VOLUNTAD DE PODER COMO INTERPRETACIÓN

NADA ES VERDADERO TODO ESTÁ PERMITIDO

 

 

 

 

 

Entendemos que los intentos nietzscheanos de fundamentar científicamente (cosmológicamente) la doctrina de la voluntad de poder deben ser tomados en serio, pues expresan el esfuerzo por alcanzar una síntesis del aspecto científico/ mecánico con la perspectiva existencial.

 

La síntesis de las dos perspectivas, por más que sea deseada por el filósofo, permanece, empero, problemática, acarreando inconvenientes para su proyecto creador. No hay, pensamos, cómo negar que exista en Nietzsche la formulación de dos vertientes incompatibles en lo que se refiere a la voluntad de poder y al eterno retorno. Cuando el filósofo se preocupa en fundamentar de modo coherente su «comprensión del mundo» en cuanto relaciones de fuerzas, necesita él adoptar una perspectiva extrahumana, o mejor, necesita emprender una deshumanización del mundo. En la medida en que se preocupa en encontrar un nuevo sentido a la vida del hombre, necesita colocar la perspectiva existencial como más valiosa y fuerte que la cosmológica.

 

Al admitir que «todo este mundo lo creamos nosotros, los hombres», hay la presuposición de que todo discurso y acceso al mundo debe, necesariamente, pasar por el hombre, por el perspectivismo, el relativismo y por el carácter interpretativo humano.

 

 

Es obligatorio reconocer que en muchos momentos Nietzsche busca compatibilizar los dos aspectos fundamentales de su pensamiento, aproximando el mundo de las fuerzas al «pensamiento más poderoso del eterno retorno». Sin embargo, por más que dicha aproximación sea tomada en serio, entendemos que no compatibiliza ambos aspectos de una manera coherente y definitiva. Podemos ver que otro movimiento ocurre: la vertiente cosmológica es dejada de lado por no hacer viable el proyecto creador de valores. En otras palabras, el filósofo manifiesta su inclinación por el lado existencial del eterno retorno y de la voluntad de poder, pues su preocupación «fundamental» está en brindar una «nueva interpretación de todo acontecer», que, finalmente, se reduce al esfuerzo de brindar un «nuevo sentido/interpretación» a la vida humana.

 

Nietzsche no se detiene, por lo tanto, en «explicar» o «describir» el mundo como lucha de fuerzas en perpetuo movimiento sin objetivo. La adopción irrestricta de tal perspectiva (positivista-científica) tendría consecuencias autodestructivas para el hombre. Él comprende a la voluntad de poder, en los proyectos posteriores a 1886, como la «tentativa de una nueva interpretación». En la misma época en que aparecen las primeras menciones y elaboraciones de la voluntad de poder, está también el esfuerzo por «humanizar» la naturaleza: «la humanización (Vermenschlichung) de la naturaleza — la interpretación (Auslegung) para nosotros ».

 

En muchos apuntes de esa época, Nietzsche enfatiza que busca, a través de la voluntad de poder (en relación con su nueva comprensión de saber y de ciencia —«ciencia jovial»), una «nueva interpretación» (Auslegung) del mundo y de todo el acontecer, y no una «explicación» (Erklärung) de los mismos46. En cuanto «tentativa de interpretación de todo el acontecer», la voluntad de poder nietzscheana puede ser vista como un intento por separarse de las consecuencias nihilistas de la moral, así como de la concepción científicomecanicista, a saber, de la imposibilidad de atribuir sentido a las acciones humanas en el flujo incesante (de atracciones y repulsiones) del devenir.

Con el triunfo de la comprensión científica y con la ruina de los valores morales, se instala «el peligro de los peligros»: el «todo es sin sentido».

 

Nuestro filósofo no tiene en mente una «explicación» del mundo como combate incesante y en vano de fuerzas, sino un contramovimiento que posibilite una jerarquía y un «aumento efectivo» de las fuerzas; en suma, una nueva e irrestricta interpretación de todo el acontecer según la perspectiva humana, según el esfuerzo de salvaguardar el sentido y los valores humanos en el mundo «caótico» de la lucha entre las fuerzas: «nuestros valores son interpretaciones que se han inyectado en las cosas. ¿Hay, pues, un sentido en sí? ¿No es necesariamente el sentido, precisamente, sentido de relación y perspectiva? Todo sentido es voluntad de poder (todos los sentidos de relación se pueden reducir a esta voluntad)».

 

El mundo orgánico entero pasa a ser comprendido por Nietzsche como una «urdimbre de seres con pequeños mundos fantaseados en torno de sí». En ese sentido, el rasgo fundamental de cada ser orgánico es la «capacidad para crear» (Fähigkeit zum Schaffen), a saber, para configurar (Gestalten), inventar (Erfinden), fantasear (Erdichten. El mundo que se refiere a los seres orgánicos es, de este modo, apariencia, error; no hay «verdad», sino apenas la incorporación de errores e ilusiones necesarias para su conservación.

