LA FUGA DEL SER

CIORAN DEM

 

 

 

 

 

O César inverso. La diflcil respirabilidad del hecho ambiente, la casi imposible pertenencia al ritmo opaco, sin reticencias, de las cosas.Perder las amarras y relaciones umbilicales con el mundo, ejercitarse en el marasmo, desatosigarse, morir sin un empeño…todo el llamado entramado vital parece que se conjugara para hacer pasar por absolutamente inatacable la afirmación que sigue

 

 “Existir es un plagio”. (CIORAN, “DES”).

 

Esta afirmación puede tener mucho de tributo admirativo o de registro agradecido a otras propuestas ya enunciadas por distintos autores o varias corrientes, lo que en cierto punto laexime de un matiz coyuntural de provocación o de adheridas reverencias.

 

Más que nada, en clave de vocativo largo, lo que se pide y hace es apelar a una discusión, que porsu propia entidad nació gravada, y que por la importancia de su abordaje se ha convenido en parar, en detener, de forma que una discusión viva ha devenido en parálisis.

 

Sólo por el hecho de reproducir renuencias críticas, plagiamos directamente nuestra incompetencia en determinadas consideraciones.

 

La repetición, la insistencia, y sin siquiera llegar a la saciedad, ticnen la mejor reputación que imaginar podemos; mucho del existir se encuentra en aquellas dos condiciones.

El detalle empeñado en la similarización nos hace pertenecer a la “regularización de la onda” en la que cada situación viene a ser copia, no peregrina, sino reproductora de la anterior.

Puede que así sea el retomo más que una novedad una implantación. La conformación es una de nuestras huellas menos inéditas.

 

Re-hacer siempre, la iteración como propósito, plasmar. Existir como negatividad de la prohibición. Todo plagio es, antes que todo, un asentimiento hacia uno mismo.

Una tesitura que apenas ofrece quiebras es la del hallazgo en el que se compromete uno hasta el más sacrificado de los empecinamientos. Y es que no hay tesoros:

 

“Busco lo que existe. Mi búsqueda no tiene objeto. Vayamos al Juicio Final con una flor en el ojal…”. (CIORAN, “DLS”).

 

Esta sí que va a ser una indagación en balde. Proyectados hacia el encuentro, no hay encuentro; volcados hacia la interacción, dificilmente hallamos oponente.No hay pareja, es una suposición -muy beneficiosa, se dice- el enlace.

 

El elemento “co-” es absolutamente ficticio, toda una invención. Lo que existe es nada.

 

Mejor, vararse. Acreditar un aroma fugaz.

 

El “allanamiento” que con harta frecuencia se practicacon respecto a tantos seres, so capa de que lo que hay aquí nos está dado, nos pertenece, es una positivización de presencia, de nuestra presencia:

 

“La existencia sólo posee legitimidad o valor si se es capaz de discernir, en el nivel mismo de lo intimo, la presencia de lo irremplazable”. (CIORAN, “EPR”).

 

Corrientemente, nos congraciamos con nuestro orden, porque, de manera lamentable, no queremos advertir nuestro fracaso en la incursión, y es entonces cuando conferimos el estrago latente a todo lo que vive, aspecto este último que curiosamente somos remisos en conceder a los demás, y en atribuimoslo en exclusiva a nosotros “solitos”.

 

Peor que la guarda de un secreto es la pervivencia de la publicidad de la destrucción en que, como en sordina dulce nos movemos. Es cierto que destruyendo nos legitimamos, pero el abuso humano del hombre está en arrastrar al cataclismo a todos aquellos elementos naturales que no obedecen sino a la pasividad más admirable. Culpable de entrometimiento es incapaz de adivinar que el único habitante que está fuera de quicio es él mismo, y que en consecuencia, lo único que le restaría por determinar, es tratar de comprender o alcanzar la inmutabilidad perpetua.

 

Que nadie debiera “auparse” como sobreexistente , no es algo que no estén dispuestos a reconocer la mayoría de nuestros contemporáneos. Pero el placer por empantanar se sobrepone a cualquier otra consideración. Para la mayoría de nosotros, existir es penetración, absorbencia; lo menos que debiéramos aplicar es el criterio del “reparo de los estados”, pero no, incursos en re-validar la naturaleza, atravesamos torpemente la existencia de los otros y de lo otro,atiborrándonos de imniscusión (¿se nos permite la palabra?) y recelando siempre de nuestra efectividad.

