LA SEGUNDA COMUNICACIÓN DE LA DOCTRINA DEL ETERNO RETORNO:«DE LA VISIÓN Y EL ENIGMA» II

«INCIPIT TRAGOEDIA»

 

 

 

 

 

Zaratustra describe entonces el portal. Al hacer esta descripción, con la imagen del portal, da la visión del enigma.

En el portal se encuentran dos largos callejones; el primero se aleja hacia adelante y el segundo vuelve hacia atrás. Los dos van en direcciones contrarias. Se chocan de cabeza. Cada uno de ellos corre sin fin hacia su eternidad. Encima del portal está escrito: «instante».

 

El portal «instante» con sus opuestos callejones sin fin es la imagen del tiempo que transcurre para adelante y para atrás hacia la eternidad. El tiempo mismo es visto desde el «instante», desde el «ahora», desde el cual un camino continúa hacia el aún-no-ahora, hacia el futuro, y el otro conduce para atrás hacia el ya-no-ahora, hacia el pasado. Puesto que con la vista del portal ha de darse al enano que está acuclillado junto a Zaratustra la visión del pensamiento más abismal, y dado que en esta visión se simboliza evidentemente el tiempo y la eternidad, el conjunto expresa que el pensamiento del eterno retorno de lo mismo es puesto ahora en conexión con el ámbito del tiempo y la eternidad. Pero esta visión, el portal que aparece en ella, es sólo la vista del enigma, no su solución.

 

Sólo al volverse visible y al verse esta «imagen», queda a la vista el enigma, aquello a lo que tiene que apuntar el adivinar.

 

El adivinar comienza preguntando. Por eso Zaratustra dirige de inmediato preguntas al enano respecto del portal y de sus callejones.

 

La primera pregunta se refiere a éstos, no se dice a cuál, pues lo que se pregunta es inherente a ambos de la misma manera. Si alguien siguiera cada vez más lejos por uno de estos callejones, «¿crees, enano, que estos caminos se contradirían eternamente?», es decir, ¿sealejarían eternamente uno de otro, y por lo tanto correrían eternamente en direcciones contrarias?

 

«Todo lo rectilíneo miente, murmuró despreciativo el enano.

Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.»

 

El enano resuelve la dificultad y lo hace, tal como se dice expresamente, con una murmuración «despreciativa». No es para él una dificultad que merezca un esfuerzo o de la que valga la pena hablar; en efecto, si los dos caminos van hacia la eternidad, se dirigen a lo mismo, por lo tanto se encuentran allí y se cierran formando un recorrido ininterrumpido. Lo que para nosotros tiene el aspecto de dos callejones rectilíneos que se alejan uno de otro es en verdad el fragmento inmediatamente visible de un gran círculo que vuelve constantemente sobre sí. Lo rectilíneo es una apariencia. En verdad, el recorrido es un círculo, es decir, la verdad misma —el ente tal como en verdad transcurre— es curva. El girar-sobre-sí del tiempo, y con ello el que vuelva siempre lo mismo de todo ente en el tiempo, es la manera como es el ente en total. Es en el modo del eterno retorno. Así ha adivinado el enigma el enano.

 

Pero el relato de Zaratustra tiene una notable continuación:

 

«¡Oh tú, espíritu de la gravedad!, repliqué encolerizado, ¡no

te lo tomes demasiado a la ligera! ¡O te dejo acurrucado donde

estás, paticojo, ¡y yo te he traído a lo altol»

 

 

 

En lugar de alegrarse de que el enano haya pensado su pensamiento, Zaratustra replica «encolerizado». O sea que el enano, en realidad, no ha comprendido el enigma; se ha tomado demasiado a la ligera la solución. Por consiguiente, no se piensa aún el pensamiento del eterno retorno de lo mismo con sólo representarse: «todo gira en círculo». En el pasaje de su libro sobre Nietzsche en el que caracteriza a la doctrina del eterno retorno de «engañoso y burlesco misterio de la locura», E. Bertram cita de modo admonitorio, es decir como una visión que estaría por encima del pensamiento del eterno retorno, una sentencia de Goethe. Ésta dice así: «Cuanto más se conoce, cuanto más se sabe, se reconoce que todo gira en círculo». Se trata precisamente del pensamiento del círculo tal como lo piensa el enano que, según las palabras de Zaratustra, se lo toma demasiado ala ligera, precisamente al no pensar el gigantesco pensamiento nietzscheano.

