ETERNO RETORNO DE LO MISMO

UROBURO

 

 

 

 

 

 

«El valor total del mundo es invalorable» (La voluntad de poder, n. 708).

Este principio fundamental de la metafísica de Nietzsche no quiere decir que la capacidad humana no esté en condiciones de descubrir el valor total que, sin embargo, existiría ocultamente. Ya la búsqueda de un valor total es en sí misma imposible, pues el concepto de valor total del ente es un concepto absurdo; en efecto, el valor es por esencia la condición puesta por la voluntad de poder para su conservación y acrecentamiento y, por lo tanto, condicionada por ella.

Poner un valor total a la totalidad querría decir colocar lo incondicionado bajo condiciones condicionadas.

 

Hay que decir, por lo tanto: «El devenir» (es decir el ente en su totalidad) «no tiene ningún valor» (La voluntad de poder, n. 708). Esto, a su vez, tampoco quiere decir que el ente en su totalidad sea algo nulo o simplemente indiferente. La proposición tiene un sentido esencial. Expresa la carencia de valor del mundo. Nietzsche comprende todo «sentido» como «fin» y «meta», pero comprende fin y meta como valores (cfr.  La voluntad de poder, n. 12).  De acuerdo con ello, puede decir: «La absoluta carencia de valor, es decir de sentido» (La voluntad de poder, n. 617), «“la carencia de meta en sí”» es «el principal artículo de fe» del nihilista (La voluntad de poder, n. 25).

 

Pero entretanto no pensamos ya el nihilismo de modo «nihilista» como una disolución que va desintegrándose en la nula nada. La carencia de valor y de meta entonces tampoco pueden significar ya un defecto, el mero vacío y la mera ausencia. Estos títulos nihilistas para el ente en su totalidad se refieren a algo afirmativo y algo que esencia, a saber, al modo en el que presencia el todo del ente. La palabra metafísica para ello es: el eterno retorno de lo mismo.

 

Lo extraño de este pensamiento, al que el propio Nietzsche denomina el «pensamiento más grave», en múltiples sentidos, sólo lo comprende quien piensa de antemano en salvaguardar su extrañeza, en reconocerla incluso como el fundamento de que el pensamiento del «eterno retorno de lo mismo» pertenece a la verdad sobre el ente en su totalidad. Por eso, casi más esencial que la elucidación de su contenido resulta en primer lugar la comprensión del contexto desde el cual, y sólo desde el cual, el eterno retorno de lo mismo tiene que pensarse como la determinación del ente en su totalidad.

 

Aquí hay que decir: el ente que en cuanto tal tiene el carácter fundamental de la voluntad de poder sólo puede ser, en su totalidad, eterno retorno de lo mismo. Y a la inversa: el ente que en su totalidad es eterno retorno de lo mismo tiene que tener, en cuanto ente, el carácter de la voluntad de poder. La entidad del ente y el todo del ente exigen recíprocamente, desde la unidad de la verdad del ente, el modo de su respectiva esencia.

 

La voluntad de poder pone condiciones de su conservación y acrecentamiento que poseen el carácter de puntos de vista: los valores. En cuanto metas puestas, y por lo tanto condicionadas, tienen que corresponder puramente, en su carácter de metas, a la esencia del poder. El poder no conoce metas «en sí» a las que podría llegar para permanecer en ellas. Detenido, niega su esencia más íntima: la sobrepotenciación. Las metas son, ciertamente, aquello que le importa al poder. Pero lo importante es la sobrepotenciación. Ésta se despliega de modo sumo allí donde hay resistencias. Por lo tanto, la meta del poder tiene que tener siempre el carácter de un obstáculo. Pero puesto que las metas del poder sólo pueden ser obstáculos, se hallan ya siempre en el interior del círculo de poder de la voluntad de poder. El obstáculo, aunque aún no haya sido «superado», está ya esencialmente sometido por el apoderamiento. Por ello, para el ente como voluntad de poder no hay ninguna meta fuera de sí hacia la cual progresar saliendo de sí mismo.

