LA DETERMINACIÓN DEL NIHILISMO SEGÚN LA HISTORIA DEL SER

NIETZSCHE V

 

 

 

 

 

 

 

Ni el reconocimiento del ente como cosa de hecho [Tat-Sache] más elemental (como voluntad de poder) lleva a Nietzsche a pensar el ser en cuanto tal, ni tampoco accede a este pensar por la vía de la interpretación del ser como un «valor necesario», ni tampoco el pensamiento del «eterno retorno de lo mismo» se convierte en un impulso para pensar la eternidad como instante desde lo súbito del despejado presenciar, el retorno como modo del presenciar y ambos, de acuerdo con su proveniencia esencial, desde el «tiempo» inicial [an-fänglich]. [ii]

Cuando Nietzsche mantiene firme como visión filosófica fundamental ese reconocimiento de la voluntad de poder en el sentido de «hecho último», se contenta con la caracterización del ser como un ente distinguido que posee el carácter de un hecho. El carácter de hecho no es pensado como tal. El atenerse a la visión fundamental lo aparta, precisamente, del camino hacia el pensar el ser en cuanto tal. La visión fundamental no ve el camino.

 

Pero la pregunta por el ser mismo [iii] tampoco puede despertar en el pensamiento de Nietzsche porque éste ya ha dado la respuesta a la pregunta por el ser (en el único sentido conocido de ser del ente). «Ser» es un valor. «Ser» quiere decir: el ente en cuanto tal, es decir lo consistente.

Por mucho que lo interroguemos y en cualquier dirección que lo hagamos, no encontraremos que su pensar piense el ser desde su verdad y a ésta como lo esenciante [wesende] del ser mismo, aquello en lo que el ser se transforma y por lo cual pierde su nombre.

La meditación que ahora efectuamos hace surgir continuamente la sospecha de que suponemos que el pensar de Nietzsche en el fondo tendría que pensar el ser en cuanto tal y que, puesto que no lo hace, resultaría por eso insuficiente. Nada de esto se quiere decir. Se trata, más bien, de trasladarnos, pensando en dirección de la pregunta por la verdad del ser, a la cercanía de la metafísica de Nietzsche, para experimentar lo por él pensado desde la mayor fidelidad a su pensamiento. Está lejos de este intento el propósito de difundir una representación quizá más correcta de la filosofía de Nietzsche. Sólo pensamos su metafísica para poder preguntar algo digno de cuestionarse: ¿en la metafísica de Nietzsche, que experimenta y piensa por primera vez el nihilismo como tal, se supera o no el nihilismo?

Preguntando de este modo juzgamos a la metafísica de Nietzsche respecto de si lleva a cabo o no la superación del nihilismo. Sin embargo, renunciamos también a este juicio. Sólo preguntamos, y nos dirigimos la pregunta a nosotros, si y de qué modo se muestra la esencia propia del nihilismo en la experiencia y superación metafísica que hace Nietzsche de él. Se pregunta si en el concepto metafísico del nihilismo puede experimentarse su esencia, si esta esencia puede, en general, ser captada por el concepto, o si requiere del decir una rigurosidad diferente.

En tal preguntar sí suponemos, sin embargo, que en lo que nombra el nombre «nihilismo» la nada ejerce su esencia, en el sentido de que del ente en cuanto tal, en el fondo, no «hay» nada. Con esto no sometemos de ningún modo al pensamiento de Nietzsche a una exigencia inadecuada y excesiva. En efecto, en la medida en que experimenta el nihilismo como la historia de la desvalorización de los valores supremos y que piensa la superación del nihilismo como el contramovimiento que adopta la figura de la transvaloración de todos los valores válidos hasta el momento, la cual se lleva a cabo desde el principio, expresamente reconocido, de la posición de valores, Nietzsche piensa precisamente el ser, es decir, el ente en cuanto tal, y de este modo comprende mediatamente al nihilismo como una historia en la que algo acontece con el ente en cuanto tal.

