SENTIDOS DE LA «MUERTE DE DIOS» COMO METÁFORAS MODERNAS

VOLUNTAD INDETERMINADA DE PODER

La dirección de las aristas del acontecimiento de la «muerte de Dios» se pueden visualizar como sigue: «no es, pues, ni un simple hecho interior, ni una peripecia de orden filosófico ni parafernalia conceptual ni menos a una suerte de rito religioso, sino una modalidad ingresada al mundo que ha tomado forma en la historia de una civilización y que, como tal, concierne a todo hombre que participe (sin haber medido su alcance) en la originalidad de esta historia». Como tampoco el «‘descubrimiento’ de una estructura objetiva del mundo [sino] un acontecimiento histórico global del que, según Nietzsche, somos simultáneamente testigos y protagonistas».


El fundamento-razón encarnado en Dios pierde su potencia, su fortaleza y eficacia, debido al cierre de interpretaciones en una sola posibilidad de afirmación del Dios monoteísta del cristianismo y su creencia «monótono teísta», el resultado de ciertos principios ordenadores del mundo inteligible que configuran una teología y una suerte de renuncia al devenir terrenal; además simboliza el fundamento del sistema metafísico como idea que explica todo lo que se ordena jerárquicamente, la realidad frente al engañoso devenir:

Nietzsche […] con el anuncio de que Dios ha muerto, es decir, que la estructura fuerte de la metafísica ―archai, Gründe, evidencias iniciales y destinos últimos― sólo eran formas de garantía en épocas en las que la técnica y la organización social aún no nos habían vuelto capaces, como sucede ahora, de vivir en un horizonte más abierto, menos “mágicamente” garantizado.

Los conceptos rectores de la metafísica ―así como la idea de una totalidad del mundo, de un sentido unitario de la historia, de un sujeto autocentrado, eventualmente capaz de apropiarse de ellos― se revelan como medios de disciplinamiento y garantía ya no necesarios en el cuadro de las actuales capacidades de disposición de la técnica.

Los acontecimientos de nihilismo, «muerte de Dios» y descentramiento del «logos divinizado» como referencia discursiva de la verdad y del consecuente desalojo de las presencias en el ámbito metafísico, resultan ser el santo y seña de la postmodernidad, entendiendo por el prefijo –post como una «declinación» o un «deslizamiento», es decir, como la metáfora de legibilidad o conceptuabilidad de su crisis. Según Vattimo, los cánones de la hermenéutica encuentran su reconocimiento de mecanismo, su seña identitaria en tanto que «pensamiento de la época del final de la metafísica» análoga a la época de la «muerte de Dios» y, como se ha querido presentar, al tránsito a la postmodernidad:

El anuncio de la muerte de Dios es realmente un anuncio: o, en nuestros términos, la anotación de un curso de eventos en que nos hallamos involucrados, que describimos objetivamente sino que interpretamos arriesgadamente como concluyéndose con el reconocimiento de que Dios ya no es necesario. La complejidad hermenéutica de todo ello estriba en el hecho de que Dios ya no es necesario, se revela como una mentira superflua (mentira, precisamente, sólo en cuanto superflua) a causa de las transformaciones que, en nuestra existencia individual y social, han sido introducidas precisamente por creer en él.

Es conocido el esquema del razonamiento de Nietzsche: el Dios de la metafísica ha sido necesario para que la humanidad organizara una vida social ordenada, segura, sin verse expuesta continuamente a la amenaza de la naturaleza ―combatidas victoriosamente gracias a un trabajo social jerárquicamente ordenado― y por las pulsiones internas, domadas por una moral sancionada religiosamente; pero hoy, que esta obra de aseguramiento está, aunque searelativamente, cumplida, y vivimos en un mundo social formalmente ordenado, disponiendo de una ciencia y de una técnica que nos permiten vivir en un mundo sin el terror del hombre primitivo, Dios parece una hipótesis demasiado extrema, bárbara, excesiva; además, ese Dios que ha funcionado como principio de estabilización y aseguramiento es también el que ha prohibido siempre la mentira; por lo tanto, son sus mismos fieles, por obediencia, los que desmienten el embuste que él mismo es: son los fieles los que han asesinado a Dios.

