EL «SOCIALISMO»: ¿SUBVERSIÓN O RELEVO?

SUPERHOMBRE

Primera utilidad que ofrece la aplicación del analizador nietzscheano que prometíamos al principio: nos obliga a señalar estas dudosas evidencias. Nietzsche atrae nuestra atención sobre un a priori del marxismo que hay que distinguir muy bien de la tesis de la determinación de la superestructura por la infraestructura.

En este contexto, dicha tesis no tiene demasiado interés –suponiendo que lo tenga en otros lugares. De lo que queremos hablar es de la evaluación espontánea, que consiste en privilegiar el crecimiento económico en abstracto (ver la polémica que suscita, hace algunos años, el informe de Sicco Mansholt) y considerarlo incondicionalmente como la única matriz de la civilización. Esta opción aparece notoriamente en los elogios que Marx concede a la burguesía, «clase eminentemente revolucionaria», -elogios tan famosos que uno nunca cesa de preguntarse si el autor no había pecado de exceso de generosidad. ¿Quién no fue deslumbrado, en su infancia, por la página lírica del Manifiesto? «Es ella [la burguesía] la que ha demostrado primero lo que puede llevar a cabo la voluntad de los hombres»; es ella la que ha mezclado pueblos y condiciones sociales (ver la trata de Negros); incluso es ella, también ella, la que ha agotado «las literaturas nacionales y locales» en beneficio de una literatura universal, etc.

Todo esto, añade Marx, para desesperación de los reaccionarios… A riesgo de que parezca que tomamos por un instante el rol del reaccionario gruñón, osemos por lo menos preguntarnos de qué cultura superior podría el «tráfico universal» ser condición automática, -y cuál es ese «hombre total» (ese «superhombre » del porvenir que entreveía Kautsky) que no podrá surgir sino sobre la base del mercado mundial.

Osemos preguntarnos si es necesario ver un gran paso hacia el florecimiento del hombre en el nacimiento de nuevas necesidades «que reclaman para su satisfacción productos de los climas y de los países más lejanos». La verdad es que yo nunca he tenido la impresión de que la tienda de alimentación Fauchon (place de la Madeleine), especializada en estos productos, fuera un santuario goethiano. Es verdad que, para Marx, «el máximo de necesidades» es signo de la más alta civilización, y que «cuanto más aumenta el nivel de cultura del hombre, más se encuentra éste en condiciones de disfrutar…»

Sería interesante remontarse a la genealogía de esta pamplina hedonista: sin tener en cuenta la imaginería de Épinal, terminaríamos quizá por reconocer a Marx, y ya no a Nietzsche, como un descendiente de Calicles. Contentémonos aquí con observar que todos los a priori que afloran en esta página del Manifiesto nos encarrilan hacia esta cuestión: ¿qué idea se hace el marxismo de la civilización para que el  «reino de la libertad» que profetiza no pueda advenir más que en el eje del modo de producción capitalista, y para que la llegada del socialismo aparezca a veces incluso como el simple correctivo al que debe llamar tarde o temprano la revolución industrial?

 

Pregunta que podría tomarse como la ocasión para abrir una investigación a través de aquellos textos marxistas que contienen lo que llamaremos, a falta de algo mejor, un «prejuicio de civilización». La dificultad de esa investigación no residiría en encontrar los ítems, sino más bien las rúbricas que los ordenarían, ya que las preguntas, así, afluyen sin orden. Citemos algunas, desordenadamente: ¿Es verdaderamente necesario considerar como una adquisición positiva el hecho de que «el celo por el trabajo impuesto por la severa disciplina del capital a las sucesivas generaciones se haya convertido en el bien común de la nueva humanidad»? ¿Cómo puede escribir Lenin en 1905 que «en países como Rusia, la clase obrera sufre menos por el capitalismo que por la insuficiencia de desarrollo del capitalismo», y que Rusia está por tanto «absolutamente interesada en el desarrollo más amplio, más libre y más rápido del capitalismo»¿

No resultan además sorprendentes los elogios que Lenin dirige a la disciplina de la manufactura en tanto que modo de Bildung, como resulta sorprendente el elogio que Engels hace de la centralización, primicia un poco inesperada de la desaparición del Estado? Basta con abrir la investigación para ver cómo los indicios aumentan y encontrarse muy rápido en presencia de un fenómeno perturbador: si hay una cosa que los clásicos del marxismo no han problematizado jamás, es la relación de civilización del socialismo con el modo de producción que está abocado a abrirle el camino. En lo concerniente a este problema, es innegable que existe un «vacío» en el centro de la obra.

 

«Si la sociedad tal y como es, escribe Marx, no contuviera, en estado latente, las condiciones materiales de producción y de circulación propicias para una sociedad sin clases, todas las tentativas revolucionarias no serían más que don Quijotismo… » Y ya se sabe cuánto se burla el marxismo –fiel a Hegel en este punto- del «deber-ser» ideal de los utopistas, y se vanagloria de no prometer más una sociedad que brotaría de la anterior como Minerva de la frente de Zeus. Pero llega un momento en que  este realismo conduce a una discreción excesiva. En lo que se refiere a las «diferencias entre la futura sociedad no capitalista y la sociedad de hoy», remarca Engels, «el partido al que defiendo no propaga proyectos fijos listos para ser utilizados en tanto que tales»: todo depende en cada caso de la observación del «proceso de desarrollo » de la sociedad considerada. Prudencia cuando menos loable. Pero, si es así, ¿no sería por ello aún más urgente determinar al menos lo que aceptaremos y lo que rechazaremos de la herencia, para que la subversión no sea en realidad un empalagoso relevo?