Pensado de manera rigurosa, no es que nosotros supongamos algo respecto de algo, sino que nos sometemos a la exigencia del lenguaje. Éste requiere que, en la palabra «nihilismo» pensemos el «nihil», la nada, a una con la circunstancia de que algo ocurre en el ente en cuanto tal. El lenguaje requiere que no sólo entendamos correctamente los productos léxicos artificiales que se dan en las meras palabras, sino que, en la palabra y con ella, prestemos atención a la cosa dicha. Nos sometemos a la exigencia que plantea el nombre «nihilismo» de pensar una historia en la que se encuentra el ente en cuanto tal. El nombre «nihilismo» nombra, a su manera, el ser del ente.

Ahora bien, la metafísica de Nietzsche descansa sobre la visión fundamental, expresamente llevada a cabo, de que el ente en cuanto tal es y de que sólo el ente así reconocido proporciona al pensar, en cuanto pensar que es, independientemente de lo que piense, la garantía de su posibilidad. La experiencia fundamental de Nietzsche dice: el ente es el ente en cuanto voluntad de poder en el modo del eterno retorno de lo mismo. En cuanto que es de tal modo, no es nada. De acuerdo con ello, el nihilismo, según el cual del ente en cuanto tal no habría nada, queda excluido de los fundamentos de esa metafísica Por lo tanto, ésta, según parece, ha superado el nihilismo.

Nietzsche reconoce al ente en cuanto tal. ¿Pero en tal reconocimiento, reconoce también al ser del ente, o sea, lo reconoce a él mismo, al ser, es decir, en cuanto ser? De ningún modo. El ser es determinado como valor y con ello se lo explica desde el ente como una condición puesta por la voluntad de poder, por el «ente» en cuanto tal. El ser no es reconocido como ser. Este «reconocer» quiere decir: dejar que ser impere en toda su cuestionabilidad desde la mirada dirigida a su proveniencia esencial; quiere decir: sostener la pregunta por el ser. Pero esto significa: meditar sobre la proveniencia del presenciar y la consistencia, y de este modo mantener abierto el pensar a la posibilidad de que «ser», en el camino hacia el «en cuanto ser», podría abandonar su propia esencia en favor de una determinación más inicial. El hablar de «ser mismo» tiene siempre un carácter cuestionante.

Al representar que, al pensar en términos de valores, dirige su mirada hacia la validez, el ser le queda fuera de su círculo visual respecto ya de la cuestionabilidad del «en cuanto ser». Del ser en cuanto tal no «hay» nada: el ser, un nihil.

Pero admitiendo que el ente es gracias al ser y nunca el ser gracias al ente; admitiendo asimismo que el ser, respecto del ente, no puede ser nada, ¿no estará el nihilismo, allí donde no sólo del ente sino incluso del ser no hay nada, no estará allí jugando su juego o, más bien, no estará sólo allí jugando el juego que le es propio? Efectivamente. Donde sólo del ente no hay nada puede que se encuentre nihilismo, pero no se acierta aún con su esencia, que sólo aparece donde el nihil afecta al ser mismo.

La esencia del nihilismo es la historia en la que del ser mismo no hay nada.

Nuestro pensamiento, o mejor dicho nuestro contar y calcular de acuerdo con la regla de la no contradicción, se encuentra ya listo para observar que una historia que es, pero en la cual del ser no hay nada, nos plantea un puro contrasentido. Pero quizá el ser mismo no se preocupa por las contradicciones de nuestro pensamiento. Si el ser mismo tuviera que ser lo que es dependiendo de la gracia que le otorgue la falta de contradicción del pensamiento humano, quedaría negado en su propia esencia.

La absurdidad es impotente frente al ser mismo, y por lo tanto también frente a lo que le acontece en el destino [Ge-schick] de que, dentro de la metafísica del ser no hay nada.

