LOS VALORES SUPREMOS COMO CATEGORÍAS

VOLUNTAD DE PODER

 

 

 

 

 

De pronto Nietzsche llama a los valores supremos «categorías», sin aclarar con mayor precisión esta denominación y fundamentar así por qué los valores supremos pueden aprehenderse también como «categorías» , por qué las «categorías» pueden comprenderse como valores supremos.


 ¿Qué quiere decir «categoría»? La palabra, procedente del griego, es aún usual para nosotros en alemán como extranjerismo. Decimos, por ejemplo, que alguien pertenece a la categoría de los descontentos. Hablamos de una «determinada categoría de hombres», entendiendo aquí «categoría» con el significado de «clase» [Klasse] o «variedad» [Sorte], expresiones que son también extranjerismos, sólo que no provienen del griego sino del romano y las lenguas romances. En cuanto a su contenido, los nombres «categoría», «clase», «variedad», se emplean para designar una región, un esquema, un casillero en el que se guarda algo y de ese modo se lo ordena.

Este uso de la palabra «categoría» no corresponde ni al concepto originario ni al significado, conectado con aquél, que ha conservado la palabra en cuanto palabra filosófica fundamental. No obstante, el uso que nos es corriente es derivado del filosófico. KathgorÛa, kathgoreÝn, se formaron a partir de kat‹ y  Žgoreæein. ƒagor‹ significa la reunión pública de seres humanos a diferencia de la reunión cerrada de un consejo, significa la publicidad de las deliberaciones, del procedimiento judicial, del mercado y de los movimientos; Žgoreæein quiere decir: hablar públicamente, anunciar, revelar algo en público. kat‹ quiere decir: de arriba hacia abajo, alude a la mirada que se dirige a algo; kathgoreÝn significa, por lo tanto: con la mirada dirigida explícitamente a algo, hacerlo público, revelarlo como lo que es. Tal revelación acontece por medio de la palabra, en la medida en que ella interpela una cosa -un ente en general- en dirección de lo que ella es y la nombra como lo que es de tal y cual manera.

Este modo de interpelar y poner en evidencia, de hacer público en la palabra, aparece de manera señalada cuando en un juicio público se acusa a alguien de ser culpable de tal o cual cosa. El poner en evidencia que interpela tiene su modo más visible y por ello más habitual en la acusación pública. Por eso kathgoreÝn significa especialmente un interpelar que pone en evidencia en el sentido de «acusar». También resuena, sin embargo, el sentido fundamental de un interpelar que revela. Con ese significado puede usarse el sustantivo kathgorÛa.
La kathgorÛa es, entonces, el interpelar de una cosa en dirección de lo que es, de manera tal que, por medio de este interpelar de cierto modo la cosa misma, en lo que ella misma es, llega a la palabra, se pone de manifiesto y entra en el ámbito abierto de lo público. Una kathgorÛa de este tipo lo son las palabras «mesa», «caja» o «casa», la palabra «árbol» y otras similares, aunque también rojo, pesado, delgado, o valiente, o sea toda palabra que interpela algo que es en lo que le es propio y manifiesta así qué aspecto tiene el ente y cómo es.
El aspecto, aquello en lo que un ente se muestra como lo que es, se dice en griego tò eädow o ² Þd¡a. La categoría es la interpelación de un ente respecto de lo que es en cada caso propio de su aspecto, o sea, tomado en un sentido muy amplio, el nombre propio. Con este significado es empleada la palabra kathgorÛa por Aristóteles (Phys. B 1, 192 b 17). No funciona allí de ningún modo como una expresión reservada al lenguaje filosófico («término técnico»).

Una kathgorÛa es una palabra por medio de la cual se le «imputa» a una cosa lo que es. Este significado prefilosófico está muy alejado del que ha quedado en alemán en el vago y superficial extranjerismo «Kategorie» .El mencionado uso lingüístico de Aristóteles se corresponde en cambio totalmente con el espíritu de la lengua griega, que es, por cierto, implícitamente filosófico-metafísico y que distingue por lo tanto al griego, junto al sánscrito y al alemán no corrompido, frente a todas las demás lenguas.

