ESPÍRITU LIBRE

ESPÍRITU LIBRE

 

 

 

 

 

 

No sabemos si Nietzsche ha leído las Veglie di Bonaventura, un texto del primer romanticismo, de atribución incierta, y que apareció anónimo en 1804. En la primera de las veladas, el guardián nocturno Bonaventura cuenta la suerte de un espíritu libre que, por más que un cura comedido trata de convertirlo, muere “como Voltaire”.

 

Nietzsche dedicó a la memoria de Voltaire Humano, demasiado humano, su libro para “espíritus libres”. Por cierto el libro de Nietzsche se halla muy lejos de la estilización ingenua y casi idílica con que, en las páginas de ese librillo romántico, se describe el espíritu libre, que a su vez se halla más próximo – no solo cronológicamente – a Voltaire y a la filosofía iluminista, que su epígono nietzscheano. Este surge de la “paz de la disgregación” de todas las potencias espirituales del viejo mundo “constreñido” y es – como después Zarathustra – un personaje verdadero que Nietzsche hace hablar; no todo Nietzsche, por lo tanto, como tampoco Zarathustra será todo Nietzsche.

 

Para los espíritus libres los orígenes del libro deben investigarse en una actitud de crítica radical, que no desapareció nunca del ánimo de Nietzsche, sino que llegó a una maduración “catastrófica” cuando se sintió estar acabado, en un callejón sin salida. “Hubo un tiempo en el que me asedió la náusea hacia mí mismo: el verano de 1876” , escribe Nietzsche todavía en plena composición del primer Zarathustra. Se trata, por lo tanto, de un vaciamiento interior, de la disgregación de todos los “idea- les” y de las ilusiones metafísico-artísticas: son éstos los supuestos para el nacimiento de su espíritu libre y en consecuencia, de su separación de Wagner.

 

Se sentía en contradicción con su “conciencia científica; en su predicación wagneriana había tocado – con la cuarta Intempestiva (Richard Wagner en Bayreuth) – el punto culminante de la “exageración” (la palabra pertenece a Nietzsche) y se sentía lisa y llanamente “ridículo” en su utópico desvío de “juzgar” todo y a todos, que se revela sobre todo en las Consideraciones intempestivas. Nietzsche tenía plena conciencia del sentido de la ruptura que significaba su nuevo libro: “Quiero declarar expresamente a los lectores de mis escritos pasados que he abandonado las opiniones metafísico-artísticas que los dominaban; son opiniones agradables pero insostenibles.” 

 

El espíritu libre es por eso también un “noble traidor”, porque abandona toda “convicción” , toda fe. Se libra por encima de los pueblos, de las costumbres, de las religiones, de todas las ilusiones metafísicas como también de las creaciones artísticas que – como errores “providenciales”  – han dado forma a la humanidad moderna. Su medio para volver a esas fases anteriores de la cultura es la historia, la observación psicológica. Su privilegio reside justamente en que se encuentra en el límite y como en equilibrio entre el pasado, con la religión, el arte, la metafísica, y el futuro, que pertenece ya al conocimiento científico. En esta nueva perspectiva, Nietzsche considera como etapas hacia la “sabiduría” – el ideal del espíritu libre – las ilusiones del pasado: “Es el destino de nuestra época que aún se pueda avanzar por cierto período con una religión, y que la música nos procure aun un auténtico acceso al arte. Épocas futuras participarán tan fácilmente de todo esto”.

 

Por lo demás, Nietzsche sintió la diferencia entre su “libertad de espíritu” y la de los esprits forts del siglo XVIII. “La figura del espíritu libre ha quedado incompleta en el siglo pasado; ellos (los esprits forts) negaron demasiado poco, y se conservaron a sí mismos”; en este fragmento póstumo parece referirse a una imperfección de la libertad de espíritu a la Voltaire, y proponer, al mismo tiempo, la posibilidad de una superación. Otro fragmento de la misma época (otoño 1876) habla del antagonismo entre esprit fort y “hombre de iglesia”, eclesiástico, cura, en una palabra, aunque en el interior de una misma esfera: la vida “contemplativa”, hoy – esto es en la época moderna – caída en el descrédito. Este fragmento concluye con una afirmación más bien enigmática: “el renacimiento de ambos (esto es del esprit fort y del cura) en una sola persona es ahora posible”.

¿Pensó Nietzsche en sí mismo? ¿En qué sentido el “espíritu libre” nietzscheano necesita de la integración del hombre religioso, más, del depositario de una fe? Como este fragmento queda aislado, no alcanzamos a saber nada preciso sobre el particular. En el posterior dictado a Gast no se encuentra ya ninguna alusión a la posibilidad de esa fusión singular. Pero no puede hacerse a menos de pensar en el “pío ateo” Zarathustra.

En todos los casos Nietzsche habla reiteradamente, tanto en sus apuntes, como en Humano, demasiado humano, de la necesidad de revalorizar la vida contemplativa, es decir, la vida dedicada al razonamiento de la sabiduría (Epicuro provee el modelo clásico de este ideal), que es al mismo tiempo limitación consciente al mundo circunscrito de la experiencia (ciencia, historia, observación psicológica) y renuncia a la acción. Además, el espíritu libre  no es “productivo”, es decir, no puede ser poeta o artista, en tanto que estos “productivos” no serán espíritus libres, porque sólo la religión o la filosofía metafísica pueden hacer nacer la poesía y el arte, pero no la ciencia.

En lo que respecta a la acción, Nietzsche delinea una especie de retrato utopista del pensador del “futuro”, en el que se deberían unir el activismo europeo-americano y la contemplatividad “asiática” del campesino ruso. Esta mezcla debería conducir a la humanidad hacia la solución del “enigma del mundo”; mientras tanto, los espíritus libres tienen su propio cometido, que es el de derribar todas las barreras que se oponen a una “fusión de los hombres”: religiones, Estados, instintos monárquicos, “ilusiones sobre la riqueza y la pobreza”, prejuicios de raza, etcétera.

 

 

 

image_pdfScaricare PDFimage_printStampare testo
(Visited 508 times, 1 visits today)