Más esencial que contar con absurdidades es que experimentemos en qué sentido del ser no hay nada en la metafísica de Nietzsche.

Por eso decimos: la metafísica de Nietzsche es nihilismo en sentido propio. ¿Pero tiene necesidad Nietzsche de que le imputemos a posteriori una cosa tal a su pensar? Al caracterizar el modo en el que el mismo Nietzsche ve las diferentes figuras y los diferentes niveles del nihilismo, tocábamos el párrafo final de la nota n.14 de La voluntad de poder (1887), que dice así:

 

«“Nihilismo” como ideal del supremo poderío del espíritu, de la vida más exuberante, en parte destructor, en parte irónico.»

 

La ya citada «Recapitulación» (n. 617) comienza, sin embargo, así:

 

«Imprimir al devenir el carácter del ser, ésa es la suprema voluntad de poder.»

 

Esto, es decir pensar el devenir como ser de todo el ente, pensar la «voluntad de poder» desde el «eterno retorno de lo mismo», es lo que el espíritu de la metafísica de Nietzsche lleva a cabo como ideal de su máximo poderío. Por ello corresponde a la figura suprema del «nihilismo». En cuanto piensa una completa transvaloración de todos los valores válidos hasta el momento, la metafísica de Nietzsche lleva a su acabamiento la desvalorización de los valores supremos hasta el momento. Siendo «destructora» de este modo, forma parte del curso de la historia que ha tenido el nihilismo hasta el momento.

Pero en la medida en que esta transvaloración se lleva a cabo expresamente desde el principio de la posición de valores, este nihilismo se ofrece al mismo tiempo como algo que, en su sentido, ya no es: en cuanto «destructor» es «irónico». Nietzsche comprende su metafísica como el nihilismo más extremo, de manera tal que éste, al mismo tiempo, no es ya un nihilismo.

Decíamos, sin embargo, que la metafísica de Nietzsche es nihilismo en sentido propio. Esto implica que el nihilismo de Nietzsche no sólo no supera el nihilismo sino que tampoco puede nunca superarlo. Pues en aquello en y por medio de lo cual Nietzsche cree superar el nihilismo, en la posición de nuevos valores desde la voluntad de poder, se anuncia precisamente el nihilismo propio: que del ser mismo, que ahora se ha convertido en valor, no hay nada. En conformidad con ello, Nietzsche experimenta el movimiento histórico del nihilismo como una historia de la desvalorización de los valores supremos válidos hasta el momento.

Por la misma razón, se representa la superación como transvaloración y la lleva a cabo no sólo en una nueva posición de valores sino de manera tal que experimenta a la voluntad de poder como el principio de la nueva -y en el fondo de toda- posición de valores. El pensamiento en términos de valor se eleva ahora al rango de principio. El ser mismo no es admitido por principio en cuanto ser. En esta metafísica y de acuerdo a su propio principio, del ser no hay nada. ¿Cómo podría acontecer aquí jamás con el ser algo digno de cuestión, es decir, el ser en cuanto ser? ¿Cómo podría acontecer aquí una superación del nihilismo, como podría ni siquiera ponerse en movimiento?

La metafísica de Nietzsche no es, por lo tanto, una superación del nihilismo. Es el último enredarse en el nihilismo. Mediante el pensar en términos de valor a partir de la voluntad de poder, si bien se atiene a reconocer al ente en cuanto tal, al mismo tiempo, con la soga de la interpretación del ser como valor se ata a la imposibilidad de siquiera recibir al ser en cuanto ser en la mirada cuestionante. Sólo mediante este enredarse consigo mismo el nihilismo llega a terminar totalmente lo que él mismo es. Este nihilismo así terminado, perfecto, es el acabamiento del nihilismo propio.