 

Al refugiarnos tras el «proceso de desarrollo», no hacemos más que escamotear esta cuestión de principio –cuyas aplicaciones son rápidamente muy concretas. Y cuando nos contentamos con invocar el «paso ineluctable», damos pie a la sospecha de que la continuidad de una forma a la otra podría ser más profunda de lo que hace pensar el relato fanfarrón de las proezas del «hombre total» de mañana.

¿Cómo localizar los a priori de la civilización que el socialismo se arriesgaría a reemplazar? La pregunta no será formulada, el marxismo la evita y se queda satisfecho con esta inmensa preterición. El resultado es que, en numerosas páginas, la relación entre un modo de producción y el otro se parece a aquella que instituía Hegel –él muy explícitamente- entre el saber inmediato y el saber especulativo, o incluso entre el cristianismo y la filosofía. Esta homología es sorprendente en los Grundrisse: dense cuenta de que ahí se habla constantemente de abolir las limitaciones, de levantar las barreras, de hacer saltar los bloqueos que obstaculizaban y ocultaban las relaciones de producción (que estaríamos tentados de llamar «representativas ») para dejar libre el curso del crecimiento, o al destino de la humanidad.

 

Como funciona de la misma manera que el paso de la religión al Saber hegeliano, el capitalismo tampoco dice algo distinto de lo que dice el socialismo, pero lo dice torpemente, absurdamente; a nosotros nos corresponde instaurar la verdadera sintaxis…

Prosigamos la transposición: ¿para qué serviría preguntarse cuáles podrían ser los límites de validez del tipo industrial de desarrollo tomado como base y como norma? ¿Hegel nunca se ha inquietado por el hecho de que el cristianismo sea «el texto» de la filosofía? Las dos despreocupaciones se entre-responden. Pero uno se sorprende entonces un poco menos por el poco interés de algunos textos futurológicos de Marx: sirven simple y llanamente para esconder esta dificultad, que no debe ser evocada. En suma, cinismo aparte, estos textos anuncian maravillosamente el eslogan que Stalin tendrá la tranquila audacia de lanzar durante la Gran Purga:

«La vida se ha vuelto mejor, la vida se ha vuelto más alegre…» Pero, más que hacer-nos una idea del horario de nuestros sobrinos (pesca por la manana, formacion por la tarde…), lo que nos interesa es saber en que la actitud relativa al trabajo y a la industria habra sido transformada, o bien como repercutira la cooperacion voluntaria y consciente sobre los que la practiquen. No una nueva utopia, pero al menos las grandes lineas de una prospectiva que nos indique en que la Bildung habria cambiado de direccion, en que habria mutación Tomo aqui al lector como testigo: el no ha dejado de oir los relatos de viaje de simpatizantes que regresan de los paises socialistas.

Dejemos de lado al estalinista impenitente que se arriesga aun a hablar de la reeducacion a traves del trabajo, o el simpatizante victoriano que os asegura que, ahi, prostitucion y homosexualidad han desaparecido como las ciaticas en la gruta de Lourdes; ignoremos los relatos de milagros y maravillas. .No nos choca entonces lo insulso de la apologia? La gente en la calle tiene un aire menos tenso, el paro no existe, las horas de trabajo estan mejor distribuidas, las colonias de vacaciones del lago Balaton son espectaculares: La vida se ha vuelto mejor, la vida se ha vuelto mas alegre, al final siempre se vuelve a esto… Que se me entienda bien aqui: en la medida en que estos relatos son veridicos y lo son la mayor parte de las veces-, los detalles que dan no son de ninguna manera insignificantes para el obrero paulista que pasa cuatro horas de su jornada en autobuses abarrotados o para el office-boy que no sabe que significa la palabra vacaciones.

Sin embargo, simplemente observo que estos relatos me hacen pensar irresistiblemente en aquellos otros (de una banalidad chocante teniendo en cuenta que se habia tratado de partir al asalto del cielo) de los bien pensantes que regresan de una ciudad obrera modelo organizada por un buen patron. Y no vengais ahora a replicar altivamente que el hombre dejara de estar encerrado en su particularidad, que estara practicamente en condiciones de vivir plenamente el universal.

Estas seguridades dejan de hielo: que son mas alla de una letania neo-hegeliana, mientras continueis evitando analizar lo que debera ser o lo que deberia comenzar a ser, a traves del paso, la amplitud de la ruptura con el antiguo modo de vida. A falta de esto, las cronicas edificantes y las fantasiosas predicciones no sabrian impedir, a la larga, la aparicion de la desconfianza: .nada esencial habria cambiado en los hábitos del hombre? Y la lucidez, .no se encontraria mas bien del lado de Nietzsche? 

 

 

 

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