LEY CONTRA EL CRISTIANISMO II

ANTIKRIST

 

 

 

 

 

    “Primera tesis. Las razones por las que “este” mundo ha sido calificado de aparente fundamentan, antes bien, su realidad, otra especie distinta de realidad es absolutamente indemostrable.

 

    Segunda tesis: Los signos distintivos que han sido asignados al “ser verdadero” de las cosas son los signos distintivos del no- ser, de la nada, a base de ponerlo en contradicción con el “mundo verdadero”: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una ilusión óptica- moral.

 

    Tercera tesis. Hablar de “otro” mundo distinto de éste no tiene sentido, a menos que opere en nosotros un instinto de detracción, rebajamiento y acusación de la vida; en este último caso, nos vengamos de la vida por la fantasmagoría de “otra”, “mejor vida.”

 

    Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo “verdadero” y un mundo “aparente”, ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última instancia un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence, un síntoma de vida descendente…

 

    El hecho de que el artista estime más la apariencia que la que la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues “la apariencia” significa aquí la realidad una vez más, sólo que seleccionada, reforzada, corregida… El artista trágico no es un pesimista, dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisiaco…” (Nietzsche 1889)

 

En la invención de otro mundo se esconde un resentimiento frente a la vida. Nietzsche asume una posición de defensa de la vida. Nietzsche no posee una constitución particularmente fuerte, pero eso no impide que su voluntad sea la que se imponga frente a la adversidad y no, un dejarse vencer por la circunstancia, eso él lo llama una Voluntad de poder ascendente.

 

Siempre Nietzsche le ha dado una importancia vital a lo fisiológico, al cuerpo. Muchas veces nos habla de los sentidos y de sus extraordinarias facultades. Por ejemplo, de cómo las funciones y órganos digestivos son los que conforman nuestro carácter. Y nos relata cómo ha podido componer algún escrito o llegar a una idea crucial, gracias a cómo se sentía su cuerpo en esos momentos. Por eso, su crítica es intransigente frente a la condena del cuerpo impuesta por la moral cristiana: la pecaminosidad del sexo, la abstinencia como virtud, entre otras. Todo lo que diga sí a la vida, es sagrado para Nietzsche, llámese la obra del artista trágico, el estado dionisiaco, o el juego inocente del niño de Heráclito, es decir, el devenir, etc. Todo lo bajo y vulgar condena a la vida y se vuelve un parásito de la vida, un cristiano, un décadent.

“Combate la Iglesia la pasión apelando a la extirpación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sensualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la práctica de la Iglesia es anti vital…”

 

    “Al decir “Dios ve el corazón”, la moral dice no a los apetitos más bajos y más altos de la vida y considera a Dios enemigo de la vida… El santo en el que Dios tiene su complacencia es el castrado ideal… La vida acaba donde comienza el “reino de Dios”

 

La condena del cristianismo a la sexualidad y sensualidad del cuerpo ha sido el mal mayor que se le ha infringido a la humanidad. Frente a ese hecho, Nietzsche no solo alza sus palabras de denuncia y reprobación, sino que también, forja el intento de encontrar, de ofrecerse a sí mismo y a los que quieran seguirlo, una alternativa, un punto de vista distinto, renovado, libre de aquella prisión moral. Sus propuestas han sido: asumir la muerte de Dios, eleterno retorno y vivir por y para la venida del superhombre. Un hombre superior que pueda trascenderse a sí mismo y que sea dueño de su destino y de su futuro.

 

    “¿Cuál puede ser nuestra única doctrina? – Que al ser humano nadie le da sus propiedades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él mismo – […] Se es necesario, se es un fragmento de fatalidad, se forma parte del todo, se es en el todo, -no hay, nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, parar, condenar el todo… ¡Pero no hay nada fuera del todo! – Que no se haga ya responsable a nadie, que no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que el mundo no sea una unidad ni como sensorium ni como «espíritu», sólo esto es la gran liberación – sólo con esto queda restablecida otra vez la inocencia del devenir… El concepto «Dios» ha sido hasta ahora la gran objeción contra la existencia”… Nosotros negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: sólo así redimimos al mundo.”

 

El eterno devenir lo vuelve todo perecedero, por tanto nada tiene valor eterno, ni el bien ni el mal, ni el alma ni Dios. Pero Nietzsche se crea una doctrina que predica que todo volverá a suceder y eso le devuelve la responsabilidad al hombre nuevamente, pues lo que él desee y haga, será lo que se repetirá en el ciclo sin fin del eterno retorno de lo mismo. El momento se vuelve sagrado, el aquí y el ahora es lo que tiene valor. La moral cristiana, lo que hace es domar al hombre libre, castrarlo de sus instintos y domesticarlo, volverlo débil, dependiente, y para eso se dio a la tarea, en el Medioevo, de cazarlo.