Pero si la esencia del nihilismo es la historia en la que del ser no hay nada, la esencia del nihilismo no puede experimentarse ni pensarse mientras en el pensar y para el pensar del ser no haya nada. El nihilismo acabado se excluye por lo tanto definitivamente de la posibilidad de pensar y conocer jamás la esencia del nihilismo. ¿No quiere decir esto que la esencia del nihilismo está cerrada para el pensamiento de Nietzsche? ¿Nos está permitido afirmar algo así?

Pues Nietzsche se pregunta, sin embargo, con claridad: «¿Qué significa nihilismo?», y responde concisamente: «Que los valores supremos se desvalorizan» (n. 2).

Pero esta nota revela con no menor claridad y concisión que Nietzsche pregunta de modo «interpretativo» por lo que experimenta como nihilismo y que interpreta lo así interrogado desde su pensar en términos de valor. La pregunta nietzscheana por lo que signifique el nihilismo es, por lo tanto, una pregunta que aún piensa, a su vez, de modo nihilista. Por eso, por su manera de cuestionar, no llega al ámbito de lo que busca la pregunta por la esencia del nihilismo, o sea, a que, y cómo, el nihilismo es una historia que concierne al ser mismo.

En la medida, sin embargo, en que el nihilismo se revela para Nietzsche como un proceso de des-valorización y de declinación, de falta de fuerza y de muerte, parece que su experiencia retiene por lo menos lo que hay de negación en el nihilismo. Frente al no al ente en cuanto tal, Nietzsche exige un sí. Piensa en dirección de una superación del nihilismo. ¿Pero cómo habría de ser posible ésta mientras no se experimente la esencia del nihilismo?

Así pues, antes de toda superación se necesita una confrontación con el nihilismo que saque a la luz previamente su esencia. Suponiendo que en esta confrontación con la esencia del nihilismo, el cual concierne al ser mismo, aún quede asignada alguna parte al pensamiento del hombre, este pensamiento tendrá que ser afectado, por su parte, por la esencia del nihilismo. Por eso, frente a aquella metafísica que experimenta y piensa por primera vez en su totalidad el nihilismo como movimiento histórico pero que, al mismo tiempo, comienza a volverse visible para nosotros como el acabamiento del nihilismo propio, tenemos que preguntarnos en qué se funda la manifestación del nihilismo propio que nos concierne históricamente de modo inmediato, es decir, su acabamiento.

La metafísica de Nietzsche es nihilista en la medida en que es un pensar en términos de valor y que éste se funda en la voluntad de poder como principio de toda posición de valores. De acuerdo con ello, la metafísica de Nietzsche se vuelve acabamiento del nihilismo propio porque es metafísica de la voluntad de poder. Pero si esto es así, la metafísica de la voluntad de poder es el fundamento del acabamiento del nihilismo propio, pero no puede ser de ninguna manera el fundamento del nihilismo propio en cuanto tal.

Éste, aunque aún no haya llegado a su acabamiento, tiene que imperar en la esencia de la metafísica precedente. Esta última, si bien no es metafísica de la voluntad de poder, experimenta, sin embargo, al ente en cuanto tal en su totalidad como voluntad. Por más que la esencia de la voluntad que aquí se piensa pueda seguir siendo oscura en múltiples respectos, y quizá necesariamente, si se retrocede desde la metafísica de Schelling y Hegel hasta Descartes, pasando por Kant y Leibniz, el ente en cuanto tal se experimenta, en el fondo, como voluntad.

Esto no quiere decir, sin embargo, que la vivencia subjetiva de la voluntad humana se traslade al ente en su totalidad. Sólo indica que, más bien a la inversa, desde una experiencia aún no aclarada del ente en cuanto tal en el sentido de una voluntad que todavía resta por pensar, el hombre aprende por vez primera a saberse como sujeto volitivo en un sentido esencial. [iv] La comprensión de estas conexiones es ineludible para una experiencia histórico-esencial de la historia del nihilismo propio. No es posible, sin embargo, exponerla aquí. Por el momento, esta tarea tampoco resulta urgente. En efecto, lo que se ha dicho sobre el nihilismo propio al caracterizar la metafísica de Nietzsche como acabamiento del nihilismo tiene que haber despertado ya otra sospecha en quienes reflexionen: ni la metafísica de la voluntad de poder ni la metafísica de la voluntad son el fundamento del nihilismo propio, sino, únicamente, la metafísica misma.