 

 

La decepción no pennanece quieta, se ahonda, se desplaza, vive en un desengaño aún más promisorio:

 

“Ninguna solución, pues, dentro de la existencia. Se puede incluso ir más lejos y rechazar la idea de solución, hundirse cada vez más en ese impasse capital que anula todas las preguntas, y todas las respuestas: el hastío”. (dORAN, “EPR”).

 

La única contrapartida garantizada por su parte es la inconclusión, el ilimitado seguimiento que ofrece al hombre, único animal conocido que plantea, que problematiza y que busca.

 

Creíamos que el remedio estaba en nuestro ser persistentes, que la salida se veía comosucede en detenninadas ficciones, al final del túnel; hemos creído mal como en tantas otras cosas y ocasiones. Atisbos hay siempre, pero de fracaso. Decantados hacia esta-de momento- nada muelle experiencia, optamos por otra inquietud, aunque menos apostada por nosotros en principio, la del ínterin que con deslizamiento estremecedor nos conduce al atascamiento, instancia generosa, única en lo que se refiere a la desaparición de cualquier planteamiento o hallazgo.

 

Desaparecemos en una existencia dominada por el “síntoma liso”.

Hablando de las diferencias que se dan entre el sentimiento de la muerte y del suicidio, vienen las palabras de la primera parte de la cita; las otras son a propósito de un fragmento de Leopardi. Sus concomitancias es lo que me ha hecho agruparlas:

 

“Cuando uno ha agotado su razón de ser, es odioso obstinarse. (…) Durar es disminuirse: la existencia es pérdida de ser”. (CIORAN. “FAD”).

 

¿Cuáles son las razones que alientan la obstinación, el dale que dale del vivir?. ¿Por qué la porfia es tan teme?. ¿Cuáles son los intrincamientos que le conceden al hecho un adherimiento, que al menos en palabras, es casi universal?.

 

Se quiere vivir tan insistentemente, y pese a todo, por la arbitrariedad del único conocimiento que tenemos a mano; nos duele la larga inexplicabilidad, la miseria de nuestra comprensión, la resistencia debida a la escasa grandeza de lo ineluctable. Un “no somos nada” no obedece tan sólo a un callado fatalismo de la resignación. La ira es la savia que alimenta ese murmullo oído ante las catástrofes. La imposible resignación ante el hermetismo de una naturaleza impasible y avara, nos hace desear como mínimo igualatorio un grado semejante de imperturbabilidad.

 

En realidad se quiere ser, no sé si más, pero sí obviando las trivialidades del ser irremediable, ser en ninguna medida, en la perspectiva cuando menos del ser descubridor y no del ser encubridor. Ser que sepa para no valer.

 

Nos agarramos, por último, a vivir, porque el desgarramiento y el cansancio del futuro, aún no nos ha colmado.

 

Pisar la trampilla del tiempo.

 

La paradoja que alimenta la segunda frasecilla nos refiere a la inobservancia de la perduración, del alargamiento.

 

La presencia está afectada de mengua, de recortamiento, de manera que su insistencia lleva aparejada la minoración, la locutiva y la interlocutiva.

 

Durar, en las condiciones en que se ofrece, tiene que ver casi siempre más con el sufrimiento que con el placer.

 

Como vicio inveterado, invita a su extinción de continuar la corriente erradicatoria que todo aquél ha suscitado en los últimos tiempos. Pero la analogía, vista desde lo irónico, desganado, o desde el desengaño, puede no parecer propuesta altisonante. A la luz de ciertas perpetraciones, es indubitable su corrección, su lugar entre los asertos benéficos.

 

Acabar con la existencia no parece pérdida de ser. Antes bien, el ser se consuma en una aceptación, plenitud de nada. Una desaparición tan curtida como las que adolecemos, conlíeva una existencia amalgamada de revalorizaciones que prenden el deslizamiento del ser, que hacenun corcusido de su vaciamiento. La existenciadificulta el ser: una amargura al alcance de pocos. Perceptores de fiasco , nuestros pasos son intransitables, están cegados para el transcurso universal:

 

“Una existencia constantemente transfigurada por el fracaso”. (CIORAN, “DIHN”).

