HISTORIA IMPURA NO PURA DE ESPIRITUS

Stirner_Der_Einzige_und_sein_Eigentum_djvu

 

 

 

 

 

 

a) NEGROS Y MONGOLES

Volvemos ahora al comienzo de la “única” construcción histórica y asignación de nombres. El niño se convierte en negro, el joven en mongol. Véase la economía del Antiguo Testamento.

 

“La reflexión histórica sobre Nuestro Mongolismo, que quiero intercalar episódicamente aquí, no la abordo con pretensiones de fundamentación ni tampoco de comprobación, sino solamente porque me parece que puede contribuir a aclarar lo demás”, pág. 87.

 

San Max trata de “aclarar” sus frases acerca del niño y del joven dándoles nombres de ámbito universal y deslizando de contrabando por debajo de ellos sus frases sobre el niño y el joven. “La Negricidad representa la Antigüedad, la supeditación a las cosas” (niño); “la mongolicidad el periodo de la supeditación a los pensamientos” el período cristiano” (joven). (Cfr. “Economía del Antiguo Testamento”). “Al futuro están reservadas las palabras: soy dueño del mundo de las cosas y dueño del mundo de los pensamientos” (págs. 87, 88). Este “futuro” se ira realizado ya ocasionalmente una vez, en la pág. 20, a propósito del hombre, y volverá a ocurrir más tarde, a partir de la pág. 226.

 

Primera “reflexión histórica sin pretensiones de fnndamentación ni tampoco de comprobación”: como Egipto forma parte de África, donde moraron los negros, tenemos que, en la pág. 88, las “campañas de Sesostris”, nunca registradas, y la “importancia de Egipto” (y también entre los Tolomeos, la expedición de Napoleón a Egipto, Mohamed Alí, el problema oriental, los folletos de Duvergier de Hauranne, etc.) “y del Norte de África en general” (incluyendo, por tanto, Cartago, la campaña de Aníbal. en Italia y “también, fácilmente”, de Siracusa y España, los vándalos, Tertuliano, los moros, al-Hussein Abu Ali ben Abdallah Ebn Sina, los estados berberiscos, los franceses en Argel, Abd el Kader, Père Enfantin y los cuatro nuevos sapos del “Charivari”) “pertenecen” “a la época negra”, pág. 88. Por tanto, Stirner aclara aquí las campañas de Sesostris, etc., situándolas dentro de la época negra, “intercalándolas episódicamente” como ilustración histórica de su único pensamiento “sobre nuestros años de infancia”.

 

Segunda “reflexión histórica”: “De la época mongólica forman parte los rasgos de los hunos y los mongoles, hasta remontarse a los rusos” (y los polacos de la Alta Silesia), volviendo a encontrarnos con que los rasgos de los hunos y de los mongoles, unidos a los de los rusos, se “aclaran” diciéndonos que pertenecen a la “época mongólica”, y la “época mongólica” haciéndonos ver que se trata del periodo de la frase de la “supeditación a los pensamientos”, con que nos hemos encontrado ya como el joven.

 

Tercera “reflexión histórica”: En la época mongólica “es imposible que adquiera una alta estimación el valor de lo mío, porque el duro diamante del no-yo se cotiza entonces muy alto, porque es todavía demasiado medular e indomeñable para poder ser absorbido y devorado por mí. Lejos de ello, los hombres se afanan en dar vueltas en torno a este algo inmóvil, a esta sustancia, como los bichos parásitos sobre el cuerpo de cuyos jugos se nutren, pero sin que por ello puedan devorarlo. Es el tráfago de las sabandijas, la afanosidad de los mongoles. Entre los chinos, todo sigue como antes, etc. — Por eso” (es decir, porque entre los chinos todo sigue como antes) “en nuestra época mongólica, todos los cambios fueron simplemente reformadores y correctivos, ninguno destructivo o devorador o aniquilador. La sustancia, el objeto, permanece. Todo nuestro ajetreo es simplemente el ajetreo de las hormigas y el salto de las pulgas… Artes de malabarista sobre la cuerda de lo objetivo”, etc., (pág. 88. Cfr. Hegel, Fil. de la hist., págs. 113, 118, 119 –la sustancia no reblandecida-, 140, etc., donde se considera a China como la “sustancialidad”).

