NIHILISMO Y TRANSMUTACIÓN:EL PUNTO FOCAL

EL SUPERHOMBRE

 

 

 

 

 

 

 

La teoría del hombre superior abarca el libro IV de Zarathustra; y este libro IV es el esencial del Zarathustra publicado. Los personajes que componen el hombre superior son: el adivino, los dos reyes, el hombre de la sanguijuela, el mago, el último Papa, el hombre más abominable, el mendigo voluntario y la sombra. Y a través de esta diversidad de personas, se descubre inmediatamente lo que constituye la ambivalencia del hombre superior: el ser reactivo del hombre, pero también la actividad genérica del hombre.

El hombre superior es la imagen en la que el hombre reactivo se representa como «superior» y, mejor aún, se deifica. Al mismo tiempo el hombre superior es la imagen en la que aparece el producto de la cultura o de la actividad genérica.

 

El adivino es adivino del gran cansancio, representante del nihilismo pasivo, profeta del último hombre. Busca un mar que beber, un mar donde ahogarse; pero cualquier muerte le parece aún demasiado activa, estamos demasiado cansados para morir. Desea la muerte, pero como una extinción pasiva. El mago es la mala conciencia, «el monedero falso», «el expiador del espíritu», «el demonio de la melancolía» que fabrica su sufrimiento para excitar a la piedad, para extender el contagio. «Tú encubrirías hasta tu enfermedad si te mostraras desnudo ante tu médico»: el mago camufla el dolor, le inventa un nuevo sentido, traiciona a Dionysos, se apodera de la canción de Ariana, él, el falso trágico.

 

El hombre más horrible representa el nihilismo reactivo: el hombre reactivo ha vuelto su resentimiento contra Dios, se ha colocado en el lugar del Dios que ha matado, pero no deja de ser reactivo, lleno de mala conciencia y de resentimiento.

 

Los dos reyes son las costumbres, la moralidad de las costumbres, y los dos extremos de esta moralidad, las dos extremidades de la cultura. Representan la actividad genérica captada en el principio prehistórico de la determinación de las costumbres, pero también en el producto posthistórico donde las costumbres están suprimidas.

 

Se desesperan porque asisten al triunfo del «populacho»: ven incorporarse sobre las costumbres a unas fuerzas que desvían la actividad

genérica, que la deforman simultáneamente en su principio y en su producto V7 4. El hombre de la sanguijuela representa el producto de la cultura como ciencia. Es «el concienzudo del espíritu».

Deseó la certeza, y apoderarse de la ciencia, de la cultura: «Mejor no saber nada absolutamente que saber muchas cosas a medias»: Y en este esfuerzo hacia la certeza, se entera de que la ciencia no es ni siquiera un conocimiento objetivo de la sanguijuela y de sus causas primeras, sino sólo un conocimiento del «cerebro» de la sanguijuela, un conocimiento que ya no lo es porque tiene que identificarse a la sanguijuela, pensar como ella y someterse a ella. El conocimiento es la vida contra la vida, la vida que hace una incisión en la vida, pero únicamente la sanguijuela hace una incisión en la vida, sólo ella es conocimiento .

 

El último Papa hizo de su existencia un largo servicio.

 

Representa el producto de la cultura como religión. Sirvió a Dios hasta el fin, y dejó en ello un ojo. El ojo perdido es sin duda el ojo que vio a los dioses activos, afirmativos. El ojo restante siguió al dios judío y cristiano en toda su historia: vio la nada, todo el nihilismo negativo, y la sustitución de Dios por el hombre. Viejo lacayo que se desespera por haber perdido a su señor: «Estoy sin dueño y ni siquiera soy libre; por lo mismo nunca soy feliz salvo en mis recuerdos».

 

El mendigo voluntario ha recorrido toda la especie humana, desde los ricos hasta los pobres. Buscaba «el reino de los cielos», «la felicidad en la tierra» como la recompensa, pero también el producto de la actividad humana, genérica y cultural. Quería saber a quién le tocaba este reino, y qué representaba esta actividad. ¿La ciencia, la moralidad, la religión? O más cosas aún, ¿la pobreza, el trabajo? Pero el reinode los cielos no se encuentra ni entre los pobres ni entre los ricos: el populacho por todas partes, ¡«populacho arriba, populacho abajo»!

 

El mendigo voluntario encontró el reino de los cielos como la única recompensa y el verdadero producto de una actividad genérica: pero sólo en las vacas, únicamente en la actividad genérica de las vacas.

