PROCESO DE DESTRUCCIÓN

MAINLANDER-234

 

 

 

 

 

 

De lo anterior se desprende una cosmovisión que concibe la historia universal como la oscura agonía de los fragmentos que correspondieron a un Dios y que apela, debido a ello, a la destrucción del mundo y del yo para acelerar el proceso de destrucción.

 

“La ley del debilitamiento de la fuerza es la ley universal. Para la humanidad esta se llama ley del dolor” (Mainländer). En consonancia con ello, solo una teleología del exterminio es capaz de aliviar aquel dolor cuyo proceso es un padecer irreversible, por lo que solo se debe colaborar con la desintegración total del mismo: ¿y cómo lograr esto? A través de la autodestrucción o autodesintegración. Para Mainländer el dolor no es un, sino solo parte de un engranaje que se debe terminar de desintegrar. Por eso Mainländer defiende su propia metafísica:

 

“El verdadero significado metafísico del mundo, el credo de todos los buenos y justos, es el desarrollo del mundo con la humanidad hasta el extremo. El mundo es el punto de tránsito, pero no para un estado nuevo, sino para el exterminio, el cual desde luego se encuentra fuera del mundo: ello es metafísico” (Mainländer).

 

El pesimismo autodestructivo mainländeriano transmuta el concepto de negaciónpor el de destrucción. Voluntad de muerte (Wille zum Tod) es la conciencia de la vida como medio para alcanzar la liberación a través de la muerte. Bajo esta cosmovisión, toda cosa en el mundo es inconscientemente voluntad de muerte. El mundo se mueve “como si” tuviera una causa final, pero lo que en verdad se quiere no es la vida, puesto que ésta es solo apariencia de la voluntad de muerte. Sin embargo la redención

 

(Erlösung) puede comenzar en vida al tomar conciencia de que lo esencial ya no es aquella voluntad que tiene como fin la vida, sino aquella que sirve como medio para la muerte. Mainländer nos habla de sí para persuadirnos de aquello: “Quisiera en adelante destruir todos los motivos fútiles que puedan amedrentar a los hombres para buscar la noche sosegada de la muerte, y cuando pueda tranquilamente quitarme de encima la existencia, cuando mi nostalgia de la muerte se acreciente sólo un poco más, entonces mi confesión podrá tener la fuerza de apoyar a cualquiera de mis semejantes en su lucha contra la vida” (Mainländer).

 

Camus en la misma línea de la confesión, casi un siglo más tarde sostiene: “Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende” (Camus). Sin embargo, ambas confesiones difieren entre sí. El hecho es que Mainländer sí elaboró un tratado de más de mil páginas, donde incluye una minuciosa Teleología del exterminio (Teleologie der Vernichtung). En ella manifiesta su absoluta convicción de haber hallado la redención al problema de la existencia humana. “Finalmente el filósofo inmanente ve en el universo completo sólo la profunda nostalgia de un exterminio absoluto, y esto es oído por él, el llamado claro que atraviesa todas las esferas celestiales: ¡redención! ¡redención! ¡muerte a nuestra vida! Y la respuesta consoladora dice: todos ustedes encontrarán el exterminio y serán redimidos” (Mainländer).

 

El amor a la muerte de Mainländer apela a la valentía espiritual en su lucha contra la vida:

 

Quien no le teme a la muerte, se precipita en una casa envuelta en llamas;

quien no le teme a la muerte, sale sin vacilar en medio de un diluvio; quien no

le teme a la muerte, irrumpe en una tupida lluvia de balas; quien no le teme a

la muerte, emprende desarmado la lucha contra miles de titanes alzados –con

una palabra–, quien no le teme a la muerte, es el único que puede hacer algo

por los otros, sangrar por los otros, y recibe al mismo tiempo la felicidad

única, el único bien deseable en este mundo: la verdadera paz del corazón

(Mainländer).

 

 

Cuando Camus afirmó: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” (Camus), el existencialista planteó un problema que en Schopenhauer no nos conduciría jamás a la autodestrucción, sino a la autonegación. Por muy pesimista que parezca la cosmovisión schopenhaueriana, ella jamás busca el cese inmediato, violento y autodestructivo de la vida, sino, por el contrario, un camino lento de luchas internas, donde se busca negar el querer que produce el fenómeno sufriente de la vida.

