LA MUERTE DE LO ABSOLUTO

MUERTEABSOLU
Uno de los principales motivos que escandalizaron a la sociedad prusiana de 1843, al publicarse Der Einzige, fue la muerte (o el asesinato perpetrado por Stirner) de todo principio trascendente superior. Es decir, se trata de expresar, de manera inequívoca, la negación de Dios. Sin embargo, el filósofo no niega la existencia de éste en sí misma, sino que denuncia su arbitrariedad, porque — según él— la existencia de un ser superior per se está fundamentada en la nada, en el vacío.


Para Stirner la evolución del mundo de las ideas, en el plano filosófico, presidida por la racionalidad, representa una simple reformulación religiosa en la cual toda idea sacralizada —como patria, Estado o incluso cultura— pasa a sustituir el sistema de dominación del antiguo régimen. Si, para poner un ejemplo, en el mundo anterior a la Revolución Francesa, el absolutismo, como sistema político, era la encarnación simbólica de una idea de jerarquía religiosa basada en la desigualdad del binomio humanidad/divinidad, una consecuencia natural del dominio de lo absoluto por encima de los individuos, las nuevas instituciones surgidas a lo largo del siglo XIX, como el propio concepto de Estado o el sentimiento nacional, representan la evolución o, mejor dicho, la adaptación natural de este principio de dominación permanente a las nuevas circunstancias.
Para el historiador del anarquismo Gianfranco Berti, esta heterodoxa afirmación representa la culminación del proceso de secularización europea que sucede a lo largo del siglo XIX, llevada hasta las últimas consecuencias. Y éstas, consideradas en sí mismas en el contexto en el que se producen, no resultan en absoluto insignificantes.
La primera de las consecuencias es que no hay nada por encima del individuo.
Stirner niega toda trascendencia, todo principio superior al de la voluntad del Único. De hecho, el filósofo bávaro no pretende sustituir la fe religiosa por la fe en la humanidad o en una idea determinada o concepto abstracto (como el estado, la igualdad, la libertad, la educación o la justicia), tal como proponían, entre otros, Kant, Rousseau o, en el seno del patrimonio teórico anarquista, Godwin. Pretende, pura y simplemente, la destrucción de lo absoluto. Podríamos considerar, pues, que ésta implica, de hecho, la muerte (también podríamos hablar de ejecución) de Dios. Y no se trata de la muerte de Dios en el sentido del ateísmo, antiteísmo o aversión antirreligiosa. Simplemente, según Stirner, esta muerte puede servir, en tanto que representa la desaparición definitiva de un símbolo de lo absoluto, para la destrucción de cualquier obstáculo para que el individuo pueda vivir sin límites de ningún tipo.
Esta muerte divina, segunda consecuencia de la negación de la trascendencia, será una idea recuperada por Nietzsche y, a la vez, acogida con entusiasmo por los anarquistas que la incorporarán a su cuerpo doctrinal, medio siglo después.
Esta idea provocadora representa una de las claves del pensamiento individualista.
Si Dios no existe, ello implica la disolución teórica de toda jerarquía presuntamente natural —dada la ausencia de algo superior—. Si Dios no existe, nada —en contraposición a las concepciones de Proudhon o Godwin—, ninguna idea ni norma ni ley moral se encuentra por encima del individuo. Toda verdad suprema, ideal sacralizado o dogma será, pues, concebido como una alienación, puesto que los ideales políticos, humanitaristas o sociales, al igual que la religión, acaban dominando la voluntad y condicionando el comportamiento de los individuos. Los individualistas deben destruirlos porque se oponen a su libertad. En este sentido, la derivación de esta idea explicará la actitud ecléctica, o el relativismo ético, y la aversión de los anarquistas individualistas por todo dogma, prejuicio o verdad fundamental preestablecida.

 

 

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