La metafísica es, en cuanto metafísica, el nihilismo propio. La esencia del nihilismo es históricamente como metafísica, la metafísica de Platón no es menos nihilista que la metafísica de Nietzsche. Sólo que en aquélla la esencia del nihilismo permanece oculta, mientras que en ésta aparece por completo. De todos modos, desde la metafísica y dentro de ella, no se da a conocer nunca.

Son éstas afirmaciones extrañas. En efecto, la metafísica determina la historia de la era occidental. La humanidad occidental, en todas sus relaciones con el ente, es decir también consigo misma, es sustentada y guiada en todos los respectos por la metafísica. Al identificar metafísica y nihilismo no se sabe qué es mayor, si la arbitrariedad o el grado de condena de toda nuestra historia hasta el momento.

Pero entretanto también deberíamos haber notado que la esencia del nihilismo propio casi no llega aún a concernir a nuestro pensamiento, por no hablar de que esté suficientemente pensada como para reflexionar de manera meditativa acerca de las proposiciones que se han enunciado sobre la metafísica y el nihilismo y juzgarlas consecuentemente. Si la metafísica en cuanto tal es el nihilismo propio, pero éste, por su esencia, no es capaz de pensar su propia esencia, cómo podría la metafísica misma llegar jamás a su propia esencia. Las representaciones Metafísicas acerca de la metafísica permanecen necesariamente por detrás de esa esencia. La metafísica de la metafísica no alcanza nunca su esencia.

¿Pero qué quiere decir aquí «esencia» [Wesen]? De la palabra no rescatamos la idea de «esencialidades» [Wesenheiten]. En el término «esencia» percibimos lo esenciante [das Wesende]. ¿Cuál es «la esencia» de la metafísica? ¿Cómo esencia [west]? ¿Cómo impera en ella la referencia al ser? Ésta es la pregunta. Nuestro intento de responderla en el entorno de la meditación sobre la metafísica de Nietzsche resulta necesariamente insuficiente. Por otra parte, en la medida en que nuestro pensamiento proviene de la metafísica, queda siempre prendido de lo cuestionable. No obstante, tenemos que arriesgar algunos pasos. Nos atenemos a la pregunta que enunció Aristóteles como permanente pregunta del pensar: ¿qué es el ente?

Toda pregunta, en cuanto pregunta, delimita el alcance y el tipo de la respuesta que en ella se pretende. Con ello delimita al mismo tiempo el ámbito de las posibilidades de responderla. Para pensar de modo suficiente la pregunta de la metafísica es necesario en primer lugar pensarla como pregunta, y no pensar en las respuestas que se le han dado en el curso de la historia de la metafísica.

En la pregunta: « ¿qué es el ente?» se pregunta por el ente en cuanto tal. El ente en cuanto ente es tal gracias al ser. En la pregunta: «¿qué es el ente en cuanto tal?» se piensa en el ser, más precisamente, en el ser del ente, es decir en aquello que el ente es. Al «¿qué es?», al «¿qué es el ente?», responde el qué-es, òt Ût nits¤. Al «qué» del ente Platón lo determina como a¡dÞ (cfr. Platons Lehre von der Wahrheit * [La doctrina de Platón acerca de la verdad]).