 

¿Quién se atreve a pensar, en los tiempos que corren, y que nos ha tocado o toca vivir, que el estruendo y la notoriedad, como notas efectistas de todo fracaso, tocan, rozan sólo a los aspirantes -eternos, innumerables- de ser más?. El fracaso es un rasero universal, universales horcas caudinas ceñidas de inevitabilidad en lo que al hombre se atiene. Aparte de lo sonado de algunos, factor estético o de publicidad, el rigor de la transformación de nuestra existencia en fiasco, es una de las pocas pertenencias con que objetivamente nos paseamos por el mundo.

 

Buscar o poner un remedio a esta impregnación de descalabro es una maquinación de variables para el optimista.

 

Nunca se apreciará lo bastante que una de nuestras más claras concomitancias tenga que ver con un salir fallido, con un marrar constante en la interacción que presumimos con el mundo.

 

Dejados, puestos, en la existencia, pero no dejados de ella: he ahí el paradigma de nuestra irresolución:

 

“Existir es un estado tan inconcebible como su contrario, ¿qué digo?, más inconcebible aún”. (CIORAN, “DIHN”).

 

Existimos dentro de la sorpresa general, dentro de la más grande estupefacción que pueden dar de sí el resto de los elementos -animales, plantas, minerales- que se estancan en la tierra. Apane de una mala pasada, es un auténtico susto para el orden natural.

 

Colocados como lo nunca visto , no es extraño que nuestras relaciones con los demás componentes naturales sean de insólito tratamiento hacia ellos cuanto menos. Un rechazo protbndo se instalará como la mediación más acusada, y un sesgo de advenedizos se propagará por todo, sellando con otra irrealidad la imposible comunicación entre nosotros y las cosas.

 

La muerte es una suma de malentendidos.

 

El hombre existe, para las cosas, con una acometida hacia la pasividad, que es indisculpable, y que ninguna garantía de mutis definitivo por parte de aquél, resarcirá mínimamente el vaivén cósmico que experimentaron.

 

Obstinados en amasar y en perseguir el buen sentido o el sentido común de cada instante, creemos con ello no dejar ningún resquicio requerido al desvarío:

 

“Toda existencia que no contenga una gran locura carece de valor”. (CIORAN, “LCD”).

 

No es un buen propósito coronar la sensatez; en todo caso, es de los aspectos que requerirían una poda permanentede sus posicionamientos, y eso tal vez por el carácter tópico que destila, como también por la impronta de seguimiento que propone.

 

La palabra desvío, y así otras, tales como inversión, equívoco, etc, carecen de esa prestancia lingílística que conceden los espacios tecnológicos de consumo- a los que debiéramos prestar enorme ambiguedad para sembrar el desuso y cebar el desconcierto ante la planta de cualquier acontecimiento- debieran constituir la dieta de desimantación que nos despegue del mundo.

 

Volverse loco por encontrarse donde uno se encuentra, es posiblemente una de las necesarias prevenciones que debemos arbitrar para hacer imposible el peor resabio de que nos podemos revestir, el de la apacentada normalidad.

 

Uno de los ideales, el de la flexible existencia, debiera transigir ya tan sólo con el único, tal vez, ideal decente: el de la consuncion.

 

Es grande la regularidad con laque manifestamos nuestro encono hacia el mundo, nuestro “asco~~, y es esta casi regulada intermitencia la que nos hace y convierte un poco cada vez más en adeptos de este territorio. Cabe pensar que este rechazo pasa por ser una imposible cantinela de reprobación, así como más que una probable -y repleta- constancia de la insatisfacción.

 

Nuestra protesta siempre parece una propuesta inconclusa de evacuacion:

 

“Odiar al mundo es odiarse, es darle demasiada importancia al mundo y a uno mismo, es volverse incapaz de liberarse”. (CIORAN, “CT”).

 

El odio no desecha la añoranza, la representa tal vez, como otras cosas añadidas a la actitud. El odio es una esforzada preocupación. Odiamos porque “nuestra” realidad está penetrada de irrupciones no previstas. El odio es negarse a la reducción externa, diferente a la que uno se ha hecho respecto de sí mismo y para con los demás. Es una querella de inducción.

 

Una de las frases que más convienen al odio es aquella que se formula -como pocas- con gran intensidad: “agarrarse a un clavo ardiendo”, que, bien mirada -asunto harto difícil- no desmaya de efectividad. El odio es un ahilamiento, un nudo en el espejismo. Tanto más me odio cuanto más me pertenezco perteneciendo.