 

Aquí nos enteramos, pues, de que en la verdadera época caucásica los hombres profesarán la máxima de tragarse, “devorar”, “destruir”, “absorber”, “aniquilar”, la “sustancia”, “el objeto”, lo “inmóvil”, y a la par con la Tierra el sistema solar, que no puede separarse de ella. El “Stirner” devorador del universo nos ha presentado ya la “actividad reformatoria o correctiva” del mongol como “los planes de redención y corrección del universo” del joven y el cristiano, en la pág. 36. No hemos avanzado, pues, ni un solo paso. Característico de toda esta “única” concepción de la historia es el que la fase suprema de esta actividad mongólica sea la única que merece el nombre de “científica”, de donde se deduce ya lo que más adelante nos dice San Max de que la consumación del cielo mongólico es el reino hegeliano de los espíritus.

 

Cuarta “reflexión histórica”. El mundo sobre el que se arrastraron, dando vuelta los mongoles se convierte ahora, por medio de un salto de pulga, en “lo positivo”, esto en “lo estatuido” y lo estatuido, por medio de un párrafo de la pág. 89, en la “moral”. “Ésta se presenta, bajo su primera forma, como costumbre”; comparece, pues, como una persona; pero al vuelo se convierte en un espacio: “Obrar con arreglo a los usos y costumbres de su país se llama allí” (es decir, en la moral) “ser moral”. “De donde” (porque esto acaece en la moral como costumbre) “es en China – donde más fácil resulta un proceder puro, moral”!

San Max no es muy feliz en sus ejemplos. En la pág. 116 atribuye también a los norteamericanos la “religión de la honestidad”. Califica a los dos pueblos más bribones de la tierra, a los estafadores patriarcales, los chinos, y a los estafadores civilizados, los yanquis, como “austeros”, “morales” y “honestos”. Si se hubiera ocupado de fijarse con mayor atención en su puente de los asnos, habría podido ver que los norteamericanos aparecen en la pág. 81 de la Filosofía de la Historia, y los chinos en la pág. 130, clasificados como estafadores.

 

Pero el amigo “se” ayuda nuevamente a nuestro buen hombre santo a introducir la innovación; desde ésta se encarga una partícula “y” de llevarlo de nuevo a la costumbre, con lo cual queda preparado el material para pasar a la

 

Quinta reflexión histórica, mediante un golpe de efecto. “Y tampoco cabe en realidad ninguna duda de que el hombre se asegura por medio de la costumbre contra la oficiosidad de las cosas [,] del mundo”, por ejemplo, contra el hambre,

 

“y”, como de aquí se deduce del modo más natural,”funda un mundo propio”, mundo que ahora necesita Stirner,

“en el que él mora solo y se halla como en su casa”, “solo” después de instalar su “morada” por medio de la costumbre en el mundo “existente”

“es decir, se crea un cielo”, ya que China se llama el Celeste Imperio.

“Y puesto que el cielo no tiene otro sentido que el ser la verdadera morada del hombre”, en la que tiene presente, por contraposición, la imaginaria inidoneidad de su verdadera morada,

“en la que no se mueve ya por nada ajeno”, es decir, en

 

la que lo propio le mueve como lo ajeno, y por allí adelante, para no seguir con la retahíla. “Mis bien”, para decirlo con San Bruno, o “tal vez fácilmente”, con San Max, este párrafo debiera decir:

 

Párrafo de Stirner, sin pretensiones de fundamentación ni tampoco de comprobación:

 

“Y tampoco cabe en realidad ninguna duda de que el hombre se asegura por medio de la costumbre contra la oficiosidad de las cosas, del mundo, y funda un mundo propio en el que él mora solo y se halla como en su casa, es decir, se crea un cielo. Y puesto que el «cielo» no tiene otro sentido que el ser la verdadera morada del hombre, en la que no se mueve ya por nada ajeno ni nada ajeno lo limita, ninguna influencia de lo terrenal lo enajena ya de él mismo; en una palabra, donde han saltado las escorias de lo terrenal y ha terminado ya la lucha contra el mundo, donde ya, por tanto, nada se le niega”. Pág. 89.