 

Porque las vacas saben rumiar, y rumiar es el producto de la cultura como cultura. La sombra es el propio viajero, la propia actividad genérica, la cultura y su movimiento. El sentido del viajero y de su sombra consiste en que únicamente la sombra viaja. La sombra viajera es la actividad genérica, pero en tanto que pierde su producto, en tanto que pierde su principio y los busca desesperadamente .

 Los dos reyes son losguardianes de la actividad genérica, el hombre de la sanguijuela es el producto de esta actividad como ciencia, el último Papa es el producto de esta actividad como religión, quiere saber cuál es el producto adecuado de esta actividad; la sombra es esta misma actividad en tanto que pierde su fin y busca su principio.

Hemos hecho como si el hombre superior se dividiera en dos clases. Pero en realidad es cada personaje del hombre superior el que posee los dos aspectos según una proporción variable; representante de las fuerzas reactivas y de su triunfo al mismo tiempo que representante de la actividad genérica y su producto. Debemos tener en cuenta este doble aspecto para comprender por qué Zarathustra trata al hombre superior de dos formas: a veces como el enemigo que no retrocede ante ninguna trampa, ninguna infamia, que desvía a Zarathustra de su camino; a veces como un invitado, casi un compañero que se lanza en una empresa muy similar a la del propio Zarathustra.

 El reino del nihilismo es poderoso. Se expresa en los valores superiores a la vida, pero también en los valores reactivos que ocupan su lugar, e incluso en el mundo sin valores del último hombre. Quien reina es siempre el elemento de la depreciación, lo negativo como voluntad de poder, Mla voluntad como voluntad de la nada. Incluso cuando las fuerzas reactivas se alzan contra el principio de su triunfo, incluso cuando desembocan en una nada de voluntad más que en una voluntad de la nada, siempre es el mismo elemento el que se manifiesta en el principio, y el que, ahora, se matiza y se disfraza en la consecuencia o en el efecto. Absolutamente nada de voluntad sigue siendo el último avatar de la voluntad de la nada.

 

Bajo el imperio de lo negativo, quien es depreciado es siempre el conjunto de la vida, y quien triunfa la vida reactiva en particular. La actividad no puede hacer nada, a pesar de su superioridad sobre las fuerzas reactivas; bajo el imperio de lo negativo no tiene otra salida que volverse contra sí misma; separada de lo que puede, se convierte ella misma en reactiva, sólo sirve de alimento al devenir-reactivo de las fuerzas.

 

Y, ciertamente, el devenir-reactivo de las fuerzas es también lo negativo como cualidad de la voluntad de poder. Sabemos en qué consiste lo que Nietzsche llama transmutación, transvaloración: no en un cambio de valores, sino en un cambio en el elemento del que deriva el valor de los valores. La apreciación en lugar de la depreciación, la afirmación como voluntad de poder, la voluntad como voluntad afirmativa.

 

Mientras se permanece en el elemento de lo negativo es fácil cambiar los valores o incluso suprimirlos, es fácil matar a Dios; se conservan el lugar y el atributo, se conserva lo sagrado y lo divino, incluso si se deja el lugar vacío y el predicado sin atribuir. [241] Pero cuando se cambia el

elemento, entonces, y solamente entonces, se puede decir que se han invertido todos los valores conocidos o cognoscibles hasta este momento. Ha sido vencido el nihilismo: la actividad recupera sus derechos, pero sólo en relación y en afinidad con la instancia más profunda de la que derivan.

Aparece en el universo el devenir-activo, pero idéntico a la afirmación como voluntad de poder.

 

La pregunta es: ¿cómo vencer al nihilismo? ¿cómo cambiar el propio elemento de los valores, cómo sustituir la negación por la afirmación?

 

Quizás estemos más cerca de la solución de lo que nos parece. Obsérvese que, para Nietzsche, todas las formas de nihilismo precedentemente analizadas, incluso la forma extrema o pasiva, constituyen un nihilismo inacabado, incompleto. ¿No es lo mismo que decir que la transmutación, que vence al nihilismo, es la única forma completa y acabada del nihilismo? En efecto, el nihilismo es vencido, pero vencido por sí mismo V9 1. Nos aproximaremos a una solución en la medida que entendemos por qué la transmutación constituye el nihilismo acabado.