 

El hombre transita su apariencialidad, que no las apariencias:

 

Mientras más nos anclamos en las apariencias, más fecundos somos”. (CIORAN, “dr).

 

Conocida la realidad, ésta, sin dudarlo, vendría a carcomerle. De ahí que alimente con esforzada constancia prejuicios de realidad.

 

Y qué admiraday admirable es para algunos la fecundidad¡. Con ese gesto no hacen sino adorar su imposibilidad natural, su imposible comparecencia y en pie de igualdad con lo real.

Qué mal vemos todo aquello que relacionamos con el desatino. Y, sin embargo, de él sí sabemos que es real, y muy probablemente, tiene algo más que ver con la realidad que cualquiera de nuestras más ingeniosas invenciones.

 

Nuestra fecundidad, por tanto, tiene mucho que ver con el engaño.

 

Puede serque cada vez alcancen una mayorveracidad las detenninaciones físicas y biológicas que expliquen la presencia del hombre; pero a esas hipótesis, escapará siempre, y no sabemos si alguna ciencia lo aclarará, no el cuándo y el porqué de la caída, sino la pertinencia de CAER, única entre los seres, y que nos adosa al universo, o a parte de él. ¿Quién explica esa correspondencia ser-caer?:

“El espectáculo de la caída es más impresionante que el de la muerte: todos los seres mueren, sólo el hombre está llamado a caer”. (CIORAN, “CT).

Probablemente la caída es el añadido del desengaño, o un desafuero recibido por la intromisión duradera -y no tan pasajera como parecía- en este territorio del “mundo” tierra.

La caída es una incursión dentro de la relevancia, el conseguir que la significación sea importante.

 

¿Quién duda hoy, que la inmersión en el tiempo se consigue mucho mejor y más profundamente en lo que hemos dado en llamar “medios”?. ¿Y quién duda de la distancia que hay entre ellos y lo que antes llamábamos plenitud áurea del aislamiento?.

 

¿Qué diferencia los presupuestos de un individuo del “borde social”, de los planteamientos asumidos o recogidos por Horacio, por ejemplo?.

 

Y es que el ahogo que produce todo sumergimiento y cualquier atisbo de convivencia con las cosas demuestra a las claras la inviable recepción que se produjo en los preliminares de la primera confrontación:

 

“Lo real me produce asma”. (CIORAN, “SA”).

 

O bien la asfixia de una, cada vez más, alambicada abstracción, o bien el “hermoso predominio” de los hechos o cúpula metafórica de los mismos que obliga a una redundancia del sometimiento, o a la fraccionalidad real para conseguir Lo Real. Ambas transiciones de fuerza son rechazadas de forma lapidaria. Pueden ser las únicas constancias de la resistencia en estos momentos.

 

Acerca de la visión que yo tenga. en la mayor parte de mis contenciosos con la realidad, ha de resultar aquélla mezquina y empobrecedora, y no decimos esto por veleidad afirmativa, sino porque toda visión es un oscurecimiento sometedor, en el sentido de que no se alumbra nada en vano:

 

“Si se me pidiese que resumiera lo más brevemente posible mi visión de las cosas, que la redujese a su mínima expresión, en lugar de palabras escribiría un signo de exclamación, un “1” definitivo”. (CIORAN, “EMY).

La visión, hecha a los desmanes de la exageración, asume dos valores antagónicos, sin distinguir nunca cuál es el preferente: aprobar o reprobar. Sometida a la lógica de las concesiones y decantaciones, la visión se etemiza en una tarea inacabable de depuraciones inútiles. El especia] diacrítico no señalaría la inercia correspondiente y última de la sorpresa, sino el aullido de impertinencia.

 

Perceptible además, la gruesa ramplonería que proviene de las palabras, que las convierte en obsolescencia neta, queda sólo el gruñido de abandono, idéntico a aquél con que se comenzó la aventura de vivir.

 

Si ya todo lenguaje es de por sí turbador, imaginemos los términos de alcance significativo que concita toda utopía:

 

“Quienes usan el lenguaje de la utopía me resultan más extraños que un reptil prehistórico”. (CIORAN, “DES”).

Pensemos en el aplazamiento perspectivista de esas querencias, casi tan universales, cuales son las utopias. No hay demanda más insatisfecha que ésta. ¿Cuál es el soporte que las convierte en supervivencias inaceptadas?.Me parece a mi que la adscripción sin discriminar que nos remite a ellas. Con lo que podemos decir que lo peor que la pueda sobrevenir a toda utopía es el reflejo de fe que ella comporta, el acervo de inocentes y culpables que a ella se arriman.