 

    “En la temprana Edad Media, en tiempos en que la Iglesia era en efecto primordialmente una especie de zoológico amaestrado, se cazaban los ejemplares más hermosos de la “bestia rubia”; se “mejoraba”, por ejemplo, a los germanos de noble linaje. Pero tal germano “mejorado” atraído al convento, quedaba reducido a una caricatura de hombre, un ser trunco, convertido en un “pecador”, estaba metido en una jaula, recluido entre conceptos terribles…Helo aquí, postrado, enfermo, enclenque, fastidiado consigo mismo, lleno de odio a todo lo que seduce, de la vida y de recelo hacia todo lo que era todavía fuerte y feliz. En una palabra, un “cristiano”… Fisiológicamente hablando, en la lucha con la bestia, enfermarla puede ser el único medio de debilitarla. Bien entendía el problema la Iglesia: echando a perder al hombre, lo debilitaba, pretendiendo “mejorarlo”

 

También en América se dio caza al hombre salvaje. ¿Sino qué otra cosa fue la evangelización de los pueblos indígenas? Acaso no fue realmente una cacería, literalmente hablando.

 

Más nos interesa por ahora, destacar el concepto de embriaguez en Nietzsche,

 

La embriaguez está censurada como pecado en nuestra época. Es prohibida socialmente y reprochada como irresponsabilidad. Pero en las sociedades tradicionales de la antigüedad, la embriaguez siempre estuvo relacionada con el sentimiento religioso, como contacto con lo divino y con el arte, como manera de alabanza a los dioses o a los espíritus de los antepasados. En el caso de nuestra América antigua, también existía ese estado embriagador de los sentidos. Tanto el ingreso a la edad adulta, como los estados de trance de los chamanes o sacerdotes, estaba intrínsicamente asociado a un estado de embriaguez. De hecho, era un estado normal dentro de las relaciones sociales de aquellas sociedades. Volveremos a este asunto nuevamente en la última parte del presente trabajo.

 

    “Para la psicología del artista: Para que haya arte, para que haya algún hacer y contemplar estéticos, resulta indispensable una condición fisiológica previa: la embriaguez. La embriaguez tiene que haber intensificado primero la excitabilidad de la máquina entera: antes de esto no se da arte ninguno. Todas las especies de embriaguez, por muy distintos que sean sus condicionamientos, tienen la fuerza de lograr esto, sobre todo la embriaguez de la excitación sexual, que es la forma más antigua y originaria de embriaguez. Asimismo la embriaguez de que van seguidos todos los apetitos grandes, todos los afectos fuertes; la embriaguez de la fiesta, de la rivalidad, de limpieza de virtuosismo, de la victoria, de todo movimiento extremado; la embriaguez de la crueldad; la embriaguez en la destrucción; la embriaguez debida a ciertos influjos meteorológicos, por ejemplo la embriaguez primaveral; o la debida a los influjos de los narcóticos; por fin, la embriaguez de la voluntad, la embriaguez de una voluntad sobrecargada y henchida. Lo esencial de la embriaguez es el sentimiento de plenitud y de intensificación de las fuerzas.”

 

La propuesta de Nietzsche, sobre los nuevos valores, ha apuntado hasta ahora, más que nada, a desenmascarar las verdades detrás de las virtudes cristianas tradicionales. Por ejemplo, la compasión, la abstinencia sexual, la crueldad, la embriaguez, etc. Ellas han sido consideradas, bajo la lupa de una moral castigadora, represiva, perversa. Aquellos instintos pertenecían a un tipo de hombre más libre, y ahora pertenecen a un hombre malvado, que se merece el castigo eterno. La alternativa es someterse y arrepentirse, doblegarse a la verdad divina, monopolizada por la Iglesia y sus representantes. Dichas verdades, en realidad, no apuntan a un mejoramiento de la humanidad, a una proyección al futuro del hombre, sino más bien, a su domesticación, a su debilitamiento, hacer de él un ser enfermo y decadente. Entre esos valores enmascarados, se encuentra el sentimiento frente a la muerte.

Para Occidente la muerte representa un mal al cual hay que hacer a un lado, suprimirlo, huir de él. Y en última instancia, esperar pasivamente aquel momento fatal, con la fe en que habrá una recompensa por los sufrimientos de este mundo, en otro mundo, ultra terrenal y eterno. Es importante asimilar bien el concepto de muerte que rescata Nietzsche, pues es una especie de reconciliación con la vida, con el ciclo eterno de la vida, visto bajo el prisma del eterno retorno.

El griego antiguo mantiene una suerte de coqueteo con la muerte, mediante su arte trágico. La ciencia moderna, en cambio, propugna un miedo a la muerte y un afán de evitarla a toda costa, sin saber muy claramente por qué. Nietzsche propone una moral nueva, con el fenómeno de la muerte como estímulo para la vida. Su visión de la muerte, es comparable a una posición favorable a la eutanasia.

 

    “Moral para médicos: El enfermo es un parásito de la sociedad. Hallándose en cierto estado es indecoroso seguir viviendo. El continuar vegetando, en una cobarde dependencia de los médicos y de los medicamentos, después de que el sentido de la vida, el derecho a la vida se ha perdido, es algo que debería acarrear un profundo desprecio en la sociedad. Los médicos, por su parte, habrían de ser los intermediarios de ese desprecio, no recetas, sino cada día una nueva dosis de náusea frente a su paciente… Crear una responsabilidad nueva, la del médico, para todos aquellos casos en que el interés supremo de la vida, de la vida ascendente, exige el aplastamiento y la eliminación sin consideraciones de la vida degenerante, por ejemplo, en lo que se refiere al derecho a la procreación, al derecho a nacer, al derecho a vivir… Morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo.