 

Puede invocarse una primera razón: únicamente al cambiar el elemento de los valores se destruyen todos los que dependen del viejo elemento. La crítica de los valores conocidos hasta este momento sólo es una crítica radical y absoluta, excluyendo cualquier compromiso, si es llevada a cabo en nombre de una transmutación, a partir de una transmutación. La transmutación sería, pues, un nihilismo acabado, porque facilitaría a la crítica de los valores una forma acabada,« totalizadora». Pero semejante interpretación no nos dice aún por qué es nihilista la transmutación, no sólo por sus consecuencias, sino en sí misma y por sí misma.

 

 

Los valores que dependen de este viejo elemento de lo negativo, los valores que caen bajo la crítica radical, son todos los valores conocidos o cognoscibles hasta este momento. [242] «Hasta este momento» designa el momento de la transmutación. Pero, ¿qué significa: todos los valores cognoscibles? El nihilismo de la negación como cualidad de la voluntad de poder. Sin embargo esta  definición es insuficiente, si no se tiene en cuenta el papel y la función del nihilismo: la voluntad de poder aparece en el hombre y se hace conocer, en él, como una voluntad de la nada. Y, a decir verdad, poco sabríamos sobre la voluntad de poder si no captásemos su manifestación en el resentimiento, en la mala conciencia, en el ideal ascético, en el nihilismo que nos obligan a conocerla.

 

 

La voluntad de poder es espíritu, pero, ¿qué sabríamos del espíritu sin el espíritu de venganza que nos revela extraños poderes? La voluntad de poder es cuerpo, pero, ¿qué sabríamos del cuerpo sin la enfermedad que nos lo hace conocer? Del mismo modo, el nihilismo, la voluntad de la nada, no es sólo una voluntad de poder, una cualidad de voluntad de poder, sino la ratio cognoscendi de la voluntad de poder en general.

 

Todos los valores conocidos y cognoscibles son, por naturaleza, valores que derivan de esta razón. Si el nihilismo nos hace conocer la voluntad de poder, inversamente, ésta nos revela que llega a nuestro conocimiento bajo una sola forma, bajo la forma de lo negativo, que constituye sólo una cara, una cualidad. «Pensamos» la voluntad de poder bajo una forma distinta de aquélla por la que la conocemos (así el pensamiento del eterno retorno supera todas las leyes de nuestro conocimiento). Lejana supervivencia de los temas de Kant y de Schopenhauer: lo que conocemos de la voluntad de poder es también dolor y suplicio, pero la voluntad de poder sigue siendo la alegría desconocida, la felicidad desconocida, el dios desconocido.

 

 

Ariana canta en su lamento: «Me curvo y me retuerzo, atormentada por todos los mártires eternos, castigada por ti, el más cruel de los cazadores, tú, el dios-desconocido… ¡Habla al fin, tú que te ocultas tras los rayos! ¡Desconocido! ¡Habla! ¿Qué quieres…? ¡Oh, vuelve, mi dios desconocido! ¡Mi dolor! ¡Mi única felicidad!» . La otra cara de la voluntad de poder, la cara desconocida, la otra cualidad de la voluntad de poder, la cualidad desconocida: la afirmación. Y la afirmación, a su vez, no es sólo una voluntad de poder, una cualidad de la voluntad de poder, es ratio essendi de la voluntad de poder en general.

 

 

Es ratio essendi de cualquier voluntad de poder, por consiguiente razón que expulsa lo negativo de esta voluntad, del mismo modo que la negación era ratio cognoscendi de toda la voluntad de poder (por consiguiente razón que no dejaba de eliminar lo afirmativo del conocimiento de esta voluntad). De la afirmación derivan los nuevos valores: valores desconocidos hasta este momento, es decir hasta el momento en que el legislador ocupa el lugar del «sabio», la creación, a del propio conocimiento, la afirmación, la de todas las negaciones conocidas.

 

Observamos pues, que, entre el nihilismo y la transmutación existe una relación más profunda que la que indicábamos anteriormente. El nihilismo expresa la cualidad de lo negativo como ratio cognoscendi de la voluntad de poder; pero no termina sin transmutarse en la cualidad contraria, en la afirmación como ratio essendi de esta misma voluntad.

 

 

Transmutación dionisíaca del dolor en alegría, que Dionysos, en respuesta a Ariana, anuncia con el conveniente misterio:«¿No hay que odiarse primero, si debemos amarnos?» . Es decir: ¿no tienes que conocerme como negativo si debes experimentarme como afirmativo, esposarme como lo afirmativo, pensarme como la afirmación?.

