SOBRE EL SUICIDIO LÓGICO

LOGICOSUI
Comenzamos por el principio, las primeras líneas de El mito de Sísifo, de Albert Camus. Dice allí:

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder.

Y si es cierto, como quiere Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esta respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que deben profundizarse a fin de hacerlas claras para el espíritu.

El punto de partida es claro, el único problema filosófico verdaderamente serio, la pregunta fundamental de la filosofía es juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida. Se trata de una cuestión, a la vez, íntima y genérica, teórica y práctica, y es en esa vinculación esencial que la reconocemos como filosófica. Nos emplaza ante un desarrollo cognoscitivo en el que cada uno de los pasos debe conducirse según la lógica más escrupulosa, pero escuchando el modo en el que afecta a los latidos de nuestro corazón; son estas dos condiciones que se exigen, que se implican mutuamente. Si la lógica no amarra todas las premisas entre sí, la reflexión no será más que un cometa sin hilo; pero si el corazón no dice nada, si calla, entonces las premisas que se introduzcan carecerán de valor. Es por ello que aquí el objeto que interrogamos nos interroga a nosotros mismos también, y que sólo respondiendo a su interpelación podemos conocerlo un poco mejor. Se trata de profundizar en las evidencias perceptibles para el corazón con el fin de hacerlas claras para el espíritu — se nos dice. Por lo que, en definitiva, si finalmente alcanzáramos a saber algo verdaderamente relevante al respecto sería gracias a que ahora conocemos algo de nosotros mismos que no sabíamos, algo verdaderamente serio, algo fundamental.

Conócete a ti mismo —ése parece ser el mandamiento filosófico fundacional.
El camino que escoge Camus, lo sabemos, es desplegar la exigencia délfica a partir de la experiencia de lo absurdo de la existencia, observando el juego de su cara y de su cruz tanto como los brillos de la moneda en el aire.

 

DOS

El planteamiento canónico del problema del suicidio en su formulación lógica suele considerarse que es el de F. Dostoievski, quien, en 1876, propone la fórmula del suicidio lógico, en los siguientes términos:

Ergo: Como a mis demandas de dicha la Naturaleza sólo me responde, mediante mi razón, que no puedo ser feliz sino en la armonía del Cosmos, y yo esta armonía no la entiendo, ni hay nadie que pueda entenderla nunca […].
Como la Naturaleza no sólo me niega el derecho a pedirle cuentas, sino que sencillamente se niega a contestarme […], y no porque no quiera contestarme, sino porque no puede […]
Estando convencido de que la Naturaleza ha delegado en mí para responder a mis preguntas (inconscientemente) y a mis preguntas responde por conducto de mi razón (pues todo esto me lo digo yo solo) […].
Teniendo, finalmente, en tal estado de cosas, que hacer yo mismo de demandado y demandante, de juez y parte, y encontrando esa farsa de la Naturaleza tan estúpida y dura de aguantar y hasta tan vejatoria […].
En mi indiscutible calidad de demandado y demandante, de juez y parte, condeno a esa Naturaleza, que de modo tan desconsiderado e insolente me ha creado para el dolor […], y fallo que debe perecer conmigo […]. Y no pudiendo yo aniquilar a la Naturaleza, me aniquilo a mí mismo por la sencilla razón de que me carga padecer

TRES

Demorémonos un momento en ciertas coincidencias. Por las mismas fechas, el 1 de agosto de 1876, Philipp Mainländer (seudónimo de Philipp Batz), publica La filosofía de la Redención, donde defiende que dado que la suma de penas es superior a la de las alegrías, es preferible no-ser que ser, por lo que la moral debe entenderse entonces como la ciencia del querer morir. Al día siguiente de publicar su obra se pega un tiro.
Nueva coincidencia, y esta sí, crucial para el asunto que nos ocupa, el caso de Carlo Michelstaedter. Escribe, entre 1908 y 1910, La persuasión y la retórica, con la intención de presentarla como tesi de laurea. Comienza a trabajar en ella apenas concluida su tesina sobre L’orazione Pro Ligario tradotta da Brunetto Latini, un trabajo filológico sobre la transmisión ciceroniana dirigido por el profesor Guido Mazzoni, del que lo único que saca en claro son algunas observaciones sobre la elocuencia y la persuasión en general, según declara, decidiendo entonces profundizar en el asunto con una tesi de laurea sobre Los conceptos de persuasión y retórica en Platón y Aristóteles, a partir de, básicamente, el Gorgias, el Sofista, y el Parménides platónicos, y la Retórica y la Metafísica aristotélicas. Será este el punto de partida para una tarea sembrada de picos y valles que le llevará dos largos años. Concluirá el trabajo, sin embargo, a su aire; llevará hasta su punto más extremo y luminoso lo que puede pensarse a partir de la experiencia del antagonismo entre ambos términos, persuasión y retórica. Finalmente, el 16 de octubre concluye los Apéndices críticos que cierran la obra, para acercarse luego donde su amiga Argia Cassini, como de costumbre, y pedirle que le interprete la Séptima de Beethoven. A la mañana siguiente, después de enviar su escrito por correo al Ateneo florentino, se suicida de un disparo de revólver.
Tiene, por entonces, veintitrés años.
Pocas semanas después, el 5 de noviembre de 1910, Giovanni Papini será el primero en llamar públicamente la atención sobre el suceso, afirmando que su suicidio se debía, no a razones externas como el trabajo, el amor o la salud, sino tan sólo a haber aceptado hasta el final, honesta y virilmente, las consecuencias de sus ideas: si Michelstaedter se había matado era por razones metafísicas.
Y sí, las similitudes son sobrecogedoras: en los tres casos parece que nos hallemos ante un gesto definitivo en respuesta a un trabajo de reflexión desarrollado a través de la escritura, como si se tratara de su consecuencia natural, como si se tratara de un suicidio lógico.

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