LA AFIRMACION RADICAL DEL YO ABSOLUTO

EGOCENTRIC

 

A principios del siglo XIX se impuso en filosofía la idea del ser como Autoconciencia Absoluta. Desde ese momento empieza esa fase de la historia del pensamiento condicionada por su oposición al idealismo absoluto, ya que el propio Sistema llevaba implícita una actitud crítica que se manifestó en todos los filósofos ajenos a la ingenuidad de la conclusión histórica de Hegel.

Una de esas reacciones fue la que, huyendo de la totalidad del Espíritu, quiso encontrar el fundamento final del ser en el hombre como individuo, no como aquel sujeto del idealismo subjetivo, sino en la forma de un Unico que se autodetermina como cantidad de fuerza apropiadora de s í mismo y del Mundo. Esta respuesta siguió varios derroteros, nosotros aquí comentaremos dos de ellos que pueden ser considerados conjuntamente dada su afinidad interna y su filiación genealógica según algunos.
Son las filosofías de Max Stirner (del Yo absoluto en su unicidad y singularidad irrepetible) y de Federico Nietzsche (de la disolución y resurrección del individuo como afirmación de la Voluntad del Poder).
Tanto para uno como para otro, la historia del pensamiento es entendido como la historia de la alienación del hombre. El hombre (en minúsculas) ha sido traicionado sucesivamente, y las alternativas surgidas no han hecho sino cambiar las estructuras de dominación.
La espirituaiización del mundo se convierte en la esclavización del individuo.
La instauración en la realidad de un Espíritu que se nos opone implica nuestra reducción a la irrealidad. Si la realidad en sí misma no posee la estructura que conocemos, debemos concluir que entonces somos nosotros los que no pertenecemos a esa realidad.
Este proceso, según Stirner, se ha dado varias veces, y los modelos no han cambiado esencialmente.
Primero Dios como Espíritu, después nosotros como Espíritu. Dios se presentaba inicialmente como naturaleza (divinidad de las cosas, divinidad de las encinas sagradas por ejemplo), luego Dios se hizo hombre y el Espíritu pasó a nosotros en la forma de una espiritualización de la esencia común a nuestra especie, o sea, a nuestro género en cuanto existentes.
Pero cambiar un Espíritu por otro nos aboca a un cambio de sistema. La burguesía derroca a la nobleza porque ésta impide su desenvolvimiento. El ideal es una nueva transformación del ideal cristiano, pues en el fondo, los ideales de 1789 son los mismos que los del cristianismo y los mismos que los del comunismo, pues éste pretende una nueva transformación del Espíritu, esta vez en una comunidad de iguales. Pero siempre estableciendo algo por encima del individuo, algo que es presentado como más real que el propio Unico. Idealizando lo otro, lo convertimos en un fantasma, y al final, traicionados por el proceso, descubrimos que el fantasma somos nosotros mismos. “Con los aparecidos entramos en el reino de los Espiritus, en el reino de las Esencias” ‘. El cristianismo ha intentado convertir al fantasma de Dios en una realidad, pero

“Se han torturado en la empresa imposible y atroz (…) de convertir el fantarma en un no-fantasma, lo no-real en real, el Espiritu en una persona corporal. Tras el mundo existente buscaron la “cosa en si’: el ser, la esencia. Tras las cosas buscaron fantasmagorías”

 