 

 

Pero, ¿por qué la transmutación es el nihilismo acabado, si es verdad que se contenta con sustituir un elemento por otro? Es el momento de que intervenga una tercera razón, que corre el riesgo de pasar desapercibida, hasta tal punto las distinciones de Nietzsche se van haciendo sutiles y minuciosas. Volvamos a la historia del nihilismo y de sus estados sucesivos: negativo, reactivo, pasivo. Las fuerzas reactivas deben su triunfo a la voluntad de la nada; una vez adquirido el triunfo, rompen su alianza con esta voluntad, quieren hacer valer sus propios valores completamente solas.

 

He aquí el gran hecho incandescente: el hombre reactivo en lugar de Dios. Ya conocemos el desenlace: el último hombre, el que prefiere una nada de voluntad, apagarse pasivamente, antes que una voluntad de la nada. Pero este desenlace es un desenlace para el hombre reactivo, no para la voluntad de la nada. Ésta prosigue su empresa, esta vez en silencio, más allá del hombre reactivo. Al romper las fuerzas reactivas su alianza con la voluntad de la nada, la voluntad de la nada a su vez rompe su alianza con las fuerzas reactivas. Inspira al hombre un nuevo placer: destruirse, pero destruirse activamente. Sobre todo no hay que confundir lo que Nietzsche llama su autodestrucción, destrucción activa, con la extinción pasiva del último hombre. No hay que confundir en la terminología de Nietzsche «el último hombre» con «el hombre que quiere perecer».

 

 

Uno es el último producto del devenir-reactivo, el último modo en que se conserva el hombre reactivo, al estar cansado de querer. El otro es el producto de una selección, que sin duda pasa por los últimos hombres, pero que no se queda allí. Zarathustra canta al hombre de la destrucción activa: quiere ser superado, va más allá de lo humano, ya por el camino del superhombre, «franqueando el puente», padre y antepasado de lo sobrehumano. «Amo a quien vive para conocer y a quien quiere conocer, para que un día viva el superhombre. Por eso quiere su propio ocaso» . Zarathustra quiere decir: amo al que se sirve del nihilismo como de la ratio cognoscendi de la voluntad de poder, pero que halla en la voluntad de poder una ratio essendi en la que el hombre es superado, y por consiguiente el nihilismo vencido.

 

 

La destrucción activa significa: el punto, el momento de transmutación en la voluntad de la nada. La destrucción se hace activa en el momento en que, al ser rota la alianza entre las fuerzas reactivas y la voluntad de la nada, ésta se convierte y pasa al lado de la afirmación, se refiere a un poder de afirmar que destruye a las fuerzas reactivas.

 

La destrucción se hace activa en la medida en que lo negativo es transmutado, convertido en poder afirmativo: «eterna alegría del devenir», que se declara en un instante, «alegría de la aniquilación», «afirmación del aniquilamiento y de la destrucción». Este es el «punto decisivo» de la filosofía dionisíaca: el punto en el que la negación expresa una afirmación de la vida, destruye las fuerzas reactivas y restaura la actividad en todos sus derechos. Lo negativo se convierte en el trueno y el rayo de un poder de afirmar. Punto supremo, focal o trascendente, Medianoche, que en Nietzsche no se define por un equilibrio o una reconciliación de los contrarios, sino por una conversión.

 

Conversión de lo negativo en su contrario, conversión de la ratio cognoscendi en la ratio essendi de la voluntad de poder. Preguntábamos: ¿Por qué la transmutación es el nihilismo acabado? Es porque, en la transmutación, no se trata de una simple sustitución, sino de una conversión. Es al pasar por el último hombre, pero yendo más allá, que el nihilismo encuentra su fin: en el hombre que quiere perecer.

 

En el hombre que quiere perecer, que quiere ser superado, la negación ha roto todo lo que aún la retenía, se ha vencido a sí misma, se ha convertido en poder de afirmar, ahora ya poder de lo sobrehumano, poder que anuncia y prepara al superhombre. «Podríais transformaros en padres y antepasados del Superhombre: ¡que sea ésta vuestra mejor obra! » V9 8. La negación, al sacrificar todas las fuerzas reactivas, al convertirse en «despiadada destrucción de todo lo que presenta caracteres degenerados y parasitarios», al pasar al servicio de un excedente de la vida V9 9: sólo así puede encontrar su fin.

 

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