Ahora bien, la filosofía, en cuanto metafísica, trata de las «categorías» en un sentido destacado. Se habla así de una «doctrina de las categorías» y de una «tabla de las categorías»; Kant, por ejemplo, en su obra capital, la Crítica de la razón pura, enseña que la tabla de las categorías puede extraerse y deducirse de la tabla de los juicios. ¿Qué quiere decir aquí, en el lenguaje de la filosofía, «categoría»? ¿Cómo se relaciona el título filosófico «categoría» con la palabra prefilosófica kathgorÛa?

Aristóteles, que también emplea la palabra kathgorÛa en el significado usual de interpelar una cosa respecto de su aspecto, eleva el nombre prefilosófico kathgorÛa por primera vez y de un modo determinante para los dos milenios siguientes al rango de un nombre filosófico que nombra aquello que la filosofía de acuerdo con su esencia, tiene que considerar en su pensar. Esta elevación de rango de la palabra kathgorÛa se lleva a cabo en un sentido auténticamente filosófico. En efecto, no se le atribuye a esta palabra un significado remoto cualquiera, fraguado de una manera presuntamente arbitraria y, como suele decirse, «abstracto». El espíritu lingüístico y de contenido de la palabra misma se convierte en indicación de un posible significado, en ocasiones necesariamente diferente y al mismo tiempo más esencial.
Cuando interpelamos «este algo aquí» (esta «puerta») como puerta, en tal interpelación como puerta se halla ya otra interpelación. ¿Cuál? Ya la hemos nombrado al decir que «este algo aquí» es interpelado como puerta. Para que podamos interpelar lo así llamado como «puerta» y no como ventana, lo mentado tiene que haberse mostrado ya como «este algo aquí», como esto que se hace presente desde sí de tal y cual manera. Previamente a y en la medida en que interpelamos lo mentado como «puerta», ya se ha reivindicado tácitamente que es un «este algo aquí», que es una cosa.
No podríamos interpelar como puerta a lo así llamado si previamente no dejáramos que nos salga al encuentro como algo así como una cosa que está consistentemente por sí. La interpelación (kathgorÛa) de que es una cosa se halla a la base de la interpelación «puerta»; «cosa» es una categoría más básica y originaria que puerta; es una «categoría», una interpelación que dice con qué carácter de ser se muestra el ente nombrado: que es un ente por sí; como dice Aristóteles: un algo que es desde sí mismo por sí, tñde ti.

Un segundo ejemplo. Constatamos que esta puerta es marrón (y no blanca). Para poder interpelar la cosa nombrada como marrón, tenemos que observarla respecto de su color. Pero, a su vez, la coloración de la cosa sólo nos llega a la visión como ésta y no otra si la cosa nos sale previamente al encuentro en cuanto conformada de tal o cual manera. Si la cosa no fuera interpelada ya y al mismo tiempo respecto de su conformación, no podríamos nunca interpelarla como «marrón», es decir como coloreada de marrón, como conformada (cualificada) de tal y cual manera.

A la base de la interpelación (kathgorÛa) prefilosófica como «marrón» se encuentra, como el fundamento que la sustenta, la interpelación como «conformada de tal y cual manera», la categoría de cualidad, poiñthw, poiñn, qualitas. En relación con la categoría de «cualidad», la nombrada en primer lugar resulta distinguida como categoría por nombrar lo que tiene que estar a la base de toda cualidad, lo subyacente, êpokeÛmenon, subiectum, substantia. «Substancia», cualidad y, a continuación, cantidad, relación, son «categorías»: modos distinguidos de interpelar el ente, aquellos que lo interpelan respecto de lo que es en cuanto ente, independientemente de que sea una puerta o una ventana, una mesa o una casa, un perro o un gato, de que sea marrón o blanco, dulce o ácido, grande o pequeño.