 

En esta concepción, el suicidio es antecedido por motivos que nacen de un yo volente, marcado visiblemente por las barreras individuales propias del principium individuationis, pero que más allá del fenómeno resultan ser solo una causa infundada. Precisamente porque la voluntad de vivir no vale la pena ser afirmada y nos sobrepasa en ella lo inconcebible y lo doloroso, es que se debe negar su esencia y no destruir el fenómeno particular de ella, que se vive y se vivirá siempre en uno.

 

Paradójicamente, el apego a la vida suele ser más fuerte que todas las miserias del mundo, y aunque se juzgue que la vida no vale la pena ser vivida, son pocos finalmente los que obran según esta premisa. Esto se debe a que el querer la vida no implica más que el que se la quiera.

En este hecho radica el que expongamos hoy su esencialidad. En vez de preguntarnos si la vida vale o no vale la pena ser vivida, debemos sobrecogernos simplemente con el hecho de que la vida nunca ha resultado ser vivible para todo ser humano.

 

Camus afirma que ve morir a muchas personas porque estimaron que la vida no vale la pena ser vivida, pese a que tuvieron la convicción en algún momento que sí era valioso hacerlo. Sin embargo, afirma: “Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo cuando puso su vida en peligro” (Camus).

 

Klaus Thomas, en su libro Hombres ante el abismo, parece ser más cauteloso al recordar a Hegesias, a quien se le dio el significativo apodo de Peisithánatos, en la medida en que, como lo dice su nombre, era un hombre que precisamente persuadía a matarse, y esto mismo hizo él, porque creía que la felicidad tan frecuentemente ensalzada por los hombres era simplemente inasequible y nunca jamás alcanzada.

 

Sin embargo, Klaus Thomas también se manifiesta algo vacilante: “Hay pocos que estarían dispuestos a morir por una demostración ontológica” (Thomas).

 

¿Puede en verdad morir alguien por un argumento ontológico? Volvamos al año 1876. Precisamente el primero de abril, el día de la víspera de la impresión de la Philosophie der Erlösung, Philipp Mainländer acabó con su vida. Con los escritos de su obra levantó un cúmulo de papeles que utilizó como pedestal, como base de suredención filosófica. Me lo represento colgando la cuerda en la viga y rodeando con el lazo mortífero su cuello. Luego comienza con el movimiento de las piernas.

 

Los físicos podrán ponderar hoy y mañana la agudeza de su sensibilidad para expresar vivencial y consecuentemente lo que hoy la ciencia llamaría Big Bang, o también el aumento de la entropía, fuera de todos los aportes que pudo expresar así, concernientes a la teoría del caos y los postulados que dicen relación con las leyes de la termodinámica. Sin embargo, me doy cuenta de que el Big Bang o la teoría de la gran explosión matematiza y salda la fantasía mitopoética destructiva del “comienzo-final” catastrófico, el cual fue vivenciado por Mainländer como suicidio. Este hecho nos permite reconocer a la par su sensibilidad mitopoética como expresión de su dolor vivenciado y teorizado. Ironizar que su suicidio fue un acto perpetrado para enaltecer su obra es un juicio que no concierne en este caso a una reflexión que busca ser consciente de la esencialidad propia de su vivencia. Realzo en ella su sensibilidad mitopoética: “más allá del mundo no hay ni un lugar de paz ni un lugar de tormento, sino sólo la nada. (…)

 

Esto puede generar un nuevo contramotivo y un nuevo motivo: esta verdad puede hacerlo retroceder a uno hasta la afirmación de la voluntad, y a otro puede llevarlo poderosamente hasta la muerte” (Mainländer).

 

Este ensayo sobre el suicidio, a la luz de la voluntad de vivir y la voluntad de morir, fue concebido como intento de profundizar y comprender, a partir de dos teorías antagónicas, una argumentación ontológica que lo condena y otra que lo legitima, hasta la radical consecuencia de consumarse en su praxis. El supremo cumplimiento que ha de atreverse a acometer el suicida es la abdicación en pro de la nada, cuyo llegar a ser lo anula él mismo, anulándose a sí mismo como resultado de una avidez vital de la,nada que se trasciende a sí misma.

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