NIHILISMO RELIGIOSO

 NIHILISMO RELIGIOSO

 

 

 

 

 

 

 

«Nihilismo religioso»: una expresión que, sin perjuicio de su complejidad interna, parece tener un sentido bastante preciso, a saber, la determinación religiosa del nihilismo —por oposición a otras determinaciones suyas, a las cuales nos referiremos con frecuencia («nihilismo teológico», «nihilismo teatral»…)

 

«Nihilismo religioso» pide, en el contexto de estas determinaciones, la interpretación del nihilismo en el ámbito de la religión, en cuanto esta determinación sea contradistinta, por ejemplo, a la del nihilismo teológico, siempre que presupongamos que una cosa es la Teología —o, en general, todo aquello que dice referencia a Dios—, y otra cosa es la Hierología —^para utilizar el nombre consabido de Goblet de Alviella— o, sencillamente, todo aquello que dice referencia a la religión.

Ahora bien: las dificultades comienzan en el mismo momento de haber establecido estas distinciones (nihilismo teológico, nihilismo religioso, nihilismo teatral, etc.), que, en todo caso, estimamos como necesarias, no gratuitas (o derivadas de una mera conveniencia de la «división del trabajo»), puesto que efectivamente las denotaciones están en cada caso suficientemente separadas, por el vocabulario e incluso por las gentes que se ocupan de ellas. Es muy probable que el público que asista a una sesión en laM que se trate el «nihilismo teatral» no sea exactamente el mismo —y sin que la diferencia pueda atribuirse exclusivamente a motivos extrínsecos al tema, incluido el conferenciante— que el público que asista a la sesión en la que se trate del nihilismo teológico.

 

No queremos pues ignorar, o fingir ignorancia, ante estas diferencias.

 

La cuestión se suscita precisamente en el momento de constatarlas.¿En qué plano se establecen? ¿En el plano de las apariencias, de los fenómenos, o en un plano esencial? De otro modo:, ¿acaso es posible separar esencialmente el nihilismo teológico del nihilismo religioso o del nihilismo moral o axiológico?; ¿acaso estas diversas determinaciones del nihilismo no se mantienen en un lugar que esté más allá de estas apariencias?

 

Es la misma pregunta la que nos guarda de la tentación de acogernos a la idea pura de «nihilismo», del nihilismo a secas, como única garantía para alcanzar la perspectiva más universal; puesto que podría ocurrir que el núcleo originario del nihilismo fuera (cuanto a la cosa, no ya cuanto a la palabra, el sintagma compuesto), pongamos por caso, el nihilismo teológico, o el nihilismo teatral o acaso el nihilismo musical, de suerte que todas las demás determinaciones del nihilismo pudieranser presentadas como derivaciones o consecuencias del nihilismo «nuclear».

 

Cabría ensayar hipótesis de esta índole: si la persona  tiene un origen teatral —el prosopón— y el nihilismo es, ante todo, por su origen moral, una devaluación de la persona humana (por  ejemplo, discutiendo su pretensión de ser centro del universo), ¿acaso no habría que ver en la crisis de la teatralidad el origen de todo nihismo?

 

O bien: si la música es la expresión más depurada del orden y la armonía del universo («La música es una revelación más alta que la filosofía», leemos en el «Testamento de Heiligenstadt »), ¿no habrá que considerar al nihilismo musical como fuente de todo nihilismo ulterior? «Creo en Dios, en Mozart y en Beethoven », decía un músico amigo de Wagner.

 

¿Podría seguir creyendo en Dios cuando Mozart y Beethoven hayan sido devaluados, cuando la relación tónica-dominante-tónica haya desaparecido de la armonía? (Ansermet: «La pérdida de este fundamento [la relación fundamental tónica-dominante-tónica] equivale, para la conciencia musical, a la muerte de Dios».) ¿No será esta devaluación al menos el indicio de la corrupción de la ciudad? El desorden —dice Platón en el libro tercero de Las leyes— comienza por la música: «Llegaron inconscientemente por su misma insensatez a calumniar a la música, diciendo que en ésta no cabía rectitud de ninguna clase y que el mejor juicio estaba en el placer del que se gozaba con ella, fuera él mejor o peor». (Las leyes, Lib. IH, 700e).

 

Se llega a pensar que la música no tiene belleza intrínseca y que la única regla para juzgar de ella es el placer que causa a todo hombre, sea o no un «hombre de bien» y se extiende después a todo lo demás.