 

La voluntad de poder, en cuanto sobrepotenciación de sí misma, retorna esencialmente a si misma y da así al ente en su totalidad, es decir al «devenir», el peculiar carácter de movilidad.  De este modo, el movimiento del mundo no tiene ningún estado final que exista por sí en alguna parte y en el que, por así decirlo, desemboque el devenir. Pero por otra parte, la voluntad de poder no pone sus fines condicionados de modo sólo ocasional. En cuanto sobrepotenciacion, está constantemente en camino hacia su esencia.  Es eternamente activa y, sin embargo, al mismo tiempo tiene que carecer precisamente de meta, en la medida en que «meta» signifique aún un estado existente en sí fuera de ella. Ahora bien, el ejercicio del poder eterno y carente de meta de la voluntad de poder es, no obstante, al mismo tiempo necesariamente finito en cuanto a sus situaciones y formas (XII, 53), pues si fuera infinito en este respecto, en concordancia con su esencia corno acrecentamiento, tendría que «crecer infinitamente».  Pero ¿de que excedente habría de provenir este acrecentamiento si todo ente sólo es voluntad de poder?

 

Además, la esencia de la misma voluntad de poder requiere en cada caso para su conservación, y por lo tanto precisamente para la respectiva posibilidad de acrecentamiento, que esté siempre delimitada y definida en una forma fija, es decir, que sea ya en su totalidad algo que se limita a sí mismo. A la esencia del poder le es inherente estar libre de metas, y por lo tanto carecer de metas. Pero esta carencia de metas, precisamente porque requiere únicamente una posición de metas condicionada en cada caso, no puede tolerar un fluir desbordado del poder. La totalidad del ente cuyo carácter fundamental es la voluntad de poder tiene que ser, por lo tanto, una magnitud fija. En lugar de «voluntad de poder», Nietzsche también dice en ocasiones «fuerza». A la fuerza (y tanto más a las fuerzas de la naturaleza) la comprende siempre como voluntad de poder. «Algo de fuerza que no sea fijo, algo ondulatorio es para nosotros totalmente impensable» (XII, 57).

 

¿A quién se refiere con «nosotros»?  A aquellos que piensan el ente como voluntad de poder. Pero su pensar es un fijar y un limitar. «El mundo, en cuanto fuerza, no debe pensarse como ilimitado, pues no puede ser pensado de este modo; nos prohibimos el concepto de una fuerza infinita en cuanto inconciliable con el concepto de “fuerza”.  Por lo tanto: al mundo le falta la capacidad de eterna novedad» (La voluntad de poder, n. 1062). ¿Quién se prohíbe aquí pensar como infinita la voluntad de poder? ¿Quién decreta que la voluntad de poder y el ente en su totalidad determinado por ella es finito?  Aquellos que experimentan su propio ser como voluntad de poder, «y toda otra representación resulta indeterminada y en consecuencia inutilizable» (La voluntad de poder, n. 1066).

 

Si el ente en cuanto tal es voluntad de poder y lo por lo tanto devenir eterno, pero la voluntad de poder exige la carencia de meta y excluye el progresar infinito hacia un fin en sí, si al mismo tiempo el devenir eterno de la voluntad de poder es limitado en cuanto a sus posibles formas y configuraciones de dominio, puesto que no puede ser infinitamente nuevo, entonces el ente en cuanto voluntad de poder en su totalidad tiene que hacer que retorne lo mismo y el retorno de lo mismo tiene que ser eterno. Esta «circulación» contiene la «ley originaria» del ente en su totalidad si el ente en cuanto tal es voluntad de poder.

 

El eterno retorno de lo mismo es el modo de presenciar de lo inconsistente (de lo que deviene) en cuanto tal, pero esto en el volver consistente en grado sumo (en el moverse en círculo), con la determinación única de asegurar la continua posibilidad del ejercicio del poder. El retorno, la llegada y la partida del ente que está determinado corno eterno retorno tiene en todas partes el carácter de la voluntad de poder. Por eso la mismidad de lo que retorna consiste ante todo en que, en todo ente, es el ejercicio del poder lo que en cada caso ordena, condicionando, como consecuencia de ese ordenar, una misma constitución del ente. El retorno de lo mismo no quiere decir nunca que, para un observador cualquiera cuyo ser no estuviera determinado por la voluntad de poder, lo mismo que estaba previamente allí delante vuelva siempre a estar de nuevo allí delante.