El qué del ente, la essentia del ens, se denomina también «la esencia» [das Wesen]. Pero ésta no es una denominación casual e inofensiva. Por el contrario, en ella se oculta que el ser del ente, es decir el modo en que esencia [west] es pensado desde el qué. «Esencia», en el significado de essentia (qué), es ya la interpretación metafísica del «esenciar», la interpretación que pregunta por el qué del ente en cuanto tal. «La esencia» es pensada aquí siempre como la esencia del ente. El ser del ente es preguntado desde el ente como aquello que se piensa en dirección del ente. ¿Pensado cómo qué? Como el won¡g y lo nñniok, como aquello desde donde todo ente, en su ser de tal y cual manera, recibe su «qué» común.

Pero en cuanto se interroga al ente en cuanto tal, ya se lo experimenta también respecto de que es. Por eso, de la pregunta acerca de qué es el ente en cuanto tal surge al mismo tiempo esta otra: cuál, de entre todos los entes en cuanto tales, corresponde en mayor grado a aquello que se ha determinado como el qué del ente. El ente que corresponde al qué, a la essentia del ente en cuanto tal, es lo verdaderamente existente. En la pregunta: «¿qué es el ente?» se piensa a éste, al mismo tiempo, respecto de la essentia y de la existentia. De esta forma, el ente está determinado en cuanto tal, es decir, en lo que es y en cuanto que es. Essentia y existentia del ens qua ens responden a la pregunta: «¿qué es el ente en cuanto tal?». Ellas determinan al ente en su ser.

En conformidad con ello, ¿cómo se relaciona la metafísica con el ser mismo? ¿Piensa la metafísica el ser mismo? No, jamás. Piensa el ente respecto del ser. El ser es lo que responde en primer y en último lugar a la pregunta en la que lo interrogado es siempre el ente. Por eso el ser mismo permanece impensado en la metafísica, y no de manera incidental sino en correspondencia con su propio preguntar. Este preguntar y el responder, en la medida en que piensan el ente en cuanto tal, piensan necesariamente desde el ser, pero no piensan en él, y no lo hacen porque, de acuerdo con el sentido interrogativo más propio de la metafísica, el ser es pensado como el ente en su ser. En la medida en que la metafísica piensa el ente desde el ser, no piensa: ser en cuanto ser. [v]

Pensar desde el ser no quiere decir aún: volviendo al ser, conmemorarlo [an-denken] en su verdad. En el pensamiento que, en cuanto metafísico, pasa por ser el pensamiento sin más, el ser permanece impensado. Que por consiguiente en la metafísica en cuanto tal el ser mismo permanezca impensado es un permanecer-impensado de un tipo propio, señalado y único.

Ya la pregunta de la metafísica no llega al ser mismo. ¿Cómo podríamos esperar que pensara el ser mismo? ¿Pero podemos decir que la pregunta de la metafísica no va suficientemente lejos y no va suficientemente más allá del ente? Lo dejamos abierto, ya por el hecho de que aún no está de ninguna manera decidido si la metafísica no determina, sin embargo, al ser mismo. En efecto, no debemos olvidar esa caracterización del ser que se piensa en la metafísica desde su comienzo y a través de su historia bajo el nombre más tardío de «a priori». El nombre dice que el ser es anterior al ente. Pero de esta forma, el ser se piensa precisamente desde el ente y en dirección a él, y sólo pensado así puede la metafísica interpretar el a priori como lo anterior en cuanto a la cosa o como lo preordenado en el orden del conocimiento y de las condiciones del objeto.

Mientras se piense el ser del ente como lo a priori, esta determinación misma impedirá pensar el ser en cuanto ser para, por medio de esto último, experimentar entonces quizá en qué medida el ser en cuanto ser entra en esta relación apriorística respecto del ente; o sea: si esta relación sólo es algo que le sobreviene y se añade al ser, o si el ser mismo es esa relación, y qué quiere decir entonces ser y qué relación. Que toda metafísica, incluso la inversión del platonismo, piensa el ser del ente como lo a priori, testimonia sólo que la metafísica en cuanto tal deja impensado el ser.

 

 

 

 

 

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