UNIVERSAL ABSTRACTO

ASPIRAZIONE AL CULMINE

 

 

 

 

 

 

Ahora bien, si tomamos todo lo dicho, pasando por Platón hasta Aristóteles. Comentando a los abstracto” (comentada fugazmente más arriba) y a la de “negación”. En efecto, todos quienes han tratado de dar con aquel principio, si bien han discutido, discrepado en su número o realidad material o inmaterial, han estado de acuerdo en que debe, por necesidad, ser universal, pues tiene que ser causa de todo.


Lo mismo sucede más claramente con Platón y Aristóteles. En el primero abstraemos una realidad donde “reside” la idea, por ejemplo de silla, que si bien no es ninguna silla que yo, o tú, podremos llegar a conocer, es la unidad de todas ellas no siendo ninguna. En Aristóteles es el principal elemento de su filosofía primera, pues sólo por medio de esta abstracción con respecto a los entes, el llegar hasta la entidad, sustancia, ousía, que es lo único necesario verdaderamente, podemos llegar al principal elemento de estudio de tal ciencia o disciplina que trata de los primeros principios y las primeras causas. (aun así Aristóteles termina postulando la idea del motor inmóvil que sería lo verdaderamente fundante y lo “universal-abstracto” por excelencia)

*

En los medievales y hasta Descartes y Kant encontramos el mismo síntoma. En la escolástica basta revisar a Suárez. Aquí, al igual que pasa con los antiguos pensadores griegos, hubo discrepancias con respecto a la naturaleza del objeto u objetos de estudio, pero todos concluyeron que éste debía ser abstraído, pues debía ser lo que fundara todo lo que es, debía ser, como principio, universal.
Además los escolásticos no se alejaron mucho, si es que algo se alejaron, de las doctrinas ya establecidas por Platón y Aristóteles, siendo éste sujeto de muchos estudios.
Que Descartes se sumerge en éste “universal-abstracto” se cree ver claramente en el objeto de sus reflexiones y, así, en los principios que buscaba. Mas no es tan claro sino hasta que llega a aquella verdad absoluta, cogito, sum, pienso, soy.
Cuando Descartes reflexiona respecto de aquellas cosas que creía saber, llega a la conclusión de que se apoyaban tales creencias en cimientos muy poco sólidos. De este modo comienza una revisión, por medio del método de la duda, de tales principios, hasta llegar a la única cosa que le es imposible dudar, es decir, que mientras piensa, y el “acto” de dudar es un modo del pensamiento, existe, es. He ahí el primer gran paso de la era moderna en los brazos del subjetivismo. Así
Descartes analiza solo sus ideas, sus pensamientos restringiéndose en todo momento a ejercer un juicio sobre tales ideas, pues sobre la realidad de éstas no puede más que no pronunciarse así como perteneciente a estas ambas “realidades”, una espacial (corpórea) la otra in-espacial (incorpórea), también no es menos cierto que le es imposible, al igual que a los filósofos anteriores, no subordinar la realidad material, corpórea, espacial, al pensamiento, pues el primero es solo un conocimiento sensible (sentidos), mientras que el segundo desprende la verdad absoluta, mientras pienso, soy. Así tenemos nuestra verdad absoluta, universal, por medio de la abstracción más rigurosa (universalabstracto), llegando a no ser yo más que un pensamiento (en sus diversos modos), con una “realidad” inespacial.

Como bien señala Schopenhauer, en Kant podemos encontrar esta idea en la distinción respecto al fenómeno y al noúmeno. Generalmente se identifica, se iguala, el concepto de noúmeno a lo inteligible, a una realidad inteligible y, al igual que Platón, se contrapone a la realidad sensible que es la realidad de los fenómenos. Kant, luego de reducir, en “la estética trascendental”, el tiempo y el espacio a intuiciones puras a priori, de reducirlas a “formas de la subjetividad”, termina reduciendo el conocimiento a los sentidos. Esto no quiere decir que Kant otorgue un estatus especial a esta forma de conocer. Se puede ver que, debido a que todo lo que conocemos, lo conocemos por “medio” del tiempo y el espacio, y siendo éstas formas subjetivas, nunca llegamos a un conocimiento de las cosas como son, de las cosas en sí mismas.
En efecto, sólo conocemos los fenómenos, mas no cómo son ellos mismos, es decir, el noúmeno. Este, el noúmeno, la cosa en sí, es “lo que se encuentra más allá del conocimiento” y éste solo llega a los fenómenos. Así el noúmeno, a diferencia del fenómeno, que pasa por la intuición ,empírica, queda como “objeto” meramente pensado, incapaz de conocer, ya que, siendo el tiempo y el espacio condición para conocer todo, y siendo estas formas subjetivas “tendrían su fundamento en el espíritu que conoce y no en las cosas”siendo imposibles llegar a ellos como realidad misma, pues siempre se limitarían a nuestros modos de tiempo, de espacio para concebirlos. Entonces, ¿Qué sucede con la facultad de conocernos a nosotros mismos? Al igual que como vimos con el cogito cartesiano y el cogito prerreflexivo de Sartre, las mismas nociones de tiempo y espacio, como intuiciones puras, presuponen una “presencia” que posibilita tal intuición, es decir, el individuo.
Por otro lado, la idea de negación es una especie de requisito para forjar cualquier idea que pueda llamarse metafísica. Así lo demuestran todas las corrientes que trataron sobre dicha materia pues, ¿no es acaso una especie de principio creer que lo que aparece ante nuestros sentidos es necesario negarlo (o al menos no considerarlo como lo que es) si es que queremos alcanzar un conocimiento de lo realmente verdadero? En efecto, toda la tradición metafísica, entendida como la hemos expuesto, desde Platón hasta Kant, han concordado en que hay algo que se nos presenta, fenómeno, pero que aun así no es lo verdadero, que es menester llegar a penetrar más allá del fenómeno y llegar hasta lo que Kant llamaba noúmeno, la cosa en sí (aunque éste no quede más que como un imposible).

