, se olvida de este estado de cosas; quiere esto decir que miente del modo apuntado, inconscientemente, en virtud de secular habituación; y precisamente por esta inconciencia, este olvido, llega al sentido de la verdad.

 

El sentimiento de estar obligado a calificar esta cosa de “roja”, aquélla de “fría” y la de más allá de “muda” genera un impulso moral referido a la verdad; por la antítesis del mentiroso en quien nadie confía y al que todos excluyen se demuestra el hombre lo honesto, entrañable y útil de la verdad.

 

Coloca entonces sus actos, como ser “racional”, bajo el imperio de las nociones abstractas. Ya no quiere ser arrastrado por las súbitas impresiones, las percepciones sensibles, primero generaliza todas sus impresiones, transformándolas en conceptos pálidos y fríos, para uncirlas en esta forma al carro de su vida y acción.

 

Cuanto diferencia al hombre del animal depende de esta facultad de diluir las metáforas expresivas en un esquema, esto es, de disolver una imagen en un Concepto. Pues en el dominio de esos esquemas es factible algo que bajo el régimen de las inmediatas impresiones sensibles no podría lograrse jamás: establecer un orden piramidal basado en castas y grados, un mundo nuevo de leyes, prerrogativas, jerarquías y delimitaciones que se contrapone al mundo sensible de las inmediatas impresiones como instancia más fija, más general, más conocida y humana y, por ende, reguladora e imperativa.

 

En tanto que toda metáfora expresiva es individual y rigurosamente única, escapando así a toda tentativa de clasificación, el ingente edificio de losconceptos ostenta rígida regularidad de co1umbario romano y trasunta en la lógica esa estrictez y frígida sobriedad propias de las matemáticas. Quien es rozado por este soplo frío se resiste a creer que aun el Concepto, siendo como es duro y anguloso como un dado, y tan movible como tal, venga a ser el resto de una metáfora y que la ilusión inherente a la transposición artística de un estímulo nervioso en imágenes sea, si no la madre, sí la abuela de todos los conceptos.

Mas dentro de este juego de dados de los Conceptos llámase “verdad” el usar cada uno de los dados tal como está marcado, contar exactamente sus puntos, establecer clasificaciones Correctas y no violar nunca el orden de castas y la escala jerárquica. Así como los romanos y los etruscos subdividían el cielo por rígidas líneas matemáticas ya cada una de las áreas de tal modo delimitadas confinaban, cual a un templum, una divinidad, cada pueblo tiene tendido encima de sí tal matemáticamente subdividido cielo de Conceptos y entiende por postulado de verdad el que cada divinidad Conceptual debe ser buscada exclusivamente en su propia esfera.

 

En este respecto cabe ciertamente admirar al hombre como un formidable genio Constructor que sobre fundamentos movedizos, como si dijéramos sobre agua que fluye, logra levantar un edificio Conceptual infinitamente complejo; claro que éste, para asentarse firmemente en tales fundamentos, ha de ser un edificio como hecho de telarañas, lo bastante ligero para poder ser transportado por las olas, lo bastante sólido para resistir al viento.

 

Como genio constructor se eleva, así, el hombre muy por encima de la abeja: ésta construye con cera, que extrae de la Naturaleza; aquél, con la substancia mucho más delicada de los conceptos, que debe fabricar en sí mismo. En este respecto ciertamente se hace acreedor a una profunda admiración, pero en modo alguno por su impulso a la verdad, al conocimiento puro de las cosas.

 

Cuando uno esconde una cosa tras un arbusto y luego la busca y, en efecto, la encuentra allí, no hay nada de glorioso en este buscar y encontrar; mas así es como queda caracterizado el buscar y encontrar la “verdad” dentro de la esfera de la razón. Cuando defino el mamífero y luego, al ver un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, por supuesto que expreso una verdad, pero esta verdad es de reducido valor, quiero decir, es en un todo de carácter antropomórfico y no contiene absolutamente nada que sea “verdadero en sí”, real y de validez universal al margen de la órbita humana. Quien va en busca de tales verdades busca, en última instancia, meramente, la metamorfosis del Universo en los hombres; se esfuerza por aprehender el Universo como una cosa antropomórfica y conquista, cuando más, una sentimiento de una asimilación.

Así como el astrólogo considera a los astros referidos al hombre y relacionados con las venturas y desventuras humanas, tal investigador concibe el universo como algo atado al hombre, como el eco infinitamente quebrado de un sonido primario, del hombre, como la múltiple reproducción de un único arquetipo, del hombre.

 

Su método consiste en tomar al hombre como la medida de todas las cosas, partiendo sin embargo de la creencia errónea de que estas cosas le son inmediatamente dadas, como objetos en sí. Quiero esto decir que se olvida de que las originales metáforas expresivas son metáforas y las toma como las cosas mismas.

 

Únicamente gracias al olvido de ese primitivo mundo de metáforas, a la solidificación y petrificación de una masa de imágenes que en un tiempo brotó cual lava incandescente del poder primario de la imaginación humana, a la creencia irreductible de que tal sol, tal ventana, tal mesa es una verdad en sí, en una palabra, únicamente en virtud del hecho de que olvida su condición de sujeto, de sujeto artísticamente creador, el hombre vive con alguna tranquilidad seguridad y consecuencia; si pudiese escaparse aunque más no fuera por un instante de la cárcel de esta creencia, se acabaría al momento su “conciencia de sí mismo”.

 

 

Le cuesta admitir ante sí mismo siquiera que el insecto, el pájaro perciben muy otro mundo que el ser humano y que no tiene sentido preguntar cuál de las dos percepciones del mundo es más justa, toda vez que para resolver esta cuestión debiera aplicarse el criterio de percepción justa, es decir, un criterio que no existe. Por lo demás, la “percepción justa”-término que significaría la expresión adecuada de un objeto en el sujeto- se me antoja un contrasentido; pues entre dos esferas radicalmente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no media ninguna causalidad, ninguna adecuación, ninguna expresión, sino a lo más un comportamiento estético, quiero decir, un transferir alusivo, un balbuciente traducir a una lengua extraña; para lo cual es menester, en todo caso, una esfera y fuerza mediadora que elabore e invente libremente.

 

El término “apariencia” comporta muchas seducciones, por lo que lo evito en lo posible; pues no es cierto que la esencia de las cosas aparezca en el mundo empírico. Un pintor sin manos que quiera representar por medio del canto la imagen que su ojo mental percibe, en tal trastrueque de esferas, con todo, revelará más de lo que revela el mundo empírico acerca de la esencia de las cosas.

 

Ni aun la relación de un estímulo nervioso con la imagen producida tiene en sí carácter forzoso; lo que pasa es que tras haber sido ésta producida millones de veces y transmitidapor herencia a través de muchas generaciones y, así, terminar por presentarse en todos los hombres como consecuencia del mismo motivo, por último cobra para el individuo significación de única, forzosa, imagen como si el estímulo nervioso original se halla con la imagen tradicional en una estricta relación causal; del mismo modo que un sueño, si eternamente se repitiese, sería sentido y juzgado en un todo una realidad. Pero no por solidificarse y petrificarse una metáfora queda demostrada su forzosidad y exclusiva justificación.

 

 

 

 

 

 

 

 

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