 

«Voluntad de poder» dice qué es el ente en cuanto tal, es decir, en su constitución. «Eterno retorno de lo mismo» dice cómo es el ente de esa constitución en su totalidad. Con el «qué» está conjuntamente determinado el «cómo» del ser de todo ente. Este cómo fija de antemano que todo ente recibe en cada instante el carácter de su «que» (su «factualidad») desde ese «cómo».  Puesto que el eterno retorno de lo mismo caracteriza al ente en su totalidad, es, conjuntamente con la voluntad de poder, un carácter fundamental del ser, a pesar de que «eterno retorno» nombre un «devenir». Lo mismo que retorna tiene en cada caso una existencia consistente sólo relativa y es, por lo tanto, lo por esencia carente de existencia consistente. Pero su retorno significa llevar siempre de nuevo a la existencia consistente, es decir, volver consistente. El eterno retorno es el más consistente volver consistente de lo que carece de existencia consistente. Pero desde el comienzo de la metafísica occidental el ser se comprende en el sentido de la consistencia de la presencia, donde consistencia tiene el doble significado de fijeza y de permanencia.  El concepto nietzscheano del eterno retorno de lo mismo enuncia esta misma esencia del ser. Nietzsche distingue, ciertamente, el ser, como lo consistente, firme, fijado e inmóvil, frente al devenir. Pero el ser pertenece sin embargo a la voluntad de poder, que tiene que asegurarse la existencia consistente a partir de algo consistente únicamente para poder superarse, es decir, devenir.

 

Ser y devenir se contraponen sólo aparentemente, porque el carácter de devenir de la voluntad de poder es, en su más íntima esencia, eterno retorno de lo mismo y, por lo tanto, el consistente volverse consistente de lo que carece de existencia consistente. Por ello, Nietzsche puede decir en una nota decisiva (La voluntad de poder, n. 617):

 

 

 

    «Recapitulación: Imprimir al devenir el carácter del ser, ésa es la suprema voluntad de poder.Doble falsificación, desde los sentidos y desde el espíritu, para conservar un mundo del ente, de lo persistente, equivalente, etc. Que todo retorne es la más extrema aproximación de un mundo del devenir al del ser: cima de la consideración.»

 

En la cumbre de su pensar, Nietzsche tiene que seguir hasta el extremo el rasgo fundamental de ese pensar y determinar el mundo respecto de su ser. Así proyecta y dispone la verdad del ente en el sentido de la metafísica. Pero al mismo tiempo, en la «cima de la consideración» se dice que, para conservar un mundo del ente, es decir de lo presente que permanece, es necesaria una «doble falsificación».  Los sentidos, en las impresiones, dan algo que se ha hecho fijo [ein Festgemachtes]. El espíritu, al re-presentar [vor-stellt] fija [stellt…fest] algo objetivo. En cada caso tiene lugar un fijar de lo que, de lo contrario, es móvil y en devenir.  Pero entonces la «suprema voluntad de poder», en cuanto tal volver consistente el devenir, sería una falsificación. En la «cima de la consideración», donde se decide la verdad sobre el ente en cuanto tal en su totalidad, se instituiría algo falso, una apariencia. La verdad sería así un error.

 

