EL “SUEÑO” DE NIETZSCHE CONTRA LA CAVERNA DE PLATÓN

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Sólo el prisionero puede mantener este sueño; sólo es libre aquel que es capaz de reconocerse como prisionero. De hecho la realidad es para aquellos que no pueden soportar el peso de los sueños, el peso de una existencia sin sentido: el hombre desea la verdad porque es incapaz de enfrentarse con el sueño, con el misterio.

Así que Nietzsche utiliza la metáfora de la prisión para definir al hombre libre: no como él que se refugia en valores sin fundamento, considerados poseedores de verdad, que no puede soportar el peso al que lo pone el caos, sino como él que está consciente de su condición de prisionero y que sabe que no puede conocer la verdad no siendo capaz de descifrar el caos en constante transormación y, por lo tanto, teniendo como única manera de conocer la verdad la perspectiva, el sueño (el conocimiento de la verdad posible sólo desde una posición parcial).

En la caverna de Platón los hombres están atados y dirigidos hacia una pared en la que se puede ver sólo sombras de lo que pasa fuera. Fuera de esta caverna hay otro muro más allá del cual otros hombres asoman formas de animales, plantas y personas que están proyectadas por un fuego en la pared de los hombres encadenados en la caverna. Si uno de esos hombres que llevan las formas hablara, en la caverna se formaría un eco que podría llevar a los prisioneros a pensar que aquella voz provenga de las sombras que ven pasar sobre el muro. Mientras que una persona externa tendría una idea completa de la situación, los prisioneros, no sabiendo lo que realmente pasa detrás y no teniendo experiencia del mundo exterior (están encadenados desde la infancia), serían llevados a interpretar las sombras “hablantes” como objetos, animales, plantas y personas reales.

En este mito de la caverna Platón identifica a ésta con el mundo sensible y el “afuera” con el mundo inteligible (el suprasensible), con la verdad. Platón afirma que normalmente los hombres son prisioneros, obligados a mirar las sombras de formas simples que ni siquiera son objetos reales; estos objetos reales sólo se pueden encontrar “fuera de la caverna”, es decir en el mundo inteligible de las formas conocidas por la razón y no por la percepción. Los hombres no conocen directamente e inmediatamente a los objetos reales del mundo: más bien, nosotros sólo conocemos el efecto que la realidad externa actúa en nuestras mentes. Cuando miramos un objeto, sólo percibimos una copia, una sencilla representación mental del verdadero objeto de la realidad externa.

Platón, por lo tanto, a través de la metáfora de la caverna, reconoce el hombre libre en él que está consciente de que el mundo sensible no revela la verdadera esencia de las cosas, en él que puede alcanzar el conocimiento puro de lo real liberandose de las cadenas de su experiencia y mirando la luz de las estrellas y de la luna, llegando en el mundo de la pura intelección y comprendiendo la idea del Bien en sí.

 

Platón y Nietzsche utilizan la metáfora de un lugar cerrado como la caverna y la prisión con el fin de llegar a la definición de hombre libre y para ambos fuera de este lugar cerrado está la verdad. La diferencia entre Platón y Nietzsche es que, para el primero, Platón, la verdad es directamente visible, aunque no en el mundo de los sentidos (que es sólo una copia de lo suprasensible), sino en el mundo inteligible (fuera de la caverna), mientras que para el otro, Nietzsche, no podemos conocer la verdad que se encuentra fuera de la prisión, una verdad que puede ser identificada con el caos, es decir con algo que está en constante movimiento, en constante tranformación. Para Platón el mundo tiene un sentido y la realidad, la verdad, puede ser alcanzada por el hombre; para Nietzsche, en cambio, el mundo no tiene sentido y es el hombre que tiene que crear un sentido, y la verdad, el caos, no es conoscible si no desde una posición parcial, a través de la perspectiva, en el mantenimiento del sueño.

Además fundamental para Nietzsche es el abandono del planteamiento metafísico platónico (que ve una distinción entre el mundo sensible y el mundo suprasensible) para sostener la falta de fundamento de un mundo trascendental. Lo único que queda al hombre es su vida terrenal, la apariencia, entendida aquí como una manera de interpretar la verdad.

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