La muerte, elegida libremente, la muerte realizada a tiempo, con lucidez y alegría, entre hijos y testigos: de modo que aún resulte posible una despedida real, a la que asista todavía aquel que se despide, así como una tasación real de lo conseguido y querido, una suma de la vida, todo ello en antítesis a la lamentable y horrible comedia que el cristianismo ha hecho de la hora de la muerte. ¡No se le debe olvidar jamás al cristianismo que ha abusado de la debilidad del moribundo para estuprar su conciencia y de la manera misma de morir para dictar juicios de valor sobre el hombre y su pasado!” 

 

¿Por qué Occidente siempre ha manifestado un temor a la muerte, un miedo a lo desconocido, siendo que la muerte, es lo más cercano que tenemos en el día a día, a través de noticias, periódicos, televisión? La ciencia ha avanzado, en medicina, en la medida que ha prolongado la vida del hombre. El descubrimiento del genoma humano, por ejemplo, apunta directamente a ese objetivo, ¿cómo duplicar el ciclo vital del ser humano? ¿Cómo acabar con las enfermedades? Lo paradójico en todo esto, es la falta de un sentido universal, por el cual querer prolongar la vida. ¿Para qué y por qué se quiere vivir más? ¿Para tener más experiencia de la vida, más conocimiento, o para acumular más bienes materiales? Huimos de la muerte, a pesar de que en Occidente, se tiene una fe en que la vida continúa después de la muerte. ¿Por qué, entonces, tanto miedo a la muerte?

 

Heidegger cataloga a la muerte como el dispositivo que provoca la angustia y con ella un encontrarme a mí mismo y de ahí, la posibilidad de asumir mi ser auténticamente, frente a una vida superficial y desdoblada de su ser.

 

    “El morir es algo que cada “ser- ahí” tiene que tomar en su caso sobre sí mismo. La muerte es, en la medida en que “es”, esencialmente en cada caso la mía.” Note46.

 

En Heidegger, el hombre es ontológicamente ser para la muerte. ¿Qué quiere decir esto? Qué el hombre reconoce a la muerte como un fenómeno inminente en la vida de cada uno. Pero lo soslaya como algo improbable de ocurrir, por lo menos por ahora.

 

    “La publicidad del cotidiano “uno contra otro” “sabe” de la muerte como de algo que hace frente constantemente, como “caso de defunción”. Éste o aquél próximo o lejano “muere”. Día a día y hora a hora “mueren” desconocidos. La “muerte” hace frente como sabido accidente que tiene lugar dentro del mundo. En cuanto tal, permanece en el “no sorprender” característico de lo que hace frente cotidianamente. {…]

 

    El habla expresa o más bien por lo regular elusiva, “fugaz”, dirá de él: al fin y al cabo también uno morirá, pero por lo pronto no le toca a uno.” 

 

El “ser- ahí” heideggeriano es el hombre moderno, que vive en la cotidianidad del término medio. Ese hombre vive de manera in- auténtica, es decir, sin asumir su ser propiamente, incluida su muerte. Vive huyendo de la muerte y esquivando el peligro, refugiándose en su interior, como en el mejor escondite, ignorando a todos los demás. Heidegger designa ese fenómeno como el “uno”, la dictadura del seNote47. En sociedad, uno hace lo que todos hacen, uno se viste como se visten los demás, uno habla lo que se habla. Es el mundo dominado por las modas y por la alienación de los sujetos. Heidegger lo llama el mundo de la publicidad. Claro que esos “otros” en nombre de los cuales vivimos y nos comportamos, no es nadie determinado, no es él o aquel, o todos o algunos; los otros son nadie, y nosotros mismos formamos parte de esos otros y consolidamos su poder. Ese hombre de la cotidianidad media de Heidegger, es el último hombre de Nietzsche.

 

    “El “ser uno para otro”, “uno contra otro”, “uno sin otro”, el “pasar de largo uno junto al otro”, el “no importarle nada el uno al otro”, son modos posibles del “procurar por”. Y justo los modos últimamente nombrados, de la deficiencia y de la indiferencia, caracterizan el “ser uno con otro” cotidiano y del término medio”.

 

    “Ahora bien, en esta distanciación inherente al “ser con”, entra esto: en cuanto cotidiano “ser uno con otro” está el “ser-ahí” bajo el señorío de los otros. No es él mismo, los otros le han arrebatado el ser. […] Más estos otros no son otros determinados. Por lo contrario, puede representarlos cualquier otro. […] Uno mismo pertenece a los otros y consolida su poder. […] El “quien” no es este ni aquel; no uno mismo, ni algunos, ni la suma de otros. El “quien” es cualquiera, es “uno”. […] Así encubre el uno lo peculiar de la certidumbre de la muerte, el ser posible a cada instante”.

 

 

 

 

 

 

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