 

Acaba siendo, irremediablemente, una propiedad.

 

Qué lejos la extinción de determinadas propuestas¡. Nada está aquí por salvarse, sino por envilecerse o degradarse. La mejor “utopía” entonces sería aquella que hablase de la impracticabilidad. O el “silencio maestoso”.

 

Ni siquierapasa un momento sin que advierta qué clase de lugar es el que habito; la presencia misma, roe cualquier puente de unión, cualquier tejido que entrevea o sostenga el Edén:

 

“No existeun solo instante en el que no haya estado consciente de encontrarme fuera del Paraíso”. (CIORAN, “DIHN).

 

Un poco antes, (Ibideni, Pp. 3 1-32), se había afirmado por parte de nuestro autor que el paraíso venía a ser “mirar sin comprender “. El paraíso como un alelamiento sin cobijo ninguno, a la más fiera intemperie, despojado. Un alelamiento romo, que ni siquiera aspira a tangenciar cualquier género de conocimiento, que como máxima recompensa -que por otro lado no ha previsto ni deseado- aspira a la infinita estupidez que nos puede ser tan debida como la más extrema lucidez, pero que, inevitablemente se nos escapa o se nos hurta, no sabemos en virtud de qué admitida locura.

 

Esta es una de nuestras mayores pesadumbres: por qué serizí , y por qué declinamos ser ~I.

 

La conciencia del desprovisto del mínimo tono de felicidad, de una candidez de tránsito trocada en frenesí irredento de intervención en las cosas, es la conciencia del expulsado por la mirada ingerente.

 

Siempre pendiente de mi en-ajenación, llega muy tarde -cuando ya no hay remedio- , o nunca, el efecto desorbitante. de ajeno cósmico.

 

Del hombre no se dice que no merezca la pena o que no valga un higo; se le ubica de momento en un incidente zoológico de cola, ínfimo:

 

“Vale más ser animal que hombre, insecto que animal, planta que insecto, y así sucesivamente. ¿La salvación?. Es todo lo que disminuye el reino de la conciencia y compromete susupremacia . (CIORAN, “DIHN).

 

Cualquier pretensión de su antropología unilateral, es yana, y en todo caso su sentido último se encuentraen lo que llamamos reversión. Nunca ha entendido cuál sea su lugar, y que aquél tenga que ver con una no apreciada represión natural El hombre ha adolecido de falta de paciencia, siempre ha tenido prisas, nunca va a consumarse, y de ahí esa su melancolía de la espera, que hace imposible su logro y sudisolución.

 

¿Por qué no nos vemos en el vegetal o en las piedras, por acudir a unos ejemplos con una menoranimación que la del hombre?. 

 

No sucede así por el cerco humanitario que aplicamos a todo, por circuir infatigablemente a los que siéndolo, nunca los hemos considerado como semejantes.

 

La idea de dominación natural, y solapada en ella, la de progreso, es, como mucho, una circunstancia grotesca que, muy bien conviene al ser humano, y dentro de él, ya conocemos el reparto del botín.

 

 Dominación y progreso perviven, o persisten, como una plaga de beneficios dudosos, como cualquier vulgar ansiedad que previene la prelación sobre el olvido, como estar nadando en la antelación.

 

¿Quién quiere “descender” del zigurat vital en que se supone?. Esta es una de las cuestiones, como otra también no menos importante sería aquella de a quién tengo por los extremos superior e inferior. Lo que más nos atrae, la Pirámide y Babel.

 

Aparte ya del recuerdo oriental, que no cabe desestimar, ¿quién de nosotros -retomando a la pregunta de nuevo- se mutaría de forma plausible en , por ejemplo, dócil équido, empalagosa mosca o vistosa flor?. ¿Quién?. Dejar de ser esto último, no tendría por qué parecemos un cruel inconveniente, o un accidente irreparable, y nos queda aún la oportunidad de mermar el desencuentro hacia el desinterés vital.

 

Nos salVaremos al socaire de un vicio, de un error, o de cometer un crimen si bien se mira, quien lo mire así: no tener, o al mismo tiempo perder, la conciencia.

 

 

image_pdfScaricare PDFimage_printStampare testo
(Visited 202 times, 1 visits today)