 

Párrafo depurado:

 

“Y tampoco cabe en realidad ninguna dula de que”, por llamarse China el Celeste Imperio y porque “Stirner” habla precisamente de China y está “acostumbrado” a ella se asegura” por la ignorancia “contra la oficiosidad de las cosas, del mundo, y funda un mundo propio en el que él mora solo y se halla como en su casa”, se construye del Celeste Imperio chino “un cielo” “Puesto que” la oficiosidad del mundo, de las cosas, “no tiene otro sentido que el ser” “el verdadero” infierno del Único, “en el que” todo lo ajeno “lo mueve” y lo domina, pero que sabe convertir en un “cielo”, “enajenándose” de toda “influencia de lo terrenal”, de los hechos y las conexiones de lo histórico, y por tanto no se enajena ya de ellos, “en una palabra, donde han saltado las escorias de lo terrenal”, de lo histórico y donde Stirner no “encuentra” ya en el “final” “del mundo” ninguna “lucha”, cota lo que está ya dicho todo.

 

 

Sexta “reflexión histórica”. En la pág. 90, Stirner se imagina lo siguiente: “En China todo se ha previsto; suceda lo que suceda, el chino sabe siempre cómo tiene que comportarse, y no necesita atenerse a las circunstancias; ningún caso imprevisto lo arranca del cielo de su serenidad”. Ni siquiera un bombardeo inglés, pues sabe “cómo tiene que comportarse”, sobre todo frente a los barcos de vapor y a las granadas de shrapnels [Granada de metralla con espoleta de tiempo], completamente desconocidas para él. San Max ha abstraído esto de la Filosofía de la Historia de Hegel, págs. 118 y 127, añadiendo, naturalmente, algo único de su propia cosecha, para poder llegar a su anterior reflexión.

 

“Por tanto”, prosigue San Max, “la humanidad sube en la escala de la cultura, por la costumbre, el primer escalón, e imaginándose que, al escalar la cultura, escala al mismo tiempo el cielo, el reino de la cultura o la segunda naturaleza, sube realmente el primer escalón – de la escala del cielo”, pág. 90. 

“Por tanto”, es decir, porque Hegel hace arrancar de China la historia y porque “el chino no se sale de quicio”, por ello convierte “Stirner” la humanidad en una persona que sube “el primer escalón de la escala de la cultura”, y lo sube precisamente “por la costumbre”, ya que China no tiene, para Stirner, otra significación que la de ser “la costumbre”. Ahora, sólo se trata para nuestro fanático contra lo sagrado de convertir la “escala” en la “escala del cielo”, puesto que China se llama también el Celeste Imperio.

 

“Como la humanidad se imagina” (“de donde sólo” Stirner “sabe todo lo que” se imagina la humanidad, Wigand, pág. 189 -lo que Stirner tenía que demostrar-), primeramente convertir “la cultura” en el “cielo de la cultura”, y en segundo lugar en “la cultura celestial” (una supuesta representación de la humanidad que en la pág. 91 aparece como la representación de Stirner, con lo que cobra su certera expresión), “sube realmente el primer escalón de la escala del cielo”.

En vista de que se imagina subir el primer escalón de la escala del cielo -en vista de ello- ¡lo sube realmente! ¡”Puesto que” “el joven” “se imagina” convertirse en espíritu puro, se convierte realmente en eso! Véase el “joven” y el “cristiano” sobre el tránsito del mundo de las cosas al mundo del espíritu, donde se encuentra la fórmula simple para esta escala del cielo de los pensamientos “únicos”.

 

Séptima reflexión histórica, pág. 90. “Si el mongolismo” (esto viene inmediatamente después de la escala del cielo, con la que “Stirner”, por medio de la supuesta representación de la humanidad ha comprobarlo la existencia de un ente espiritual) – “si el mongolismo ha establecido la existencia de entes espirituales” (es más bien “Stirner” quien ha establecido su imaginación acerca de la entidad espiritual de los mongoles), “los caucasianos se han debatido miles de años con estos entes espirituales, para llegar al fundamento de ellos”. (Joven que se hace hombre y “penetra en los pensamientos”; cristiano que “pugna todo el tiempo” por “sondear las profundidades de la divinidad”).