La metafísica puede determinarse como la verdad sobre el ente en cuanto tal en su totalidad que se articula en la palabra del pensar. Esta palabra enuncia las interpelaciones del ente en cuanto tal en lo que hace a su constitución, o sea, las categorías. Por consiguiente, las categorías son las palabras metafísicas fundamentales y por ello los nombres de los conceptos filosóficos fundamentales. La circunstancia de que en nuestro pensar corriente y en el comportamiento cotidiano respecto del ente estas categorías, en cuanto interpelaciones, sean dichas de modo tácito, y de que incluso la mayoría de los seres humanos no llegue durante toda su «vida» a experimentarlas, reconocerlas y mucho menos a comprenderlas como tales interpelaciones tácitas, esto, lo mismo que otras cosas similares, no constituye razón alguna para opinar que estas categorías sean algo indiferente, fraguado por una filosofía presuntamente «alejada de la vida».
Que el entendimiento cotidiano y la opinión común no sepan nada ni tampoco necesiten saber nada acerca de estas categorías sólo atestigua lo ineludiblemente esencial que es lo que aquí está en discusión, dando por sentado que la cercanía a la esencia es sólo el privilegio, aunque también la fatalidad, de unos pocos. Que haya, por ejemplo, algo así como un motor Diesel tiene su fundamento decisivo, el fundamento que todo lo sustenta, en el hecho de que en alguna ocasión los filósofos hayan pensado expresa y profundamente las categorías de la «naturaleza» explotable por la técnica maquinista.

Que el «hombre de la calle» piense que hay un «motor Diesel» porque Diesel lo inventó, es lo normal. No todo el mundo necesita saber que todo ese sistema de invenciones no habría podido dar ni un solo paso si la filosofía, en el instante histórico en que penetró en el ámbito de su in-esencia, no hubiera pensado las categorías de esa naturaleza y no hubiera abierto así previamente el ámbito para la búsqueda y la experimentación de los inventores. Claro que quien sabe acerca de esta auténtica proveniencia de la máquina moderna, no está por ello en condiciones de construir mejores motores; pero quizás esté en condiciones, y quizás sea el único que lo esté, de preguntar qué es esta técnica maquinista dentro de la historia de la relación del hombre con el ser.

Por el contrario, la pregunta por lo que ella signifique para el progreso y la cultura del hombre no tiene ningún peso y debería estar de todos modos superada, pues la técnica significa exactamente lo mismo que significa la «cultura» que le es contemporánea.

Las categorías son interpelaciones del ente respecto a lo que el ente en cuanto tal es de acuerdo con su constitución. Las categorías, por lo tanto, se reconocen expresamente como tales interpelaciones en la meditación sobre aquello que, en el corriente interpelar y hablar sobre el ente, está siempre ya implícitamente dicho e interpelado.

La forma básica del interpelar cotidiano del ente es el enunciado, en términos aristotélicos, el lñgow Žpofantikñw, el decir que está en condiciones de dejar que el ente se muestre desde sí mismo. Siguiendo el hilo conductor de este lñgow, Aristóteles enunció por vez primera las «categorías», las interpelaciones no formuladas en el enunciar pero que sustentan todo enunciar. Lo que le importaba no era un «sistema» de las categorías. Siguiendo el antecedente de Platón, se encontró ante la muy distinguida tarea de mostrar ante todo que tales categorías pertenecen al ámbito de lo que la filosofía primaria y propiamente (en cuanto prÅth filosofÛa) tiene que pensar. El enunciado, enuntiatio, es comprendido luego como juicio. En los diferentes modos del juicio se hallan ocultas las diferentes interpelaciones, las diferentes categorías. Por ello Kant, en su Crítica de la razón pura, enseña que la tabla de las categorías tiene que obtenerse siguiendo el hilo conductor de la tabla de los juicios. Lo que enuncia aquí Kant es -aunque ciertamente en una forma que entretanto se ha modificado- lo mismo que llevó a cabo por primera vez Aristóteles más de dos mil años antes.

Cuando Nietzsche, en la sección B del fragmento n. 12, denomina a los valores supremos, sin más fundamentación, «categorías de la razón», esta caracterización es nuevamente lo mismo que enseñaba Kant y que había pensado previamente Aristóteles. La expresión categorías de «la razón» quiere decir: la razón, el pensar racional, el juzgar del entendimiento, el lñgow Žpofantikñw, la «lógica», son aquello con lo que las categorías están en una relación eminente y que contribuye a determinar su esencia. El tipo de esta relación entre las categorías y la razón, el pensar judicativo, es concebido, sin embargo, de manera diferente por Aristóteles, Kant y Nietzsche, en concordancia con el modo en que determinan en cada caso la esencia de la «razón» y del lñgow, es decir, la esencia del hombre, con el modo en que, en conexión con lo anterior, experimentan e interpretan el ente en cuanto tal que muestra su articulación en las categorías.