Efectivamente.  La verdad, para Nietzsche, es incluso esencialmente error, más precisamente aquella «especie de error» cuyo carácter sólo e delimita de modo suficiente si se reconoce expresamente el origen de la esencia de la verdad desde la esencia del ser, y esto quiere decir aquí: desde la voluntad de poder.  El eterno retorno de lo mismo dice cómo es en su totalidad el ente que, en cuanto universo no tiene ningún valor ni ninguna meta en sí. La carencia de valor del ente en su totalidad, una determinación en apariencia sólo negativa, se funda en la determinación positiva por la que se le ha asignado de antemano al ente el todo del eterno retorno de lo mismo. Este rasgo de carácter fundamental del ente en su totalidad impide también que se piense el mundo corno un «organismo», ya que no está dispuesto por ninguna conexión de fines existente en sí ni remite a ningún estado final en sí. «Tenemos que pensar [el universo] en cuanto todo precisamente del modo más alejado posible de lo orgánico» (XII, 60).  Sólo si el ente en su totalidad es caos le queda garantizada, en cuanto voluntad de poder, la continua posibilidad de configurarse de modo «orgánico» en formaciones de domino en cada caso limitadas de duración relativa.  Pero «caos» no significa una confusión que bulle ciegamente sino la multiplicidad del ente en su totalidad que insta a un orden de poder, que marca los límites del poder, que en la lucha por los límites de poder está siempre preñada de decisiones.

 

Que este caos en su totalidad sea eterno retorno de lo mismo sólo se convierte en el pensamiento más extraño y terrible si se llega a comprender y se toma en serio que el pensar de este pensamiento tiene que tener la forma esencial del proyecto metafísico. La verdad sobre el ente en cuanto tal en su totalidad es determinada exclusivamente por el ser del ente mismo. Ni es una vivencia sólo personal del pensador, encerrada en el ámbito de validez de una opinión personal, ni puede esta verdad demostrarse «científicamente», es decir por medio de la investigación de ámbitos singulares del ente, de la naturaleza o de la historia, por ejemplo.

 

El hecho de que el mismo Nietzsche, llevado por la pasión de conducir a sus contemporáneos a esa «cima» de la «consideración» metafísica, buscara refugio en tales demostraciones sólo señala cuán difícil y cuán poco frecuente es para un hombre, en cuanto pensador, poder mantenerse en los cauces de un proyecto requerido por la metafísica y en su fundamentación correspondiente.  Nietzsche tiene un claro conocimiento del fundamento de la verdad del proyecto que piensa el ente en su totalidad como eterno retorno de lo mismo: «La vida misma creó este pensamiento, el más grave para la vida, ¡quiere pasar por encima de su obstáculo más alto!» (XII, 369). «La vida misma» es la voluntad de poder que, en virtud de la sobrepotenciación del respectivo nivel de poder, se acrecienta al máximo en dirección de sí misma.

 

La voluntad de poder tiene que llevarse ante sí misma como voluntad de poder, y de manera tal que esté ante ella la condición suprema del puro dar poder para la extrema sobrepotenciación: el mayor obstáculo.  Esto le sucede allí donde está ante ella el volver consistente más puro, y no sólo una vez sino continuamente, y siendo siempre el mismo. Para asegurar esta suprema condición (valor), la voluntad de poder tiene que ser el «principio de la posición de valores» que aparezca expresamente. Ella da a esta vida, no a una vida más allá, el único peso. «Cambiar de doctrina en esto sigue siendo hoy la cuestión principal: quizá cuando la metafísica afecte precisamente a esta vida con el acento más grave, según mi doctrina!» (XII, 68).

 

Ésta es la doctrina de quien enseña el eterno retorno de lo mismo. La voluntad de poder misma, el carácter fundamental del ente en cuanto tal, y no un «señor Nietzsche», pone este pensamiento del eterno retorno de lo mismo. El supremo volver consistente de lo que carece de existencia consistente es el mayor obstáculo para el devenir. Mediante este obstáculo la voluntad de poder afirma la necesidad más íntima de su esencia. Pues así, a la inversa, el eterno retorno lleva al juego del mundo su poder condicionante. Bajo la presión de este grave peso, allí donde la referencia al ente en cuanto tal en su totalidad determine por esencia a un ente, se hará la experiencia de que el ser del ente tiene que ser la voluntad de poder. Pero el ente determinado por esa referencia es el hombre. La experiencia aludida traslada a la humanidad a una nueva verdad sobre el ente en cuanto tal en su totalidad. Pero puesto que la relación con el ente en cuanto tal en su totalidad distingue al hombre, sólo estando en el interior de tal relación éste conquista su esencia y se ofrece a la historia para que ésta llegue a su consumación.

 

 

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