Dividir el mundo en lo esencial y lo aparente es una traición al mundo, pues lo aparente sufre un proceso de transformación que lo empobrece. El soporte en s í del mundo fenoménico reduce la apariencia a otro fantasma. Contra esta escisión dirige Stirner sus tiros. Todos los Espíritus colocados sobre nosotros nos esclavizan: el sol, la luna, las estrellas, los gatos, los cocodrilos, Jehová, Alá, Dios, la Iglesia, los pueblos, la humanidad, el Estado, la Comunidad. Pero el proceso es más sutil, porque el engaño se fundamentó en la falsa creencia de que nuestro Yo real estaba en esa esencia opuesta. Nuestro Yo se realizaba, se unificaba en lo otro.
La crítica de Nietzsche, respecto a esto, es idéntica, aunque los resultados, como veremos inmediatamente, son distintos.
En “Crepúsculo de los ídolos” llama la atención sobre esta división entre una realidad que está más allá y este mundo particularizado que halla su razón de ser en el otro.
Esta división la había encontrado muy acentuada en Schopenhauer: La cosa en s í o noúmeno de Kant se había convertido en la Voluntad como un yo que quiere afirmarse como supervivencia, y el mundo fenoménico era la particularización concreta de los objetos encuadrados en el espacio y el tiempo situados a priori. La Voluntad no fenoménica era la verdadera esencia de lo aparente. Además se presentaba con aquella característica ética que tanto repugnaba a Nietzsche: la negación del mundo, la disolución del yo concreto en lo absoluto regresando a la Voluntad que había engendrado el mundo atomizado.
Ahora bien, resulta que “los signos distintivos que han sido asignados al “ser verdadero” de las cosas son los signos distintivos del no-ser, de la nada”. La esencia es una falsa realidad, y el mundo real (apariencia) se convierte en la apariencia desde un punto ilusorio: el moral. La moral de la decadencia destruye la realidad de lo fenoménico como un atentado a la afirmación de la vida. El proceso histórico es ilustrado por Nietzsche mediante este título: “Cómo el “mundo verdadero” acabó convirtiéndose en una fábula”.De la ldea platónica a la ldea como Espíritu y como Dios en el cristianismo, la cosa en sí de Kant, … De aquí pasa ya al positivismo. El resultado: ” ial eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!”. Se destruye la oposición, del mismo modo que la alienación del hombre que se daba como destrucción de su unicidad en cuerpo y alma (cuerpo como fenómeno, alma como espíritu) también desaparece. Si eliminamos un término de la oposición, el que queda, que poseía un sentido en su otro, pierde su razón de ser.
¿Cómo repercute esta crítica antimetaf ísica de Stirner y Nietzsche?. Stirner encuentra al Yo como individuo único, o sea, me encuentra a Mí, no al Yo absolutizado (debido a su idealidad subjetivizada), sino al Nosotros particularizado en todos los singulares posibles que se dan. Y este Yo, o sea, Yo mismo, no debo buscar una libertad abstracta y vacía (decir que soy un Hombre y que soy libre es tan vacuo como decir que la tierra es un astro que se mueve). Debo buscar mi propiedad. Destruidos todos los ídolos que se me imponían como más reales que yo, descubierta la fantasmayoría de esos ídolos opresores, me afirmo como individuo concreto absoluto. No existe tampoco el derecho, el derecho siempre es otorgado por los Espíritus (la Nación, el Estado, la Iglesia). Y eso en realidad contradice su nombre, pues a lo que tengo derecho no debe dárseme.

“Lo que yo poseo independientemente de la sanción del Espíritu, lo poseo sin derecho, lo poseo únicamente por mi poder. No reivindico ningún derecho, ni tengo pues, ninguno que reconocer. Aquello de que puedo apoderarme, lo agarro y me lo apropio”

Por lo tanto Yo me identifico con mi poder, pues mi realidad va dada por lo que poseo, y mi propiedad, la expresión de mi poder, empieza por Mi mismo. “El poder soy Yo, que soy poderoso, poseedor del poder (…). El poder y la fuerza sólo existen en Mí que soy el Poderoso y el Fuerte” 6. Pero Yo soy “efímero y perecedero” , y por consiguiente, si soy Mi causa, si me ha creado la Nada, Yo soy en ese sentido esa Nada creadora. Yo soy Mi poder que se autodevora, que se autodisuelve, en consecuencia concluye Stirner su obra, “Yo he basado mí causa en Nada” ‘.
Nietzsche va por otros derroteros: para empezar descubre la idea del “yo” como causa de la idea de “ser”. Este yo sin embargo es el yo como sustancia, el yo como Voluntad que es la causa de la realidad fenoménica. Parece que este yo se identifica con la Voluntad de Schopenhauer. Nietzsche niega esta voluntad de vivir. Esta Voluntad se correlacionaba con el instinto de autoconservación de la fisiología, y se originó no en Schopenhauer sino en Spinoza, que lo expresó por primera vez. La autoconservación es secundaria respecto de la Voluntad de poder que es la vida, la vida que lo que realmente quiere es “dar libre curso a su fuerza”. Los individuos antes que su subsistencia, quieren desarrollar su poder, quieren ejercer sus capacidades inmanentes. Y esto es lo inalienable del Individuo Absoluto.
Nietzsche no niega en propiedad nada de lo afirmado por Stirner, pero el retorno a la nada creadora no le resulta nada consolador. La destrucción del individuo no debe quedar allí. Dionisos no permanece desttozado. La resurrección se presenta como una nueva visión del ser, radicalmente distinta al de la tradición occidental platónica y judeo-cristiana.
El individuo volverá eternamente, pues al ser la concretización o individuación de una Voluntad plural (contrariamente al yo sustancia de Schopenhauer), es un Yo separado e independiente pero a su vez participante de la Voluntad de Poder que es su eterno retorno idéntico. Y entre la aniquilación de la conciencia y su retorno, el Yo, al no darse, no percibirá el Tiempo. Por lo tanto Yo soy eterno, como el tiempo; entre mi muerte y mi resurrección está la nada. Podré afirmar mis potencialidades como Yo eternamente y del mismo modo. Yo soy mi Voluntad de Poder afirmándose o pegándose, pero esto precisamente depende de lo que soy y como lo soy. Yo me apropio del mundo y de mí mismo, y mi realización es la máxima potenciación que puede dárseme, y además la única libertad posible.

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