A través de estas diferencias se mantiene sin embargo lo esencial y lo que sustenta, que las determinaciones del ente en cuanto tal son alcanzadas y fundamentadas en vista del lñgow, del pensar enunciativo. Las categorías, en cuanto determinaciones del ente en cuanto tal, dicen qué es el ente en cuanto ente. Dicen lo «más universal» que puede decirse del ente: la entidad o el ser. El ser del ente es captado y comprendido siguiendo el hilo conductor del enunciado, del juicio, del «pensar». Este modo de determinación de la verdad acerca del ente en su totalidad, es decir, al mismo tiempo, la metafísica, piensa el ente según las categorías.

Como caracterización de la esencia de toda metafísica podemos, pues, acuñar el título: ser y pensar o, más claramente: entidad y pensar, formulación en la que se expresa que el ser es comprendido siguiendo el hilo conductor del pensar, partiendo del ente y en dirección a él como lo «más universal» suyo, y donde por pensar se entiende el decir enunciativo. Este pensar del ente en el sentido del fései y t¡xnh ön, de lo que presencia surgiendo desde sí y de lo que presencia habiendo sido producido, queda como hilo conductor para el pensar filosófico del ser como entidad.

El título ser y pensar es también válido para la metafísica irracional, a la que se llama así porque lleva el racionalismo a su extremo, siendo la que menos se libera de él, del mismo modo en que todo ateísmo tiene que ocuparse de Dios más que el teísmo.

Puesto que lo que Nietzsche llama «valores cosmológicos» son las determinaciones supremas del ente en su totalidad, por ello puede hablar también de «categorías». El hecho de que Nietzsche llame a estos valores supremos «categorías» sin más explicación ni fundamentación y que comprenda a las categorías como categorías de la razón muestra cuán decididamente piensa dentro del cauce de la metafísica.

Si Nietzsche, por el hecho de comprender a estas categorías como valor, se sale del cauce de la metafísica y se designa entonces con justicia como «antimetafísico», o si sólo lleva la metafísica a su final definitivo y se convierte por ello él mismo en el último metafísico, éstas son cuestiones respecto de las cuales sólo nos encontramos en camino, pero cuya respuesta está ligada de la manera más íntima con la aclaración del concepto nietzscheano de nihilismo.

Lo segundo que será ante todo necesario para dilucidar la proposición final de la sección A es señalar el modo en que Nietzsche nombra aquí, a modo de resumen, las tres categorías de acuerdo con las cuales ha sido interpretado el ente en su totalidad. En lugar de «sentido» dice ahora «fin», en lugar de «totalidad» y «sistematización» dice «unidad», y, lo que es lo más decisivo, en lugar de «verdad» y «mundo verdadero» dice aquí directamente «ser». Todo esto, nuevamente, sin ningún tipo de explicación.

En realidad, no debemos asombrarnos por la falta de explicación de los conceptos y nombres que aquí se utilizan. Lo que tenemos ante nosotros en este fragmento, en forma de una nota, no es una sección de un libro destinado al «público», ni menos aún una sección de un tratado, sino el monólogo de un pensador. En él no habla con su «yo» ni con su «persona», habla con el ser del ente en su totalidad y desde el ámbito de lo ya previamente dicho en la historia de la metafísica.

Nosotros, en cambio, los lectores que llegamos después, tenemos que penetrar previamente en el ámbito de la metafísica para poder sopesar correctamente el peso de las palabras, de cada modificación de las mismas y de su formulación conceptual, y poder leer el sencillo texto de modo pensante. Limitémonos ahora a no perder de vista que Nietzsche concibe la «verdad» como categoría de la razón y equipara a la «verdad» con «ser». Si, por otra parte, el «ser» es la primera y última palabra sobre el ente en su totalidad, la equiparación que hace Nietzsche entre «ser» y «verdad» tiene que anunciar algo esencial para la aclaración de su posición metafísica fundamental, en la cual tiene su raíz la experiencia del nihilismo.

 

 

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