*

Si recordamos los inicios de la filosofía, que concuerdan con los de la metafísica, nos encontramos con la máxima que mueve a toda disciplina humana, el saber. Por supuesto, es esta búsqueda de la “verdad” la que ha marcado a toda la tradición metafísica y la ha llevado (paradójicamente) a negar todo aquello que se pueda presentar como verdad. En efecto, si recordamos el comienzo de este capítulo veremos, como señala Stirner, citando en parte a Feuerbach, que “Para los antiguos (…) el mundo era una verdad, (…) una verdad cuya falsedad buscaron y llegaron a penetrar”, y si alguien creyese lo opuesto, me parece que al menos podría llegar a ponerlo en duda si es que no sucumbe ante los mismos registros de lo contrario pues, ya claro está, que si bien quiso traspasar el mundo, y como señala Stirner, llegó a hacerlo, efecto, el mundo se presenta como cubierto por un velo, así es menester desvelarlo para llegar al verdadero mundo, pues el mundo era una verdad que falsearon y penetraron, que negaron hasta llegar al fundamento. ¿Cómo llegan a esto?, ¿Cuál es el camino que toman? El camino de la razón.
Es por medio de éste que las ciencias avanzan, y la ciencia de las primeras causas no puede no transitar por él. Pero en los antiguos la razón, la conciencia no es, aun, más que un medio para llegar a la verdad, la verdad que se encuentra en el mundo, en lo natural, de ahí que los primeros filósofos fuesen llamados físicos, pues estudiaban la naturaleza, la füsis. Pero lo natural despojado de todo, como diría Aristóteles, accidente, de todas las categorías, ya que lo que se quiere es el ente en tanto que ente. Así el raciocinio no se ocuparía, en los denominados antiguos, más que para los entes naturales pues, como ya se dijo, “No poseían los
antiguos este espíritu que no se aplica a nada no espiritual, a ninguna cosa, sino únicamente al ser que existe por detrás y por encima de las cosas, a los pensamientos.”, aun no poseen el pensamiento, o espíritu como le llama Stirner, dirigido a los pensamientos mismos, aun trataban de explicar el mundo, y el ente intramundano.
Los modernos, al contrario, no toman al mundo como una verdad a penetrar, sino que su estudio se va a central en el espíritu, en el pensamiento, en la razón pues, “para los modernos el espíritu era una verdad (…) “una verdad cuya falsedad buscaron y llegaron a penetrar”. Así los antiguos trataron de ir más allá del mundo natural, los modernos trataron de ir más allá del espíritu, del pensamiento. Los unos, con la abstracción de la entidad misma, llegando a la esencia, la ousía, los otros con la abstracción del raciocinio, el pensamiento, la idea, el Espíritu.
Con todo esto podemos señalar que la metafísica (desde Platón) no ha sido más que lo que en su inicio fue, la búsqueda de lo que es en tanto que es, de lo que hace que todo sea y siga siendo, es decir, del Ser.
La tradición metafísica se ha consagrado como la “ciencia” del Ser que todo lo sustenta, sea la idea de Bien, sea el motor inmóvil, sea Dios, sea el nóumeno, lo cierto es que todos se han perdido en tal búsqueda.
La metafísica, junto con toda su carga tradicional (universal-abstracto, negación) ha preguntado por el ser Si bien la dicha carga se ha arrastrado hasta lo que podemos llamar la filosofía moderna (en el sentido de una historia de la filosofía) ¿podemos del mismo modo señalar que tal carga ha nublado con su niebla hasta la época denominada por la historia como filosofía contemporánea, comienzos y mediados del siglo pasado y que hasta nuestros días tratamos de contemporánea? Tal respuesta sólo se logra interrogando a quien fue capaz de dar un giro en dicha pregunta que interroga por el ser, reiterándola de un modo refrescante. En efecto, con Heidegger se inaugura una nueva forma de tratar la metafísica, una como antes no se había hecho, ya que si bien el mundo clásico interrogó por el ser de los entes, Heidegger va “más allá” e interroga por el sentido del Ser.

 

 

 

 

 

(Visited 69 times, 1 visits today)