 

La presuposición de que el «principio creador» (das Schöpferische) actúa en todo ser orgánico, revela una posición afirmativa. Esa posición significa para Nietzsche:

 

a) «que todo lo que para cada ser es su ‘mundo exterior’ representa una suma de valoraciones»;

b) «que las valoraciones tienen que encontrarse, de algún modo, en relación con las condiciones de existencia (…) y precisamente esta clase de inteligencia es favorable a la conservación»; y

c) «que la voluntad de poder es lo que dirige también al mundo inorgánico, o mejor dicho, que no existe un mundo inorgánico».

 

Para comprobar su hipótesis interpretativa (de que la voluntad de poder es lo que domina y constituye el mundo orgánico y el inorgánico), Nietzsche necesita «conceder percepción también al mundo inorgánico». Las distintas fuerzas que constituyen lo orgánico y lo inorgánico sólo podrían ser mantenidas en relación si «todo ser fuera esencialmente algo que percibe». Para esa hipótesis, sin embargo, no presenta pruebas o argumentos satisfactorios. Lo que le interesa, en el fondo, es salvaguardar, a través de ella, la posibilidad de la posición humana de sentido. Por un lado, Nietzsche afirma que en la totalidad del acontecer del «mundo» no existe ningún sentido «en si».

Por otro lado, se pregunta si es posible salvaguardar, admitiendo a la vez la finitud de tal esfuerzo, los valores y sentidos humanos, en suma, la voluntad de poder humana que interpreta: «(…) en la formación de un órgano se trata de una interpretación; la voluntad de poder delimita, determina grados y diferencias de poder (…). En realidad, la interpretación es ella misma un medio para enseñorearse de algo. El proceso orgánico supone un continuo interpretar».

 

Como «intento de una transvaloración de todos los valores», el proyecto de la voluntad de poder adquiere mayor determinación, pues abarca los esfuerzos de la obra tardía del filósofo de seguir criticando los valores de la tradición, de superar el nihilismo moderno y de permitir la elevación del hombre. Toda institución, toda ley, norma, hábito, es una forma de la voluntad de poder.

 

Del mismo modo, las grandes religiones, las morales prescriptivas, los códigos de leyes. Igualmente Nietzsche ve en la civilización, en las religiones, en la ciencia y en el mundo occidental como un todo, el triunfo de una forma de voluntad de poder reactiva, que se vuelve contra las fuentes de la fuerza: la moral de esclavos, sea en la forma de la moral cristiana de la compasión o de la ética kantiana del deber. En contraposición, él propone la voluntad afirmativa de poder, en la forma de un proyecto de radical autonomía e individualismo (aristocrático). La fórmula para la grandeza del hombre consiste en obedecer el «imperativo categórico de la naturaleza»:

 

 

 

«Examínese toda moral en este aspecto: la ‘naturaleza’ que hay en ella es lo que enseña a odiar el laisser aller, la libertad excesiva, y lo que implanta la necesidad de horizontes limitados, de tareas próximas, — lo que enseña el estrechamiento de la perspectiva y por lo tanto, en cierto sentido, la estupidez como condición de vida y de crecimiento. ‘Tú debes obedecer, a quien sea, y durante largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti mismo’ —éste me parece ser el imperativo moral de la naturaleza…».

 

El imperativo moral de la naturaleza, sin embargo, es válido solamente para todo el período moral de la humanidad, como condición para la elevación del hombre hacia el superhombre, hacia el período extramoral. Con la superación de la moral, cualquier ley, mandamiento, imperativo, sólo podrían ser creados por los fuertes, es decir, por aquellos que saben someter todas las pulsiones de sí mismos a un impulso dominante, jerárquicamente superior. Nietzsche no aclara cómo sería la nueva moral aristocrática en el plano político y social, pero sí brinda indicaciones sobre su función en el plano individual (en la forma de un «egoísmo aristocrático»).

 

La moral, así como todas las grandes cosas (buenas o malas), sucumbe por sí misma. Ésa es la ley de la autosuperación que está en la esencia de la vida. En esta perspectiva, el legislador se someterá a la ley que él mismo creó, aunque sabiendo que su triunfo no es definitivo: «patere legem, quam ipse tulisti» (sufre la ley que tú mismo promulgaste). Por lo tanto, no se trata de un proyecto moral en sentido estricto. En el fondo, la tarea de proponer leyes y de someterse a ellas es un proyecto estético de configuración de sí mismo.

 

La disposición fundamental humana es la de vivir en la apariencia, en la superficie, en la simplificación de lo múltiple en formas y esquemas. De esta manera le es posible al ser humano incorporar lo nuevo, lo extraño que nos rodea, a formas antiguas. Tales son las «artes de Proteo» del espíritu humano, sus artes de la transfiguración de la crueldad efectiva: la voluntad de ilusionar y de dejarse ilusionar, disfrutando la arbitrariedad de esas ilusiones, máscaras, velos, embellecimiento y estrechez de perspectivas. Esto es, el arte de disfrutar la ilusión como potencia humana. Pero no nos engañemos; la voluntad de ilusión no deriva de la libertad del hombre de moldearse a sí mismo.

 

Se trata de la «presión y empuje permanentes de un espíritu creador, configurador, transmutador». Es la propia naturaleza en nosotros la que nos coacciona a imponer leyes, crear formas. Y el arte es la mejor manera de obligar al caos a tomar forma.

 

 

 

 

 

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