 

Lo que sí parece cierto es que el propio término «nihilismo», no fue acuñado ligado inmediatamente a alguna de las determinaciones de las que venimos hablando, aunque sí a otras no menos precisas. F. H. Jacobi que, hasta nuevos descubrimientos (¿acaso D. Genis, en 1796?) es considerado habitualmente como el primero que utilizó la palabra «nihilismo», en carta a Teófilo Fichte de 1799, lo entendió como una calificación adecuada para el idealismo, especialmente para el idealismo subjetivo que reduce a nada la realidad de los seres distintos del Yo, como si fuesen una quimera; pero lo cierto es que entre estos seres distintos del yo está también, sobre todo. Dios. Por lo cual, la acusación de «quimerismo» (que Fichte atribuía a los realistas o materialistas) viene a estar inspirada por el nihiUsmo teológico, el mismo que se insinuaba ya en el idealismo trascendental kantiano, el que estalló en la «disputa delateísmo» que afectó de lleno, como es sabido, al propio Fichte.

 

Y en esta misma línea tampoco deja de ser significativo que el concepto de nihilismo, acuñado por críticos alemanes del idealismo kantiano, haya sido reinventado más tarde en Inglaterra, precisamente como instrumento para conceptualizar el más profundo significado de la doctrina empirista de aquel que «despertó a Kant de su sueño dogmático», David Hume: William Hamilton entendió el nihilismo precisamente como la concepción que niega la sustancia, la sustancialidad de lo real, y por ello, dice Hamilton en sus Lectures on Methaphysics, Hume fue un nihilista.

No estaba muy lejano de estos puntos de vista Augusto Comte cuando consideraba la Filosofía alemana clásica, si no como nihilista, sí como Filosofía negativa, por su carácter destructor y metafísico. Pero sobre este punto diremos unas palabras al final de la cuestión.

 

 

En resolución, no queremos olvidar la plausibilidad de una doctrina que defienda el carácter global del concepto de nihilismo, y según la cual, las diversas determinaciones de esta idea resultarían ser artificiosas o superficiales. Una concepción del nihilismo que podríamos considerar como la contrafigura del monismo panteísta más radical (acaso, el monismo eleático) y según la cual, todas las cosas (T(O Jtávta) son simples nombres (óvo|i’ Eotai oooa) que los mortales pusieron y que son los hombres quienes establecieron la decisión de nombrar dos formas cuando sólo debieran nombrar una sola, atribuyéndoles signos separados (ormat’ edev to) No queremos olvidar, pues, la venerabilidad de la doctrina que defienda que el nihilismo teológico y el nihilismo reUgioso, por ejemplo, son sólo nombres puestos por los hombres para designar a la misma cosa.

 

Pero, en cualquier caso, decimos, esta doctrina habría que posponerla al final de nuestro curso, porque, en sus principios, o en sus medios, lo que es innegable es que, al menos en apariencia, constatamos, como determinaciones no idénticas, el nihilismo teológico (el ateísmo, en toda su extensión) y el nihilismo religioso (en la medida en que va referido, no ya a Dios, o a los dioses, sino a la religión, a la asebeia, entendida como devaluación de toda forma de religión, y en tanto esta devaluación pueda aparecer no enteramente vinculada al ateísmo).

 

Asimismo, podrá el monismo nihiUsta llegar a la conclusión de que el nihilismo religioso no esalgo esencialmente diferente del nihilismo moral, o estético, o incluso del nihilismo epistemológico, del agnosticismo o del escepticismo. (Malebranche, y en nuestro siglo nada menos que Gramsci —el discípulo de Croce—, defendió la tesis de que nuestra certeza en la realidad del mundo exterior procede de la fe religiosa, es un contenido religioso). Pero, sin perjuicio de sus «conclusiones», ¿acaso Parménides no contempló las diferencias entre el cielo y la tierra, entre el agua y el fuego, aunque sólo fuera en el ámbito de las apariencias a las que se refiere en la llamada «Segunda parte» de su Poema ontológico?

 

 En cualquier caso, lo que es evidente es que, metodológicamente al menos, no nos creemos autorizados a ocuparnos del nihilismo religioso como una determinación absoluta (independiente) de un nihilismo abstracto. Pues lo que importa es establecer las conexiones dialécticas de esta determinación con lasotras determinaciones del nihihsmo, en tanto sean significativas para la propia determinación del nihilismo religioso y, eventualmente, para el propio concepto de nihilismo, en su significado global.

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