Porque los chinos han comprobado la existencia de Dios sabe qué entes espirituales (“Stirner” no comprueba, fuera de su escala del cielo, ninguna otra), necesariamente tienen los caucasianos que andarse disputando miles de años con “estos” entes espirituales” chinos; más aún, Stirner afirma dos líneas más abajo que “han asaltado” realmente “el cielo mongol, el Thien”, y prosigue: “¿Cuándo destruirán este cielo, cuando llegarán a ser, por fin, verdaderos caucasianos y se encontraran a sí mismos?”.

Tenemos aquí la unidad negativa, que antes se había presentado ya como el hombre, como el “caucasiano real”, es decir como el caucasiano no negro, no mongol, como el caucasiano caucásico, separado aquí, por tanto, como concepto, como esencia, de los caucasianos reales y que se les contrapone como el. “ideal del caucasiano”, como la “misión” en la que deberán “encontrarse a sí mismos”, como “destino”, como “objetivo”, como “lo sagrado”, “el sagrado” caucasiano, el caucasiano “perfecto”, “que es precisamente” “el” caucasiano, que es “Dios en el cielo”.

 

“En la industriosa pugna de la raza mongólica habían construido los hombres un cielo”,  así lo cree en la pág. 91. “Stirner”, quien olvida que a los verdaderos mongoles les preocupaban más las ovejas y los corderos que los cielos, “cuando los de la raza caucásica, mientras – tienen que ver con el cielo – asumieron la acción asaltadora de cielos”. Habían asaltado un cielo, cuando – tienen que ver cuando asumieron.

Esta “reflexión histórica” sin pretensiones se expresa en una consecutio temporum [Correlación de los tiempos verbales], que no, tiene tampoco la menor “pretensión” de clasicidad “ni tampoco” de corrección gramatical; a la construcción de la historia corresponde la construcción de las oraciones; “a esto se limitan” las “pretensiones” de “Stirner”, y “con ello alcanzan su propósito final”.

 

Octava reflexión histórica, que es la reflexión de las reflexiones, el alfa y la omega de toda la historia stirneriana: Jacques le bonhomme ve en todo el movimiento de los pueblos hasta ahora, como desde el primer momento le señalamos, solamente una sucesión de cielos (pág. 91), lo que podría también expresarse diciendo que, hasta ahora, las generaciones sucesivas de la raza caucásica, no han hecho otra cosa que disputar en torno al concepto de la moral (pág. 92) y que “a ello se limita su acción” (pág. 91).

Si se hubiesen sacado de la cabeza la enojosa moral, este fantasma, habrían llegado a hacer algo; pero así no han logrado hacer nada, lo que se dice nada, y tienen que resignarse a que San Max les ponga un deber como a chicos de la escuela. Y a esta concepción suya de la historia corresponde plenamente el hecho de que, al final (pág. 92), se conjure a la filosofía especulativa, para que “en ella encuentre su acertada ordenación este reino de los cielos, el reino de los espíritus y los espectros” y en un pasaje posterior esté concebido como el mismo “reino acabado de los espíritus”,

 

“Stirner” podía haber visto muy sencillamente resuelto en el propio Hegel el misterio de por qué, cuando se concibe la historia a la manera hegeliana, se acaba llegando necesariamente, como resultado, al mundo de los espíritus que la filosofía especulativa se encarga de perfeccionar y de poner en orden. Para llegar a este resultado, “hay que partir como fundamento del concepto del espíritu y demostrar luego que la historia es el proceso mismo del espíritu” (Historia de la filosofía, III, pág. 91!) .

Una vez que por debajo de cuerda se desliza en la historia, como fundamento, “el concepto del espíritu”, resulta muy fácil, naturalmente, “demostrar”, que por doquier nos encontramos con él y hacer luego que aquélla encuentre, como un proceso, “su acertada ordenación”.

 

Ahora puede San Max, después de haber hecho que todo “encuentre su acertada ordenación”, exclamar, entusiasmado:

 

 “Querer que el espíritu adquiera libertad, es mongolismo”, etc. (Cfr. pág. 77: “Poner de manifiesto el pensamiento no puro, es afán juvenil”, etc.) e incurrir en la hipocresía de decir: “Salta, por tanto, a la vista que el mongolismo – representa la falta de sensualidad, lo antinatural”, etc., cuando habría debido decir: Salta a la vista que el mongol no es más que el joven disfrazado, el cual, como negación del mundo de las cosas, podría llamarse “antinatural”, “falto de sensualidad”, etc.