El acontecimiento que eclipsa el sentido llega a su clímax con la crítica ilustrada a la religión como un «valor»:

La Ilustración en relación a los presupuestos teológicos de nuestro pensamiento condujo a la destrucción del mundo suprasensible, y ellodesde luego en todas sus formas de aparición: como valor supremo, como creador divino del mundo, como sustancia absoluta, como idea, como absoluto o también como sujeto que capta-produce las modernas ciencias naturales y la técnica.

Por ello, la idea de Dios encarna el último metarrelato sostenedor del saber pre-moderno y sus proyecciones morales ―desde la filosofía, la metafísica y la teología hasta las ciencias rigurosas, sociales y humanas― disciplinadoras y teo-metafísicas u onto-teológicas a una «modernidad sin tristezas» ni melancolías, pues la subjetividad moderna ya no siente nostalgia del viejo Dios ni tampoco adquiere neuróticas actitudes ante el «Dios muerto». Además, el relato fundante sobre Dios, se desdibuja en una galaxia abierta de narraciones e interpretaciones con múltiples sentidos sobre lo Absoluto, lo Infinito, lo Trascendente, lo Otro, etc.:

Sin voluntad ni conciencia, los acontecimientos se liberan en unamultiplicidad sin medida, sin criterios, sin significado, sin sentido, sin valor. Los sustitutos posibles del Dios muerto provocan risa y el desasosiego de un Nietzsche que se sitúa a la distancia: la pérdida del horizonte vacía la propuesta de la modernidad, que celebra el deicidio sin reparar en sus consecuencias.

Inconsciente del trastocamiento en el «orden», pero específicamente respecto al «encargado» de mantener este ordenamiento, pues la liberación del encarcelamiento de la «voluntad de poder» parece fraguarse independientemente de quién detente tal función y que el precio de tal liberación ―la fe― no resulta alcanzable y de interés de pagar para el sujeto:

Presos. – Una mañana entran los presos al patio del penal; faltaba el carcelero. Unos, como de costumbre, se pusieron de inmediato al trabajo; otros se quedaron ociosos y mirando desafiantes alrededor. Entonces salió uno y dijo en alto: ‘Trabajad cuanto queráis o no hagáis nada, es igual.

Vuestros planes secretos han salido a la luz, el carcelero os ha estado espiando hace poco y en unos días os someterá a un juicio definitivo y espantoso. Ya le conocéis, es duro y rencoroso. Pero atended: hasta hoy no me conocíais; yo no soy lo que parezco, sino mucho más: soy el hijo del carcelero, y hago valer ante él lo que sea. Puedo salvaros, y quiero salvaros, pero que quede claro, sólo a aquellos que creáis que soy su hijo; los demás cosecharán los frutos de su incredulidad’.
‘Entonces’, dijo tras un silencio un preso viejo, ‘¿qué se te puede dar a ti de que te creamos o no? Si de verdad eres su hijo y puedes los que dices, dile algo en nuestro favor; eso sí que sería bondadoso de tu parte.

¡Pero deja a un lado toda esa palabrería de creer o no creer!’ ‘Y además’, se metió voceando un joven, ‘yo no le creo: sólo es algo que se le ha metido en la cabeza. Apuesto a que en ocho días nos encontraremos aquí igual que hoy, y a que el carcelero no sabe nada’. ‘Y si se ha enterado de algo, ahora ya no se entera de nada’ dijo el último de los presos, recién entrando al patio; ‘el carcelero acaba de morir de repente’. ‘¡Vaya!’, vocearon varios a la vez, ‘¡vaya! ¿Y qué, señor hijo, como va lo de la herencia? Acaso ahora somos presos tuyos?’ ‘Ya os lo he dicho’, replicó manso el aludido, ‘liberaré a quien quiera que crea en mí, tan cierto como que mi padre aún vive’. Los presos no se rieron, pero se encogieron de hombros, y lo dejaron estar.

 

 

 

 

 

 

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