 

A quien piensa el pensamiento más agudo del mismo modo que el enano, el pensador lo deja acurrucado por paticojo en el mismo rincón que aquel. Zaratustra deja al enano acurrucado a pesar de que ya lo ha llevado a lo «alto», es decir, de que lo ha transportado a una altura desde la que debería ver, si pudiera; desde la que en realidad podría ver… si no siguiera siendo un enano.

 

No obstante, Zaratustra le plantea una segunda pregunta. Ésta no se refiere ya a los callejones sino al portal mismo, al «instante»:

«Mira este instante, le continué diciendo».

 

Desde el «instante» y en referencia al instante debe pensarse nuevamente la totalidad de la visión. «Desde este portal del instante corre hacia atrás un largo, eterno callejón: detrás de nosotros hay una eternidad.» Todas las cosas finitas, las cosas que pueden transcurrir y que por lo tanto sólo necesitan un lapso finito para acabar su curso, tienen que haber recorrido ya esa eternidad, o sea, tienen que haber pasado por ese callejón. Nietzsche resume entonces, en forma de pregunta, un pensamiento esencial de su doctrina, y lo hace de un modo tan conciso que, por sí solo, resulta casi incomprensible, sobre todo porque los supuestos que lo sustentan, a pesar de que están expresados, no son visibles:

1)La infinitud del tiempo en dirección del futuro y del pasado.

 2)La realidad efectiva del tiempo, que no es una forma «subjetiva» de la intuición.

 3) La finitud de las cosas y de su transcurrir. Sobre la base de estos supuestos, todo lo que en general puede ser tiene que haber sido ya como ente, pues en un tiempo infinito el curso de un mundo finito tiene que haberse completado necesariamente.

 

Si entonces «todo ya ha sido: ¿qué opinas, enano, de este instante? ¿Este portal, no tiene también que ya haber sido?».Y si todas las cosas están tan firmemente anudadas que el instante las arrastra tras de sí, ¿no tiene que arrastrarse también él mismo tras de sí? Y si el instante siempre recorre a la vez el callejón, también todas las cosas tienen que recorrerlo una vez más. La lenta araña, el claro de luna (cfr. La gaya ciencia, n. 341),yo y tú en el portal, «¿no tenemos que retornar eternamente? ». Parece que con su segunda pregunta Zaratustra dice lo mismo que contenía la respuesta del enano a la primera: todo se mueve en círculo. Así parece. Pero a la segunda pregunta el enano no da ya ninguna respuesta. Está planteada de un modo tan superior queZaratustra no espera ya una respuesta del enano. La superioridad consiste en que ahora se exigen condiciones de comprensión que el enano no puede satisfacer, precisamente porque es un enano. Estas nuevas condiciones están encerradas en el hecho de que ahora se pregunta desde el «instante». Pero un preguntar tal requiere una posición propia en el «instante» mismo, es decir en el tiempo y en su temporalidad.

 

Acto seguido, el enano desaparece, como consecuencia de un suceso que en sí mismo es lúgubre y sombrío. Zaratustra relata:

 

 

 

«Vi a un joven pastor que se retorcía, se atragantaba y se

sacudía convulsivamente, con el rostro desencajado, y al que una

pesada y negra serpiente le colgaba de la boca.»

 

La serpiente lo había mordido y no soltaba su presa. Zaratustra tira de ella, pero su esfuerzo es inútil.

 

 

«Entonces surgió de mí un grito:”¡Muerde! ¡Muerde! ¡Córtale

la cabeza! ¡Muerde!”».

 

Difíciles de pensar resultan este suceso y esta imagen. Pero están en conexión íntima con el intento de pensar el pensamiento más  grave. En este momento sólo señalamos lo siguiente: después de que Zaratustra ha planteado la segunda pregunta ya no hay más lugar para enanos; el enano ya no pertenece al ámbito de esta pregunta, porque ya no puede oírla. Porque el preguntar y el adivinar y el pensar, cuanto más vayan en dirección del contenido del enigma, más enigmáticos, más gigantescos se vuelven, creciendo por encima de aquel mismo que interroga. Es decir que no cualquiera tiene derecho a cualquier pregunta. En lugar de esperar una respuesta del enano o de dar él mismo una respuesta fácil, en forma de una proposición, Zaratustra continúa el relato: «Así hablé, en voz cada vez más baja: pues tenía miedo de mis propios pensamientos, y de mis pensamientos ocultos». El pensamiento más grave se vuelve terrible, porque ocultamente piensa, por detrás de lo que uno se representa como un girar en círculo, algo totalmente diferente, piensa ese pensamiento de una manera diferente de aquellla en que lo piensan los enanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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