 

Al llegar a este punto de desarrollo, el “joven” puede ya convertirse en el “hombre”: “Pero, ¿quién disolverá el espíritu en su nada? Aquél, el que por medio del espíritu, se representaba la naturaleza como lo nulo, lo finito y lo perecedero” (es decir, que se lo imaginaba tal, que es lo que en la pág. 16 y siguientes hacía el joven, y después el cristiano y más tarde el mongol, y posteriormente el caucasiano mongólico, pero en realidad solamente el idealismo), “solamente aquél puede degradar al espíritu como algo nulo” (y, concretamente, en su imaginación) (¿es decir, el cristiano, etc.?

No, exclama “Stirner”, recurriendo al mismo escamoteo de las págs. 19-20 con respecto al hombre), “yo puedo hacerlo y puede hacerlo también cualquiera de vosotros que” (en su imaginación) “actúe y cree como un yo ilimitado”; “puede hacerlo, en otras palabras, el egoísta” (pág. 93), es decir, el hombre, e1 caucasiano caucásico, que será en seguida el cristiano acabado, el verdadero cristiano, el santo, lo sagrado.

 

Pero, antes de pasar a la ulterior imposición de nombres, queremos “intercalar” “en este lugar”, asimismo, una reflexión histórica” acerca del origen de la “reflexión histórica” de Stirner “sobre nuestro mongolismo”, pero que se distingue de las stirirerianas por el hecho de que ésta sí tiene “pretensiones de fundamentación y de comprobación”. Toda su reflexión histórica, lo mismo que la que se refiere a los “antiguos”, está urdida basándose en Hegel.

 

La negricidad se concibe como “el niño” porque Hegel, en la Filos. de la hist., pág. 89, dice: “África es el país infantil de la historia”. “Para determinar el espíritu africano” (negro), “tenemos que renunciar totalmente a la categoría de lo general”, pág. 90; es decir, el niño, o el negro posee ya, ciertamente, pensamientos, pero no posee aún el pensamiento. “En los negros, la conciencia no ha llegado aún a una objetividad plasmada como, por ejemplo, Dios o la ley, en que el hombre tiene la intuición de su esencia” – “en lo que se echa totalmente de menos el conocimiento de una esencia absoluta.

El negro representa al hombre natural totalmente indomeñado” (pág. 90). “Aunque tengan necesariamente que darse cuenta de que dependen de lo natural” (de las cosas, como dice “Stirner”), “esto no conduce a la conciencia de algo superior”, pág. 91. Volvemos a encontrarnos aquí con todas las determinaciones stirnerianas del niño y del negro: supeditación a las cosas, independencia de los pensamientos, en especial “del pensamiento”, “de la esencia”, “de la esencia absoluta” (sagrada), etc. Los mongoles y especialmente los chinos aparecen ya en Hegel como el comienzo de la historia, y como también para él la historia es una historia de espíritus (aunque no tan infantilmente como para “Stirner”), ello quiere decir que los mongoles han traído el espíritu a la historia y son los primeros representantes de todo lo “sagrado”.

En la pág. 110, Hegel concibe especialmente “el reino, mongol” (del Dalai Lama) como el reino “espiritual”, como “el reino del poder teocrático”, como un “reino espiritual, religioso”, frente al reino chino secular. Como es natural, “Stirner” tenía que identificar a China con los mongoles. En la pág. 140, nos encontramos en Hegel incluso con “el principio mongol”, que “Stirner” convierte luego en el “mongolismo”.

Por lo demás, cuando luego se empeña en reducir a los mongoles a la categoría “el idealismo”, habría podido “encontrar plasmadas” en la economía del Dalai Lama y en el budismo muy otras “esencias espirituales” que su endeble “escala del cielo”. Pero no tuvo tiempo siquiera para fijarse debidamente en la filosofía hegeliana de la historia. La peculiaridad y la unicidad de la actitud stirneriana ante la historia consiste, sencillamente, en que el egoísta se convierte en un “desmañado” copista de Hegel.

 

 

 

 

 

 

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